LA
VOZ DE LAS COSAS
“Todo
empezó como de costumbre por problemas familiares”.
Así empieza la rata vagabunda su relato.
Acaba de encontrarse con la Rata de Agua, uno de
los protagonistas de este libro, y se pone a hablarle
de ese mundo de viajes incesantes que ha sido su
agitada vida. Y nuestra amiga, la Rata de Agua,
la escucha sin pestañear. En realidad, no
sabe qué le pasa esos días. No puede
parar quieta en ningún lugar y vaga por los
senderos del bosque sin saber a dónde dirigirse
ni lo que quiere realmente. Es más, cuando
mira las cosas familiares, algo le hace preguntarse
que hay en ese espacio que se abre lejos de lo que
conoce. ¿Y si fuera hacia allí? Ni
el Topo, ni el Tejón, sus grandes amigos,
saben nada de ese mundo. Ellos se encuentran a gusto
en La Orilla, su pequeño mundo. Un mundo
tranquilo y de placeres simples, que parece flotar
fuera del tiempo. Pero la rata vagabunda no vive
en un mundo así. Ella, como las golondrinas
que esos días alborotan el bosque, y cuya
vida es un constante ir y venir de unas tierras
a otras, ha escuchado la llamada del Sur, esa llamada
que hace que sólo importe “lo no visto”;
y que lo desconocido sea “la única
cosa importante de la vida”. Es esa llamada
la que le ha hecho abandonar Constantinopla, su
ciudad, y embarcarse en un pequeño barco
mercante que la ha llevado a las islas Griegas y,
“siguiendo un camino de oro”, hasta
la ciudad de Venecia.
La
Rata de Agua queda sinceramente afectada por el
relato de esas aventuras, y su amigo el Topo se
ocupa de ella con la paciencia y la solicitud con
que tratamos a un niño aquejado de una enfermedad
pasajera. Es posible que todos los animales de La
Orilla y el Bosque hayan sentido más de una
vez el anhelo de buscar esos otros mundos de los
que hablan las golondrinas y los animales viajeros,
pero El Topo sabe bien que bastan unos pocos días
y la ayuda de una amable conversación para
que las cosas vuelvan a ser como eran.
Este
es el mundo en el que transcurren las plácidas
aventuras de los personajes de este libro encantador:
el Topo, la Rata de agua, el Tejón y el Sapo.
Será precisamente este último el que
más problemas causará a sus amigos,
a causa de su desmedida afición a la velocidad
y a los artilugios modernos. De hecho, el robo de
un automóvil y todas las aventuras que correrá
a partir de él, darán lugar a las
páginas más divertidas de este libro.
Unas aventuras que, sin embargo, terminarán
sin demasiados problemas, ya que el Sapo es un personaje
sencillo y de buen corazón, en el que no
hay un deseo real de ruptura, sino apenas ese afán
de experimentación y novedad que lleva a
los individuos más jóvenes en todas
las comunidades a poner a prueba la paciencia de
sus mayores. Y que, por supuesto, está dispuesto
a aceptar sin problemas los sermones de sus amigos.
La vida de los personajes de El viento y los sauces
discurre como una plácida excursión
dominical. El hecho de que sean animales le permite
a Kenneth Grahame crear un mundo en que no importa
la edad, ni la biografía, en el que no hay
pasado ni futuro. Sus personajes viven en una Arcadia
feliz, sin problemas familiares o económicos.
En un mundo en el que esa dicotomía entre
vida hogareña y aventura, entre el norte
gris y el Sur lleno de inciertos caminos de oro,
tampoco tiene demasiada importancia. De hecho, ¿por
qué habrían de sentir ese anhelo por
lo desconocido, por una vida distinta de la que
llevan, si se encuentran a gusto con lo que tienen
y son? Ni el Topo ni la Rata de Agua echan de menos
nada esencial, lo que hará que el relato
de la vagabunda, por más sugerente que pueda
resultarles, no tenga capacidad para cuestionar
la existencia apacible y sedentaria que han elegido
vivir. Entre otras cosas porque ellos no tienen
esos problemas sentimentales a los que se refiere
la rata viajera, y que son la causa de su fuga.
No
pueden tenerlos porque, bien mirado, no tienen familia.
Esta es una de las características curiosas
de este libro infantil, que ninguno de sus personajes
comparte realmente su vida con nadie. Tampoco tienen
nada importante que hacer: reman, escriben versos,
se reúnen para comer, y viven bajo un código
social, muy victoriano, que considera de mal gusto
exponer en público los problemas personales.
No se puede hablar, por ejemplo, de los depredadores,
ni de la desaparición repentina de un amigo,
ni de los problemas venideros.
Pero
este mundo tan poco “natural”, tiene
muy poco que ver con el mundo en el que vivió
su autor. De hecho, la vida de Kenneth Grahame,
como la de la rata vagabunda, siempre estuvo llena
de problemas de todo tipo. La muerte prematura de
la madre, el alcoholismo del padre, que les termina
abandonado; su infancia presidida por una educación
rígida y poco afectuosa en casa de su abuela,
y el que, más tarde, tenga que abandonar
los estudios clásicos que tanto ama para
trabajar en un banco, hacen de él un joven
temeroso y melancólico que se ve obligado
a renunciar demasiado pronto a sus sueños
para sobrevivir. Y cuando por fin forma una familia
tampoco es lo que hubiera querido. No se lleva bien
con su mujer, y el nacimiento de su único
hijo le hace aún más desdichado, pues
fue siempre un niño lleno de problemas. Era
ciego de un ojo y tenía estrabismo y numerosos
tic nerviosos, que le transformaron en un ser sobreprotegido
e inestable, que parecía haber nacido con
las semillas de la infelicidad. De hecho, nunca
llegó a integrarse en el mundo social o laboral,
y acabó arrollado por un tren, en circunstancias
poco claras, cuando acaba de cumplir veinte años.
Sin embargo, El viento en los sauces fue escrito
para él, como si ya desde le primer momento
Kenneth Grahame intuyera lo difícil que iba
a ser esa vida, lo difícil que es toda vida,
y tratara de crear para él algo parecido
a un refugio.
Eso
son los cuentos, una casa de palabras que los padres
levantan para que sus hijos se sientan protegidos,
un conjuro frente a las amenazas de la vida y el
tiempo. Kenneth Grahame lo concibió cuando
su hijo tenía cuatro años de edad.
Es entonces cuando una noche, y para conseguir que
se duerma, empieza a contarle una serie de cuentos
cuyos protagonistas son el Topo, la Rata de Agua
y una Jirafa que luego desaparece, dejando espacio
para el Sapo, las nutrias y el Tejón. Más
tarde desarrolla estos cuentos en una serie de cartas
que escribe a su hijo desde Londres, en que narra
las aventuras del Sapo, y que pasarán a formar
parte de los capítulos del libro. Son años
de crisis. Abandona el banco en el que trabaja,
tiene problemas económicos, la convivencia
con su mujer es cada vez más difícil.
Kenneth
Grahame se sentía profundamente desgraciado,
pero escribió un cuento en que apenas hay
sombra alguna de infelicidad. El mundo de la Orilla,
donde viven el Sapo, el Tejón, y la Rata
de Agua, es, en efecto, un mundo armonioso, con
pequeños conflictos que casi siempre tienen
una rápida y serena solución. No hay
traumas, no hay renuncias, habla de una vida sin
sombras ni grandes amenazas, donde todo está
en su sitio, y cada cosa y cada criatura obedecen
a la ley de su naturaleza. Estamos lejos del mundo
tantas veces sombrío y lleno de conflictos
de los grandes libros infantiles. Pensemos en dos
libros casi contemporáneos suyos, también
de escritores ingleses: Alicia en el País
de las maravillas y Peter Pan. El primero se publica
en 1865 y el segundo en 1904, y sus autores son
herederos, como el propio Kenneth Grahame, de la
tradición victoriana. Estos libros no pueden
más distintos a El viento en los sauces.
Alicia, habla de la angustia infantil, y de la extrañeza
profunda del mundo; y Peter Pan, es una de las fábulas
más amargas que se han escrito sobre la infancia,
como paraíso que hay que abandonar. Ambos
son libros oscuros y melancólicos, que al
tiempo que nos divierten llenan nuestro corazón
de congoja.
Nada
de esto hay en El viento en los sauces, que, en
el fondo, no es sino una hermosa Pastoral. Un regreso
a ese mundo de la Arcadia feliz, donde todo tiene
su sitio y las conversaciones a la orilla del río
llegan a confundirse con el murmullo del agua que
corre. Un libro escrito en una prosa dúctil
y sencilla, que nos dice que las actividades más
puras, sutiles y elevadas no deben sucumbir a la
furia o a la insensatez. Octavio Paz dijo que la
poesía vuelve habitable el mundo y se diría
que Kenneth Grahame se sirve de este grupito de
animales discretos y amables para llevar a cabo
una nueva colonización del mundo. Su mensaje
es que son necesarios los héroes sensatos
y prudentes para recuperar nuestra alma. “Seré
valeroso, tendré fe, seré razonable,
mantendré mi palabra” esas son sus
cualidades. Así son los personajes de este
libro encantador, seres débiles, como todos
nosotros, que se sondean a sí mismos, y que
no han perdido la capacidad de habitar poéticamente
el mundo, ni de mantener un diálogo misterioso
y secreto con sus criaturas. Y de hecho el episodio
más enigmático del libro, tiene que
ver con ese diálogo. Nuestros amigos se internan
en el bosque y asisten a un momento mágico,
que tiene que ver con la presencia del dios Pan.
Tan intenso es lo que llegan a vivir, que ese mismo
dios les ofrecerá el don del olvido, para
que puedan integrarse a su regreso a su vida ordinaria.
Pero esa vida ya no será la misma. Es más,
a esas alturas habremos descubierto con ellos que
el mundo de la Orilla no es lo que parece, pues
oculta un secreto. Algo que tiene que ver con lo
que han vivido en el corazón del bosque.
Esa experiencia cambiará el sentido del libro.
Ya no estamos en compañía de unos
buenos burgueses, sino de unos discretos poetas
que se aferran a una realidad más honda que
les envía señales. El libro de Kenneth
Grahame nos mantiene en contacto con las profundidades
de donde surgen esas “impresiones verdaderas”
de que hablaba Proust. Nos enseña que es
preciso estar atento a “la voz de las cosas”,
y enfrentarnos con optimismo a nuestras dificultades.
Esta es su enseñanza, que es posible una
comunicación entre los seres, y, a través
de ella, una relación entre el lenguaje,
el pensamiento y el mundo. Kenneth Grahame transformó
su desgraciada vida en un precioso canto a la generosidad
y la armonía con las otras criaturas. Podría
haber suscrito estas palabras de Borges: “Todo
escritor, todo hombre debe ver en lo que le sucede,
incluido el fracaso, la humillación y la
desgracia, un material para su arte del que debe
sacar provecho. Estas cosas nos han sido dadas para
que las transformemos, para que de las miserables
circunstancias de nuestra vida hagamos cosas eternas
o que aspiran a serlo”. Y ese es la máxima
virtud de este libro, demostrarnos que ese bien
al que tratamos de aferrarnos con tanta tenacidad
frente al insidioso mal que nos rodea no es una
ilusión sino una conquista de nuestra atención
y de nuestra paciencia.