LA
PIEL DE LA SUERTE
En
un cuento de este libro, un conde que no logra hacer
vida de su hijo decide mandarlo a la ciudad para
ver si aprende algo de provecho. El hijo regresa
pasado un año y, cuando el padre le pregunta,
él le dice que ha aprendido cómo ladran
los perros. Al conde le parece una solemne estupidez,
y decide darle una nueva oportunidad mandándole
a otro pueblo con otro maestro. Pero cuando pasa
un nuevo año, y descubre que esta vez ha
dedicado su tiempo a comprender la lengua los pajaritos,
se desespera y piensa que es una verdadera desgracia
haber tenido un hijo tan tonto. Hay un tercer intento,
y lo que éste aprende es lo que dicen las
ranas cuando croan. Entonces el conde, que ve a
su hijo como un caso perdido, le manda matar. Pero
a sus soldados les da pena y le abandonan en el
bosque. Y a partir de ese instante lo que descubriremos
es lo provechoso que le resulta conocer esos lenguajes,
pues gracias a ellos puede escuchar lo que hablan
los animales y descubre secretos que le permiten
ganarse la admiración de todos, y termina
ni más ni menos que siendo Santo Padre en
Roma. Un Santo Padre al que las palomas le dictan
lo que debe decir en la misa.
Es
un tema que se reitera en los cuentos maravillosos,
el de el niño o el hombre que al aprender
esas lenguas olvidadas que le ponen en contacto
con el mundo natural, adquiere una sabiduría
que le permite salir venturoso de sus aventuras.
En estos cuentos abundan los ejemplos. En La cenicienta,
la muchacha habla con los pájaros y los árboles.
Al árbol que hay junto a la tumba de su madre,
le pide oro y plata; a los pájaros un vestido
que le permita ir a la fiesta. En El pescador y
su mujer, un pescador pesca un rodaballo, que se
pone a hablar en sus manos y le promete concederle
sus deseos ni le vuelve a soltar. En La serpiente
blanca, un muchacho prueba la carne de una serpiente
blanca que todos los días debe servir al
rey, y descubre que gracias a ella puede entender
lo que se dicen gorriones y patos y así logra
enterarse dónde está el anillo de
oro que ha perdido la princesa. En Los tres cuervos,
un niño, gracias a tres cuervos que salvó
cuando eran crías, consigue una manzana del
árbol de la vida, y en Hermanito y hermanita,
una joven logra regresar de la muerte gracias al
vínculo que mantiene con su hermano convertido
en ciervo.
“Todo
lo que sabemos es por gracia de la naturaleza”,
escribió el último Witgesttein, y
ciertamente los personajes de estos cuentos mantienen
con el mundo unos vínculos que escapan a
lo meramente utilitario y que les permiten detenerse
y aprender a escuchar lo que sucede a su alrededor.
Unos vínculos que les exponen a todo tipo
de maravillas y peligros. En realidad, el mundo
de los cuentos está lleno por igual de hechos
extraordinarios y de momentos terroríficos.
Un árbol cubre de oro y plata a Cenicienta,
pero en el mismo cuento una madrastra cruel la maltrata
y hace vivir como un esclava. La casita comestible
que encuentran Hänsel y Gretel es a la vez
el lugar de la muerte, pues en ella vive la bruja
que les quiere comer. Un campesino descubre que
tiene que entregar a su propia hija al diablo, y
llega hasta a cortarla las manos, pues tiene que
cumplir un pacto que ha hecho con él.
Los
ejemplos son innumerables, pues el mundo de los
cuentos está tan lleno de sucesos venturosos
como siniestros. Luz de las tinieblas y luz de cielo,
así es la luz de los cuentos. En ellos convive
lo delicado y lo atroz, lo tierno y lo hosco, los
seres generosos y los malvados. Y pocos ha habido
más duchos en este arte de deslumbrarnos
y ponernos los pelos de punta que los hermanos Grimm,
en cuyos cuentos no deja de expresarse ese dualismo
esencial de nuestra naturaleza, que hace que placer
y pena tengan que ir de la mano. Tal vez por eso,
el mensaje más reiterado de sus cuentos es
que hay que ser valeroso. Lo que no quiere decir
que no debamos sentir miedo. Es más, todos
los personajes de los cuentos son miedosos, pues
el miedo no es sino la conciencia de nuestra fragilidad,
y de que algo esencial está en juego, aunque
haya que saber vencerlo. Ese es el problema del
protagonista del Cuento del que fue a aprender lo
que era el miedo, un muchacho al que todo da igual
porque desconoce lo que es el miedo. Hasta que termina
casándose con una princesa, y esta, con ayuda
de una de sus doncellas, le arroja por encima un
balde llena de agua y de pececillos, que al moverse
sobre su cuerpo le hacen temblar por primera vez.
Una cama empapada, un mundo de aletas y colas, escalofríos,
una novia que quiere jugar… Sea lo que sea
lo que significa todo eso, es indudable que tiene
que ver con el amor. Por eso tiembla, porque no
sabe lo que le pasa ni lo que tiene que hacer, que
es lo que suele sucedernos cuando descubrimos que
amamos a alguien. Eso es un personaje de cuento,
alguien que tiembla. Y los personajes de los cuentos
de los hermanos Grimm lo hacen sin parar. Tiemblan
de frío, de miedo, de placer, de pena. Pero
¿acaso es posible otra cosa? No, porque la
vida es deseo, y los deseos nos llevan al encuentro
con los demás, incluidos los miembros de
las otras especies; y por eso nos exponen, pues
nos enfrentan a lo incierto y lo desconocido de
la vida y el mundo. Puede que nuestra razón
no tenga mucho que decir, por ejemplo, sobre el
deseo, tan antiguo como el pecado original, de comprender
mágicamente la lengua de los animales, pero
los cuentos empiezan justo donde nuestra razón
se detiene. Por eso son tan necesarios. Nos enseñan
que la vida está llena de reinos con los
que el hombre ha roto sus relaciones y que debemos
explorar. Uno de esos reinos, podrían ser
los animales y su vida enigmática y silenciosa,
pero hay otros muchos. El mundo de los objetos inanimados,
el mundo de la naturaleza, el del sexo, el de la
muerte, el de la fantasía. Y en estos cuentos
hablan los objetos, las hojas tienen poderes curativos,
las grutas esconden secretos que nos conciernen,
el amor aparece súbitamente, los muertos
nos visitan, y criaturas de otros mundos pululan
a nuestro lado como por un patio de vecinos. La
recuperación de esa continuidad perdida entre
todos las criaturas del mundo, es una de las ideas
que más se reitera en los cuentos maravillosos.
Y
es curioso que quienes la hacen posible sean los
personajes más insignificantes y pobres.
Seres a los que algo, un defecto físico,
la pobreza, un compromiso anterior a su nacimiento,
les hace llevar una vida de soledad y exclusión.
Que no pueden hablar, que han perdido sus manos,
a los que sus padres abandonan, que sufren la falta
de amor, y que sin embargo, a causa de esa ética
de la inversión que preside el mundo de los
cuentos, están más cerca de lo verdadero.
Que viajan al corazón mismo de las tinieblas
y regresan coronados por una pequeña llama.
En
uno de estos cuentos, una niña bondadosa
lleva una estrella en la frente. Pues bien, los
personajes de los cuentos suelen venir a nosotros
coronados por estrellas o llamas así, y es
eso lo que les hace inolvidables. Cenicienta, lleva
una de ellas, como también la llevan Hänsel
y Gretel, o Rapónchigo, o Hermanita, o esa
niña que tiene que pasarse siete años
sin poder hablar ni reír para conseguir desencantar
a su hermanos. Y, por supuesto, Caperucita. En nadie
es más visible que en ella. En realidad,
esa caperuza roja, que los psicoanalistas relacionan
con el despertar de la pubertad, no es sino el reflejo
sobre su ropa de esa llama que lleva sobre su cabeza.
Y yo no digo que esas interpretaciones que hablan
de los peligros que corren niños y niñas,
sobre todo si se detienen a hablar con extraños,
no sean reales, sino que no debemos olvidar que
Caperucita roja es un cuento, no una crónica
de sucesos. Y es así como hay que leerlo.
Porque es verdad que el lobo se quiere comer a Caperucita,
pero no lo es menos que a los protagonistas de los
cuentos suelen sucederles cosas así. Todos
despiertan grandes pasiones a causa de esa llama
que llevan sobre sus cabezas. Es la llama del candor.
En nuestros tiempos no se ama el candor, Empiezas
a hablar de él y te tiran tomates (que, por
cierto, también son rojos). Pero los cuentos
se hadas son indisociables del candor, como lo son
de la perversidad. Eso es un cuento, el encuentro
de un personaje candoroso con uno perverso. Y pocos
cuentos representan mejor ese conflicto que Caperucita
roja. Caperucita representa el candor, y el lobo
la perversidad. No es cierto que el mensaje del
este cuento sea advertir a los niños que
deben hacer caso a los mayores y obedecerles, y
que si no lo hacen se verán envueltos en
todo tipo de dificultades. Los cuentos enseñan
cosas, pero no tienen que ver con la educación.
Su mundo no es el mundo de las prohibiciones sino
el de la libertad y el asentimiento. También
el del compromiso, pero este no está reñido
con la aventura. La voz de los cuentos no es una
voz que amonesta o frena sino que desafía
e invita, que nos dice, en suma, que no debemos
renunciar a los sueños. En La muchacha sin
manos, un ángel conduce a la desventurada
muchacha a una pequeña casa, en cuya puerta
hay una plaquita donde puede leerse: “Aquí
viven todos libremente”. Es la casita a donde
todos los personajes de los cuentos quieren llegar.
Para ello tienen que ser atrevidos. Sí, eso
es lo que nos dicen los cuentos, que es imposible
no dejarse tentar, porque su mundo es el mundo del
deseo. Y el deseo es llamada, atrevimiento, irse
detrás de lo que suscita nuestra curiosidad.
En Hermanito y Hermanito, se le dice a un niño
que no debe beber de la fuente porque de hacerlo
se convertirá en un cervatillo, pero este
no hace caso y es justo eso lo que le pasa. Y entonces
hay cuento, porque si no lo hubiera hecho que ¿habríamos
podido contar? Eso que pasa en Caperucita roja.
El lobo se cruza con la niña en su camino
y la convence para que siga un camino distinto.
Y a ella le parece una idea estupenda.
“Érase
una vez una pequeña y dulce muchachita que
en cuanto se la veía se la amaba, pero sobre
todo la quería su abuela, que no sabía
que darle a la niña. Un buen día la
regaló una caperucita de terciopelo rojo,
y como le sentaba muy bien y no quería llevar
otra cosa, la llamaron Caperucita Roja”. Los
hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos,
y ese es sin duda uno de los más hermoso.
Una niña a los que todos tienen que amar,
y a la que su abuela, que la ama tanto que no sabe
qué tiene que darle, como suele pasarnos
cuando amamos a alguien, regala una caperuza de
terciopelo rojo. Una caperuza de la que se nos dice,
por cierto, que la sentaba tan bien que la niña
no quería llevar otra cosa. ¡Qué
importa lo que significa! Un niño escucha
este cuento y sólo quiere tener una caperuza
así. Los psicoanalistas la relacionan, por
su color rojo, con la pubertad. El color rojo representa
la sangre, es decir la llegada del ciclo menstrual.
Por eso las niñas deben andarse con ojo,
porque se han vuelto deseables. Puede que no sea
fácil sustraerse a esta interpretación,
pero el adulto olvida que los cuentos maravillosos
están escritos en una lengua que no puede
entender. Un lengua tan antigua como el mundo, tan
misteriosa como la vida. Puede recogerlos y clasificarlos,
puede volverlos a contar, pero nunca sabrá
exactamente lo que está en juego cuando les
cuenta, porque su mundo sólo pertenece a
los niños y ellos, aunque quisieran, no se
lo sabrían explicar.
Pero si no es posible saber lo que significan los
cuentos, si es fácil darse cuenta de cuándo
llegan al corazón de los niños. Y
Caperucita roja no ha dejado de hacerlo desde que
se empezó a contar. No sólo al corazón
de los niñas y niñas mayorcitos, a
punto de entrar en la pubertad, sino también
de los muy pequeños, aquellos para los que
la sexualidad aún no cuenta para nada. Y
si aman a Caperucita es porque también ellos
quieren llevar una llama en la frente. Si alguien
lleva una llama o una estrella sobre su frente,
todos tienen que pararse a mirarle. Le miran y le
aman al instante, porque todo tiembla a su alrededor,
como pasa cuando llevamos una vela de un cuarto
a otro por una casa a oscuras. Todo tiembla como
si estuviera vivo. Eso es lo que representa la caperuza
que la protagonista de este cuento se pone sobre
la cabeza: que lleva sobre la frente la llama del
candor y de la bondad. Nadie como los hermanos Grimm
supieron dar a los personajes de sus cuentos esas
dos maravillosas cualidades. Están en Cenicienta,
está en Gretel, está en Rapónchigo,
en la Muchacha sin Manos, y en la Doncella de Oro.
Y no hay personajes menos ñoños que
ellas. Son curiosas, inteligentes, y siempre encuentran
la manera de salir adelante. Una de ellas es capaz
de permanecer muda siete años, para salvar
a sus hermanos que una bruja ha transformado en
cuervos. Eso es la bondad, el poder de salvar. Y
como recompensa, porque el mundo de los cuentos
es indisociable de la justicia, al final todo se
arregla para ellas. Ese es el tema de Los tres pelos
de oro del diablo, donde nace un niño con
la piel de la suerte alrededor del cuello, y ya
desde recién nacido es capaz de sobrevivir
a las situaciones más adversas. En realidad
todos los personajes de los cuentos han nacido con
esa piel de la suerte alrededor del cuello. Son
personajes con suerte, que es una cualidad que tiene
que ver con la gracia. Y lo que nos dicen los cuentos
es que esa cualidad suprema y misteriosa, está
repartida por todos los lados, aunque no seamos
capaces de percibirla. Aun más, que hay ciertos
seres que tienen el poder de desprenderla a su paso,
como aquel polvo dorado que, en Peter Pan, se desprendía
del cuerpo de Campanilla y que permitía a
los niños humanos volar. Eso pasa con estos
personajes, que desprenden ese polvillo encantado.
Lo desprenden sin darse cuenta, y vuelven a ser
posibles las cosas más impensadas. “¿Por
qué no echas una ojeada a tu alrededor?”,
le dice el lobo a Caperucita para tentarla. “Caperucita
abrió los ojos y cuando vio como los rayos
del sol bailaban de un lado para otro a través
de los árboles y cómo todo estaba
tan lleno de flores…” pensó que
podía coger algunas flores para su abuelita.
Y se fue por el otro camino. Es lógico que
sea así, pues los personajes de los cuentos
suelen ver donde nosotros no vemos nada. Esa es
una de sus enseñanzas, que hay que saber
escuchar, mirar más allá. El criado
de la Serpiente blanca, Cenicienta, el fiel Juan
o Pulgarcito, no serían nada sin esa suprema
atención que les permite encontrar en su
medio la ayuda que les permite resolver sus padecimientos.
Tal vez por eso los cuentos de los hermanos Grimm
suelen terminar bien. A Caperucita se la come el
lobo, pero un cazador que pasa por ahí logra
salvarla abriéndole la barriga, que es lo
que pasa en Los siete cabritillos, pero también
con El sastrecillo valiente y con Los músicos
de Bremen, donde al final termina resplandeciendo
la justicia.
Eso
esperan los niños cuando se les cuenta un
cuento, sentir que el bien es más poderoso
que el mal. Puede que sea lo contrario de lo que
pasa en la vida, pero los cuentos existen no para
no para decirnos cómo es la vida sino cómo
debería ser.
Pero
si es cierto que sin personajes candorosos no podrían
existir los cuentos, tampoco los habría sin
los perversos. Y en los cuentos de los hermanos
Grimm también hay una galería completa
del segundo tipo. De todos ellos el que se lleva
la palma es el lobo de Caperucita roja. Todo el
cuento es la obra del más sofisticado de
los perversos. No se come a la niña cuando
la ve, sino que la pide que vaya por otro camino.
Luego va a casa de la abuela, se la traga de un
bocado, y disfrazado con sus ropas ocupa su lugar
en la cama. Entonces comienza la escena en que Caperucita
le va preguntado por su aspecto tan extraño,
y él la responde con esas fórmulas
que siguen maravillando a todos los niños.
Es una de las escenas más inolvidables del
mundo del cuento. Y si a todos los niños
les encanta es porque también ellos son perversos.
Es decir, son curiosos, quieren saber, descubrir
los misterios de los adultos, abrir las puertas
prohibidas, probar los frutos que se les niegan,
aprender idiomas nuevos, comunicarse con otros mundos
y otros linajes. Eso es el deseo, esta sed insaciable
de alteridad. En realidad este libro está
lleno de cosas extraordinarias. Los objetos hablan,
hay princesas enamoradas de los objetos de oro,
gigantes que se asustan con facilidad, casitas que
se pueden comer, patos y ranas que hablan, pequeñas
niñas mancas, y muchachas cuyas lágrimas
impiden la llegada del diablo.
Lo
extraño es que los niños acepten todo
esto sin ningún problema, como si para ellos
fuera de lo más normal. No quiere decir esto
que un niño que escucha un cuento en que
los animales pueden hablar vaya a ponerse a hablar
con el primer perro que encuentre, y a decepcionarse
por tanto cuando no le conteste. Pero sí
que es justo eso lo que le gustaría que sucediera.
Los cuentos de hadas no hablan del mundo tal y como
es sino de nuestros deseos respecto a él.
No de lo real, sino de lo verdadero. Y la verdad
sólo la podemos tener un momento. Cenicienta
logra cumplir su sueño de acudir al baile
donde se encontrará con el príncipe,
pero tiene que abandonarlo poco después.
Los cuentos son ese palacio encantado. Conducen
al niño a un mundo deslumbrante y perfecto,
un mundo hecho al fin a la medida de lo que anhela,
pero le dicen que tendrá que abandonarlo
si quiere regresar al mundo real.
Puede
que esto sea un poco triste, pero la vida es así,
y no es bueno engañarles sobre lo que van
a encontrar al crecer. Además, no regresarán
con las manos vacías. Cada uno se traerá
una cosa. Algo que les ayudará a vivir, a
ser más fuertes, pero también más
nobles y generosos. Y los cuentos de los hermanos
Grimm están llenos de esos dones impagables.
El zapatito de oro de Cenicienta, las trenzas de
Rapónchigo, la caperuza roja de Caperucita,
un niño que es como un pulgar, una casita
que cuyas paredes se comen, un cabritillo escondido
en el hueco de un reloj, una niña manca a
la que su padre le hace unas manos de plata, son
algunas de las imágenes que el niño
se traerá de estos cuentos. Imágenes
que hablan de esa presencia de lo verdadero en sus
vidas. Todas ellas se resumen en el camino de guijarros
que Hänsel y Gretel dejan a sus espaldas para
poder regresar a su casa. Los hermanos Grimm cuentan
que esos guijarros, a la luz de la luna, brillaban
como monedas de plata. Esa escritura de luz es la
escritura de estos cuentos. La vemos brillar en
la noche y gracias a ella sabemos que no estamos
perdidos.