Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 

EL MÚSICO DE SAINT MERRY

Un sueño, absurdo y insistente, me persiguió durante los últimos años de mi infancia. Me encontraba en un lugar cualquiera y, de pronto, descubría que estaba desnudo, o para ser más exacto que me faltaba alguna prenda. Con frecuencia alguno de los zapatos. No los dos, sino uno solo, lo que añadía a la vergüenza de su pérdida la de la cojera que resultaba. Este hecho, tan banal, tenía un efecto devastador, pues era como si algo decisivo de mí mismo quedara expuesto por esa falta a la mirada de los otros.Algo que constituía un desafío intolerable, y que era fuente, a la vez, de una irresistible y fatal comicidad. La situación era tan angustiosa que me hacía despertar bañado en sudor.

Luego he sabido que es un sueño común, más a esa edad, y que tiene que ver con el despertar de los primeros deseos sexuales. Sin embargo, en aquel tiempo, yo estaba convencido de que se relacionaba con un hecho que había vivido años atrás. Tuvo lugar durante una excursión del colegio, cuando yo tenía unos doce o trece años. Una de nuestras paradas fue para visitar un pantano. Eran tiempos pródigos en obras públicas, en inauguraciones y exhibiciones fastuosas, signos de esa nueva era, en que la razón y la prosperidad no sólo alcanzaban a la vida de los hombres sino que hasta la misma naturaleza se ordenaba según las pautas de aquel hombrecillo enérgico, y levemente desatento, que aparecía con frecuencia en los documentales cinematográficos. Fuimos a ver esa presa, a punto de ser inaugurada. La mole ciclópea de cemento, la inmensa zanja excavada para la acumulación del agua, el vértigo de aquel corte que parecía trazado por la voluntad de un gigante. Contemplamos desde arriba las grandes turbinas, que destacaban entre las rocas, como misteriosos estuches. Era una bajada peligrosa, por la que, sin embargo, nos precipitamos sin vacilar. Muy pronto, sin embargo, al júbilo de ese descenso vertiginoso, se sobrepuso uno de los miedos que ya no me abandonaría nunca, el miedo a la altura. Fui incapaz de dar un paso más. Mis compañeros empezaron a llamarme, pero yo no podía seguirles, convencido de que hasta el menor de mis gestos podía provocar mi caída. No sé como logré bajar, sí que cuando finalmente lo hice había perdido una de mis zapatillas. La idea de tener que subir de nuevo a buscarla me pareció tan aterradora, que fingí no dar importancia alguna a la pérdida. El hecho no habría ido más lejos, pues la visita a la presa era la última parada programada, sino llega a pasar algo imprevisto para todos. El autocar se detuvo en una gasolinera, donde coincidimos con otro autocar de nuestra misma ciudad. Era una excursión de chicas, y se armó tal alboroto que el padre nos dio permiso para bajar. También a ellas se lo dieron, y los grupos se mezclaron como atraídos por un torbellino. Las chicas no tenían puestos los uniformes y llevaban faldas de colores alegres que se mecían con sus movimientos. Yo, por mi parte, no me moví del sitio. ¿Como habría podido bajar, y estar a su lado, descalzo?. Vi toda la escena sin moverme, pegado al cristal de la ventanilla, como si aún estuviera colgando de las rocas y el mínimo movimiento pudiera precipitarme al vacío. Algunas de las chicas se volvían para mirarme y se reían, al tiempo que cuchicheaban cosas al oído, pero en general nadie me hacía caso. Pocos instantes de mi vida han sido más humillantes y dolorosos que ese.

He recordado esa escena, y el sueño de la pérdida de los zapatos, al contemplar la foto de la playa. Debe de ser una playa próxima a Gijón, donde mi madre tenía unos primos a cuya casa íbamos de vez en cuando durante el verano. Visitábamos las playas de los alrededores, por lo que puede que esa foto esté tomada en Luarca, o en Candás, en el verano del 63 ó del 64. Debo tener unos catorce o quince años. Me he quitado las zapatillas, y las llevo con despreocupación en una de mis manos. Sin manifestar apenas apego por ellas, como si no las necesitara para nada. Tengo, como es lógico, los dos pies desnudos, y en la otra mano llevo un palo a modo de bastón. La leve inclinación de la cadera, la pernera remangada, la actitud decidida del rostro, iluminado por una sonrisa maliciosa y atrevida, dan a esta imagen un aire burlón, golfo y alegre a la vez, que me encanta. Por fin tengo derecho a saludar a seres que no conozco, parezco estar diciendo. Es el comienzo del poema El músico de Saint-Merry, de Apollinaire. Un hombre aparece en la ciudad y hace tocar su flauta. De todos los lados acuden las mujeres y empiezan a seguirle por las calles, hasta que desaparecen con él en el interior de una casa, donde nadie les vuelve a encontrar.

Siempre me he preguntado por el misterio de esa fotografía, que no se parece en nada a ninguna de las otras que conservo (ni de esa época ni de las posteriores). Es como si por un tiempo, durante ese verano, hubiera llegado a ser alguien distinto al que siempre fui, capaz de llevar a cabo pensamientos y acciones imprevisibles incluso para mí mismo. ¿No semeja el mismo palo una flauta?. Me acuerdo del poema:

En suma oh reidores no habéis sacado gran cosa de los hombres

Apenas habéis extraído un poco de grasa de su miseria

Pero nosotros que morimos de vivir el uno lejos del otro

Tendemos nuestros brazos y sobre esos rieles se desliza un largo tren de carga.

Nunca me he desprendido de esa fotografía, que ha sido sin duda mi preferida durante años. La he mirado tantas veces que podría reproducir de memoria sus menores detalles. Fascinado por su alegre misterio. Debiste ser así, me he dicho infinidad de veces. Habrías tocado la flauta, las muchachas confundidas en bandadas te habrían seguido por las calles, cuando hubieras querido. Temblorosas y vanas, sin pena por lo que dejaban atrás. Sin pena por el día, la vida, la memoria que habían abandonado.

Un buen día, sin embargo, empezó a darme miedo. Me pareció que era una foto terrible. La foto de un chico que acaba de morir. Que todos los que le siguieran se perderían. Desde entonces rehuyo ver esa foto. Sé que está ahí, escondida en un cajón, pero no quiero mirarla. Cuando lo hago fortuitamente apenas puedo respirar. No perdiste sólo la zapatilla, me digo. En realidad aquel día te despeñaste en la presa. Si luego no bajaste del autocar es porque sabías que los muertos y los vivos deben permanecer separados. Por alguna razón que no entiendes ese niño muerto sigue en el mundo. Aún más, se sirve de ti para volver. Lo hace cuando te pones a escribir. Entonces aparece, y hace sonar su flauta. Sabes que no debes escucharle, pero te enloquece su sonido.

Yo no canto a este mundo ni a los otros astros

Yo canto todas las posibilidades de mí mismo fuera de este mundo y de los astros

Canto la alegría de vagar y el placer de morir errante.

Sólo escribes para escuchar el sonido de esa flauta lejana. Por eso nadie debería leerte, nadie debería leer nunca nada. Todos los escritores son así. Tal vez no lo deseen, pero antes o después son los mensajeros de la muerte. El que les sigue está condenado a morir.

 

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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