Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 
La odisea de un narrador

Hace ahora veinte años se presentaba el primer libro de Gustavo Martín Garzo, Luz no usada. Desde entonces, a pesar de unos comienzos duros, ha publicado más de una veintena de ellos, (en el registro del ISBN aparecen 62 títulos) sobre todo novelas, de distintos géneros, pero también compilaciones de conferencias y artículos, en los que también se ha revelado como un escritor original, profundo y brillante.

De su primer título cabe destacar su afición a la poesía. “Luz no usada” procede de un verso de Fray Luis de León. También aparece su tendencia a lo “fantástico”, enfrentado al realismo chato tan habitual en la narrativa contemporánea.

Una tienda junto al agua (1991) es ya un título imprescindible. De nuevo su nombre procede de un verso, en esta ocasión del poeta Miguel Suárez, con quien Martín Garzo, y Carlos Ortega, dirigieron la revista Un ángel más. Hay otra fuente básica en buena parte de su obra: la Biblia. Se cuenta una anécdota del rey David, cuando, ya anciano, duerme junto a una doncella, sólo para que le dé calor. La narración se lleva al mundo contemporáneo y los personajes son un jubilado y una novicia. Esto lleva a un erotismo peculiar que es otra de las facetas que configuran su trabajo. Siempre hay un ansia de vida y de sensualidad en sus personajes, sin evitar las sombras que de ahí derivan: “Eran dos chicas, y a una de ellas le vio, emergiendo del final de la tensa media, el comienzo del muslo, su carne pálida, tan parecida a la carne de una ahogada.” (Pág. 13) A la pulsión de la mirada a lo oculto, que excita el deseo, se le une el fogonazo de la muerte. Estas comparaciones forman parte de lo que los estudiosos llamarían los estilemas del autor. También podrían ser parte de la poesía que se esparce en sus escritos. Se repiten a lo largo de toda su obra y dejan al lector perplejo, encantado. En Mi querida Eva, su última novela, se encuentran ejemplos similares: “El agua tenía a aquellas horas un color azul oscuro, y temblaba como una sustancia viva.” (MQE. Pág. 33)
Al uso de maneras bien definidas se le une una desenvoltura que roza la osadía en el modo de desarrollarlas. El lenguaje de las fuentes (1993) es el libro que hace estallar el fenómeno al que hoy casi nos hemos acostumbrado. Recibe el premio Nacional de Literatura y de pronto los medios se enteran de que hay un escritor que presenta una obra sorprendente. El título esta vez no es prestado, procede de una frase del libro, que narra la vida de José, el esposo de María, la madre de Jesús, el fundador del cristianismo. Son mimbres como para echar atrás al más atrevido. El novelista toma los elementos básicos de la Biblia y añade algunos por su cuenta: la Virgen es manca; S. José pelea con los ángeles que envía la divinidad, unos seres que no terminan de adaptarse a su cuerpo humano (tienen, por ejemplo, problemas de retención urinaria). (Es esta una obsesión que llega hasta su última novela, en la que el narrador es, por fin, un urólogo). S. José tiene una amante, Puah, una muchacha hebrea. Lo más atrevido, quizá, por el tabú cristiano, sean los momentos eróticos de S. José con su mujer. “Soñaba que empezaba a acariciarla, y que ella consentía gustosa. ¡Ah, cuando su mano alcanzaba el interior de sus muslos, la piel ardiendo por la excitación y al fin, en su centro, la vulvita olorosa, hinchada como el corazón de los frutos, como las encías de los recentales, como la entrada de los hormigueros!” (ELDLF. Pág. 53)
El lenguaje de las fuentes no es, sin embargo, un libro escandaloso; en cambio, resulta, en su originalidad, de una hermosura cautivadora, a la manera rilkeana, donde “la belleza es el principio de lo terrible que apenas podemos soportar”, que definitivamente abre la obra de Gustavo Martín Garzo a un número importante de lectores.
Con estas dos novelas tenemos ya uno de los temas que se van a repetir a lo largo de su obra: las dificultades del amor. El amante es siempre alguien inadecuado. O es muy joven, o demasiado viejo, o tiene un rival imbatible… el objeto del deseo, la amada, es siempre una muchacha hermosísima inaccesible por alguna razón de peso. En Una tienda junto al agua es una novicia, en El lenguaje de las fuentes es la Virgen María, en Mi querida Eva es una chica de 15 años enamorada de su amigo íntimo. “Pero ¿y si el amor no tuviera dueño, fuera como la música, que no es para nadie? ¿Y si el amor fuera como el viento o la lluvia? ¿Os imagináis a alguien que tuviera el poder de hacer llover en una habitación? Pues eso hacen los seres que amamos. Y sin embargo esa lluvia no les pertenece. Llega con ellos pero no son sus dueños. Tal vez deberíamos aceptar así el amor, como algo que viene y se va a su capricho, como hace la lluvia.” (MQE. Pág. 251). Ese amor produce inevitablemente sufrimiento y tristeza, que son analizados con la delicadeza y la precisión de un cirujano, sin esconder el pánico que puedan llevar aparejados, pero sin detenerse un instante más de lo imprescindible en su mirada. La mayor parte del territorio que el escritor propone a sus lectores está dominado por la luz. Lo que no hay en estas narraciones es culpa. María puede ser una muchacha incomprensible que con sus actividades extrañas y sus secretos da celos a José, pero éste nunca le reprochará nada. José le regala una túnica a Puah, la jovencita de la que se enamora en un viaje, que iba a ser para su esposa; tiene tratos carnales con ella. Cuando recuerda estos hechos no hay el menor síntoma de arrepentimiento. Luisa, la novicia que vive unos meses con Luciano en Una tienda junto al agua, parece generar más problemas de los que resuelve, bebe a escondidas y hasta llega a intentar robar una cadena de oro. Luciano, el rey David, la trata como el mejor regalo que ha podido recibir antes de la muerte. Hay una inocencia en estos personajes que parece anterior al pecado. La luz que desprenden les hace inmunes a sentirse culpables de nada y, sobre todo, a declarar la culpa de nadie. “–Las cosas suceden, y nosotros tenemos que aceptarlas. Es todo lo que podemos hacer.” (LHDMYF. Pág. 130) Dice un personaje de Las Historias de Marta y Fernando.

“Hace muchos años, en el corazón de un remoto bosque, vivió un muchacho bondadoso” (LPM. Pág. 15) Con estas palabras empieza La princesa manca, como si fuera un cuento de hadas, que es lo que es. Si María en El lenguaje de las fuentes carecía de una mano, aquí la encontramos exenta, capaz de los mayores prodigios; cuerpo y expresión de la felicidad que, ay, se alimenta con sangre.
La narración avanza como una muñeca rusa, que se abre para descubrir otra más pequeña, y así sucesivamente. Un cuento lleva a otro y éste a un tercero y, al final todo encaja de una manera sorprendente, llena de la magia que desprende todo el relato. Se cita a menudo a Andersen, porque el mismo autor lo hace, cuando se habla de esta parcela de su obra, pero también está presente un homenaje a Las mil y una noches, al cuento oriental, y a la Alicia de Carroll, y hasta a La Bella durmiente. Esto no obsta para que aquí se ofrezca una de las descripciones más hermosas que puedan encontrarse del mito del flechazo amoroso: “Sus ojos se encontraron en la espesura, y esa mirada le recordó la de los animales del bosque. Fue como si se reconocieran, como si ya se hubieran visto en otra parte y no tuvieran que explicarse quién era cada uno ni lo que hacían allí. (…) Sus hombros y piernas estaban llenos de pequeñas gotas, que brillaban de forma cegadora, como si su sustancia fuera la de la luz. Se miraron en un instante eterno, olvidados de todo, como si estuvieran solos sobre la tierra. (LPM. Pág. 102)
Este libro infantil habla de las cosas más profundas, las más oscuras, que preocupan a los humanos. En el cuento de los dodos, por ejemplo, está lo incomprensible de la muerte, la bondad de los animales, asociada a la torpeza, la incapacidad de la lucha por la vida. Todos los personajes, a lo largo del libro, guardan un territorio misterioso, todos son, de alguna manera, inasibles. Y esto sucede con una ligereza capaz de hipnotizar al lector, que avanza por las páginas del libro fascinado por el relato de estas historias prodigiosas que van unidas al prodigio de contar (y leer) cuentos. El lector al final aprende que ser manco, como cualquier otra desgracia de las que ocurren a lo largo de la vida, es algo que debe soportarse, que todos somos, de algún modo, mancos.

En 1997 aparecen dos libros muy distintos, por un lado, Ña y Bel, una nueva incursión en lo fantástico que toma muchos elementos de la ciencia-ficción. El pequeño heredero añade a la manera realista de Gustavo Martín Garzo una imagen de unos lugares concretos en un tiempo específico, la Tierra de Campos alrededor de Medina de Rioseco en los primeros años sesenta del S. XX. Es una historia rural, con una multiplicidad de personajes relacionados entre sí a través de un elemento medular, Isma, un pobre niño huérfano testigo de lo que ocurre a su alrededor. Tiene un amor imposible con Reme, que a su vez está enamorada de Javi en una relación que deviene tragedia. El rey David, S. José, es aquí un niño. El realismo de la novela no llega al extremo de evitar el relato del amor de un pastor por una serpiente que, en un arrebato, termina ahogándole. Es la que aparece colgada en una iglesia en Medina de Rioseco. Lo fantástico aquí procede de leyendas de la tierra.

En 1999 Las historias de Marta y Fernando recibe el Premio Nadal. Con el libro se regalaba un folletito con una colección de poemas que son fuente de inspiración para algunos de sus pasajes. Una pareja joven vive en el Valladolid de los años 70. La novela está compuesta por una serie de relatos que protagonizan estos personajes. Por una vez, los amantes son correspondidos en su deseo y viven en una felicidad no exenta de algunos contratiempos. La apuesta es arriesgadísima. La narración, desde siempre, sirve para contar aventuras, desgracias; la felicidad es inefable, ni siquiera está claro que tenga relación con el tiempo. Si acaso, nos consuelan los finales felices, pero no hay relato si no hay angustias, miedos, dramatismo. El leit motiv es el mismo que, en distintas facetas, se desarrolla a lo largo de la obra del autor: “¿Por qué el sexo tenía aquel poder? ¿Lo tenía realmente, o era una forma de eludir las preguntas que habrían podido referirse, por ejemplo, a la naturaleza del amor? El sexo es lo que tenemos y el amor es lo que nos falta, pensó. La verdadera vida siempre faltaba.” (LHDMYF. Pág. 163)
El lado fantástico aparece en el relato de las bolsas de babas, que se anuncia en El pequeño heredero. Reme se lo va a contar a Isma, pero no lo hace. Estos vasos comunicantes que unen unas novelas a otras son constantes.

En 2002 aparece La soñadora, otro atrevimiento, incluso para este osado narrador. Es una novela de aparecidos, en la que los muertos tienen tratos directos con los que viven y en la que el paisaje de Medina de Rioseco, con el canal de Castilla, la fábrica de harina, los palomares, los campos de cebada, los mosquitos… es mucho más que un lugar en el que situar a los personajes, tiene la fuerza de una atmósfera opresiva, mítica, que remite a William Faulkner o a Juan Rulfo.
La presencia de la muerte, de una muerta (Aurora) que habla y le explica la vida a quien fue su amante y vive en otro mundo, no sólo en el de los vivos, sino fuera del poder de una tierra que se presenta como maldita, se hace natural desde la primera página y condiciona toda la narración que es, a un tiempo, realista y fantástica, en un empeño titánico por abarcar las distintas facetas con las que los humanos tratamos de explicarnos lo que pasa. “La realidad nunca basta para contener la verdad” (LS. Pág. 65), dice uno de sus personajes. El relato se desdobla en dos tiempos y aparece otra mujer, Adela, similar a Aurora, que lleva en sí el encanto de lo prohibido, la fascinación de la tragedia. El amor trata de conjurar a la muerte: “Eso eran los besos, estar en el árbol del paraíso, como hacían los pájaros, junto a la manzana no arrebatada, tratando de que la muerte pasara de largo.” (LS. Pág. 77). Toda la obra de GMG está llena de definiciones, a menudo contradictorias, del amor. Aurora da una de particular hermosura, llena de peligros, “Eso era el amor, dos ladrones robándose.” (LS. Pág. 87) Doña Manolita, la narradora de la historia de Adela, ofrece otra muy distinta: “Ah, el amor, el amor… Menudo cepo, menuda engañifa, menudo gran y soberano fraude. Y sin embargo allí estaba triunfante, lleno de luz, y en apariencia siempre nuevo, después de miles de años de promesas incumplidas y de anunciados desastres. Había producido más víctimas que las guerras, más daño que los tornados, más delirios que las fiebres palúdicas, más rencor que la usura, más horror que la misma muerte. Y aun así, por allí andaban todos y todas buscando sus dudosos favores, sus sabios venenos, sus mentiras fervientes. ¿Se podía evitar? No, no se podía.” (LS. Pág. 159) Los relatos están ahí para dar cuenta de esa maldición, para intentar poner algo de coherencia en el caos de lo que ocurre. Nunca terminan de lograrlo: “Pero no es cierto que la vida se pueda contar, que quepa en ninguna historia. Pedimos a las historias la coherencia y el sentido que la vida no logra tener.”(LS. Pág. 174)
Hay siempre algo maligno en las heroínas de estas novelas, pero nunca hasta el extremo que aquí se alcanza. Adela es la responsable indirecta de la muerte de una niña y, sin sentirse culpable, su recuerdo y su presencia la acompañan hasta el final precipitado de sus días. Aurora también muere joven, por su voluntad, y con ella arrastra a otro niño. ¿Hay maldad intrínseca en el ser de las mujeres? La última representante de esta estirpe en la obra del autor se llama Eva.

Los cuentos de hadas suceden en el bosque y sus alrededores, en un espacio y un tiempo fuera de los que habitamos los seres vulgares de la realidad. Los Tres cuentos de hadas (2003) de Gustavo Martín Garzo entran en el género con el rigor y la desenvoltura que ya caracterizaban a La princesa manca, pero añadiéndole algunos elementos singulares, hay humor e ironía, unos atrevimientos que resuelve con gracia y cierto descaro. Salta por encima de los peligros de la costumbre y los esquemas clásicos del cuento tradicional sin romper los moldes del género. El vuelo del ruiseñor recuerda al Príncipe feliz de Oscar Wilde, con elementos de crueldad y con un final alegre. El hada que quería ser niña empieza con el horror de la muerte de la niña y lleva a cabo el análisis pormenorizado del ser de las hadas. Hay una huida de la muerte hasta la muerte, en una fusión de lo fantástico y lo realista original y brillante. El príncipe amado es una variante de La bella y la bestia y adopta dos de las características que definen la obra de GMG, la osadía de situar el relato en los Montes Torozos y la Tierra de Campos, que vuelven a ser un territorio mitológico, y la mirada a las deformidades como virtud. Al libro se le concedió el Premio Nacional de Literatura Infantil.

Los amores imprudentes (2005) está narrada a través de las voces de varias mujeres. Los diálogos llevan el peso narrativo de la novela. Hay una intriga detectivesca que se maneja con habilidad. Las primeras palabras del libro se refieren a una de las funciones básicas del relato que el escritor siempre tiene en cuenta hasta el extremo de colocarlas ahí: “Papá solía decirme que una historia hay que contarla de tal forma que consuele tanto al que la cuenta como a los que la escuchan” (LAI. Pág. 13). Se pone en cuestión una de las fuentes del relato, la memoria: “Y a nosotros, ¿nos sirve de algo recordar el pasado? No, no lo creo. Aún más, son esas cosas, la memoria, los presentimientos, los recuerdos, las que no nos dejan vivir.” (LAI. Pág. 63) El libro, cualquier historia, contradicen esta idea. Otro personaje habla de otra función elemental del cuento: “Supongo que pensaba que las historias no se escuchan para aprender cosas o librarnos de la culpa, sino para obtener placer.” (LAI. Pág. 169)

Por fin, acaba de aparecer su última novela, Mi querida Eva, de la que se ha hablado ya aquí un poco, porque esta obra tiene unas constantes que pasan de unos libros a otros, es un mismo cuerpo que va desarrollándose. Es una escritura con un espíritu característico, reconocible de inmediato por el lector. Desde el lado técnico, puede hablarse de la agilidad del relato, su avance por distintos cauces, con una tensión que nunca cede, siguiendo los caminos del ensueño. Es casi un flujo de conciencia, pero con un enorme control que produce golpes de efecto narrativos hasta el último momento.
Otra vez encontramos una pregunta sobre las distintas caras del amor, en la distancia de unos cuarentones que recuerdan un verano de treinta años antes, y se ve por momentos como maldición, como una luz que quema hasta el extremo de que el narrador ha decidido vivir en la sombra, con la conciencia de sufrir una pérdida, por temor a las heridas: “Ese juego de sustituciones y mentiras que nos llevaba de unos cuerpos a otros dejando en ellos un rastro de gemidos, promesas y lágrimas, ¿no era el juego infinito del amor?” (MQE. Pág. 245)
Hay una reflexión teológica sobre la razón de la desgracia en el mundo y de nuevo aparecen tullidos, aunque sean figuras secundarias: “Aquella tarde se había acercado a Óscar y se había ofrecido a guardarle la pierna mientras él se iba a bañar. Los otros chicos siempre andaban como moscones a su alrededor, y la semana anterior habían llegado a robársela. Por eso Eva se ofreció a cuidársela mientras el chico se bañaba. La veía sentada en la toalla, vigilando que aquellos ladrones no se acercaran más de la cuenta. Todos éramos ladrones de cuerpos. Vivíamos intercambiando pedazos, segmentos corporales. Tarde o temprano, acabábamos por tener en nuestras casas una cuba como la de Barba Azul.” (MQE. Pág. 111) Hay monstruos, como siempre, a pesar de ser un relato de corte realista. Aparece otra vez el hombre pez que ya salía en La soñadora. Hay otra fuente no desdeñable en este trabajo, el cine fantástico, a menudo de serie B, del que el novelista es un aficionado incondicional y que se hace notar a menudo, por ejemplo en el hombre pez. Pero, sobre todo, el libro quizá sea una reflexión sobre el pasado, que se añade a la de Los amores imprudentes: “Sí, el pasado estaba fuera de nuestro alcance. Es más, no sólo estaba hecho de lo que había sucedido, sino de lo que no había llegado a suceder. Nadie podía cambiar eso, aunque a veces la influencia de lo que no llegamos a vivir fuera más decisiva que la de lo que sí conocimos e hicimos. Teníamos vidas reales pero nos enamorábamos de vidas irreales.” (MQE. Pág 145)
Está el imperio de la muerte, con sus zarpazos, que alcanzan a muchos de los personajes, con su presencia: “No era cierto que los muertos no estuvieran a nuestro lado. A veces su presencia era más intensa y fuerte que la de los vivos.” (MQE. Pág. 174).
Hay otros elementos, un milagro, la consideración del boxeo como un deporte de caballeros, casi como una de las bellas artes, la nostalgia por la pérdida de lugares en esta ciudad, la importancia de saber inglés...
Quizá lo último a considerar, para Mi querida Eva y para el conjunto de esta obra es el gusto que proporciona su lectura. Esa es la llamada definitiva que nos atrae, el fundamento último de la literatura, el placer de contar y escuchar historias, de escribirlas y leerlas, quizá sea su motivación más profunda. Hace unas semanas, el escritor Alberto Mangel lo decía en un periódico: “Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer. // Pero ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por arte de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?” (El País. Babelia. 22-IV-2006. Pág. 2). La obra de Gustavo Martín Garzo cumple de sobra estos tres preceptos, nos conmueve, nos ilumina y nos deleita.

Luis Marigómez


 
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