Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 

EL HOMBRE DEL ANDÉN

La foto está hecha en el verano del año 81. Nuestra hija aún no había cumplido el año y fuimos a veranear a Noja, en la provincia de Santander. Una amiga tenía una casita junto a la playa, y nos la prestó para pasar ese mes. Era como una cabaña de los cuentos. De hecho, sólo desde hacía dos años, su propietario, el padre de nuestra amiga, un hombre del todo peculiar, había puesto en ella luz eléctrica, y todavía para conseguir agua teníamos que servirnos de una bomba de mano, que había que accionar y accionar (lo que, dicho sea de paso, no me hacía demasiada gracia, pues era a mí a quien tocaba aquella enojosa tarea). No importaba, la casa era preciosa y estaba en un lugar envidiable. Junto al mar, apartada de las otras casas, en medio de un prado cuya hierba amanecía cada mañana empapada del agua de las nieblas tempranas. Sentíamos a todas las horas el batir de las olas contra las grandes rocas de la playa y, sobre todo por las noches, cuando el cielo estaba despejado, era una maravilla estar contemplándole sentados en el porche. Las estrellas fugaces caían del cielo con una profusión que nunca antes habíamos contemplado, y nosotros nos hartamos de pedir deseos, pues a pesar de que éramos del todo felices, y ni una sola nube empañaba nuestra dicha, veíamos a nuestra pequeña hija, y nos parecía que no era posible que fuera tan hermosa sin que todos los peligros del mundo fueran a cernirse sobre ella. Y todos los deseos que formulábamos en silencio tenían que ver con su felicidad. Orestes Cendrero, el padre de nuestra amiga y dueño de aquella cabaña, era un profesor de Ciencias Naturales que había sido represaliado por Franco. Excéntrico y sumamente generoso y amable, parecía descendido de otro planeta. Aquella casa era su refugio, pero también su obra, la expresión confiada de su alegre ser. Su otra obra eran sus palomas. Era colombófilo, y cuando fuimos a recoger las llaves de la cabaña a su casa de Santander, situada en la Ciudad Jardín, nos enseñó sus palomas, cuyos nombres pronunciaba sin vacilar, y que mimaba y atendía con un celo maravilloso. Vivía solo con su mujer, Lucía, que era tan encantadora como él. Sus hijos habían crecido y ellos vivían en aquella casa un poco destartalada, cuyas puertas siempre estaban abiertas.

De hecho hacía sólo unas noches había entrado un ladrón. Y hablaban de aquella noche con apenas contenido entusiasmo, pues había pasado algo extremadamente gracioso. El ladrón, confundido por la gran oscuridad de la noche, se había colado en el cuarto donde estaban acostados, llegando a demorarse largo rato palpando los pies de Lucía, que mantenía por el calor fuera de las sábanas. Hasta que debió recapacitar y salir a toda velocidad. Ellos no se movieron, convencidos de que si no le interrumpían en aquella labor terminaría por alejarse.

Eso le había dicho a Orestes su instinto de colombófilo. Si a las palomas bastaba con no interferirlas en sus vuelos para que fueran capaces de recorrer miles de kilómetros sin la más mínima vacilación, ¿por qué con un ladrón, y con el resto de los seres vivos, no habría de pasar lo mismo? Eso hicieron, y el ladrón se fue por donde había venido, siguiendo las indescifrables llamadas de aquellas rutas magnetizadas. Pues bien, allí pasamos el verano. Nuestra hija estaba empezando a andar y nos tuvo todo el santo mes siguiendo por la playa sus pasos tambaleantes.
Para regresar a Valladolid utilizamos el tren. Y en él nos sucedió una cosa. El tren se detuvo en una de las estaciones, creo recordar que en Aguilar de Campoo, el pueblo con olor a galleta, y una señora anciana entró en nuestro compartimento. Le acompañaba el que enseguida identificamos como su hijo. Un hombre entrado en años, de aspecto abatido y triste, que sólo con grandes dificultades logró poner la maleta de su madre en la redecilla del compartimento.

Recuerdo que por los altavoces de la estación se anunció nuestra salida inminente, y que aquel hombrecillo lo abandonó presuroso, sin ni siquiera despedirse de su madre, por el temor a que pudiera ponerse en marcha. También que de pronto sorprendí a la señora mirando a mi mujer. La niña estaba en sus brazos y ella contemplaba la escena arrobada. Tanto, que incluso se vio en la obligación de justificarse. Y le dijo a mi mujer una cosa que nos conmovió. Que al verla con la niña en los brazos se había visto a sí misma cuando tenía su misma edad, y su hijo era también un bebé. Y enseguida añadió: "Y no entiendo lo que ha pasado, porque yo ahora soy una vieja, y mi hijo es el que me acaba de acompañar".

El tren se ponía en marcha en esos momentos y el niño-viejo permanecía en el andén abatido y absorto, como si se estuviera preguntando quién era él, y lo que hacía allí, viendo alejarse a aquella extraña en el tren que se iba. ¿Cómo era posible?, me pregunté. ¿De verdad aquel hombre había sido una vez como nuestra niña? ¿Había tenido su misma edad, y, sobre todo, su alegría y sus ganas locas de vivir?

No, no parecía posible. Y la pregunta parecía inevitable. No será nunca como él, ¿verdad?, le susurré muerto de preocupación a mi mujer, que me miró con ojos asesinos. Tú eres tonto, me dijo. Vaya cosas que se te ocurren. Pero luego vi su ceño fruncido y me di cuenta de que a la pobre le había dado el viaje. Enseguida olvidaríamos el incidente, pues nuestra hija al llegar a casa se puso a andar tan campante. Era cosa de no creerlo. Habíamos estado todo el mes detrás de ella, tratando de que guardara el equilibrio, y al ponerla sobre la alfombra del cuarto de estar se puso a andar con la seguridad del que en toda su vida no ha hecho otra cosa que ésa, como uno de esos pájaros que aletean informes y torpes en nuestras manos y que cuando lanzamos al aire desaparecen como dardos entre las ramas.

Y en uno de los días siguientes pasó aún otra cosa. Estábamos acostados en la cama cuando de pronto escuchamos el sonido de la cajita de música. Nos quedamos paralizados, porque ¿quién podía haberla abierto para que sonara en la noche? La niña no, desde luego. Dormía en una cuna, en todo parecido a una jaula, y en ningún caso habría podido llegar a las estanterías donde estaba. Pensamos en un ladrón. Sólo que nosotros, al contrario que el padre de nuestra amiga, no podíamos dejarle seguir sus magnetizadas rutas nocturnas, pues la niña estaba allí. De forma que me levanté, y armado de un paraguas, irrumpí bruscamente en el salón encendiendo la luz. Pero el salón estaba vacío, y la niña dormida. Enseguida me di cuenta de que la música no procedía de la cajita, sino de un juguete que llevaba meses estropeado, cuyo mecanismo se había soltado por sí solo a esas horas intempestivas. Regresé aliviado a la cama y nos estuvimos riendo de aquella aventura tan tonta. Pero en ese instante, no sé por qué, me acordé de la anciana y del hombre del tren, y no me resultaron tan tristes ni lamentables, sino gente que vigilaba, que sabía cosas que nosotros desconocíamos. Nos estaban advirtiendo, pensé. Y me pareció que el mundo tal vez no era un lugar justo, pero que por todas las partes había avisos, señales que nos pedían que nos anduviéramos con ojo. Tienes que cuidar lo que amas, decían esas señales. Y que aquella música se había puesto a sonar en la noche para advertirnos de nuevo de aquella verdad.

Serie "Aquel verano, aquel bañador". El Mundo, viernes 24 de julio de 1998.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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