La
foto está hecha en el verano del año 81. Nuestra
hija aún no había cumplido el año y fuimos a veranear
a Noja, en la provincia de Santander. Una amiga
tenía una casita junto a la playa, y nos la prestó
para pasar ese mes. Era como una cabaña de los cuentos.
De hecho, sólo desde hacía dos años, su propietario,
el padre de nuestra amiga, un hombre del todo peculiar,
había puesto en ella luz eléctrica, y todavía para
conseguir agua teníamos que servirnos de una bomba
de mano, que había que accionar y accionar (lo que,
dicho sea de paso, no me hacía demasiada gracia,
pues era a mí a quien tocaba aquella enojosa tarea).
No importaba, la casa era preciosa y estaba en un
lugar envidiable. Junto al mar, apartada de las
otras casas, en medio de un prado cuya hierba amanecía
cada mañana empapada del agua de las nieblas tempranas.
Sentíamos a todas las horas el batir de las olas
contra las grandes rocas de la playa y, sobre todo
por las noches, cuando el cielo estaba despejado,
era una maravilla estar contemplándole sentados
en el porche. Las estrellas fugaces caían del cielo
con una profusión que nunca antes habíamos contemplado,
y nosotros nos hartamos de pedir deseos, pues a
pesar de que éramos del todo felices, y ni una sola
nube empañaba nuestra dicha, veíamos a nuestra pequeña
hija, y nos parecía que no era posible que fuera
tan hermosa sin que todos los peligros del mundo
fueran a cernirse sobre ella. Y todos los deseos
que formulábamos en silencio tenían que ver con
su felicidad. Orestes Cendrero, el padre de nuestra
amiga y dueño de aquella cabaña, era un profesor
de Ciencias Naturales que había sido represaliado
por Franco. Excéntrico y sumamente generoso y amable,
parecía descendido de otro planeta. Aquella casa
era su refugio, pero también su obra, la expresión
confiada de su alegre ser. Su otra obra eran sus
palomas. Era colombófilo, y cuando fuimos a recoger
las llaves de la cabaña a su casa de Santander,
situada en la Ciudad Jardín, nos enseñó sus palomas,
cuyos nombres pronunciaba sin vacilar, y que mimaba
y atendía con un celo maravilloso. Vivía solo con
su mujer, Lucía, que era tan encantadora como él.
Sus hijos habían crecido y ellos vivían en aquella
casa un poco destartalada, cuyas puertas siempre
estaban abiertas.
De
hecho hacía sólo unas noches había entrado un ladrón.
Y hablaban de aquella noche con apenas contenido
entusiasmo, pues había pasado algo extremadamente
gracioso. El ladrón, confundido por la gran oscuridad
de la noche, se había colado en el cuarto donde
estaban acostados, llegando a demorarse largo rato
palpando los pies de Lucía, que mantenía por el
calor fuera de las sábanas. Hasta que debió recapacitar
y salir a toda velocidad. Ellos no se movieron,
convencidos de que si no le interrumpían en aquella
labor terminaría por alejarse.
Eso
le había dicho a Orestes su instinto de colombófilo.
Si a las palomas bastaba con no interferirlas en
sus vuelos para que fueran capaces de recorrer miles
de kilómetros sin la más mínima vacilación, ¿por
qué con un ladrón, y con el resto de los seres vivos,
no habría de pasar lo mismo? Eso hicieron, y el
ladrón se fue por donde había venido, siguiendo
las indescifrables llamadas de aquellas rutas magnetizadas.
Pues bien, allí pasamos el verano. Nuestra hija
estaba empezando a andar y nos tuvo todo el santo
mes siguiendo por la playa sus pasos tambaleantes.
Para regresar a Valladolid utilizamos el tren. Y
en él nos sucedió una cosa. El tren se detuvo en
una de las estaciones, creo recordar que en Aguilar
de Campoo, el pueblo con olor a galleta, y una señora
anciana entró en nuestro compartimento. Le acompañaba
el que enseguida identificamos como su hijo. Un
hombre entrado en años, de aspecto abatido y triste,
que sólo con grandes dificultades logró poner la
maleta de su madre en la redecilla del compartimento.
Recuerdo
que por los altavoces de la estación se anunció
nuestra salida inminente, y que aquel hombrecillo
lo abandonó presuroso, sin ni siquiera despedirse
de su madre, por el temor a que pudiera ponerse
en marcha. También que de pronto sorprendí a la
señora mirando a mi mujer. La niña estaba en sus
brazos y ella contemplaba la escena arrobada. Tanto,
que incluso se vio en la obligación de justificarse.
Y le dijo a mi mujer una cosa que nos conmovió.
Que al verla con la niña en los brazos se había
visto a sí misma cuando tenía su misma edad, y su
hijo era también un bebé. Y enseguida añadió: "Y
no entiendo lo que ha pasado, porque yo ahora soy
una vieja, y mi hijo es el que me acaba de acompañar".
El
tren se ponía en marcha en esos momentos y el niño-viejo
permanecía en el andén abatido y absorto, como si
se estuviera preguntando quién era él, y lo que
hacía allí, viendo alejarse a aquella extraña en
el tren que se iba. ¿Cómo era posible?, me pregunté.
¿De verdad aquel hombre había sido una vez como
nuestra niña? ¿Había tenido su misma edad, y, sobre
todo, su alegría y sus ganas locas de vivir?
No,
no parecía posible. Y la pregunta parecía inevitable.
No será nunca como él, ¿verdad?, le susurré muerto
de preocupación a mi mujer, que me miró con ojos
asesinos. Tú eres tonto, me dijo. Vaya cosas que
se te ocurren. Pero luego vi su ceño fruncido y
me di cuenta de que a la pobre le había dado el
viaje. Enseguida olvidaríamos el incidente, pues
nuestra hija al llegar a casa se puso a andar tan
campante. Era cosa de no creerlo. Habíamos estado
todo el mes detrás de ella, tratando de que guardara
el equilibrio, y al ponerla sobre la alfombra del
cuarto de estar se puso a andar con la seguridad
del que en toda su vida no ha hecho otra cosa que
ésa, como uno de esos pájaros que aletean informes
y torpes en nuestras manos y que cuando lanzamos
al aire desaparecen como dardos entre las ramas.
Y
en uno de los días siguientes pasó aún otra cosa.
Estábamos acostados en la cama cuando de pronto
escuchamos el sonido de la cajita de música. Nos
quedamos paralizados, porque ¿quién podía haberla
abierto para que sonara en la noche? La niña no,
desde luego. Dormía en una cuna, en todo parecido
a una jaula, y en ningún caso habría podido llegar
a las estanterías donde estaba. Pensamos en un ladrón.
Sólo que nosotros, al contrario que el padre de
nuestra amiga, no podíamos dejarle seguir sus magnetizadas
rutas nocturnas, pues la niña estaba allí. De forma
que me levanté, y armado de un paraguas, irrumpí
bruscamente en el salón encendiendo la luz. Pero
el salón estaba vacío, y la niña dormida. Enseguida
me di cuenta de que la música no procedía de la
cajita, sino de un juguete que llevaba meses estropeado,
cuyo mecanismo se había soltado por sí solo a esas
horas intempestivas. Regresé aliviado a la cama
y nos estuvimos riendo de aquella aventura tan tonta.
Pero en ese instante, no sé por qué, me acordé de
la anciana y del hombre del tren, y no me resultaron
tan tristes ni lamentables, sino gente que vigilaba,
que sabía cosas que nosotros desconocíamos. Nos
estaban advirtiendo, pensé. Y me pareció que el
mundo tal vez no era un lugar justo, pero que por
todas las partes había avisos, señales que nos pedían
que nos anduviéramos con ojo. Tienes que cuidar
lo que amas, decían esas señales. Y que aquella
música se había puesto a sonar en la noche para
advertirnos de nuevo de aquella verdad.
Serie
"Aquel verano, aquel bañador". El Mundo,
viernes 24 de julio de 1998.