Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 
LA VOZ DE LAS COSAS

“Todo empezó como de costumbre por problemas familiares”. Así empieza la rata vagabunda su relato. Acaba de encontrarse con la Rata de Agua, uno de los protagonistas de este libro, y se pone a hablarle de ese mundo de viajes incesantes que ha sido su agitada vida. Y nuestra amiga, la Rata de Agua, la escucha sin pestañear. En realidad, no sabe qué le pasa esos días. No puede parar quieta en ningún lugar y vaga por los senderos del bosque sin saber a dónde dirigirse ni lo que quiere realmente. Es más, cuando mira las cosas familiares, algo le hace preguntarse que hay en ese espacio que se abre lejos de lo que conoce. ¿Y si fuera hacia allí? Ni el Topo, ni el Tejón, sus grandes amigos, saben nada de ese mundo. Ellos se encuentran a gusto en La Orilla, su pequeño mundo. Un mundo tranquilo y de placeres simples, que parece flotar fuera del tiempo. Pero la rata vagabunda no vive en un mundo así. Ella, como las golondrinas que esos días alborotan el bosque, y cuya vida es un constante ir y venir de unas tierras a otras, ha escuchado la llamada del Sur, esa llamada que hace que sólo importe “lo no visto”; y que lo desconocido sea “la única cosa importante de la vida”. Es esa llamada la que le ha hecho abandonar Constantinopla, su ciudad, y embarcarse en un pequeño barco mercante que la ha llevado a las islas Griegas y, “siguiendo un camino de oro”, hasta la ciudad de Venecia.

La Rata de Agua queda sinceramente afectada por el relato de esas aventuras, y su amigo el Topo se ocupa de ella con la paciencia y la solicitud con que tratamos a un niño aquejado de una enfermedad pasajera. Es posible que todos los animales de La Orilla y el Bosque hayan sentido más de una vez el anhelo de buscar esos otros mundos de los que hablan las golondrinas y los animales viajeros, pero El Topo sabe bien que bastan unos pocos días y la ayuda de una amable conversación para que las cosas vuelvan a ser como eran.

Este es el mundo en el que transcurren las plácidas aventuras de los personajes de este libro encantador: el Topo, la Rata de agua, el Tejón y el Sapo. Será precisamente este último el que más problemas causará a sus amigos, a causa de su desmedida afición a la velocidad y a los artilugios modernos. De hecho, el robo de un automóvil y todas las aventuras que correrá a partir de él, darán lugar a las páginas más divertidas de este libro. Unas aventuras que, sin embargo, terminarán sin demasiados problemas, ya que el Sapo es un personaje sencillo y de buen corazón, en el que no hay un deseo real de ruptura, sino apenas ese afán de experimentación y novedad que lleva a los individuos más jóvenes en todas las comunidades a poner a prueba la paciencia de sus mayores. Y que, por supuesto, está dispuesto a aceptar sin problemas los sermones de sus amigos.
La vida de los personajes de El viento y los sauces discurre como una plácida excursión dominical. El hecho de que sean animales le permite a Kenneth Grahame crear un mundo en que no importa la edad, ni la biografía, en el que no hay pasado ni futuro. Sus personajes viven en una Arcadia feliz, sin problemas familiares o económicos. En un mundo en el que esa dicotomía entre vida hogareña y aventura, entre el norte gris y el Sur lleno de inciertos caminos de oro, tampoco tiene demasiada importancia. De hecho, ¿por qué habrían de sentir ese anhelo por lo desconocido, por una vida distinta de la que llevan, si se encuentran a gusto con lo que tienen y son? Ni el Topo ni la Rata de Agua echan de menos nada esencial, lo que hará que el relato de la vagabunda, por más sugerente que pueda resultarles, no tenga capacidad para cuestionar la existencia apacible y sedentaria que han elegido vivir. Entre otras cosas porque ellos no tienen esos problemas sentimentales a los que se refiere la rata viajera, y que son la causa de su fuga.

No pueden tenerlos porque, bien mirado, no tienen familia. Esta es una de las características curiosas de este libro infantil, que ninguno de sus personajes comparte realmente su vida con nadie. Tampoco tienen nada importante que hacer: reman, escriben versos, se reúnen para comer, y viven bajo un código social, muy victoriano, que considera de mal gusto exponer en público los problemas personales. No se puede hablar, por ejemplo, de los depredadores, ni de la desaparición repentina de un amigo, ni de los problemas venideros.

Pero este mundo tan poco “natural”, tiene muy poco que ver con el mundo en el que vivió su autor. De hecho, la vida de Kenneth Grahame, como la de la rata vagabunda, siempre estuvo llena de problemas de todo tipo. La muerte prematura de la madre, el alcoholismo del padre, que les termina abandonado; su infancia presidida por una educación rígida y poco afectuosa en casa de su abuela, y el que, más tarde, tenga que abandonar los estudios clásicos que tanto ama para trabajar en un banco, hacen de él un joven temeroso y melancólico que se ve obligado a renunciar demasiado pronto a sus sueños para sobrevivir. Y cuando por fin forma una familia tampoco es lo que hubiera querido. No se lleva bien con su mujer, y el nacimiento de su único hijo le hace aún más desdichado, pues fue siempre un niño lleno de problemas. Era ciego de un ojo y tenía estrabismo y numerosos tic nerviosos, que le transformaron en un ser sobreprotegido e inestable, que parecía haber nacido con las semillas de la infelicidad. De hecho, nunca llegó a integrarse en el mundo social o laboral, y acabó arrollado por un tren, en circunstancias poco claras, cuando acaba de cumplir veinte años. Sin embargo, El viento en los sauces fue escrito para él, como si ya desde le primer momento Kenneth Grahame intuyera lo difícil que iba a ser esa vida, lo difícil que es toda vida, y tratara de crear para él algo parecido a un refugio.

Eso son los cuentos, una casa de palabras que los padres levantan para que sus hijos se sientan protegidos, un conjuro frente a las amenazas de la vida y el tiempo. Kenneth Grahame lo concibió cuando su hijo tenía cuatro años de edad. Es entonces cuando una noche, y para conseguir que se duerma, empieza a contarle una serie de cuentos cuyos protagonistas son el Topo, la Rata de Agua y una Jirafa que luego desaparece, dejando espacio para el Sapo, las nutrias y el Tejón. Más tarde desarrolla estos cuentos en una serie de cartas que escribe a su hijo desde Londres, en que narra las aventuras del Sapo, y que pasarán a formar parte de los capítulos del libro. Son años de crisis. Abandona el banco en el que trabaja, tiene problemas económicos, la convivencia con su mujer es cada vez más difícil.

Kenneth Grahame se sentía profundamente desgraciado, pero escribió un cuento en que apenas hay sombra alguna de infelicidad. El mundo de la Orilla, donde viven el Sapo, el Tejón, y la Rata de Agua, es, en efecto, un mundo armonioso, con pequeños conflictos que casi siempre tienen una rápida y serena solución. No hay traumas, no hay renuncias, habla de una vida sin sombras ni grandes amenazas, donde todo está en su sitio, y cada cosa y cada criatura obedecen a la ley de su naturaleza. Estamos lejos del mundo tantas veces sombrío y lleno de conflictos de los grandes libros infantiles. Pensemos en dos libros casi contemporáneos suyos, también de escritores ingleses: Alicia en el País de las maravillas y Peter Pan. El primero se publica en 1865 y el segundo en 1904, y sus autores son herederos, como el propio Kenneth Grahame, de la tradición victoriana. Estos libros no pueden más distintos a El viento en los sauces. Alicia, habla de la angustia infantil, y de la extrañeza profunda del mundo; y Peter Pan, es una de las fábulas más amargas que se han escrito sobre la infancia, como paraíso que hay que abandonar. Ambos son libros oscuros y melancólicos, que al tiempo que nos divierten llenan nuestro corazón de congoja.

Nada de esto hay en El viento en los sauces, que, en el fondo, no es sino una hermosa Pastoral. Un regreso a ese mundo de la Arcadia feliz, donde todo tiene su sitio y las conversaciones a la orilla del río llegan a confundirse con el murmullo del agua que corre. Un libro escrito en una prosa dúctil y sencilla, que nos dice que las actividades más puras, sutiles y elevadas no deben sucumbir a la furia o a la insensatez. Octavio Paz dijo que la poesía vuelve habitable el mundo y se diría que Kenneth Grahame se sirve de este grupito de animales discretos y amables para llevar a cabo una nueva colonización del mundo. Su mensaje es que son necesarios los héroes sensatos y prudentes para recuperar nuestra alma. “Seré valeroso, tendré fe, seré razonable, mantendré mi palabra” esas son sus cualidades. Así son los personajes de este libro encantador, seres débiles, como todos nosotros, que se sondean a sí mismos, y que no han perdido la capacidad de habitar poéticamente el mundo, ni de mantener un diálogo misterioso y secreto con sus criaturas. Y de hecho el episodio más enigmático del libro, tiene que ver con ese diálogo. Nuestros amigos se internan en el bosque y asisten a un momento mágico, que tiene que ver con la presencia del dios Pan. Tan intenso es lo que llegan a vivir, que ese mismo dios les ofrecerá el don del olvido, para que puedan integrarse a su regreso a su vida ordinaria. Pero esa vida ya no será la misma. Es más, a esas alturas habremos descubierto con ellos que el mundo de la Orilla no es lo que parece, pues oculta un secreto. Algo que tiene que ver con lo que han vivido en el corazón del bosque. Esa experiencia cambiará el sentido del libro. Ya no estamos en compañía de unos buenos burgueses, sino de unos discretos poetas que se aferran a una realidad más honda que les envía señales. El libro de Kenneth Grahame nos mantiene en contacto con las profundidades de donde surgen esas “impresiones verdaderas” de que hablaba Proust. Nos enseña que es preciso estar atento a “la voz de las cosas”, y enfrentarnos con optimismo a nuestras dificultades. Esta es su enseñanza, que es posible una comunicación entre los seres, y, a través de ella, una relación entre el lenguaje, el pensamiento y el mundo. Kenneth Grahame transformó su desgraciada vida en un precioso canto a la generosidad y la armonía con las otras criaturas. Podría haber suscrito estas palabras de Borges: “Todo escritor, todo hombre debe ver en lo que le sucede, incluido el fracaso, la humillación y la desgracia, un material para su arte del que debe sacar provecho. Estas cosas nos han sido dadas para que las transformemos, para que de las miserables circunstancias de nuestra vida hagamos cosas eternas o que aspiran a serlo”. Y ese es la máxima virtud de este libro, demostrarnos que ese bien al que tratamos de aferrarnos con tanta tenacidad frente al insidioso mal que nos rodea no es una ilusión sino una conquista de nuestra atención y de nuestra paciencia.


 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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