Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 
¿POR QUÉ NO ERES DOS PONIS?

G. K. Chesterton afirma que una de las características de la mente infantil es su gusto por ponerse límites. Los niños deciden, por ejemplo, pisar solo las baldosas de un color, dejando fuera las otras, o ir andando por los bordillos, cuando puede hacerlo tranquilamente por el paseo, y esta actitud les proporciona un inmenso placer. Una novela como Robinson Crusoe es apasionante no tanto por el naufragio sino por el hecho de que su protagonista no pueda abandonar la isla. Para Chesterton, ese juego de ponerse límites es uno de los placeres secretos de la vida y está en la raíz de toda expresión artística.

Un hombre y una mujer se encuentran y se enamoran. Deciden irse a vivir juntos y el mundo queda reducido para ellos a las cuatro paredes de su casa. Nacen niños, hay discusiones, problemas económicos, noches que se comparten ante el televisor, algún que otro animal doméstico... Eso es una familia. Decir que pertenecemos a ella no es distinto a tomar la decisión de pisar sólo las baldosas azules. En este relato Franzer habla de una familia así: su propia familia. Lo hace desde los ojos del niño que fue. Un niño que acaba de cumplir diez años y que un buen día comprende que ese pequeño mundo doméstico que comparte con sus hermanos y sus padres no es un lugar idílico sino bastante disparatado y, lo que es peor, dolorosamente frágil. En ese tiempo se produce en Estados Unidos algo así como una epidemia. Surge la cultura juvenil de los años 60, y los hijos se van de casa, se juntan en inestables comunas donde practican el sexo y consumen droga, ante la mirada espantada de sus padres, que no saben lo que tienen que hacer. Y todo esto mientras los astronautas del Apolo X preparan el alunizaje a la luna y el país entero, en plena guerra fría, se dispone para aventuras tan siniestras como la guerra del Vietnam. Todos los límites han saltado por los aires y el pequeño Franzer se da cuenta de que alguien ha revuelto todas las baldosas y que ya no hay forma de quedarse con las que tienen un único color. Y empieza a temer por su propia familia y a sentirse responsable de cuanto ocurre a su alrededor. Un compañero suyo, con el que rivaliza en las tareas escolares, muere en un accidente de coche y se culpabiliza del dolor que padece su madre; ve a sus padres discutir con su hermano y se pregunta si él no habría podido hacer algo para evitarlo. En realidad se siente culpable de las cosas más peregrinas: de haber arrojado al fuego una pequeña rana, de no ser lo suficientemente cariñoso con su madre, de preferir unos juguetes a otros, hasta de las pobres toallitas que nadie llega a utilizar. En ese tiempo lee sin parar las tiras cómicas de Bruno Schulz. En una de ellas Charlie Brown dice “Me siento culpable de todo lo que hago”. Y Jonathan Franzer se identifica con él y con su perro Snoopy, que vive entre criaturas más grandes de una especie distinta, que es más o menos lo que le pasa a él mismo (sus dos hermanos le llevan nueve y diez años respectivamente). Es decir, el mundo de las tiras cómicas de Schulz le proporciona no sólo un refugio en tiempos de adversidad sino el placer que se asocia a ese juego de los límites.

El arte tiene que ver con ese juego. Escribir una novela, por ejemplo, no es sino decidir, como hacia el niño de Chesterton, pasarse el tiempo que dura su escritura pisando sólo un tipo de baldosas y desdeñando las otras. Y esto es especialmente cierto en el mundo de los cómic. En realidad, lo que hacen los dibujantes de cómic es dibujar a los seres humanos reducidos a sus cuatros rasgos más elementales. Franzer argumenta que es precisamente la simplicidad y la universalidad de las caras de estos dibujos, la ausencia de detalles, las que nos invitan a mirarlas como a nosotros mismos. Esta es la razón por la que los niños pequeños las amen. Un muñeco demasiado realista es dueño de una vida que no le pertenece, como no le pertenecen las vidas de los adultos. Franzer recuerda que él tuvo un oso así y nos habla de la incomodidad que sentía al acercarse a él. Un muñeco de peluche, dotado apenas de cuatro rasgos, permite esa identificación y sentir en suma que la vida tiene un significado cercano y familiar.

Los psicólogos han demostrado que la primera sonrisa del niño es una respuesta de gozo frente a la aparición del rostro humano. Surge en torno a los dos meses y es una respuesta no ante un rostro individual, que el niño es aún incapaz de diferenciar, sino ante la forma más esquemática de este rostro. De hecho, basta con recortar una forma ovalada, y en ella tres orificios que imiten ojos y boca, para que el bebé sonría automáticamente al verla. No es raro que lo haga, pues su aparición es la señal de que hay alguien que se ocupa de él y que vendrá en su ayuda cuando lo necesite. Los dibujos animados mantienen vivo ese primer rostro, y con él todo lo que significa para el niño pequeño: una suerte de confianza básica en las cosas, y el sentimiento de que a pesar de todos los desastres y sinsabores en el mundo aún hay espacio para la bondad y el gozo. Y eso era justo lo que sentía Jonathan Franzer ante las tiras de dibujos de Bruno Schulz y lo que hacía que no se cansara de mirarlas. Por eso cuando quiere hacerles su particular homenaje escribe que era un mundo “donde la cólera era divertida y la inseguridad digna de amarse” O dicho de otra forma, un mundo donde nada era irreparable, donde podían pasar las cosas más atroces y al momento siguiente todo se había olvidado, porque la vida seguía las reglas, puede que disparatadas pero siempre gozosas, de la comedia. Y una comedia es una historia donde existe la posibilidad del perdón.
En realidad hay algo en el pequeño Jonathan Franzer, y en su conmovedora afición a las tiras cómicas de Schulz que nos recuerda a Alonso Quijano entregado a la lectura compulsiva de novelas de caballerías. Alonso Quijano, quiere ser uno de los caballeros andante y transformar su vida en una aventura digna de ser vivida, y el pequeño Jonathan Franzer confundirse con los personajes de los dibujos y recuperar así, como quería Stevenson. “la creencia en la decencia última de las cosas”. Volvemos al juego de las baldosas o del bordillo. Eso es irse de aventuras: ponerse a caminar por un bordillo cuando podríamos hacerlo por el paseo central del parque. Experimentar el placer de los límites. Y ese placer está tanto en la novela de Cervantes como en este precioso relato de Franzer. Don Quijote no es solo un caballero apaleado, sino sobre todo alguien que disfruta con su papel, y nos hace disfrutar a todos, lo que se hace patente en tantas de sus conversaciones con Sancho, en sus hermosos discursos y en su siempre amable disposición frente a los demás; y el pequeño Jonathan Franzer se sitúa ante su maltrecha pero siempre amada familia tratando de arrancar a la vida, como hacen los personajes de Schulz, una luz más intensa, más real que aquella en la que él mismo se solía mover.

Franzer evoca así una de sus tiras preferidas: “Carlitos pasa por delante de la pequeña pelirroja, objeto de sus ansias eternas a infructuosas. Se sienta con Snoopy y dice: “Ójala tuviera dos ponéis”. Se imagina que le regala uno de ellos a la pequeña pelirroja, que a lomos de sendos ponis recorren juntos el campo y que se sienta con ella al pie de un árbol. De repente, empieza a regañar a Snoopy y le pregunta: “¿Por qué no eres dos ponis?”. En realidad nos pasamos la vida preguntando eso a los otros. Y vivir es aprender a aceptar que estos no tienen por qué ser lo que nosotros queremos que sean. Aceptar esa frustración sin demasiado dramatismo nos hace ser como los personajes de los cómic. El relato de Jonathan Franzer termina con este descubrimiento. Ve discutiendo a su padre con su madre por un asunto de la calefacción y de pronto le parece el personaje de una tira cómica. Y es verdad que hay algo cruel en esta percepción, pero también, como el propio Franzer nos dice, que es una forma de aceptar y de amar a su padre, y de reconciliarse con él. Y enseguida añade: “qué victoria sería llegar a parecerse alguna vez a un personaje de un comic”. Aun tendrían que pasar muchos años para que el Jonathan Franzer adulto pudiera sacar sus conclusiones acerca de lo que supusieron en su infancia las tiras de Schulz: el descubrimiento de que el arte es el lugar del perdón.


 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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