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Emily
Brönte |
Acabo
de aprender a leer. Tengo unos seis años y entro
en casa buscando a mi madre. Las habitaciones están
en penumbra, pues suelen mantener entornadas las
contraventanas para protegerlas del sol. Estamos
en pleno verano y el calor es intenso. Vengo sudando
y noto el cambio de esa temperatura exterior con
la que reina en la casa. También el silencio, profundo,
misterioso, como animado por una respiración imperceptible.
Encuentro a mi madre en la cocina. Sola, tan abstraída
en la lectura que no repara en mí. Parece en medio
de un círculo encantado, y me detengo a mirarla.
Sus manos inmóviles junto al libro abierto, su rostro
levemente inclinado hacia las páginas, su intensa
y decidida concentración. Me acerco hasta tocar
la mesa, y ella por fin levanta la cara para mirarme.
Tiene los ojos llenos de luz, y en sus mejillas
hay un leve rubor. Le pregunto qué esta leyendo
y me dice que una novela, El caballero de los
brezos. Una novela de amores desgraciados. Esas
son sus palabras, "amores desgraciados", pero en
su rostro hay una decidida expresión de felicidad,
como si me ocultara algo, algo que no quiere o que
no puede decirme porque, al fin y al cabo, sólo
soy su hijo, es decir un niño pequeño que no puede
entender el corazón de una mujer, las alucinaciones
de sus horas solitarias y amargas. "Escucha", me
dice de pronto, y volviendo de nuevo su mirada a
las páginas del libro me lee un pequeño fragmento.
"Ahora, a la claridad de las llamas, yo podía distinguir
por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer
apenas había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente
formada y poseía la más linda carita que yo hubiera
contemplado jamás. Tenía las facciones menudas,
la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre
su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido
irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable".
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Emily
Dickinson |
Estas
líneas en realidad pertenecen a Cumbres borrascosas,
la novela de Emily Brönte, de la que según
me daría cuenta luego El caballero de los brezos
(cuyo argumento le haría contar a mi madre infinidad
de veces) tomaba demasiadas cosas. Tomaba la intensa
relación de los protagonistas ya desde la infancia,
la presencia del viento y el páramo, el ambiente
demoníaco y el clima de exaltación y hondo embeleso,
de locura y oscuridad que traspasaba toda la historia,
una de las más arrebatadas, hermosas e intensas
que se han escrito jamás. Supongo que ambas novelas
se podrían haber confundido en sus manos, como lo
habrían podido hacer en las de tantas mujeres jóvenes
de entonces, para las que este tipo de lecturas
-las de esas novelas que se han dado en llamar "románticas"-
poseían el carácter de una patética introducción
en los secretos más hondos de sus vidas. Todavía
hoy, cuando entro en las librerías, me detengo a
menudo en los estantes donde tales novelas están
expuestas. Leo sus títulos, y veo sus portadas,
sensuales, arrebatadas, donde hombres misteriosos,
abrazan los cuerpos frágiles, escotados, de muchachas
temblorosas siempre a punto a punto de entregarse
a ellos. Y vuelvo a ver a mi madre cuando, aprovechando
un rato libre, las leía a solas en cualquier rincón
de la casa. A mi madre joven, absorta en aquellas
novelas, que habrían de abrirla a los secretos más
recónditos de unas existencias impetuosas, y en
su expresión de distancia y leve fastidio cuando
por alguna razón la interrumpíamos.
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Katherine
Mansfield |
Estoy
ahora contemplando el libro sobre la mesa. Mi madre
no está y yo lo tomo con rapidez y lo oculto bajo
mi camisa. Corro con él escondido, mientras el corazón
late atropelladamente en mi pecho, hasta un pequeño
cuarto que hay bajo las escaleras. Llevo una linterna
y trato de leer el libro bajo el haz de su luz.
La operación resulta un fracaso. Descifro las palabras,
las frases, dejo atrás con trabajo varias de sus
páginas, pero no consigo abrirme a ese misterio,
el de su lectura arrebatada y profunda. Alguien
sube por las escaleras y abandono a toda prisa tanto
mi lectura como mi escondite. No será la única vez
que lo intente. Me recuerdo haciendo lo mismo otras
tardes de ese mismo verano. Tomando a escondidas
los libros de mi madre y tratando de sorprender
en mí mismo la emoción que la veo experimentar a
ella cuando los lee. Siempre fracaso. Busco esa
emoción, el sentimiento de estar traspasando una
frontera, pero no lo consigo.
Tienen
que pasar varios años para que esa facultad nueva,
que cambiará por completo el sentido de mi vida,
se desarrolle. De hecho soy un lector tardío, y
hasta los 15 ó 16 años no empiezo a leer de verdad.
Es entonces cuando cae en mis manos una novela de
Salgari, El capitán Tormenta. No es,
obviamente, el primer libro que leo, pero sí el
primero que me deslumbra, que hace surgir a mi alrededor
ese círculo de tiza de la adivinación y el pensamiento
en que tantas veces vi detenida a mi madre. La novela
narraba las aventuras de un capitán cristiano en
sus luchas contra los moros, creo que durante el
tiempo de una de las cruzadas. Pero ese libro vibrante,
poseído como todos los de Salgari, de una irrefrenable
fuerza poética, contenía una sorpresa: aquel capitán
valeroso era en realidad una muchacha. Creo que
ese descubrimiento constituyó el primer instante
de verdadera lectura a que tuve la fortuna de acceder.
No de esa lectura mecánica, en la que llevados por
el aburrimiento o la falta de otras cosas mejores,
tomábamos un libro y pasábamos distraídos sus páginas,
sino de la lectura que se relaciona con el secreto
y con el enigma, con el descubrimiento de otra ficción
más honda en el corazón de la primera.
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Flannery
O´Connor |
Ninguna
historia lo expresa mejor que la historia de Eros
y Psique. Psique se encuentra con Eros en la
oscuridad, donde tienen lugar sus raptos amorosos,
y su felicidad sólo conoce el límite de no poder
contemplarle, ni siquiera a la luz de una vela.
Esa es la condición que Eros ha puesto para reunirse
con ella cada noche. Exige la oscuridad completa
y, por lo tanto, que cada uno ignore del otro todo
cuanto no tenga que ver con ese reino de la pura
interioridad que es la unión sexual. Pero Psique
pertenece a esa estirpe de personajes que no les
basta con la visión, el rapto, sino que quieren
poner a prueba su valor en el mundo. Que no se conforman
con los sueños, sino que necesitan servirse de esa
sustancia soñada como luz y alimento de lo que aman.
Una estirpe de honda raigambre cervantina. Coleridge
se trajo una rosa de uno de sus sueños, y esa conducta
propia de todos los poetas, es también la de Psique.
Por eso no le basta el abrazo en la oscuridad, la
percepción del embeleso, sino que quiere también
tener a Eros a la hora del desayuno.
La
historia de la literatura está llena de muchachas
como Psique, muchachas que se internan en un terreno
que desconocen, que lo hacen movidas no sólo por
un deseo de pérdida y de exaltación, sino también
de rescate. Eva, Pandora, la joven esposa
de Barbazul, Jane Eyre, la institutriz
de Una vuelta de tuerca, se enfrentan a una
prohibición, que implica no traspasar cierto límite,
y que ninguna respeta. Aún más su ser mismo, su
misma naturaleza, no podría existir sin ese desafío,
como si en última instancia lo femenino viniera
a definirse por esa entrega activa, ese desafío
que es a la vez ardor y vocación de acoger. Leer
es buscar ese ardor, esa fusión ardiente, pero también
asumir esa función de rescate. Eros y Ágape.
Tal vez por eso las mujeres se mueven en el mundo
de la literatura como pez en el agua. De hecho mi
biblioteca ideal está llena de libros escritos por
mujeres. Los nombres de sus autoras han llegado
a ser tan importantes para mí que me doy cuenta
de que no podría concebir un mundo en que no pudiera
pronunciarlos. Emily Brönte, Emily Dickinson,
Katherine Mansfield, Carson McCullers,
Flannery O'Connor, e Isak Dinesen...
En sus obras está resumidos todos los libros que
existen, y bastaría que en un hipotético incendio,
que afectara a la vez a todas las bibliotecas, se
salvaran los suyos para que la literatura quedara
salvada. En Flannery O'Connor, está Conrad,
Shakespeare y Kafka; en Carson
McCullers, Faulkner, Salinger
y Homero; en Katherine Mansfield,
Babel, Proust, Scott Fitzgerald
y los terribles cuentos de hadas; en Emily Brönte,
Stendhal y Rulfo; en Emily Dickinson,
San Juan de la Cruz, Dante, Holan
y Milosz; en Isak Dinesen, Cervantes,
y Las mil y una noches.
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Carson
Mc Cullers |
Todo
lo decisivo, las preguntas esenciales acerca del
hombre y del mundo, del amor y la muerte, el destino
y la fatalidad están en sus libros. En Cumbres
Borrascosas está la locura y la transfiguración;
en los poemas de Emily Dickinson, el atrevimiento;
en los cuentos de Katherine Mansfield, la intensidad
; y en los de Flannery O'Connor, la deformidad y
la culpa. En La balada del café triste se nos dice
que nada puede salvarnos, ni siquiera el amor; y
en Lejos de África, que los seres
hermosos son demasiado fuertes para que se les pueda
destruir.
He
leido tantas veces sus libros, que he llegado a
pensar en cada una de ellas como si hubieran sido
mujeres que hubieran vivido a mi lado y hubiera
podido conocer. Por amante habría elegido a Emily
Brönte, por hermana a Emily Dickinson; y por amiga
a Flannery O'Connor. La habría ido a visitar a su
granja en Milledgeville, donde criaba pavos
reales, y habría hablado con ella del horror y de
la revelación. Con Katherine Mansfield me hubiera
gustado tener una larga correspondencia, y con Carson
McCullers regentar un café o un pequeño restaurante.
A Isak Dinesen me habría conformado con escucharla
hablar.
A
todas ellas habría querido espiarlas en algún momento
de sus vidas. A Emily Brönte en Haworth,
en compañía de sus hermanas, cuando concebían aquellas
obras nocturnas, demasiado secretas para ser escritas,
que las hacían caer en tales arrebatos de júbilo
que llegaban a despertar a su adusto padre con sus
risas. A Emily Dickinson preparando aquellas tartas
que luego enviaba a su vecinos con notitas tan divertidas
como incomprensibles; a Flanery O'Connor rodeada
de pavos reales; a Katherine Mansfield en París,
en la época en que tuvo su fugaz romance con Francis
Caro. A Carson McCuller y a Isak Dinesen en
aquella cena incomparable que compartieron con Marilyn
Monroe. Isak Dinesen estaba a punto de morir
y, en el que sería su último viaje, le pidió a Carson
McCullers que le consiguiera una cita con Marylin
Monroe. Isak Dinesen, que apenas pesaba treinta
kilos, y que era delgada y frágil como una copa
de champán y Marylin terminaron bailando sobre la
mesa ante la mirada extasiada del resto de los comensales.
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Isak
Dinesen |
Sí,
toda la literatura está contenida en los libros
escritos por estas mujeres excepcionales. Tienen
además una rara cualidad para mí. Siempre que los
abro me devuelven a esa escena inaugural. La escena
en que veo a mi madre abstraída en la lectura, y
a mí mismo contemplándola en secreto desde la puerta
tratando de adivinar sus pensamientos. Esos libros
son entonces el que ella estaba leyendo. Todos los
libros El Caballero de los brezos. Lo he
tomado en secreto (de hecho durante un tiempo nada
me gustó más que robar los libros que iba a leer)
y vuelvo a estar escondido en el cuarto que había
bajo las escaleras. Eso es leer para mí, estar escondido.
Todos los libros son ese único libro, y yo me inclino
sobre sus páginas tratando de adivinar los pensamientos
de mi madre joven y hermosa.