POR
LOS TEJADOS DEL CIELO
Esta
edición conmemora el quince aniversario de
la publicación de Caperucita en Manhattan.
Fue el numero tres de Las tres edades, una colección
que, dirigida por Michi Strausfeld, ya ocupa un
lugar de oro en la historia de la edición
de libros para niños en nuestro país.
¿Sólo para niños? C. S. Lewis
afirmó que la literatura infantil era aquella
que también gustaba a los niños, y
el sentido de esta colección es publicar
libros para niños que también puedan
gustar a los mayores, que es justo lo que pasa con
Caperucita en Manhattan. Siempre he pensado que
hay dos tipos de personas, los que dejan sin problemas
su infancia atrás, y los que no pueden o
no quieren hacerlo. Carmen Martín Gaite perteneció
sin duda a este segundo grupo, y esto se nota no
sólo en sus libros para niños sino
también en los que escribió pensando
en los mayores. Especialmente en los dos suyos que
prefiero: La reina de las nieves y Los parentescos,
la novela que no llegó a terminar y que habría
sido sin duda su novela más hermosa.
Desde
su publicación, Caperucita en Manhattan no
ha dejado de editarse una y otra vez. Pasan de cuarenta
ediciones, lo que, en un mundo editorial como el
nuestro, sometido a la tiranía de la actualidad
más estricta, es una gozosa excepción.
Decir que no ha dejado de editarse es dejar constancia
de que no se ha dejado de leer. Solía pasar
con todos los libros de Carmen Martín Gaite,
especialmente los de su última época.
Carmen Martín Gaite no solo fue una escritora
apreciada por los críticos y valorada en
las universidades, sino, y esto es mucho más
importante, que gozó del sincero aprecio
de los lectores. Sus libros se editaban sin descanso,
y en las ferias del libro de Madrid solían
figurar en la lista de los más vendidos,
formándose ante las casetas donde firmaba
colas interminables. Y entre todos sus libros puede
que sea precisamente Caperucita en Manhattan el
que se ha leído de forma más continuada
y entusiasta, sin conocer un solo momento de desfallecimiento,
por lo que habrá de pensar que este libro
tiene algún tipo de misterio. Contaré
mi propia experiencia.
Leí
este libro al poco de ser publicado y no lo había
vuelto a leer hasta hoy. No suelo tener buena memoria,
y sin embargo, me ha parecido que entre una lectura
y otra en vez de quince años sólo
habían pasado unos días. O dicho de
otra forma, no solo he creído estar leyendo
el mismo libro sino hacerlo con los mismos ojos
de entonces. Esto también es otro misterio,
pues los libros cambian a medida que nosotros cambiamos.
Y sin embargo yo he tenido la sensación de
que me devolvía al mismo lugar. Es más
me ha parecido volver a ver a Carmen Martín
Gaite la ultima vez que estuve con ella. Coincidimos
en Santander, en un curso, y estuvimos cenando juntos.
Llevaba una bolsita como la que lleva miss Lunatic,
el personaje de su novela y tenía su mismo
aspecto disparatado, irónico e ingenuo. Y
recuerdo que pensé que cada día que
pasaba, por esa extraña simbiosis que se
suele producir entre el creador y sus criaturas,
se parecía más a este personaje de
su cuento más famoso.
Caperucita
en Manhattan es, como su propio título hace
suponer, una reescritura de Caperucita Roja, el
cuento de Charles Perrault. Sara Allen es una niña
de diez años que vive en Brooklyn, Nueva
York. Su mayor deseo es ir sola a Manhattan para
llevar a su abuela un tarta de fresa. La abuela
de esta moderna Caperucita ha sido cantante de music-hall
y se ha casado varias veces. El lobo es míster
Woolf, un pastelero multimillonario que vive cerca
de Central Park en un rascacielos con forma de tarta.
Pero el hilo mágico de este relato se centra
en miss Lunatic, una mendiga sin edad que vive de
día oculta en la estatua de la Libertad y
que sale de noche para mediar en las desgracias
humanas.
Bruno
Bettelheim, en su libro Psicoanálisis de
los cuentos de hadas, vio en el cuento de Caperucita
el conflicto de la pubertad femenina. El rojo sería
el símbolo de la primera menstruación,
y el lobo el de los instintos sexuales. Era un cuento
con que se trataba de advertir de los peligros que
aguardaban a las niñas cuando crecían.
Los peligros de su sexualidad incipiente. En el
libro de Carmen el lobo es un pastelero. Es decir
alguien que engatusa con los dulces a niños
y mayores, aunque aquí se trata más
que de deseos perversos de la ambición de
un empresario sin escrúpulos que maltrata
a sus empleados y que solo vive para aumentar sus
ingresos, aunque puede que estos deseos sean los
más perversos de todos. Pero más allá
de esta interpretación psicoanalítica,
la pequeña Caperucita representa el deseo
de aventuras de todos los niños y niñas
del mundo. Un deseo que tiene que ver con el milagro
de su vitalidad, porque el niño se mueve
en la vida como pez en el agua. En realidad, la
infancia no es sino esa pregunta permanente acerca
de todas las cosas. Por lo que es lógico
que si una niña se encuentra con un lobo,
antes de nada, lo que quiera es conocer su historia.
Ese es el eterno encanto de Caperucita: su candor.
No suele ser una palabra con buena prensa en nuestros
días. Candor viene de candere, que en latín
significa blanco, pero también arder, estar
ardiendo. Y esta doble condición del candoroso,
la de estar al comienzo de las cosas, de que su
corazón sea una página todavía
por escribir, y el hecho de arder entre “las
llamas de una inesperada hoguera”, es la que
hace de Caperucita un personaje universal e inolvidable.
Así es Sara Allen, la protagonista del cuento
de Carmen Martín Gaite. Quiere saber, conocer
el misterio de los demás, el misterio de
su abuela y de su compleja y atractiva vida y, sobre
todo, el de miss Lunatic, la miseriosa anciana con
la que se encuentra y que le revela algunas de las
dulces rarezas de la vida.
Sara
Allen nos atrae por la misma razón que lo
hace Caperucita, por su alegre disponibilidad. Es
decir, porque se encuentran con el lobo y, como
no puede ser menos, se detiene a hablar con él,
ya que no puede resistirse a la seducción
de lo desconocido. O dicho de otra forma, porque
ven la vida como una aventura, puede que extravagante
y llena de sobresaltos, pero que, en todo caso,
merece la pena. “Para mi vivir, le dice miss
Lunatic a Sara, es no tener prisa, contemplar las
cosas, prestar atención a las cuitas ajenas,
sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras,
compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo
de pan, acordarse con orgullo de la lección
de los muertos, no permitir que nos humillen o nos
engañen, no contestar que sí ni que
no sin haber contado hasta cien como hacía
el Pato Donald… Vivir es estar saber estar
solo para aprender a estar en compañía,
y vivir es explicarse y llorar…. Y vivir es
reírse” Miss Lunatic le entrega a Sara
Allen una pequeña ficha que le permitirá
abrir el túnel que conduce a la estatua de
la libertad. Y también este libro, como todos
los grandes libros, te entrega algo semejante: una
llave, una pequeña ficha que te permite acceder
a otros mundos y mirar por otros ojos sin dejar
de ser tú mismo. No te dice cuando tienes
que utilizarla, pero la deja en tus manos para cuando
llegue el momento. Sara lo encuentra al final del
libro, después de conseguir que mister Lobo
y su abuela se reúnan, algo tan portentoso
como que en el cuento de Perrault la abuelita y
el lobo hubieran terminado bailando con posibilidades
de boda.
Harold
Bloom dice que leemos movidos por una necesidad
de belleza, de verdad y de discernimiento. O dicho
de otra forma, buscando el esplendor estético,
la fuerza intelectual y la sabiduría. Y este
libro nos ofrece las tres cosas. Está maravillosamente
escrito, está lleno de inesperada belleza
y rebosa alegría e inteligencia. Como todos
los grandes cuentos nos ayuda a discernir las cosas
que podemos pasar por alto sin darles demasiada
importancia de aquellas que obligatoriamente tenemos
que atender, y su lectura comporta una enseñanza.
Y ¿cual es esa enseñanza? Que no hay
que tener miedo a vivir. Eso nos dice este libro,
que la vida se transforma muchas veces es un laberinto
temible pero también que basta con amarla
de verdad para encontrar una salida. Y que es eso
lo que nos ofrecen los cuentos, pues un cuento antes
que nada es un acto de amor.
Y
Caperucita en Manhattan es un acto de amor, y eso
se nota desde sus primeras líneas. Diré
lo que me parece: que Carmen Martín Gaite
lo escribió pensando en su hija. Su temprana
muerte marcó de una forma tan decisiva su
vida que la mantuvo apartada de escribir durante
años. Creo que Caperucita en Manhattan está
íntimamente dedicado a ella y eso justifica
su hermoso y extraño final. Es un final que
atenta contra esa ley no escrita de los cuentos
que nos dice que estos deben terminar con el regreso
a la normalidad de los personajes. En H.C.Andersen,
sin embargo, raras veces es así. La Sirenita
se pierde entre las hijas del aire, el Soldadito
de Plomo en las llamas, Pulgarcita entre los pétalos
de las flores. Carmen Martín Gaite era de
la estirpe de Andersen, y su personaje desaparece
por un extraño túnel que la lleva
a la libertad, como si después de todo descubriera
que el mundo no es un lugar tan bueno para vivir.
No se trata de una interpretación gratuita.
La Reina de las Nieves está dedicado a Andersen
pero también a su hija. Y tiene esta cita
de Djuna Barnes: “Suéltate del infierno,
y tu caída quedará interceptada por
el tejado del cielo”. Eso hace Sara Allen
al final de este libro. La vemos precipitarse en
un túnel negro pero no sentimos miedo por
ella, porque algo nos dice que su caída estará
interceptada por el tejado del cielo. O dicho de
otra forma, que no se trata de una caída
ya que lo que hace en realidad es volar. Esa vida
en el cielo tiene que ver con la vida de la imaginación
“Porque las cosas y las personas que solo
se han visto con los ojos de la imaginación
pueden seguir viviendo y siendo iguales, aunque
desaparezcan en la realidad”. Los cuentos
tratan, claro, de las cosas y los seres reales,
pero contarlos es acertar a dar a esas cosas y a
esos seres la cualidad de lo imaginado. Eso quiso
hacer Carmen Martín Gaite al escribir este
cuento: llevarnos con su hija por los tejados del
cielo. Y me atrevo a decir que en ese logro está
la causa de su encanto imperecedero.