¿POR
QUÉ NO ERES DOS PONIS?
G.
K. Chesterton afirma que una de las características
de la mente infantil es su gusto por ponerse límites.
Los niños deciden, por ejemplo, pisar solo
las baldosas de un color, dejando fuera las otras,
o ir andando por los bordillos, cuando puede hacerlo
tranquilamente por el paseo, y esta actitud les
proporciona un inmenso placer. Una novela como Robinson
Crusoe es apasionante no tanto por el naufragio
sino por el hecho de que su protagonista no pueda
abandonar la isla. Para Chesterton, ese juego de
ponerse límites es uno de los placeres secretos
de la vida y está en la raíz de toda
expresión artística.
Un
hombre y una mujer se encuentran y se enamoran.
Deciden irse a vivir juntos y el mundo queda reducido
para ellos a las cuatro paredes de su casa. Nacen
niños, hay discusiones, problemas económicos,
noches que se comparten ante el televisor, algún
que otro animal doméstico... Eso es una familia.
Decir que pertenecemos a ella no es distinto a tomar
la decisión de pisar sólo las baldosas
azules. En este relato Franzer habla de una familia
así: su propia familia. Lo hace desde los
ojos del niño que fue. Un niño que
acaba de cumplir diez años y que un buen
día comprende que ese pequeño mundo
doméstico que comparte con sus hermanos y
sus padres no es un lugar idílico sino bastante
disparatado y, lo que es peor, dolorosamente frágil.
En ese tiempo se produce en Estados Unidos algo
así como una epidemia. Surge la cultura juvenil
de los años 60, y los hijos se van de casa,
se juntan en inestables comunas donde practican
el sexo y consumen droga, ante la mirada espantada
de sus padres, que no saben lo que tienen que hacer.
Y todo esto mientras los astronautas del Apolo X
preparan el alunizaje a la luna y el país
entero, en plena guerra fría, se dispone
para aventuras tan siniestras como la guerra del
Vietnam. Todos los límites han saltado por
los aires y el pequeño Franzer se da cuenta
de que alguien ha revuelto todas las baldosas y
que ya no hay forma de quedarse con las que tienen
un único color. Y empieza a temer por su
propia familia y a sentirse responsable de cuanto
ocurre a su alrededor. Un compañero suyo,
con el que rivaliza en las tareas escolares, muere
en un accidente de coche y se culpabiliza del dolor
que padece su madre; ve a sus padres discutir con
su hermano y se pregunta si él no habría
podido hacer algo para evitarlo. En realidad se
siente culpable de las cosas más peregrinas:
de haber arrojado al fuego una pequeña rana,
de no ser lo suficientemente cariñoso con
su madre, de preferir unos juguetes a otros, hasta
de las pobres toallitas que nadie llega a utilizar.
En ese tiempo lee sin parar las tiras cómicas
de Bruno Schulz. En una de ellas Charlie Brown dice
“Me siento culpable de todo lo que hago”.
Y Jonathan Franzer se identifica con él y
con su perro Snoopy, que vive entre criaturas más
grandes de una especie distinta, que es más
o menos lo que le pasa a él mismo (sus dos
hermanos le llevan nueve y diez años respectivamente).
Es decir, el mundo de las tiras cómicas de
Schulz le proporciona no sólo un refugio
en tiempos de adversidad sino el placer que se asocia
a ese juego de los límites.
El
arte tiene que ver con ese juego. Escribir una novela,
por ejemplo, no es sino decidir, como hacia el niño
de Chesterton, pasarse el tiempo que dura su escritura
pisando sólo un tipo de baldosas y desdeñando
las otras. Y esto es especialmente cierto en el
mundo de los cómic. En realidad, lo que hacen
los dibujantes de cómic es dibujar a los
seres humanos reducidos a sus cuatros rasgos más
elementales. Franzer argumenta que es precisamente
la simplicidad y la universalidad de las caras de
estos dibujos, la ausencia de detalles, las que
nos invitan a mirarlas como a nosotros mismos. Esta
es la razón por la que los niños pequeños
las amen. Un muñeco demasiado realista es
dueño de una vida que no le pertenece, como
no le pertenecen las vidas de los adultos. Franzer
recuerda que él tuvo un oso así y
nos habla de la incomodidad que sentía al
acercarse a él. Un muñeco de peluche,
dotado apenas de cuatro rasgos, permite esa identificación
y sentir en suma que la vida tiene un significado
cercano y familiar.
Los
psicólogos han demostrado que la primera
sonrisa del niño es una respuesta de gozo
frente a la aparición del rostro humano.
Surge en torno a los dos meses y es una respuesta
no ante un rostro individual, que el niño
es aún incapaz de diferenciar, sino ante
la forma más esquemática de este rostro.
De hecho, basta con recortar una forma ovalada,
y en ella tres orificios que imiten ojos y boca,
para que el bebé sonría automáticamente
al verla. No es raro que lo haga, pues su aparición
es la señal de que hay alguien que se ocupa
de él y que vendrá en su ayuda cuando
lo necesite. Los dibujos animados mantienen vivo
ese primer rostro, y con él todo lo que significa
para el niño pequeño: una suerte de
confianza básica en las cosas, y el sentimiento
de que a pesar de todos los desastres y sinsabores
en el mundo aún hay espacio para la bondad
y el gozo. Y eso era justo lo que sentía
Jonathan Franzer ante las tiras de dibujos de Bruno
Schulz y lo que hacía que no se cansara de
mirarlas. Por eso cuando quiere hacerles su particular
homenaje escribe que era un mundo “donde la
cólera era divertida y la inseguridad digna
de amarse” O dicho de otra forma, un mundo
donde nada era irreparable, donde podían
pasar las cosas más atroces y al momento
siguiente todo se había olvidado, porque
la vida seguía las reglas, puede que disparatadas
pero siempre gozosas, de la comedia. Y una comedia
es una historia donde existe la posibilidad del
perdón.
En realidad hay algo en el pequeño Jonathan
Franzer, y en su conmovedora afición a las
tiras cómicas de Schulz que nos recuerda
a Alonso Quijano entregado a la lectura compulsiva
de novelas de caballerías. Alonso Quijano,
quiere ser uno de los caballeros andante y transformar
su vida en una aventura digna de ser vivida, y el
pequeño Jonathan Franzer confundirse con
los personajes de los dibujos y recuperar así,
como quería Stevenson. “la creencia
en la decencia última de las cosas”.
Volvemos al juego de las baldosas o del bordillo.
Eso es irse de aventuras: ponerse a caminar por
un bordillo cuando podríamos hacerlo por
el paseo central del parque. Experimentar el placer
de los límites. Y ese placer está
tanto en la novela de Cervantes como en este precioso
relato de Franzer. Don Quijote no es solo un caballero
apaleado, sino sobre todo alguien que disfruta con
su papel, y nos hace disfrutar a todos, lo que se
hace patente en tantas de sus conversaciones con
Sancho, en sus hermosos discursos y en su siempre
amable disposición frente a los demás;
y el pequeño Jonathan Franzer se sitúa
ante su maltrecha pero siempre amada familia tratando
de arrancar a la vida, como hacen los personajes
de Schulz, una luz más intensa, más
real que aquella en la que él mismo se solía
mover.
Franzer
evoca así una de sus tiras preferidas: “Carlitos
pasa por delante de la pequeña pelirroja,
objeto de sus ansias eternas a infructuosas. Se
sienta con Snoopy y dice: “Ójala tuviera
dos ponéis”. Se imagina que le regala
uno de ellos a la pequeña pelirroja, que
a lomos de sendos ponis recorren juntos el campo
y que se sienta con ella al pie de un árbol.
De repente, empieza a regañar a Snoopy y
le pregunta: “¿Por qué no eres
dos ponis?”. En realidad nos pasamos la vida
preguntando eso a los otros. Y vivir es aprender
a aceptar que estos no tienen por qué ser
lo que nosotros queremos que sean. Aceptar esa frustración
sin demasiado dramatismo nos hace ser como los personajes
de los cómic. El relato de Jonathan Franzer
termina con este descubrimiento. Ve discutiendo
a su padre con su madre por un asunto de la calefacción
y de pronto le parece el personaje de una tira cómica.
Y es verdad que hay algo cruel en esta percepción,
pero también, como el propio Franzer nos
dice, que es una forma de aceptar y de amar a su
padre, y de reconciliarse con él. Y enseguida
añade: “qué victoria sería
llegar a parecerse alguna vez a un personaje de
un comic”. Aun tendrían que pasar muchos
años para que el Jonathan Franzer adulto
pudiera sacar sus conclusiones acerca de lo que
supusieron en su infancia las tiras de Schulz: el
descubrimiento de que el arte es el lugar del perdón.