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LA MANO QUEMADA
El mundo entero celebra el nacimiento de Van Gogh en su CL aniversario. Gustavo Martín Garzo le rinde su particular homenaje encarnándose por unas líneas en su prima Kate, amor secreto e imposible del legendariamente desgraciado posimpresionista holandés:

 

Autorretrato, 1889

Querido Vincent:

Tu hermano Théo me ha dado la dirección del doctor Gachet, y es a él a quien dirijo esta carta para que te la entregue. También me ha dicho que el doctor te atiende como un padre y que desde que estás a su lado en Auvers-sur Oise, te encuentras mejor.

Te escribo para decirte que he leído el artículo que se ha publicado en “Le Mercure de France” sobre tu pintura. Siempre he sabido que antes o después tenía que suceder algo así, y que todos terminarían reconociendo tu trabajo. ¿No te acuerdas de que te reías de mí porque a todas las horas te estaba diciendo que terminarías por hacerte famoso? Ya lo ves, tu ignorante prima Kate, ha resultado ser más lista que todos los críticos de arte.

Théo me ha estado enseñando los cuadros que pintaste en el asilo y los dos terminamos llorando. ¿A ver si sabes lo que le he dicho? Que no te interesaba reproducir lo que tenías delante de los ojos, sino que te servías arbitrariamente del color para expresar con más fuerza lo que pasaba por tu alma.

¡Pobre Vincent! ¡Qué mal me porté contigo! Me asustaba tu violencia, tu forma extraña de mirar el mundo, como si fuera un lugar hermoso pero también aquel donde uno puede arruinarse, volverse loco, cometer crímenes.

Recuerdo cuando volviste a Teten, a la casa de tu padre, y todos los problemas que ocasionaste por aquella locura que te dio de perseguirme. Recuerdo mi huida a La Haya, y aquella tarde terrible en que amenazaste con quemarte la mano si no te permitía verme. También la última vez que te vi. Te habías enamorado de aquella pobre prostituta Sien, y llevabas meses viviendo con ella y sus hijos convencido de haber encontrado la felicidad. Conmovido por su miseria, pues siempre tuviste ese don terrible de la compasión, de hacer tuyo el dolor de los demás.

Luego supe de tus sucesivos cambios de residencia a través de Théo, al que visitaba a menudo. De tu período en Arlés y de tu ingreso, sobre todo, en el asilo de Saint-Remy, donde pintaste sin parar, como nunca lo habías hecho. Me bastó ver la luminosidad y alegría de aquellos cuadros, para parecerme que habías conseguido ese descanso, esa tranquilidad, que tan desesperadamente buscaba. Todos ven en tu pintura lo extraño, pero yo veo un bello mundo de esperanzas y de luz, aunque se escape inexorablemente tus manos. Recuerdo nuestros paseos en Hete, cuando amabas la naturaleza y tu capacidad para ver la belleza en las cosas sencillas. También aquello que solías decirme de que preferías pintar los árboles que veías desde tu ventana antes que visiones imaginarias.

Pero si hoy te escribo es para hablarte de uno de tus cuadros. Es un cuadro en el que se ve un jarrón con un ramo de lirios. Una de las ramas aparece caída. Es una rama alejada del agua, que morirá pronto. Théo me dijo que lo pintaste durante tu estancia en el asilo de Saint-Remy, y yo supe al instante que esa rama eras tú. Me impresionó tanto que esa noche tuve un sueño, en que me veía frente a unos lirios así. Veía la rama caída e intentaba colocarla en el agua, pero no podía hacerlo porque tenía la mano quemada. Fíjate que extraño, esa mano que te quisiste quemar, y que te habría impedido pintar, era en el sueño la mía, y por más que quería recoger los lirios no podía hacerlo, aunque fuera entonces cuando estos se mostraran en toda su hermosura. Me desperté sobresaltada, comprendiendo que eso es tu pintura: Una mano quemada tratando de volver al lugar de la vida.

Tu prima Kate.

[Publicado en “Descubrir el ARTE”, en marzo de 2003.]

 
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