Sócrates acaba de concluir el ambicioso relato en que explica el destino de los muertos, cuando el mensajero de los Once, interrumpe la reunión para anunciarle llorando que le ha llegado el momento de tomarse el veneno. "¡Qué educado es este hombre!" exclama Sócrates, cuando el compugido mensajero se aleja. Y ante la emoción incontenible que enseguida embarga a sus discípulos, que no pueden aceptar la injusticia de su muerte, reclama de ellos un esfuerzo de moderación. Habla de la euphemia, que no tiene que ver tanto con el silencio como con la evitación de aquellas palabras o gestos que no convienen a ciertos momentos. La educación entendida como euphemia, es una forma de sabiduría moral, e implica este esfuerzo, el de decir la palabra justa y actuar de acuerdo a lo real. Como si una vida sin examen no mereciera la pena de ser vivida, y la necesidad de expresarse bien fuera un ejercicio que no sólo favoreciera el conocimiento, sino que ayudara a evitar el daño a las almas. Esa es la enseñanza del último Sócrates: ser hombres es aprender a conversar.