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VALLADOLID EN CUATRO CASAS

"El viajero inmóvil" es el título de un viejo libro, cuyo autor no recuerdo, que podía definir la situación actual de alguien como yo. Alguien que se dispone a hacer un relato de viajero centrado en una ciudad de la que nunca llegó a marcharse. Y eso es Valladolid para mí: la única ciudad de mi vida, lo que no creo que sea tan inusual ni tan extraño, pues un buen número de habitantes de la Tierra podría declarar lo mismo de sus respectivas ciudades. Aunque bien mirado no tiene por qué ser ni bueno ni malo, sino que, como se dice en esa canción tan escuchada durante el verano, todo depende. ¿Y de qué depende? De algo tan sencillo como al lado de quién se estuvo. Eso son las ciudades: las gentes que conocimos y amamos en ellas y las casas en que llegamos a vivir.

Pero Valladolid no es ahora la misma ciudad que era en 1948, que es el año de mi nacimiento, como tampoco, obviamente, lo soy yo. Regresar a través de la memoria a aquella pequeña ciudad castellana, de apenas cien mil habitantes, en la que pasé mi primera infancia, marcada aún por la actividad rural de sus pueblos y por una pequeña burguesía de origen comercial y mercantil, es en cierta forma un viaje. Un viaje en el tiempo, pero también en el espacio, pues la ciudad de entonces y esta en que vivo son ciudades que en ningún caso se confunden. Como no lo hace el Valladolid agitado y febril de mis primeros años en la universidad con ese otro en que a finales de los setenta y principios de los ochenta me casé y tuvimos a nuestros dos hijos. Cuatro ciudades bien diferenciadas constituidas cada una en torno a una casa distinta. ¿Quién puede negar que pasar de una a otro no es también una de las tareas del viajero?

Cuatro casas en total. La primera estaba situada en una calle de nombre premonitorio, la calle del Paraíso. Es una calle del Valladolid de los Austrias, que es una zona que sería destruida casi en su totalidad por la furiosa especulación de los años setenta, pero que en aquel tiempo era un barrio armonioso, repleto de palacios y de casas con patios llenos de columnas. Muy cerca está la iglesia de la Antigua, y un poco más allá, la universidad, junto a la catedral incompleta de Herrera. Entre ambas se abre una placita con árboles donde hay una estatua de Miguel de Cervantes, que el pobre llegó a vivir en nuestra ciudad en medio de grandes penalidades. La iglesia de la Antigua tiene una de las torres más bonitas de la Tierra. Merece la pena detenerse ante ella.

De base cuadrangular, se eleva esbelta, con su ritmo alterno de ventanas, hasta terminar en un capitel de pronunciada forma piramidal que se recorta contra el límpido cielo azul como una casita hecha de escamas de pescado. Recuerdo que muy cerca había una enorme cuadra. Nosotros la llamábamos "la posada de los caballos" porque la gente que se desplazaba a la ciudad desde los pueblos necesitaba lugares en los que dejar los carros y las caballerías. Una vez se desprendió un cable de alta tensión y mató a uno de los caballos. Aún le veo tumbado en la acera como si hubiera sido vencido inexplicablemente por el sueño. Eran los tiempos de las calefacciones de carbón, de los afiladores y de los piñeros. Los piñeros venían en otoño, con sus carros panzudos, y anunciaban a gritos su mercancía. Recuerdo haber ayudado más de una vez a llevar aquellas cestas de piñas, que se utilizaban para encender la calefacción. Un día tropezamos junto a las escaleras y las piñas se diseminaron por la penumbra del portal, donde semejaban corazones humanos. Recuerdo mi aprensión al cogerlas, como si se fueran a echar a latir en mis propios dedos.

Apenas había cumplido cinco años cuando nos mudamos a nuestra casa de la calle Doctrinos, que está situada en pleno centro de la ciudad. Sería la casa de mi adolescencia y de toda mi juventud, y su recuerdo va asociado al Valladolid burgués de los paseos por la calle de Santiago. Los vallisoletanos son por lo general muy aficionados a pasear, y cualquier motivo les parece bueno para lanzarse a la calle y pasarse las horas muertas circulando por ellas. El de las caminatas hasta el colegio, que estaba en la plaza de Santa Cruz, donde hay un palacio con un claro y precioso patio renacentista; el Valladolid de las iglesias y las graves devociones; la iglesia de las Angustias, que guarda una preciosa virgen de Juan de Juni con el corazón lleno de cuchillos; la iglesia de San Martín, con su franciscana torre romántica; el Valladolid de las nieblas, de los cielos llenos de vencejos, de las cigüeñas ensimismadas, de los paseos en barca por el Pisuerga, de los cines de programa doble, aunque gran parte de esos cines, el Capitol, el Delicias, el Goya y el teatro Pradera, hayan desaparecido o, como el teatro Zorrilla, estén a punto de hacerlo si algo no lo remedia. Y el Valladolid, claro, de las dolientes tablas policromadas de su Museo de Escultura, situado en el palacio de San Gregorio, que es sin duda su cita más exigente y extraña. En su patio de estilo isabelino, Orson Welles rodó en los años setenta algunas escenas de su película "Mister Arkadin", uno de cuyos extras fue Miguel Delibes.

¿Existe el paraíso en la Tierra? Si existe, no puede ser muy distinto a aquel que hallamos mi mujer y yo en nuestra casa de la plaza de Santa Ana. Allí nos fuimos a vivir cuando nos casamos, y allí, unos años después, nacieron nuestros dos hijos. Recuerdo que pasábamos un frío de muerte, pues la casa era antigua y las ventanas ajustaban mal, y en Valladolid los inviernos son duros e interminables. No había ascensor y nos separaban de la calle 74 implacables escalones. Fue mi padre el que los contó. En aquel tiempo estaba muy enfermo, y empezaron unas obras en el edificio vecino que provocaban un ruido tan infernal que literalmente lo echaban de casa. Yo le iba a buscar por las tardes y le llevaba a la nuestra, donde permanecía hasta que los obreros cesaban de trabajar. Fue él quien contó los escalones. "Son 74", me dijo el segundo o tercer día cuando llegábamos arriba y andaba casi sin respiración. Mi mujer iba y venía por la casa, y él una tarde se la quedó mirando desde su sillón de orejas y, pensando sin duda en mi madre, que cuando se casaron debía de tener la misma edad que ella tenía entonces, me dijo algo que no he podido olvidar: "No hay forma de hacer feliz a una mujer". Pero nosotros sí lo fuimos o disfrutamos al menos de esa pequeña y siempre amenazada parcela de felicidad que al hombre le es dado disfrutar en el mundo. Aquella casa estaba llena de libros y de amigos, y las conversaciones y las lecturas se prolongaban hasta la madrugada. Íbamos al cine sin parar, y gracias a la Semana del Cine de entonces descubrimos a Ingmar Bergman, a Yasujiro Ozu y a Kenji Mizoguchi, y en esa misma casa un día de noviembre escuchamos la noticia de la muerte de Franco. Luego nacieron los niños, y pasamos a formar parte de esa legión de padres que se lanza a la calle cada tarde en busca de imprecisas ocupaciones con que entretener a sus hijos pequeños. Nos sirvió para redescubrir la ciudad. Las orillas del río, el parque de Poniente y el rumoroso Campo Grande, con el milagro eterno de sus pavos reales, que tanto le hubiera gustado contemplar a Flannery O'Connor.

 

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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