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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 
UN DÍA MÁS

“Cuando Goethe escribió esta novela tenía poco más de veinte años de edad. Su publicación fue un éxito desbordante e insólito que le convirtió en un escritor famoso. Basada vagamente en una experiencia autobiográfica, la obra popularizó la figura de su protagonista como el arquetipo del héroe romántico. Su influencia fue tan grande que puso de moda entre los jóvenes el frac azul y chaleco amarillo del desventurado Werther, y llegó a provocar una oleada de suicidios que obligó a Goethe a introducir una nota de advertencia en la segunda edición. Fue con Los bandidos de Schiller una de las obras fundadoras del Stum und drang, movimiento literario alemán que marca el inicio del romanticismo y que valora el sentimiento y la originalidad por encima de la razón y de las convenciones sociales. Las desventuras del joven Werther es, sin embargo, una novela muy sencilla, sin apenas desarrollo argumental. El joven Werther, un hombre inteligente y sensible, con un claro temperamento artístico, se enamora de Charlotte, ya prometida en matrimonio. Intenta alejarse de ella, pero acaba regresando a su lado e incapaz de refrenar su pasión acaba suicidándose. Es una novela epistolar, un diario, en que el desventurado joven va anotando el itinerario espiritual de su alma. Desde el goce inicial del primer encuentro con Charlotte, y de su repentino amor por ella, hasta su oscuro y doloroso final. Una obra llena de encanto, de inteligentes reflexiones sobre la naturaleza, los niños y el sentido del arte, pero también de oscuridad y dolor, capaz de combinar con una maestría inigualable lo más delicado y amable con lo más tenebroso. Y es, claro, una novela sobre el amor. El amor que no distingue entre razón y sentimiento, entre lo real y lo irreal. El amor como deslumbramiento y hechizo, como experiencia que nos permite recuperar la unión con el mundo y los poderes de la naturaleza, pero también como oscuridad y daño, como mensajero inesperado de la muerte. Todos los temas y obsesiones románticas están en este pequeño y deslumbrante libro: la primacía del deseo, la fusión entre el amor y la muerte, la alienación, el culto a los sentimientos por encima de la razón, y la importancia del mundo de lo nocturno, de los presagios y la imaginación. En él se plantea ese dualismo esencial del hombre, que tiene que hacer convivir en su corazón orden y sentimiento, vida y muerte, luz de las tinieblas y luz del cielo. Cada una de estos extremos da paso a un tipo de amor: el amor cortés y dichoso que nos acerca al mundo, el amor como encantamiento; y el amor oscuro y terrible, que se enfrenta a los límites, el amor como hechizo fatal. “La noche es sublime, escribió Kant, el día es bello. Los que poseen el sentimiento de lo sublime están inclinados hacia los sentimientos elevados de la amistad, la eternidad, el desprecio del mundo, el silencio de las noches de verano tachonadas por la temblorosa luz de las estrellas y la solitaria luna en el horizonte. Lo sublime emociona, lo bello encanta. Lo sublime terrible, cuando se produce fuera de lo natural, se convierte en fantástico."

Al mundo de lo bello pertenece la primera parte de la novela, en que el joven Werther nos habla de su llegada al campo, y de su encuentro con Charlotte, y de la inmediata adoración que siente hacia ella.

Son páginas jubilosas, en que el joven Werther nos habla con incontenible entusiasmo de su amor a la naturaleza y a los niños, su gusto por la poesía y la música, sobre todo cuando es Charlotte su intérprete. Hay dos momentos maravillosos: su primer baile con Charlotte, y ese otro casi cómico en que, una tarde en que no la ha podido visitar, está punto de abrazar al criado que regresa con noticias suyas, como si por haber estado a su lado fuera digno de la misma adoración. Estamos en el territorio de lo bello, del amor como encantamiento, en el mundo del día. Un mundo delicado y benigno que se transformará en una auténtica pesadilla tan pronto como Werther compruebe que Charlotte nunca le pertenecerá. La novela cambia entonces por completo para entrar en un túnel cada más sombrío en que página a página asistiremos al deterioro del joven amante, que finalmente decide quitarse la vida. Este amor extremado, llevado hasta sus ultimas consecuencias, pertenece al reino de la noche, de la tempestad y la pesadilla, al mundo siniestro de lo sublime. Y ciertamente la carta que Werther escribirá como despedida es uno de los ejercicios más siniestros de la historia de la literatura. Estremece leerla. No solo por la pasión y el dolor que hay en ella, sino por su profunda perversidad.

Werther la escribe de una forma fragmentaria, y en ella va dando cuenta a su amada Charlotte de todo lo que le acontece en esos últimos momentos, desde la profunda desesperación en que se sume hasta cómo se las arregla para conseguir el arma que necesita para llevar cabo a su lúgubre plan. Es especialmente significativo este detalle de las armas. Werther se mata con las pistolas de su rival, para lo que manda a su criado que vaya a pedírselas simulando que las necesita para salir de caza. Aún más, cuando su criado le dice que es la propia Charlotte quien las ha sacado del armario para dárselas, escribe en su carta: “Han pasado por tus manos; tú misma les has quitado el polvo, tú las has tocado…, y yo las beso ahora una y mil veces. ¡Ángel del cielo, tú favoreces mi resolución! Charlotte, eres quien me presentas esta arma destructora, así recibiré la muerte de quien yo quería recibirla”. Es imposible que Werther ignore el efecto fatal que estas palabras tendrán sobre la infeliz Charlotte. Por eso hablé antes de perversidad, ya que es difícil imaginar que esta carta haya sido escrita con otro propósito que destruir a Charlotte. Más allá de su aparente ingenuidad, Werther se comporta como el celoso amante que se niega aceptar que la persona amada tenga una vida al margen de la suya.

Werther me recuerda a ese otro gran personaje trágico que es Otelo. También Otelo siente al principio de la obra de Shakespeare una pasión pura y limpia por Desdémona, hasta que enloquecido por los celos decide matarla. Otelo y Werther son amantes terribles pues que imponen la ley absoluta de su deseo sobre los que aman. Por lo que cuestionan el orden del amor, que tiene en el cuidado del otro su verdadera razón de ser.

Hay al final de Otelo un momento extraordinario. Desdémona consciente de que no logrará convencer a Otelo de su inocencia le pide que al menos la regale esa noche. “Por favor, le dice, mátame mañana” Me imagino a Charlotte haciendo lo mismo, pidiendo a Werther que se olvide de las pistolas esa noche, tratando de conseguir un poco de tiempo. Ese tiempo robado a la muerte es la vida. Maria Zambrano dijo que Goethe no era verdaderamente grande porque como escritor le faltó pagar una prenda. La figura de un Werther que, contrariado por no obtener lo que quiere, decide arrastrar en su caída a su amada, lo demuestra. Como lo hará más tarde Fausto, su máxima creación, quien nunca se compromete verdaderamente con nada, y reacciona con indiferencia al fin trágico de Margarita.
Aún así, todo en Goethe es admirable y no es posible leer sus libros sin sentirnos turbados por la fuerza y la grandeza de su literatura y de su ejemplo. En su juventud dijo a uno de sus amigos: “Todos tus ideales no me han de apartar de ser verdadero, esto es, bueno y malo, como la naturaleza” Y así es Wether, bueno y malo, como la naturaleza: por eso no duda en destruir lo que ama. Sin embargo, la literatura que prefiero es otra cosa: pagar una prenda, entregar vida a cambio de muerte, escuchar la voz de esas heroínas que piden a sus feroces amantes que las dejen vivir un día más.


 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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