 |
|
2003,
El año europeo de las personas con
discapacidad |
LOS
SERES INCOMPLETOS
La
declaración del año que acaba de terminar
como Año Europeo de la Discapacidad ha querido
llamar la atención sobre tantos seres humanos
que padecen en el mundo algún tipo de disminución
psíquica o física. El diccionario
de la RAE define la discapacidad como una minusvalía.
Es pues un término que remite a la existencia
de una normalidad, que, no lo olvidemos, es un concepto
estadístico. Todos estamos de acuerdo que
un ciego, al no poder regir su conducta por un sentido
tan esencial como la vista, está en inferioridad
de condiciones respecto a los hombres que sí
pueden hacerlo, pero ¿esto supone que sea
menos valioso? (es eso lo que significa minusválido:
privado de una parte de su valor) Aun más
¿que es ser normal, un hombre normal? Bien
mirado, lo normal es que no sepamos quiénes
somos, que siempre estemos haciéndonos. Lo
que nos define como hombres, en definitiva, no es
tanto lo que tenemos sino el proceso por el que
podemos llegar a transformarnos en otra cosa. No
lo que somos sino lo que deberíamos ser.
Por eso en los cuentos, al contrario que en la vida
ordinaria, las carencias o disminuciones físicas
no siempre significan algo negativo. En La sirenita
de Andersen, por ejemplo, la pérdida de voz
o los problemas de locomoción de su protagonista
no son percibidos por sus lectores como una tara
sino como un signo de la excelencia de esa criatura
que abandonando su reino de las profundidades marinas
y, movida por la fuerza del amor, busca transformarse
en una muchacha. Es decir, en alguien que debe renunciar
a su canto de sirena precisamente para poder hablar
y tener un alma inmortal, como si las palabras tuvieran
que surgir precisamente de esa renuncia a la embriaguez
del canto. Es de ese constante estar haciéndonos,
propio de la condición humana, del que hablan
todos los cuentos que existen, cuya misión
no sería tanto dar cuenta, a la manera de
la religión o la estadística, de una
única verdad como hacer posible que cada
uno pueda contar su propia verdad a los otros.
Vivimos
bajo el imperio de la autosatisfacción. El
desarrollo económico y tecnológico
ha hecho que el hombre occidental vea a los hombres
de otros tiempos y culturas con una sonrisa de conmiseración
y superioridad. Somos más poderosos, pero
¿de verdad somos mejores? Gozamos de un bienestar
muy superior al de nuestros padres y abuelos pero
¿somos más sabios que ellos? Los bosquimanos
crearon las historias más hermosas que se
han contado nunca y vivían sin embargo en
un mundo de dolorosa escasez. Un pueblo que, según
nuestro punto de vista de hombres desarrollados,
vivía en las condiciones más penosas
era capaz sin embargo no sólo de expresar
en sus cuentos las cosas más conmovedoras,
sino de dar cuenta de los misterios y zozobras del
existir humano con una fuerza poética y una
precisión que ya quisieran para sí
gran parte de nuestros poetas o nuestros hombres
de ciencia. Hemos mejorado tecnológicamente
y formulado las leyes inmutables que rigen el mundo
físico, pero me temo que no hemos avanzado
gran cosa en el conocimiento de esa entidad inaprensible
que los antiguos llamaron alma. Por eso es importante
la literatura. La búsqueda de los cuentos
es la de un conocimiento no racional, que tiene
que ver con la sabiduría: un conocimiento
capaz de iluminar el mundo. Los personajes de los
cuentos nos conmueven y nos obligan a estar pendientes
de cada uno de sus palabras y acciones porque es
como si llevaran en sus manos una pequeña
lámpara. Su luz es una luz delicada e íntima
que se opone al deslumbramiento de tantas supuestas
verdades. No es una luz que se asocie al poder sino
a la debilidad. Tal vez por eso los cuentos están
llenos de personajes que hoy llamaríamos
discapacitados o minusválidos. La sirenita
debe perder su voz, y camina torpemente, como si
el suelo estuviera lleno de puñales, para
conseguir lo que anhela; la bella durmiente vive
sumida en un sueño eterno del que nada parece
capaz de despertarla, en Los cisnes salvajes uno
de los príncipes se verá obligado
a vivir con un ala de cisne en lugar de uno de sus
brazos, y en los cuentos infantiles abundan los
niños y niñas que han perdido los
brazos o las manos, o que no pueden hablar o ver.
No están completos, pero están vivos.
Aun más, puede que el verdadero mensaje de
los cuentos sea precisamente que estar vivo es estar
incompleto.
Estos
personajes no son distintos a nosotros, pues todos
buscamos algo que no tenemos. Para eso hablamos,
para poder completarnos. El amor, por ejemplo, ¿qué
es sino la búsqueda de eso que nos falta?
Las culturas antiguas creían que los anormales
o los seres deformes estaban dotados como los chamanes
de poderes extraordinarios. La mutilación,
la anormalidad, el destino trágico, como
ha escrito Juan Eduardo Cirlot, constituían
el pago y el signo de la excelencia en ciertas dotes,
por ejemplo: la facultad poética. Homero,
el poeta por excelencia, era ciego. Al contrario
que en el mundo de la psicología, donde la
cualidad excedente no es sino la compensación
o sublimación de una deficiencia original,
en el mundo de los cuentos la falta nombra el lugar
de la apertura hacia el otro. En Los cisnes salvajes,
la presencia del ala de cisne implica una deformidad
pero también es un signo de excepcionalidad
positiva, de su vinculación con el mundo
más vasto de la naturaleza, donde es dueño
de facultades desconocidas para los demás.
Adorno dijo que la verdadera pregunta, la que funda
la filosofía, no es la pregunta por lo que
tenemos sino por lo que nos falta. Y a nuestro mundo
le faltan muchas cosas. No es malo reconocerlo,
pues el lugar de la falta es donde se plantea la
pregunta sobre si podríamos ser de otra manera.
Desde ese punto de vista todos somos discapacitados,
pues vivir, al menos humanamente, es sentir el peso
trágico de tantas carencias.
Hay
muchas razones para sentirnos orgullosos de nuestro
mundo, pero no las hay menos para reprobarlo. Por
ejemplo, nuestros niños sanos y bien alimentados
¿tendrán recuerdos?. Los niños
de antes sabían lo que era una fuente, un
nido, conocían los animales y recibían
con ojos de asombro el cambio de las estaciones.
La técnica ha simplificado extraordinariamente
nuestra vida, permitiéndonos alcanzar un
grado de bienestar impensable hace solo unos años.
El niño de nuestros países desarrollados
tiene una casa cómoda, asiste a la escuela,
y tiene una multitud de entretenimientos que hacen
más grata y fácil su vida. Pero los
dibujos animados no pueden sustituir el temblor
de un gatito y, tal como supo ver la delicada Marlen
Haushofer, puede que su mundo sea mucho más
pobre que el de los niños que aún
viviendo en países subdesarrollados poseen
la experiencia de ese temblor. En ese sentido todos
los recién nacidos son como pequeños
discapacitados, ya que nacen incompletos, y basta
con compararles con otras crías del reino
animal para saber hasta qué punto esto es
así. Aun más, su belleza surge precisamente
de esa inmadurez con la que llegan al mundo. Un
niño que no puede andar, un niño ciego
o sordo presentan un evidente déficit en
relación a las facultades propias de los
niños normales, pero en lo esencial no son
distintos a ellos. Todos quieren vivir, todos se
sienten insatisfechos e incompletos, todos tiemblan
sin saber la razón, pues eso es la vida,
el temblor de lo desconocido.