EL
VUELO DE LA PERDIZ ROJA
En
un relato de Tres pájaros de cuenta unos
vecinos del escritor se encuentran un polluelo de
cárabo, que alimentan y cuidan. El cárabo
pasa a ser un miembro más de la familia,
hasta que los problemas que causa al crecer les
hacen tomar la resolución de soltarle. Lo
meten en un jaula y, “como en el cuento de
Pulgarcito”, lo abandonan en el bosque. Pero
el cárabo regresa sin problemas. Insisten,
llevándole todavía más lejos,
y el cárabo vuelve a encontrar el camino
de vuelta. Hay una tercera vez, en la que se desplazan
más de treinta kilómetros, pero también
entonces el cárabo regresa a su lado y, conmovidos
por esa fidelidad, no vuelven a abandonarle. Cada
uno de los tres relatos de este hermoso libro tienen
por protagonista a un pájaro: un cárabo,
un cuco y una grajilla. Delibes nos habla de sus
costumbres, nos describe sus vuelos, el color de
sus plumas y su canto, nos dice donde ponen sus
nidos y qué alimentos prefieren, pero lo
hace con la cálida atención del que
se ocupa de unos vecinos un poco peculiares, e imprevisibles,
a los que no cabe desatender. Es decir, habla de
la naturaleza, pero también, y sobre todo,
del corazón del que se detiene a contemplarla
y amarla. Ese es el tema secreto toda la obra de
Delibes, la búsqueda de ese camino que nos
lleva al encuentro de las otras criaturas del mundo.
Una búsqueda que se basa en el principio
de igualdad. Igualdad no sólo con los otros
hombres, sino con los animales y hasta si se me
apura, con los propios árboles, como pasa
en Los nogales. “Son mis mejores amigos /
aquellos que no hablan” escribió Emily
Dickinson. Todos los grandes personajes de Delibes
mantienen intactos esos vínculos con el mundo.
Paul Klee dijo que la misión del arte no
es representar lo visible, sino hacer visible lo
que no vemos. Pues bien, estos relatos surgen de
ese mismo deseo de visión. Y es curioso que
uno de ellos se llame precisamente así, Las
visiones, y hable de una niña que inventa
cosas que causan el regocijo de familiares y vecinas,
hasta que nos damos cuenta de que es precisamente
en tales fantasías donde todos ellos encuentran
la alegría que necesitan para seguir tirando.
Y estos relatos están llenos de personajes
que tienen visiones; es decir, que ven donde nosotros
no llegamos a ver. El viejo Nilo ve sus nogales
como su único reino en el mundo, y sabe que
mientras pueda seguir subiendo a sus ramas su vida
no será la de un pordiosero. Y también
el Barbas, el protagonista de La caza de la perdiz
roja, ve a la perdiz patirroja con unos ojos así.
Es eso lo que le hace salir de caza, lo que le hace
buscarla sin cansarse nunca, lo que le hace pedir
para ella toda la libertad del campo. Los ejemplos
podrían multiplicarse: en La partida, el
muchacho que se embarca en un carguero sueña
con ver peces voladores y el Queen Mary, con todas
sus luces encendidas, como un palacio flotante;
en La perra, la vieja perra y su dueño forman
una de esas parejas que solo parecen tener cabida
en el mundo de los cuentos infantiles, pues mantienen
entre ellos un vínculo inexplicable que les
hace comunicarse y entenderse como dos viejos camaradas.
Estos cuentos hablan de la soledad del hombre, del
abandono de los viejos y el dolor de los niños.
Hablan de la muerte, la codicia, y el poso amargo
de la vida. Sin embargo, el gran tema de Delibes
no es la desesperanza sino el desamparo, la orfandad
radical de los hombres. En Una noche así,
tres pobres hombres se ofrecen compañía
una noche de Navidad. En El patio de vecindad, un
jubilado solitario habla a través de la radio
con personas tan solitarias como él. En Una
contradicción una monja ayuda a un muchacho
a morir escuchando su relato acerca de su desdichada
hermana. Todos están perdidos, viven en el
límite de la nada, pero ninguno de ellos
ha perdido esa capacidad de hablar y escuchar a
los demás. Es uno de los papeles que cumple
la naturaleza y los animales en la obra de Delibes:
restaurar nuestros vínculos con la vida.
Barbas, mira la perdiz como un objeto amoroso, para
Nilo, el viejo, las nueces de sus nogales son como
pequeños cerebros donde se guarda el sueño
de su hijo inocente prendido en sus copas, y el
protagonista de Viejas historias de Castilla la
vieja, recupera al volver al pueblo en que nació
su mirada de niño.
Varios de estos relatos son pequeñas obras
maestras, y en ellas están algunas de las
páginas más hermosas escritas jamás
en nuestra lengua. Borges decía que había
dos tipos de narradores, los que todo lo basaban
en la expresión, y los que poseían
el arte de la alusión y la sugerencia. Delibes
pertenece a este segundo tipo, y estos cuentos lo
demuestran de manera ejemplar. Delibes no se limita
a pasear un espejo por un camino, como pedía
Stendall (cosa, por otra parte, que tampoco hacía
él), aunque muchas veces pueda parecerlo.
Es verdad que nos muestra un mundo definido y concreto,
el campo castellano, su explotación y su
miseria, o la pequeña y mezquina vida de
las provincias españolas durante el franquismo,
pero sólo para llevarnos a un instante de
apertura, de revelación de otra verdad. James
Joyce llamó epifanías a estos instantes
de encantamiento. Y la obra de Delibes está
salpicada de ellos. Es esa capacidad para transformar
el detalle trivial en símbolo prodigioso
la que le hace ser el gran escritor que es. Podría
hacerse una lectura de la obra de Delibes espigando
todos esos instantes. Me he referido a varios de
ellos, utilizando la metáfora de ese camino
que nos permite reencontrarnos no sólo con
los otros hombres, sino también con el mundo
natural. Eso es una epifanía, una pequeña
explosión de realidad que hace del texto
el lugar de la restitución. Y Delibes, como
quería Joyce, sólo escribe para dar
cuenta de esos instantes en que “la realidad
se vuelve de pronto expresiva”.
No quiero terminar este prólogo sin citar
los dos que prefiero. Pertenecen a cuentos, por
otra parte, desoladores: La mortaja y El refugio.
En un cuento de I. B. Singer, dos muchachos judíos,
quieren huir del gueto de Varsovia. El muchacho
consigue una pequeña vela, y la encienden
para celebrar una de sus fiestas. Y, animados por
el poder de esa luz, que despierta en ellos una
fuerza y una esperanza nuevas, emprenden la huida
y logran burlar el cerco de sus verdugos y escapar
de la muerte. En La mortaja también el niño
protagonista encuentra una luz así, la luz
que desprende una luciérnaga. El cuento es
terrible, pues nos enfrenta al egoísmo y
la mezquindad de los hombres, pero el niño
encuentra gracias a esa luciérnaga, como
los niños del cuento de Singer, la fuerza
para enfrentarse a la muerte de su padre y la miseria
que le rodea. Y al terminar de leer el relato algo
nos dice que está preparado para enfrentarse
a los problemas de la vida.
En el otro cuento, El refugio, un grupo de gente
se ha tenido que refugiar de los bombardeos en un
sótano lleno de ataúdes. Escuchamos
sus conversaciones vulgares, que hablan de vidas
pequeñas llenas de ruindad, pero, al final,
el niño recuerda al dueño de la funeraria
la promesa que le había hecho a su hermana
de regalarle el pequeño ataúd de propaganda
que había en el escaparte, y que ella quería
para jugar con sus muñecas. Y entonces nos
damos cuenta de que la niña ha muerto y que
ya no se lo podrá dar. Como las fantasías
de la niña de Las visiones o el vuelo de
la perdiz roja, en los ojos del Barbas, ese pequeño
ataúd se transforma de pronto en un símbolo
jubiloso que nos anima a seguir porfiando. Me recuerda
el final de Moby Dick, donde el joven Ismael logra
salvarse utilizando el ataúd de su amigo
el arponero. Estos hermosos y tristísimos
relatos son como el juego de esa niña: ese
diálogo entre el placer y la pena que según
Rilke es la realidad más honda del corazón
humano.