Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 
LA PIEL DE LA SUERTE

En un cuento de este libro, un conde que no logra hacer vida de su hijo decide mandarlo a la ciudad para ver si aprende algo de provecho. El hijo regresa pasado un año y, cuando el padre le pregunta, él le dice que ha aprendido cómo ladran los perros. Al conde le parece una solemne estupidez, y decide darle una nueva oportunidad mandándole a otro pueblo con otro maestro. Pero cuando pasa un nuevo año, y descubre que esta vez ha dedicado su tiempo a comprender la lengua los pajaritos, se desespera y piensa que es una verdadera desgracia haber tenido un hijo tan tonto. Hay un tercer intento, y lo que éste aprende es lo que dicen las ranas cuando croan. Entonces el conde, que ve a su hijo como un caso perdido, le manda matar. Pero a sus soldados les da pena y le abandonan en el bosque. Y a partir de ese instante lo que descubriremos es lo provechoso que le resulta conocer esos lenguajes, pues gracias a ellos puede escuchar lo que hablan los animales y descubre secretos que le permiten ganarse la admiración de todos, y termina ni más ni menos que siendo Santo Padre en Roma. Un Santo Padre al que las palomas le dictan lo que debe decir en la misa.

Es un tema que se reitera en los cuentos maravillosos, el de el niño o el hombre que al aprender esas lenguas olvidadas que le ponen en contacto con el mundo natural, adquiere una sabiduría que le permite salir venturoso de sus aventuras. En estos cuentos abundan los ejemplos. En La cenicienta, la muchacha habla con los pájaros y los árboles. Al árbol que hay junto a la tumba de su madre, le pide oro y plata; a los pájaros un vestido que le permita ir a la fiesta. En El pescador y su mujer, un pescador pesca un rodaballo, que se pone a hablar en sus manos y le promete concederle sus deseos ni le vuelve a soltar. En La serpiente blanca, un muchacho prueba la carne de una serpiente blanca que todos los días debe servir al rey, y descubre que gracias a ella puede entender lo que se dicen gorriones y patos y así logra enterarse dónde está el anillo de oro que ha perdido la princesa. En Los tres cuervos, un niño, gracias a tres cuervos que salvó cuando eran crías, consigue una manzana del árbol de la vida, y en Hermanito y hermanita, una joven logra regresar de la muerte gracias al vínculo que mantiene con su hermano convertido en ciervo.

“Todo lo que sabemos es por gracia de la naturaleza”, escribió el último Witgesttein, y ciertamente los personajes de estos cuentos mantienen con el mundo unos vínculos que escapan a lo meramente utilitario y que les permiten detenerse y aprender a escuchar lo que sucede a su alrededor. Unos vínculos que les exponen a todo tipo de maravillas y peligros. En realidad, el mundo de los cuentos está lleno por igual de hechos extraordinarios y de momentos terroríficos. Un árbol cubre de oro y plata a Cenicienta, pero en el mismo cuento una madrastra cruel la maltrata y hace vivir como un esclava. La casita comestible que encuentran Hänsel y Gretel es a la vez el lugar de la muerte, pues en ella vive la bruja que les quiere comer. Un campesino descubre que tiene que entregar a su propia hija al diablo, y llega hasta a cortarla las manos, pues tiene que cumplir un pacto que ha hecho con él.

Los ejemplos son innumerables, pues el mundo de los cuentos está tan lleno de sucesos venturosos como siniestros. Luz de las tinieblas y luz de cielo, así es la luz de los cuentos. En ellos convive lo delicado y lo atroz, lo tierno y lo hosco, los seres generosos y los malvados. Y pocos ha habido más duchos en este arte de deslumbrarnos y ponernos los pelos de punta que los hermanos Grimm, en cuyos cuentos no deja de expresarse ese dualismo esencial de nuestra naturaleza, que hace que placer y pena tengan que ir de la mano. Tal vez por eso, el mensaje más reiterado de sus cuentos es que hay que ser valeroso. Lo que no quiere decir que no debamos sentir miedo. Es más, todos los personajes de los cuentos son miedosos, pues el miedo no es sino la conciencia de nuestra fragilidad, y de que algo esencial está en juego, aunque haya que saber vencerlo. Ese es el problema del protagonista del Cuento del que fue a aprender lo que era el miedo, un muchacho al que todo da igual porque desconoce lo que es el miedo. Hasta que termina casándose con una princesa, y esta, con ayuda de una de sus doncellas, le arroja por encima un balde llena de agua y de pececillos, que al moverse sobre su cuerpo le hacen temblar por primera vez. Una cama empapada, un mundo de aletas y colas, escalofríos, una novia que quiere jugar… Sea lo que sea lo que significa todo eso, es indudable que tiene que ver con el amor. Por eso tiembla, porque no sabe lo que le pasa ni lo que tiene que hacer, que es lo que suele sucedernos cuando descubrimos que amamos a alguien. Eso es un personaje de cuento, alguien que tiembla. Y los personajes de los cuentos de los hermanos Grimm lo hacen sin parar. Tiemblan de frío, de miedo, de placer, de pena. Pero ¿acaso es posible otra cosa? No, porque la vida es deseo, y los deseos nos llevan al encuentro con los demás, incluidos los miembros de las otras especies; y por eso nos exponen, pues nos enfrentan a lo incierto y lo desconocido de la vida y el mundo. Puede que nuestra razón no tenga mucho que decir, por ejemplo, sobre el deseo, tan antiguo como el pecado original, de comprender mágicamente la lengua de los animales, pero los cuentos empiezan justo donde nuestra razón se detiene. Por eso son tan necesarios. Nos enseñan que la vida está llena de reinos con los que el hombre ha roto sus relaciones y que debemos explorar. Uno de esos reinos, podrían ser los animales y su vida enigmática y silenciosa, pero hay otros muchos. El mundo de los objetos inanimados, el mundo de la naturaleza, el del sexo, el de la muerte, el de la fantasía. Y en estos cuentos hablan los objetos, las hojas tienen poderes curativos, las grutas esconden secretos que nos conciernen, el amor aparece súbitamente, los muertos nos visitan, y criaturas de otros mundos pululan a nuestro lado como por un patio de vecinos. La recuperación de esa continuidad perdida entre todos las criaturas del mundo, es una de las ideas que más se reitera en los cuentos maravillosos.

Y es curioso que quienes la hacen posible sean los personajes más insignificantes y pobres. Seres a los que algo, un defecto físico, la pobreza, un compromiso anterior a su nacimiento, les hace llevar una vida de soledad y exclusión. Que no pueden hablar, que han perdido sus manos, a los que sus padres abandonan, que sufren la falta de amor, y que sin embargo, a causa de esa ética de la inversión que preside el mundo de los cuentos, están más cerca de lo verdadero. Que viajan al corazón mismo de las tinieblas y regresan coronados por una pequeña llama.

En uno de estos cuentos, una niña bondadosa lleva una estrella en la frente. Pues bien, los personajes de los cuentos suelen venir a nosotros coronados por estrellas o llamas así, y es eso lo que les hace inolvidables. Cenicienta, lleva una de ellas, como también la llevan Hänsel y Gretel, o Rapónchigo, o Hermanita, o esa niña que tiene que pasarse siete años sin poder hablar ni reír para conseguir desencantar a su hermanos. Y, por supuesto, Caperucita. En nadie es más visible que en ella. En realidad, esa caperuza roja, que los psicoanalistas relacionan con el despertar de la pubertad, no es sino el reflejo sobre su ropa de esa llama que lleva sobre su cabeza. Y yo no digo que esas interpretaciones que hablan de los peligros que corren niños y niñas, sobre todo si se detienen a hablar con extraños, no sean reales, sino que no debemos olvidar que Caperucita roja es un cuento, no una crónica de sucesos. Y es así como hay que leerlo. Porque es verdad que el lobo se quiere comer a Caperucita, pero no lo es menos que a los protagonistas de los cuentos suelen sucederles cosas así. Todos despiertan grandes pasiones a causa de esa llama que llevan sobre sus cabezas. Es la llama del candor. En nuestros tiempos no se ama el candor, Empiezas a hablar de él y te tiran tomates (que, por cierto, también son rojos). Pero los cuentos se hadas son indisociables del candor, como lo son de la perversidad. Eso es un cuento, el encuentro de un personaje candoroso con uno perverso. Y pocos cuentos representan mejor ese conflicto que Caperucita roja. Caperucita representa el candor, y el lobo la perversidad. No es cierto que el mensaje del este cuento sea advertir a los niños que deben hacer caso a los mayores y obedecerles, y que si no lo hacen se verán envueltos en todo tipo de dificultades. Los cuentos enseñan cosas, pero no tienen que ver con la educación. Su mundo no es el mundo de las prohibiciones sino el de la libertad y el asentimiento. También el del compromiso, pero este no está reñido con la aventura. La voz de los cuentos no es una voz que amonesta o frena sino que desafía e invita, que nos dice, en suma, que no debemos renunciar a los sueños. En La muchacha sin manos, un ángel conduce a la desventurada muchacha a una pequeña casa, en cuya puerta hay una plaquita donde puede leerse: “Aquí viven todos libremente”. Es la casita a donde todos los personajes de los cuentos quieren llegar. Para ello tienen que ser atrevidos. Sí, eso es lo que nos dicen los cuentos, que es imposible no dejarse tentar, porque su mundo es el mundo del deseo. Y el deseo es llamada, atrevimiento, irse detrás de lo que suscita nuestra curiosidad. En Hermanito y Hermanito, se le dice a un niño que no debe beber de la fuente porque de hacerlo se convertirá en un cervatillo, pero este no hace caso y es justo eso lo que le pasa. Y entonces hay cuento, porque si no lo hubiera hecho que ¿habríamos podido contar? Eso que pasa en Caperucita roja. El lobo se cruza con la niña en su camino y la convence para que siga un camino distinto. Y a ella le parece una idea estupenda.

“Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba, pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía que darle a la niña. Un buen día la regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja”. Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y ese es sin duda uno de los más hermoso. Una niña a los que todos tienen que amar, y a la que su abuela, que la ama tanto que no sabe qué tiene que darle, como suele pasarnos cuando amamos a alguien, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza de la que se nos dice, por cierto, que la sentaba tan bien que la niña no quería llevar otra cosa. ¡Qué importa lo que significa! Un niño escucha este cuento y sólo quiere tener una caperuza así. Los psicoanalistas la relacionan, por su color rojo, con la pubertad. El color rojo representa la sangre, es decir la llegada del ciclo menstrual. Por eso las niñas deben andarse con ojo, porque se han vuelto deseables. Puede que no sea fácil sustraerse a esta interpretación, pero el adulto olvida que los cuentos maravillosos están escritos en una lengua que no puede entender. Un lengua tan antigua como el mundo, tan misteriosa como la vida. Puede recogerlos y clasificarlos, puede volverlos a contar, pero nunca sabrá exactamente lo que está en juego cuando les cuenta, porque su mundo sólo pertenece a los niños y ellos, aunque quisieran, no se lo sabrían explicar.
Pero si no es posible saber lo que significan los cuentos, si es fácil darse cuenta de cuándo llegan al corazón de los niños. Y Caperucita roja no ha dejado de hacerlo desde que se empezó a contar. No sólo al corazón de los niñas y niñas mayorcitos, a punto de entrar en la pubertad, sino también de los muy pequeños, aquellos para los que la sexualidad aún no cuenta para nada. Y si aman a Caperucita es porque también ellos quieren llevar una llama en la frente. Si alguien lleva una llama o una estrella sobre su frente, todos tienen que pararse a mirarle. Le miran y le aman al instante, porque todo tiembla a su alrededor, como pasa cuando llevamos una vela de un cuarto a otro por una casa a oscuras. Todo tiembla como si estuviera vivo. Eso es lo que representa la caperuza que la protagonista de este cuento se pone sobre la cabeza: que lleva sobre la frente la llama del candor y de la bondad. Nadie como los hermanos Grimm supieron dar a los personajes de sus cuentos esas dos maravillosas cualidades. Están en Cenicienta, está en Gretel, está en Rapónchigo, en la Muchacha sin Manos, y en la Doncella de Oro. Y no hay personajes menos ñoños que ellas. Son curiosas, inteligentes, y siempre encuentran la manera de salir adelante. Una de ellas es capaz de permanecer muda siete años, para salvar a sus hermanos que una bruja ha transformado en cuervos. Eso es la bondad, el poder de salvar. Y como recompensa, porque el mundo de los cuentos es indisociable de la justicia, al final todo se arregla para ellas. Ese es el tema de Los tres pelos de oro del diablo, donde nace un niño con la piel de la suerte alrededor del cuello, y ya desde recién nacido es capaz de sobrevivir a las situaciones más adversas. En realidad todos los personajes de los cuentos han nacido con esa piel de la suerte alrededor del cuello. Son personajes con suerte, que es una cualidad que tiene que ver con la gracia. Y lo que nos dicen los cuentos es que esa cualidad suprema y misteriosa, está repartida por todos los lados, aunque no seamos capaces de percibirla. Aun más, que hay ciertos seres que tienen el poder de desprenderla a su paso, como aquel polvo dorado que, en Peter Pan, se desprendía del cuerpo de Campanilla y que permitía a los niños humanos volar. Eso pasa con estos personajes, que desprenden ese polvillo encantado. Lo desprenden sin darse cuenta, y vuelven a ser posibles las cosas más impensadas. “¿Por qué no echas una ojeada a tu alrededor?”, le dice el lobo a Caperucita para tentarla. “Caperucita abrió los ojos y cuando vio como los rayos del sol bailaban de un lado para otro a través de los árboles y cómo todo estaba tan lleno de flores…” pensó que podía coger algunas flores para su abuelita. Y se fue por el otro camino. Es lógico que sea así, pues los personajes de los cuentos suelen ver donde nosotros no vemos nada. Esa es una de sus enseñanzas, que hay que saber escuchar, mirar más allá. El criado de la Serpiente blanca, Cenicienta, el fiel Juan o Pulgarcito, no serían nada sin esa suprema atención que les permite encontrar en su medio la ayuda que les permite resolver sus padecimientos. Tal vez por eso los cuentos de los hermanos Grimm suelen terminar bien. A Caperucita se la come el lobo, pero un cazador que pasa por ahí logra salvarla abriéndole la barriga, que es lo que pasa en Los siete cabritillos, pero también con El sastrecillo valiente y con Los músicos de Bremen, donde al final termina resplandeciendo la justicia.

Eso esperan los niños cuando se les cuenta un cuento, sentir que el bien es más poderoso que el mal. Puede que sea lo contrario de lo que pasa en la vida, pero los cuentos existen no para no para decirnos cómo es la vida sino cómo debería ser.

Pero si es cierto que sin personajes candorosos no podrían existir los cuentos, tampoco los habría sin los perversos. Y en los cuentos de los hermanos Grimm también hay una galería completa del segundo tipo. De todos ellos el que se lleva la palma es el lobo de Caperucita roja. Todo el cuento es la obra del más sofisticado de los perversos. No se come a la niña cuando la ve, sino que la pide que vaya por otro camino. Luego va a casa de la abuela, se la traga de un bocado, y disfrazado con sus ropas ocupa su lugar en la cama. Entonces comienza la escena en que Caperucita le va preguntado por su aspecto tan extraño, y él la responde con esas fórmulas que siguen maravillando a todos los niños. Es una de las escenas más inolvidables del mundo del cuento. Y si a todos los niños les encanta es porque también ellos son perversos. Es decir, son curiosos, quieren saber, descubrir los misterios de los adultos, abrir las puertas prohibidas, probar los frutos que se les niegan, aprender idiomas nuevos, comunicarse con otros mundos y otros linajes. Eso es el deseo, esta sed insaciable de alteridad. En realidad este libro está lleno de cosas extraordinarias. Los objetos hablan, hay princesas enamoradas de los objetos de oro, gigantes que se asustan con facilidad, casitas que se pueden comer, patos y ranas que hablan, pequeñas niñas mancas, y muchachas cuyas lágrimas impiden la llegada del diablo.

Lo extraño es que los niños acepten todo esto sin ningún problema, como si para ellos fuera de lo más normal. No quiere decir esto que un niño que escucha un cuento en que los animales pueden hablar vaya a ponerse a hablar con el primer perro que encuentre, y a decepcionarse por tanto cuando no le conteste. Pero sí que es justo eso lo que le gustaría que sucediera. Los cuentos de hadas no hablan del mundo tal y como es sino de nuestros deseos respecto a él. No de lo real, sino de lo verdadero. Y la verdad sólo la podemos tener un momento. Cenicienta logra cumplir su sueño de acudir al baile donde se encontrará con el príncipe, pero tiene que abandonarlo poco después. Los cuentos son ese palacio encantado. Conducen al niño a un mundo deslumbrante y perfecto, un mundo hecho al fin a la medida de lo que anhela, pero le dicen que tendrá que abandonarlo si quiere regresar al mundo real.

Puede que esto sea un poco triste, pero la vida es así, y no es bueno engañarles sobre lo que van a encontrar al crecer. Además, no regresarán con las manos vacías. Cada uno se traerá una cosa. Algo que les ayudará a vivir, a ser más fuertes, pero también más nobles y generosos. Y los cuentos de los hermanos Grimm están llenos de esos dones impagables. El zapatito de oro de Cenicienta, las trenzas de Rapónchigo, la caperuza roja de Caperucita, un niño que es como un pulgar, una casita que cuyas paredes se comen, un cabritillo escondido en el hueco de un reloj, una niña manca a la que su padre le hace unas manos de plata, son algunas de las imágenes que el niño se traerá de estos cuentos. Imágenes que hablan de esa presencia de lo verdadero en sus vidas. Todas ellas se resumen en el camino de guijarros que Hänsel y Gretel dejan a sus espaldas para poder regresar a su casa. Los hermanos Grimm cuentan que esos guijarros, a la luz de la luna, brillaban como monedas de plata. Esa escritura de luz es la escritura de estos cuentos. La vemos brillar en la noche y gracias a ella sabemos que no estamos perdidos.


 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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