UN
DÍA MÁS
“Cuando
Goethe escribió esta novela tenía
poco más de veinte años de edad. Su
publicación fue un éxito desbordante
e insólito que le convirtió en un
escritor famoso. Basada vagamente en una experiencia
autobiográfica, la obra popularizó
la figura de su protagonista como el arquetipo del
héroe romántico. Su influencia fue
tan grande que puso de moda entre los jóvenes
el frac azul y chaleco amarillo del desventurado
Werther, y llegó a provocar una oleada de
suicidios que obligó a Goethe a introducir
una nota de advertencia en la segunda edición.
Fue con Los bandidos de Schiller una de las obras
fundadoras del Stum und drang, movimiento literario
alemán que marca el inicio del romanticismo
y que valora el sentimiento y la originalidad por
encima de la razón y de las convenciones
sociales. Las desventuras del joven Werther es,
sin embargo, una novela muy sencilla, sin apenas
desarrollo argumental. El joven Werther, un hombre
inteligente y sensible, con un claro temperamento
artístico, se enamora de Charlotte, ya prometida
en matrimonio. Intenta alejarse de ella, pero acaba
regresando a su lado e incapaz de refrenar su pasión
acaba suicidándose. Es una novela epistolar,
un diario, en que el desventurado joven va anotando
el itinerario espiritual de su alma. Desde el goce
inicial del primer encuentro con Charlotte, y de
su repentino amor por ella, hasta su oscuro y doloroso
final. Una obra llena de encanto, de inteligentes
reflexiones sobre la naturaleza, los niños
y el sentido del arte, pero también de oscuridad
y dolor, capaz de combinar con una maestría
inigualable lo más delicado y amable con
lo más tenebroso. Y es, claro, una novela
sobre el amor. El amor que no distingue entre razón
y sentimiento, entre lo real y lo irreal. El amor
como deslumbramiento y hechizo, como experiencia
que nos permite recuperar la unión con el
mundo y los poderes de la naturaleza, pero también
como oscuridad y daño, como mensajero inesperado
de la muerte. Todos los temas y obsesiones románticas
están en este pequeño y deslumbrante
libro: la primacía del deseo, la fusión
entre el amor y la muerte, la alienación,
el culto a los sentimientos por encima de la razón,
y la importancia del mundo de lo nocturno, de los
presagios y la imaginación. En él
se plantea ese dualismo esencial del hombre, que
tiene que hacer convivir en su corazón orden
y sentimiento, vida y muerte, luz de las tinieblas
y luz del cielo. Cada una de estos extremos da paso
a un tipo de amor: el amor cortés y dichoso
que nos acerca al mundo, el amor como encantamiento;
y el amor oscuro y terrible, que se enfrenta a los
límites, el amor como hechizo fatal. “La
noche es sublime, escribió Kant, el día
es bello. Los que poseen el sentimiento de lo sublime
están inclinados hacia los sentimientos elevados
de la amistad, la eternidad, el desprecio del mundo,
el silencio de las noches de verano tachonadas por
la temblorosa luz de las estrellas y la solitaria
luna en el horizonte. Lo sublime emociona, lo bello
encanta. Lo sublime terrible, cuando se produce
fuera de lo natural, se convierte en fantástico."
Al
mundo de lo bello pertenece la primera parte de
la novela, en que el joven Werther nos habla de
su llegada al campo, y de su encuentro con Charlotte,
y de la inmediata adoración que siente hacia
ella.
Son
páginas jubilosas, en que el joven Werther
nos habla con incontenible entusiasmo de su amor
a la naturaleza y a los niños, su gusto por
la poesía y la música, sobre todo
cuando es Charlotte su intérprete. Hay dos
momentos maravillosos: su primer baile con Charlotte,
y ese otro casi cómico en que, una tarde
en que no la ha podido visitar, está punto
de abrazar al criado que regresa con noticias suyas,
como si por haber estado a su lado fuera digno de
la misma adoración. Estamos en el territorio
de lo bello, del amor como encantamiento, en el
mundo del día. Un mundo delicado y benigno
que se transformará en una auténtica
pesadilla tan pronto como Werther compruebe que
Charlotte nunca le pertenecerá. La novela
cambia entonces por completo para entrar en un túnel
cada más sombrío en que página
a página asistiremos al deterioro del joven
amante, que finalmente decide quitarse la vida.
Este amor extremado, llevado hasta sus ultimas consecuencias,
pertenece al reino de la noche, de la tempestad
y la pesadilla, al mundo siniestro de lo sublime.
Y ciertamente la carta que Werther escribirá
como despedida es uno de los ejercicios más
siniestros de la historia de la literatura. Estremece
leerla. No solo por la pasión y el dolor
que hay en ella, sino por su profunda perversidad.
Werther
la escribe de una forma fragmentaria, y en ella
va dando cuenta a su amada Charlotte de todo lo
que le acontece en esos últimos momentos,
desde la profunda desesperación en que se
sume hasta cómo se las arregla para conseguir
el arma que necesita para llevar cabo a su lúgubre
plan. Es especialmente significativo este detalle
de las armas. Werther se mata con las pistolas de
su rival, para lo que manda a su criado que vaya
a pedírselas simulando que las necesita para
salir de caza. Aún más, cuando su
criado le dice que es la propia Charlotte quien
las ha sacado del armario para dárselas,
escribe en su carta: “Han pasado por tus manos;
tú misma les has quitado el polvo, tú
las has tocado…, y yo las beso ahora una y
mil veces. ¡Ángel del cielo, tú
favoreces mi resolución! Charlotte, eres
quien me presentas esta arma destructora, así
recibiré la muerte de quien yo quería
recibirla”. Es imposible que Werther ignore
el efecto fatal que estas palabras tendrán
sobre la infeliz Charlotte. Por eso hablé
antes de perversidad, ya que es difícil imaginar
que esta carta haya sido escrita con otro propósito
que destruir a Charlotte. Más allá
de su aparente ingenuidad, Werther se comporta como
el celoso amante que se niega aceptar que la persona
amada tenga una vida al margen de la suya.
Werther
me recuerda a ese otro gran personaje trágico
que es Otelo. También Otelo siente al principio
de la obra de Shakespeare una pasión pura
y limpia por Desdémona, hasta que enloquecido
por los celos decide matarla. Otelo y Werther son
amantes terribles pues que imponen la ley absoluta
de su deseo sobre los que aman. Por lo que cuestionan
el orden del amor, que tiene en el cuidado del otro
su verdadera razón de ser.
Hay
al final de Otelo un momento extraordinario. Desdémona
consciente de que no logrará convencer a
Otelo de su inocencia le pide que al menos la regale
esa noche. “Por favor, le dice, mátame
mañana” Me imagino a Charlotte haciendo
lo mismo, pidiendo a Werther que se olvide de las
pistolas esa noche, tratando de conseguir un poco
de tiempo. Ese tiempo robado a la muerte es la vida.
Maria Zambrano dijo que Goethe no era verdaderamente
grande porque como escritor le faltó pagar
una prenda. La figura de un Werther que, contrariado
por no obtener lo que quiere, decide arrastrar en
su caída a su amada, lo demuestra. Como lo
hará más tarde Fausto, su máxima
creación, quien nunca se compromete verdaderamente
con nada, y reacciona con indiferencia al fin trágico
de Margarita.
Aún así, todo en Goethe es admirable
y no es posible leer sus libros sin sentirnos turbados
por la fuerza y la grandeza de su literatura y de
su ejemplo. En su juventud dijo a uno de sus amigos:
“Todos tus ideales no me han de apartar de
ser verdadero, esto es, bueno y malo, como la naturaleza”
Y así es Wether, bueno y malo, como la naturaleza:
por eso no duda en destruir lo que ama. Sin embargo,
la literatura que prefiero es otra cosa: pagar una
prenda, entregar vida a cambio de muerte, escuchar
la voz de esas heroínas que piden a sus feroces
amantes que las dejen vivir un día más.