En uno de los cuentos póstumos de Raymon Carver, un escritor alquila una habitación en un pueblo, lejos del lugar en que vive. No es una época feliz para él. Está a punto de separarse de su mujer, y su viejo problema de alcoholismo se ha recrudecido en los últimos meses. Busca ese lugar apartado tratando de volver a escribir. Pero los días se suceden vacíos sin que llegue a sentarse a la mesa, aumentando su sentimiento de inutilidad. Empieza a hacer frío y el dueño de la casa encarga un camión de leña, que escritor se ofrece a cortarle gratis. Durante varios días se aplica a esta tarea con una tenacidad en que parece estar comprometido su propio honor. De forma que en menos de una semana, la leña está apilada en su cobertizo. Entonces da las gracias a sus caseros y se despide ellos. Carver no nos explica el sentido de esa conducta de su protagonista pero enseguida nos damos cuenta de que algo esencial ha cambiado para él por el simple hecho de ocuparse de cortar esos troncos y que sus caseros puedan tener así leña para el invierno. Es entonces como el hortelano que regresa de la viña trayendo en sus manos los frutos de lo real. Recemos para que nunca nos falten esas tareas ni sus humildes y tangibles frutos. Ellos guardan el secreto de nuestra cordura.