Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 

 PRIMERAS LECTURAS

Acabo de aprender a leer. Tengo unos seis años y entro en casa buscando a mi madre. Las habitaciones están en penumbra, pues suelen mantener entornadas las contraventanas para protegerlas del sol. Estamos en pleno verano y el calor es intenso. Vengo sudando y noto el cambio de esa temperatura exterior con la que reina en la casa. También el silencio, profundo, misterioso, como animado por una respiración imperceptible. Encuentro a mi madre en la cocina. Sola, tan abstraída en la lectura que no repara en mí. Parece en medio de un círculo encantado, y me detengo a mirarla. Sus manos inmóviles junto al libro abierto, su rostro levemente inclinado hacia las páginas, su intensa y decidida concentración. Me acerco hasta tocar la mesa, y ella por fin levante la cara para mirarme. Tiene los ojos llenos de luz, y en sus mejillas hay un leve rumor. Le pregunto qué está leyendo y me dice que una novela, "El caballero de los brezos". Una novela de amores desgraciados. Ésas son sus palabras, "amores desgraciados", pero en su rostro hay una decidida expresión de felicidad, como si me ocultara algo, algo que no quiere o que no puede decirme porque, al fin y al cabo, sólo soy su hijo, es decir un niño pequeño que no puede entender el corazón de una mujer, las alucinaciones de sus horas solitarias y amargas. "Escucha", me dice de pronto, y volviendo de nuevo su mirada a las páginas del libro me lee un pequeño fragmento. "Ahora, a la claridad de las llamas, yo podía distinguir por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer apenas había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente formada y poseía la más linda carita que yo hubiera contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable".

Estas líneas en realidad pertenecen a "Cumbres borrascosas", la novela de Emily Brönte, de la que según me daría cuenta luego "El caballero de los brezos" (cuyo argumento le haría contar a mi madre infinidad de veces) tomaba demasiadas cosas. Tomaba la intensa relación de los protagonistas ya desde la infancia, la presencia del viento y el páramo, el ambiente demoníaco y el clima de exaltación y hondo embeleso, de locura y oscuridad que traspasaba toda la historia, una de las más arrebatadoras, hermosas e intensas que se han escrito jamás. Supongo que ambas novelas se podrían haber confundido en sus manos, como lo habrían podido hacer en las de tantas mujeres jóvenes de entonces, para las que este tipo de lecturas -las de esas novelas que se han dado en llamar "románticas"- poseían el carácter de una patética introducción en los secretos más hondos de sus vidas. Todavía hoy, cuando entro es las librerías, me detengo a menudo en los estantes donde tales novelas están expuestas. Leo sus títulos y veo sus portadas, sensuales, arrebatadoras, donde hombres misteriosos abrazan los cuerpos frágiles, escotados, de muchachas temblorosas siempre a punto de entregarse a ellos. Y vuelvo a ver a mi madre cuando, aprovechando un rato libre, las leía a solas en cualquier rincón de la casa. A mi madre joven, absorta en aquellas novelas, que habrían de abrirla a los secretos más recónditos de unas existencias arrebatadas, y en su expresión de distancia y leve fastidio cuando por alguna razón la interrumpíamos.

Estoy ahora contemplando el libro sobre la mesa. Mi madre no está y yo lo tomo con rapidez y lo oculto bajo mi camisa. Corro con él escondido, mientras el corazón late atropelladamente en mi pecho, hasta un pequeño cuarto que hay bajo las escaleras. Llevo una linterna y trato de leer el libro bajo el haz de su luz. La operación resulta un fracaso. Descifro las palabras, las frases, dejo atrás con trabajo varias de sus páginas, pero no consigo abrirme a ese misterio, el de su lectura arrebatada y profunda. Alguien sube por las escaleras y abandono a toda prisa tanto mi lectura como mi escondite. No será la única vez que lo intente. Me recuerdo haciendo lo mismo otras tardes de ese mismo verano. Tomando a escondidas los libros de mi madre y tratando de sorprender en mí mismo la misma emoción que la veo experimentar a ella cuando los lee. Siempre fracaso. Busco esa emoción, el sentimiento de estar traspasando una frontera, pero no lo consigo.

Tienen que pasar varios años para que esa facultad nueva, que cambiará por completo el sentido de mi vida, se desarrolle. De hecho soy un lector tardío, y hasta los 15 o 16 años no empiezo a leer de verdad. Es entonces cuando cae en mis manos una novela de Salgari, "El capitán Tormenta". No es, obviamente, el primer libro que leo, pero sí el primero que me deslumbra, que hace surgir a mi alrededor ese círculo de tiza de la adivinación y el pensamiento en que tantas veces vi detenida a mi madre. La novela narraba las aventuras de un capitán cristiano en sus luchas contra los moros, creo que durante el tiempo de las cruzadas. Pero ese libro vibrante, poseído, como todos los de Salgari, de una irrefrenable fuerza poética, contenía una sorpresa: aquel capitán valeroso era en realidad una muchacha. Creo que ese descubrimiento constituyó el primer instante de verdadera lectura a que tuve la fortuna de acceder. No de esa lectura mecánica, en la que llevados por el aburrimiento o la falta de otras cosas mejores, tomábamos un libro y pasábamos distraídos sus páginas, sino de la lectura que se relaciona con el secreto y con el enigma, con el descubrimiento de otra ficción más honda en el corazón de la primera.

Publicado por primera vez en "El País", 16 de diciembre de 1999.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
  más escritores en ClubEscritores-