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Autorretrato,
1889 |
Querido
Vincent:
Tu
hermano Théo me ha dado la dirección
del doctor Gachet, y es a él a quien dirijo
esta carta para que te la entregue. También
me ha dicho que el doctor te atiende como un padre
y que desde que estás a su lado en Auvers-sur
Oise, te encuentras mejor.
Te
escribo para decirte que he leído el artículo
que se ha publicado en Le Mercure de France
sobre tu pintura. Siempre he sabido que antes o
después tenía que suceder algo así,
y que todos terminarían reconociendo tu trabajo.
¿No te acuerdas de que te reías de
mí porque a todas las horas te estaba diciendo
que terminarías por hacerte famoso? Ya lo
ves, tu ignorante prima Kate, ha resultado ser más
lista que todos los críticos de arte.
Théo
me ha estado enseñando los cuadros que pintaste
en el asilo y los dos terminamos llorando. ¿A
ver si sabes lo que le he dicho? Que no te interesaba
reproducir lo que tenías delante de los ojos,
sino que te servías arbitrariamente del color
para expresar con más fuerza lo que pasaba
por tu alma.
¡Pobre
Vincent! ¡Qué mal me porté contigo!
Me asustaba tu violencia, tu forma extraña
de mirar el mundo, como si fuera un lugar hermoso
pero también aquel donde uno puede arruinarse,
volverse loco, cometer crímenes.
Recuerdo
cuando volviste a Teten, a la casa de tu padre,
y todos los problemas que ocasionaste por aquella
locura que te dio de perseguirme. Recuerdo mi huida
a La Haya, y aquella tarde terrible en que amenazaste
con quemarte la mano si no te permitía verme.
También la última vez que te vi. Te
habías enamorado de aquella pobre prostituta
Sien, y llevabas meses viviendo con ella y sus hijos
convencido de haber encontrado la felicidad. Conmovido
por su miseria, pues siempre tuviste ese don terrible
de la compasión, de hacer tuyo el dolor de
los demás.
Luego
supe de tus sucesivos cambios de residencia a través
de Théo, al que visitaba a menudo. De tu
período en Arlés y de tu ingreso,
sobre todo, en el asilo de Saint-Remy, donde pintaste
sin parar, como nunca lo habías hecho. Me
bastó ver la luminosidad y alegría
de aquellos cuadros, para parecerme que habías
conseguido ese descanso, esa tranquilidad, que tan
desesperadamente buscaba. Todos ven en tu pintura
lo extraño, pero yo veo un bello mundo de
esperanzas y de luz, aunque se escape inexorablemente
tus manos. Recuerdo nuestros paseos en Hete, cuando
amabas la naturaleza y tu capacidad para ver la
belleza en las cosas sencillas. También aquello
que solías decirme de que preferías
pintar los árboles que veías desde
tu ventana antes que visiones imaginarias.
Pero
si hoy te escribo es para hablarte de uno de tus
cuadros. Es un cuadro en el que se ve un jarrón
con un ramo de lirios. Una de las ramas aparece
caída. Es una rama alejada del agua, que
morirá pronto. Théo me dijo que lo
pintaste durante tu estancia en el asilo de Saint-Remy,
y yo supe al instante que esa rama eras tú.
Me impresionó tanto que esa noche tuve un
sueño, en que me veía frente a unos
lirios así. Veía la rama caída
e intentaba colocarla en el agua, pero no podía
hacerlo porque tenía la mano quemada. Fíjate
que extraño, esa mano que te quisiste quemar,
y que te habría impedido pintar, era en el
sueño la mía, y por más que
quería recoger los lirios no podía
hacerlo, aunque fuera entonces cuando estos se mostraran
en toda su hermosura. Me desperté sobresaltada,
comprendiendo que eso es tu pintura: Una mano quemada
tratando de volver al lugar de la vida.
Tu
prima Kate.
[Publicado
en Descubrir el ARTE, en marzo de 2003.]