Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 

ARLT, EL AFRICANO
Gustavo Martín Garzo recrea la figura del excéntrico escritor rioplatense

 

Roberto Arlt

Roberto Arlt llegó a publicar en la prensa periódica, según las investigaciones realizadas por Omar Borré, unos sesenta relatos. De esos relatos sólo reunió en libro veinticuatro (nueve en "El jorobadito", 1933, y quince en "El criador de gorilas", 1941). Los demás quedaron diseminados por periódicos y revistas de la época sin que podamos saber si su autor se hubiera decidido a rescatarlos alguna vez del olvido reuniéndolos en nuevos libros. Forman parte de esa literatura de supervivencia, como sus célebres "Aguafuertes", publicados en el periódico bonaerense El Mundo, con la que Arlt obtenía el dinero que necesitaba para vivir.
La investigación policial, el mundo del crimen y el hampa, la obsesión por el dinero y el robo, suelen ser los temas recurrentes de estos relatos olvidados. Los mismos, por otra parte, de sus tres primeras novelas, "El juguete rabioso", "Los siete locos" y "Los lanzallamas", y de los cuentos que él mismo reúne en "El jorobadito". Los personajes de Roberto Arlt poseen una complicada psicología tras la que suele subyacer, al menos en sus casos más señeros, como en Erdosain y en el Astrólogo de "Los siete locos", o en los protagonistas masculinos de "El jorobadito", "Esther primavera" y "Las fieras", una elaborada metafísica del mal. El resultado es una mezcla onírica de sordidez y fantasía que no tienen parangón en nuestra lengua, y que recuerda los mundos novelescos de Gogol y Dostoievski. No es fácil explicar su poder de fascinación, ya que todos estos personajes constituyen una saga de vehementes locos, que faltos del temple para ser verdaderos héroes sólo les queda sobresalir como campeones de la bajeza. Maestros del engaño y de la melancolía, entre ellos son frecuentes las taras. Eunucos, prostitutas, indigentes, asesinos, seres deformes o que han sufrido la pérdida de algún miembro, pululan por las páginas de los libros del autor argentino como una saga sin esperanza, en la que sin embargo, y esto es lo extraño, parece esconderse alguna forma oscura y decisiva de verdad acerca del corazón del hombre. Como si cuanto más auténtica fuera la verdad más mutilada nos tuviera que parecer.
Freud dijo que el arte no era sino una lucha contra la depresión, y se diría que todos estos personajes no hacen sino luchar freudianamente contra esa terrible angustia, que no es tanto la de dejar de existir como la de no haber llegado a hacerlo nunca. Una angustia que forma parte de la naturaleza del hombre, pero que constituye de forma especial al hombre contemporáneo, quién se ve obligado a vivir en un mundo sin fe y para el que toda ilusión redentora parece haber tocado a su fin. El mundo de la literatura y el de la delincuencia no hacen sino coincidir en este punto. Es a lo que se refiere, con su habitual perspicacia, Roberto Piglia cuando afirma que Arlt "identifica siempre la escritura con el crimen, la estafa, la falsificación, el robo". La literatura de Arlt, como su obsesión por el mundo del delito, surgiría allí donde todos los sueños utópicos parecen haber llegado a su fin.

Portada de la revista Don Goyo

"¿Será posible imaginar un mundo repleto de empleados de fábricas que producen máquinas de guerra, de amas de casa que cocinan, de científicos que calculan cuántos metros de aire faltan para sobrevivir, de niños que repiten sus lección todos ellos sin la más remota noción de sentido para lo que hacen". La literatura trata de rebelarse contra un mundo que hace de la mentira la base de la felicidad humana. Debe encerrar para ello la potencia de "un cross a la mandíbula". Siguiendo en esto la estela de Kafka, Arlt concibió sus obras como una crítica del mundo bienpensante de la burguesía y la intelectualidad porteña. Es lo que harán sus investigadores, ver el mundo del que forman parte bajo la óptica sutil e implacable de la sospecha. Arlt conoce como nadie ese oscuro Buenos Aires que es su ciudad, y quiere investigar sus crímenes. No tenemos por qué escandalizarnos. Todas las ciudades están llenas de asesinos, de gentes que mueren sin que nadie repare en ellos, de oscuras víctimas anónimas. Detrás de la ciudad burguesa, con sus avenidas sus elegantes cafés, sus academias de tangos, sus jardines y monumentos, hay un mundo hecho de venganzas, delaciones, estafas, robos y crímenes. Y es con los mimbres de ese mundo con los que se teje la trama más esquiva de algunos de nuestros sueños más ineludibles. Los personajes de Roberto Arlt no son por eso tan diferentes a nosotros. Como los de Kafka, no hacen sino buscar salidas, aunque su problema no sea tanto la culpa como la melancolía. En realidad se comportan como si la muerte les siguiera los pasos, y trataran de esquivarla. El escritor no sería sino una criatura más de esta legión de condenados, y de hecho uno de los relatos de su libro "El jorobadito" tendrá por protagonista a uno de ellos. "Para qué aferrarse en estériles luchas, -reflexiona- si la final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita? Y yo sé que tengo razón". Bien mirado el escritor de este cuento en nada se distingue de los angustiados rufianes que protagonizan cuentos tan dolorosos como "El jorobadito", "Esther primavera" o "Las fieras". Estos tres cuentos son un feroz alegato contra la posibilidad redentora del amor. La felicidad no es posible, se nos dice en ellos. Tal vez por ello la única salida, como ha escrito Teodosio Fernández, "se concreta en la transgresión, en la degradación que permite una absurda apariencia de ser, en la perversidad que al menos permite la certeza de existir en el mal".
Pero escribir, como delinquir, no es sino crear la expectativa de un acontecimiento extraordinario. Y es aquí donde surgen esas dos figuras tan familiares al universo de Arlt que son la figura del investigador y la del inventor. La figura del investigador, a la que ya hemos aludido brevemente líneas arriba, podría confundirse, según vuelve a advertirnos Piglia, con la del crítico literario: su función es poner al descubierto las estrategias del engaño, revelar en suma la verdad como falta. La figura del inventor, por su parte, se confunde con la del poeta, que no hace sino añadir al mundo esa máquina deseante que es el poema. El propio Roberto Arlt fue un reiterado inventor, aunque sin excesiva fortuna. Llegó a patentar unas medias irrompibles para las mujeres, motores de superexplosión y se metió en todo tipo de imaginativos y locos proyectos, que nunca logró sacar adelante. Según parece llegó a entusiasmarse con la idea de organizar una gran cadena nacional de prostíbulos, con la que costearía la revolución social. Borges, que no le apreciaba nada, lo cuenta de esta manera: "Era muy ingenuo. Se dejaba engañar por cualquier plan, por descabellado que fuera, para ganar mucha plata, a condición de que hubiera en él algo deshonesto. Por ejemplo, se interesó en el proyecto de instalar una feria para rematar caballos, en Avellaneda. El verdadero negocio consistiría en que clandestinamente cortarían las colas de los caballos, venderían la cerda y ganarían millones. Un negocio adicional: con las costras de las mataduras del lomo fabricarían un insecticida infalible".
Un escritor en cierta forma es un inventor, en la medida en que ambos tratan de hacer reales sus fantasías. Por eso gran número de los personajes de Arlt participan de esta fiebre inventora. Sueñan con gases venenosos, microbios malignos, organizaciones secretas, rosas de metal, cartas bombas, mercaderías milagrosas, y todo tipo de artilugios con los que subvertir el orden social y dar opción a que el paraíso soñado pueda tener lugar en la tierra. La literatura misma es investigación e invento. Como Erdosain que imagina la rosa de cobre, o el Astrólogo que sueña con dirigir una planta de producción de gases venenosos, el escritor sueña con cambiar el mundo con sus relatos. Un invento es algo que se añade a la vida. Pero ¿por qué habría de hacerse algo así si la vida no merece la pena? Una alfombra voladora, por ejemplo, no sólo es asombrosa porque nos permite desplazarnos por el aire, sino porque abre la posibilidad del viaje, revelándonos cuanto de insospechado y magnífico llegaremos a encontrar en el vuelo. O dicho de otra forma, el mundo que reivindica el inventor es el mundo de la posibilidad. "Puede que nacer sea la consecuencia de un pacto monstruoso, escribe Juan Carlos Onetti en su célebre artículo sobre su encuentro con Arlt, pero estar vivo es la única maravilla".

Caricatura

Este descubrimiento será uno de los grandes temas del último y, para mí, más hermoso y extraño de sus libros, "El criador de gorilas". Donde el Arlt descreído y ególatra, parece descubrir la sabiduría de los viejos narradores y abrirse a la vez a la maravilla y al horror de vivir. Todos estos relatos surgen de un viaje que realiza a España, Tánger y Marruecos como enviado de un diario bonaerense. Fascinado por el misterio y la sugestión de ese mundo, Arlt proyecta escribir enseguida un puñado de historias cuyas páginas pudieran llegar a confundirse con las de un lujoso y refinado tomo de crónicas musulmanas. Pero este libro termina por transformarse en otra cosa. Están sí, los temas eternos de Arlt, la traición, la venganza, el robo, la mujer como símbolo de perversión, de forma que bien podría decirse que cuando Arlt escribe sobre África lo esta haciendo en realidad sobre su propio país, ya que Buenos Aires refleja la selva y su mundo apocalíptico, en una escala aún mayor y más inhumana.
Pero también hay en ellos algo nuevo. Algo que sin duda tiene que ver con el descubrimiento de esas otras fuentes del Nilo que son las fuentes donde nacen los viejos relatos. Arlt se da cuenta de que su viaje ha sido a la vez un viaje en el espacio y en el tiempo, un viaje físico y espiritual. El viaje, en definitiva, que le ha permitido encontrarse con esa verdad que como escritor no había dejado de buscar desde que empezara a escribir: Que el narrador, como escribió Walter Benjamin, es la figura con que el justo se encuentra consigo mismo. Porque es cierto que estos relatos están llenos de hechos atroces, venganzas, traiciones, terribles desengaños, crueldades, pero no lo es menos que el mal ya no se ofrece como única opción, y que el culpable siempre terminado pagando por lo que hace. O dicho de otra forma, Arlt hace suyo, puede que sin darse cuenta, ese antiguo y misterioso oficio del narrador, y todos su relatos surgen de la creencia de que una vida sin justicia carece de sentido. Esa es la misión del verdadero narrador de historias, narrar la vida y su dignidad. Y si el narrador se confunde con el justo es porque de alguna forma se transforma en el portavoz de las criaturas.
Ningún relato lo muestra mejor que el que da título al volumen, "El criador de gorilas". Hay en él una venganza espantosa, pero también un movimiento de dignidad. Su protagonista, se niega a asistir a la terrible injusticia de ver como una esclava negra va a ser separada del pequeño chimpancé, con el que mantiene unas relaciones maternales, y se pone de su parte. Su venganza no significa solo un ajuste de cuentas, sino la asunción y defensa de ese fondo maternal que justifica y sostiene la vida. Y es cierto que la negra y el pequeño chimpancé que huyen hacia la selva constituyen una pareja mutilada y extraña, como tantas de las que aparecen en los relatos de Arlt, pero no lo es menos que ahora encarnan esa verdad que cuanto más mutilada más verdadera y decisiva nos parece. Tal vez porque, como escribió Pascal, nadie es tan pobre que no vaya dejando algo tras de sí.

[Este texto es el prólogo a la reciente edición de "Cuentos completos" de Roberto Artl, publicados por la editorial Losada.]

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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