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Roberto
Arlt |
Roberto
Arlt llegó a publicar en la prensa periódica,
según las investigaciones realizadas por
Omar Borré, unos sesenta relatos. De esos
relatos sólo reunió en libro veinticuatro
(nueve en "El jorobadito", 1933, y quince
en "El criador de gorilas", 1941). Los
demás quedaron diseminados por periódicos
y revistas de la época sin que podamos saber
si su autor se hubiera decidido a rescatarlos alguna
vez del olvido reuniéndolos en nuevos libros.
Forman parte de esa literatura de supervivencia,
como sus célebres "Aguafuertes",
publicados en el periódico bonaerense El
Mundo, con la que Arlt obtenía el dinero
que necesitaba para vivir.
La investigación policial, el mundo del crimen
y el hampa, la obsesión por el dinero y el
robo, suelen ser los temas recurrentes de estos
relatos olvidados. Los mismos, por otra parte, de
sus tres primeras novelas, "El juguete rabioso",
"Los siete locos" y "Los lanzallamas",
y de los cuentos que él mismo reúne
en "El jorobadito". Los personajes de
Roberto Arlt poseen una complicada psicología
tras la que suele subyacer, al menos en sus casos
más señeros, como en Erdosain y en
el Astrólogo de "Los siete locos",
o en los protagonistas masculinos de "El jorobadito",
"Esther primavera" y "Las fieras",
una elaborada metafísica del mal. El resultado
es una mezcla onírica de sordidez y fantasía
que no tienen parangón en nuestra lengua,
y que recuerda los mundos novelescos de Gogol y
Dostoievski. No es fácil explicar su poder
de fascinación, ya que todos estos personajes
constituyen una saga de vehementes locos, que faltos
del temple para ser verdaderos héroes sólo
les queda sobresalir como campeones de la bajeza.
Maestros del engaño y de la melancolía,
entre ellos son frecuentes las taras. Eunucos, prostitutas,
indigentes, asesinos, seres deformes o que han sufrido
la pérdida de algún miembro, pululan
por las páginas de los libros del autor argentino
como una saga sin esperanza, en la que sin embargo,
y esto es lo extraño, parece esconderse alguna
forma oscura y decisiva de verdad acerca del corazón
del hombre. Como si cuanto más auténtica
fuera la verdad más mutilada nos tuviera
que parecer.
Freud dijo que el arte no era sino una lucha contra
la depresión, y se diría que todos
estos personajes no hacen sino luchar freudianamente
contra esa terrible angustia, que no es tanto la
de dejar de existir como la de no haber llegado
a hacerlo nunca. Una angustia que forma parte de
la naturaleza del hombre, pero que constituye de
forma especial al hombre contemporáneo, quién
se ve obligado a vivir en un mundo sin fe y para
el que toda ilusión redentora parece haber
tocado a su fin. El mundo de la literatura y el
de la delincuencia no hacen sino coincidir en este
punto. Es a lo que se refiere, con su habitual perspicacia,
Roberto Piglia cuando afirma que Arlt "identifica
siempre la escritura con el crimen, la estafa, la
falsificación, el robo". La literatura
de Arlt, como su obsesión por el mundo del
delito, surgiría allí donde todos
los sueños utópicos parecen haber
llegado a su fin.
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Portada
de la revista Don Goyo |
"¿Será
posible imaginar un mundo repleto de empleados de
fábricas que producen máquinas de
guerra, de amas de casa que cocinan, de científicos
que calculan cuántos metros de aire faltan
para sobrevivir, de niños que repiten sus
lección todos ellos sin la más remota
noción de sentido para lo que hacen".
La literatura trata de rebelarse contra un mundo
que hace de la mentira la base de la felicidad humana.
Debe encerrar para ello la potencia de "un
cross a la mandíbula". Siguiendo en
esto la estela de Kafka, Arlt concibió sus
obras como una crítica del mundo bienpensante
de la burguesía y la intelectualidad porteña.
Es lo que harán sus investigadores, ver el
mundo del que forman parte bajo la óptica
sutil e implacable de la sospecha. Arlt conoce como
nadie ese oscuro Buenos Aires que es su ciudad,
y quiere investigar sus crímenes. No tenemos
por qué escandalizarnos. Todas las ciudades
están llenas de asesinos, de gentes que mueren
sin que nadie repare en ellos, de oscuras víctimas
anónimas. Detrás de la ciudad burguesa,
con sus avenidas sus elegantes cafés, sus
academias de tangos, sus jardines y monumentos,
hay un mundo hecho de venganzas, delaciones, estafas,
robos y crímenes. Y es con los mimbres de
ese mundo con los que se teje la trama más
esquiva de algunos de nuestros sueños más
ineludibles. Los personajes de Roberto Arlt no son
por eso tan diferentes a nosotros. Como los de Kafka,
no hacen sino buscar salidas, aunque su problema
no sea tanto la culpa como la melancolía.
En realidad se comportan como si la muerte les siguiera
los pasos, y trataran de esquivarla. El escritor
no sería sino una criatura más de
esta legión de condenados, y de hecho uno
de los relatos de su libro "El jorobadito"
tendrá por protagonista a uno de ellos. "Para
qué aferrarse en estériles luchas,
-reflexiona- si la final del camino se encuentra
como todo premio un sepulcro profundo y una nada
infinita? Y yo sé que tengo razón".
Bien mirado el escritor de este cuento en nada se
distingue de los angustiados rufianes que protagonizan
cuentos tan dolorosos como "El jorobadito",
"Esther primavera" o "Las fieras".
Estos tres cuentos son un feroz alegato contra la
posibilidad redentora del amor. La felicidad no
es posible, se nos dice en ellos. Tal vez por ello
la única salida, como ha escrito Teodosio
Fernández, "se concreta en la transgresión,
en la degradación que permite una absurda
apariencia de ser, en la perversidad que al menos
permite la certeza de existir en el mal".
Pero escribir, como delinquir, no es sino crear
la expectativa de un acontecimiento extraordinario.
Y es aquí donde surgen esas dos figuras tan
familiares al universo de Arlt que son la figura
del investigador y la del inventor. La figura del
investigador, a la que ya hemos aludido brevemente
líneas arriba, podría confundirse,
según vuelve a advertirnos Piglia, con la
del crítico literario: su función
es poner al descubierto las estrategias del engaño,
revelar en suma la verdad como falta. La figura
del inventor, por su parte, se confunde con la del
poeta, que no hace sino añadir al mundo esa
máquina deseante que es el poema. El propio
Roberto Arlt fue un reiterado inventor, aunque sin
excesiva fortuna. Llegó a patentar unas medias
irrompibles para las mujeres, motores de superexplosión
y se metió en todo tipo de imaginativos y
locos proyectos, que nunca logró sacar adelante.
Según parece llegó a entusiasmarse
con la idea de organizar una gran cadena nacional
de prostíbulos, con la que costearía
la revolución social. Borges, que no le apreciaba
nada, lo cuenta de esta manera: "Era muy ingenuo.
Se dejaba engañar por cualquier plan, por
descabellado que fuera, para ganar mucha plata,
a condición de que hubiera en él algo
deshonesto. Por ejemplo, se interesó en el
proyecto de instalar una feria para rematar caballos,
en Avellaneda. El verdadero negocio consistiría
en que clandestinamente cortarían las colas
de los caballos, venderían la cerda y ganarían
millones. Un negocio adicional: con las costras
de las mataduras del lomo fabricarían un
insecticida infalible".
Un escritor en cierta forma es un inventor, en la
medida en que ambos tratan de hacer reales sus fantasías.
Por eso gran número de los personajes de
Arlt participan de esta fiebre inventora. Sueñan
con gases venenosos, microbios malignos, organizaciones
secretas, rosas de metal, cartas bombas, mercaderías
milagrosas, y todo tipo de artilugios con los que
subvertir el orden social y dar opción a
que el paraíso soñado pueda tener
lugar en la tierra. La literatura misma es investigación
e invento. Como Erdosain que imagina la rosa de
cobre, o el Astrólogo que sueña con
dirigir una planta de producción de gases
venenosos, el escritor sueña con cambiar
el mundo con sus relatos. Un invento es algo que
se añade a la vida. Pero ¿por qué
habría de hacerse algo así si la vida
no merece la pena? Una alfombra voladora, por ejemplo,
no sólo es asombrosa porque nos permite desplazarnos
por el aire, sino porque abre la posibilidad del
viaje, revelándonos cuanto de insospechado
y magnífico llegaremos a encontrar en el
vuelo. O dicho de otra forma, el mundo que reivindica
el inventor es el mundo de la posibilidad. "Puede
que nacer sea la consecuencia de un pacto monstruoso,
escribe Juan Carlos Onetti en su célebre
artículo sobre su encuentro con Arlt, pero
estar vivo es la única maravilla".
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Caricatura |
Este
descubrimiento será uno de los grandes temas
del último y, para mí, más
hermoso y extraño de sus libros, "El
criador de gorilas". Donde el Arlt descreído
y ególatra, parece descubrir la sabiduría
de los viejos narradores y abrirse a la vez a la
maravilla y al horror de vivir. Todos estos relatos
surgen de un viaje que realiza a España,
Tánger y Marruecos como enviado de un diario
bonaerense. Fascinado por el misterio y la sugestión
de ese mundo, Arlt proyecta escribir enseguida un
puñado de historias cuyas páginas
pudieran llegar a confundirse con las de un lujoso
y refinado tomo de crónicas musulmanas. Pero
este libro termina por transformarse en otra cosa.
Están sí, los temas eternos de Arlt,
la traición, la venganza, el robo, la mujer
como símbolo de perversión, de forma
que bien podría decirse que cuando Arlt escribe
sobre África lo esta haciendo en realidad
sobre su propio país, ya que Buenos Aires
refleja la selva y su mundo apocalíptico,
en una escala aún mayor y más inhumana.
Pero también hay en ellos algo nuevo. Algo
que sin duda tiene que ver con el descubrimiento
de esas otras fuentes del Nilo que son las fuentes
donde nacen los viejos relatos. Arlt se da cuenta
de que su viaje ha sido a la vez un viaje en el
espacio y en el tiempo, un viaje físico y
espiritual. El viaje, en definitiva, que le ha permitido
encontrarse con esa verdad que como escritor no
había dejado de buscar desde que empezara
a escribir: Que el narrador, como escribió
Walter Benjamin, es la figura con que el justo se
encuentra consigo mismo. Porque es cierto que estos
relatos están llenos de hechos atroces, venganzas,
traiciones, terribles desengaños, crueldades,
pero no lo es menos que el mal ya no se ofrece como
única opción, y que el culpable siempre
terminado pagando por lo que hace. O dicho de otra
forma, Arlt hace suyo, puede que sin darse cuenta,
ese antiguo y misterioso oficio del narrador, y
todos su relatos surgen de la creencia de que una
vida sin justicia carece de sentido. Esa es la misión
del verdadero narrador de historias, narrar la vida
y su dignidad. Y si el narrador se confunde con
el justo es porque de alguna forma se transforma
en el portavoz de las criaturas.
Ningún relato lo muestra mejor que el que
da título al volumen, "El criador de
gorilas". Hay en él una venganza espantosa,
pero también un movimiento de dignidad. Su
protagonista, se niega a asistir a la terrible injusticia
de ver como una esclava negra va a ser separada
del pequeño chimpancé, con el que
mantiene unas relaciones maternales, y se pone de
su parte. Su venganza no significa solo un ajuste
de cuentas, sino la asunción y defensa de
ese fondo maternal que justifica y sostiene la vida.
Y es cierto que la negra y el pequeño chimpancé
que huyen hacia la selva constituyen una pareja
mutilada y extraña, como tantas de las que
aparecen en los relatos de Arlt, pero no lo es menos
que ahora encarnan esa verdad que cuanto más
mutilada más verdadera y decisiva nos parece.
Tal vez porque, como escribió Pascal, nadie
es tan pobre que no vaya dejando algo tras de sí.
[Este
texto es el prólogo a la reciente edición
de "Cuentos completos" de Roberto Artl,
publicados por la editorial Losada.]