Un
sueño, absurdo y insistente, me persiguió durante
los últimos años de mi infancia. Me encontraba en
un lugar cualquiera y, de pronto, descubría que
estaba desnudo, o para ser más exacto que me faltaba
alguna prenda. Con frecuencia alguno de los zapatos.
No los dos, sino uno solo, lo que añadía a la vergüenza
de su pérdida la de la cojera que resultaba. Este
hecho, tan banal, tenía un efecto devastador, pues
era como si algo decisivo de mí mismo quedara expuesto
por esa falta a la mirada de los otros.Algo
que constituía un desafío intolerable, y que era
fuente, a la vez, de una irresistible y fatal comicidad.
La situación era tan angustiosa que me hacía despertar
bañado en sudor.
Luego he sabido que es un sueño común, más a esa
edad, y que tiene que ver con el despertar de los
primeros deseos sexuales. Sin embargo, en aquel
tiempo, yo estaba convencido de que se relacionaba
con un hecho que había vivido años atrás. Tuvo lugar
durante una excursión del colegio, cuando yo tenía
unos doce o trece años. Una de nuestras paradas
fue para visitar un pantano. Eran tiempos pródigos
en obras públicas, en inauguraciones y exhibiciones
fastuosas, signos de esa nueva era, en que la razón
y la prosperidad no sólo alcanzaban a la vida de
los hombres sino que hasta la misma naturaleza se
ordenaba según las pautas de aquel hombrecillo enérgico,
y levemente desatento, que aparecía con frecuencia
en los documentales cinematográficos. Fuimos a ver
esa presa, a punto de ser inaugurada. La mole ciclópea
de cemento, la inmensa zanja excavada para la acumulación
del agua, el vértigo de aquel corte que parecía
trazado por la voluntad de un gigante. Contemplamos
desde arriba las grandes turbinas, que destacaban
entre las rocas, como misteriosos estuches. Era
una bajada peligrosa, por la que, sin embargo, nos
precipitamos sin vacilar. Muy pronto, sin embargo,
al júbilo de ese descenso vertiginoso, se sobrepuso
uno de los miedos que ya no me abandonaría nunca,
el miedo a la altura. Fui incapaz de dar un paso
más. Mis compañeros empezaron a llamarme, pero yo
no podía seguirles, convencido de que hasta el menor
de mis gestos podía provocar mi caída. No sé como
logré bajar, sí que cuando finalmente lo hice había
perdido una de mis zapatillas. La idea de tener
que subir de nuevo a buscarla me pareció tan aterradora,
que fingí no dar importancia alguna a la pérdida.
El hecho no habría ido más lejos, pues la visita
a la presa era la última parada programada, sino
llega a pasar algo imprevisto para todos. El autocar
se detuvo en una gasolinera, donde coincidimos con
otro autocar de nuestra misma ciudad. Era una excursión
de chicas, y se armó tal alboroto que el padre nos
dio permiso para bajar. También a ellas se lo dieron,
y los grupos se mezclaron como atraídos por un torbellino.
Las chicas no tenían puestos los uniformes y llevaban
faldas de colores alegres que se mecían con sus
movimientos. Yo, por mi parte, no me moví del sitio.
¿Como habría podido bajar, y estar a su lado, descalzo?.
Vi toda la escena sin moverme, pegado al cristal
de la ventanilla, como si aún estuviera colgando
de las rocas y el mínimo movimiento pudiera precipitarme
al vacío. Algunas de las chicas se volvían para
mirarme y se reían, al tiempo que cuchicheaban cosas
al oído, pero en general nadie me hacía caso. Pocos
instantes de mi vida han sido más humillantes y
dolorosos que ese.
He
recordado esa escena, y el sueño de la pérdida de
los zapatos, al contemplar la foto de la playa.
Debe de ser una playa próxima a Gijón, donde
mi madre tenía unos primos a cuya casa íbamos de
vez en cuando durante el verano. Visitábamos las
playas de los alrededores, por lo que puede que
esa foto esté tomada en Luarca, o en Candás,
en el verano del 63 ó del 64. Debo tener unos catorce
o quince años. Me he quitado las zapatillas, y las
llevo con despreocupación en una de mis manos. Sin
manifestar apenas apego por ellas, como si no las
necesitara para nada. Tengo, como es lógico, los
dos pies desnudos, y en la otra mano llevo un palo
a modo de bastón. La leve inclinación de la cadera,
la pernera remangada, la actitud decidida del rostro,
iluminado por una sonrisa maliciosa y atrevida,
dan a esta imagen un aire burlón, golfo y alegre
a la vez, que me encanta. Por fin tengo derecho
a saludar a seres que no conozco, parezco estar
diciendo. Es el comienzo del poema El músico
de Saint-Merry, de Apollinaire. Un hombre
aparece en la ciudad y hace tocar su flauta. De
todos los lados acuden las mujeres y empiezan a
seguirle por las calles, hasta que desaparecen con
él en el interior de una casa, donde nadie les vuelve
a encontrar.
Siempre
me he preguntado por el misterio de esa fotografía,
que no se parece en nada a ninguna de las otras
que conservo (ni de esa época ni de las posteriores).
Es como si por un tiempo, durante ese verano, hubiera
llegado a ser alguien distinto al que siempre fui,
capaz de llevar a cabo pensamientos y acciones imprevisibles
incluso para mí mismo. ¿No semeja el mismo palo
una flauta?. Me acuerdo del poema:
En
suma oh reidores no habéis sacado gran cosa de los
hombres
Apenas
habéis extraído un poco de grasa de su miseria
Pero nosotros que morimos de vivir el uno lejos
del otro
Tendemos
nuestros brazos y sobre esos rieles se desliza un
largo tren de carga.
Nunca
me he desprendido de esa fotografía, que ha sido
sin duda mi preferida durante años. La he mirado
tantas veces que podría reproducir de memoria sus
menores detalles. Fascinado por su alegre misterio.
Debiste ser así, me he dicho infinidad de veces.
Habrías tocado la flauta, las muchachas confundidas
en bandadas te habrían seguido por las calles, cuando
hubieras querido. Temblorosas y vanas, sin pena
por lo que dejaban atrás. Sin pena por el día, la
vida, la memoria que habían abandonado.
Un buen día, sin embargo, empezó a darme miedo.
Me pareció que era una foto terrible. La foto de
un chico que acaba de morir. Que todos los que le
siguieran se perderían. Desde entonces rehuyo ver
esa foto. Sé que está ahí, escondida en un cajón,
pero no quiero mirarla. Cuando lo hago fortuitamente
apenas puedo respirar. No perdiste sólo la zapatilla,
me digo. En realidad aquel día te despeñaste en
la presa. Si luego no bajaste del autocar es porque
sabías que los muertos y los vivos deben permanecer
separados. Por alguna razón que no entiendes ese
niño muerto sigue en el mundo. Aún más, se sirve
de ti para volver. Lo hace cuando te pones a escribir.
Entonces aparece, y hace sonar su flauta. Sabes
que no debes escucharle, pero te enloquece su sonido.
Yo
no canto a este mundo ni a los otros astros
Yo
canto todas las posibilidades de mí mismo fuera
de este mundo y de los astros
Canto
la alegría de vagar y el placer de morir errante.
Sólo
escribes para escuchar el sonido de esa flauta lejana.
Por eso nadie debería leerte, nadie debería leer
nunca nada. Todos los escritores son así. Tal vez
no lo deseen, pero antes o después son los mensajeros
de la muerte. El que les sigue está condenado a
morir.