Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 
POR LOS TEJADOS DEL CIELO

Esta edición conmemora el quince aniversario de la publicación de Caperucita en Manhattan. Fue el numero tres de Las tres edades, una colección que, dirigida por Michi Strausfeld, ya ocupa un lugar de oro en la historia de la edición de libros para niños en nuestro país. ¿Sólo para niños? C. S. Lewis afirmó que la literatura infantil era aquella que también gustaba a los niños, y el sentido de esta colección es publicar libros para niños que también puedan gustar a los mayores, que es justo lo que pasa con Caperucita en Manhattan. Siempre he pensado que hay dos tipos de personas, los que dejan sin problemas su infancia atrás, y los que no pueden o no quieren hacerlo. Carmen Martín Gaite perteneció sin duda a este segundo grupo, y esto se nota no sólo en sus libros para niños sino también en los que escribió pensando en los mayores. Especialmente en los dos suyos que prefiero: La reina de las nieves y Los parentescos, la novela que no llegó a terminar y que habría sido sin duda su novela más hermosa.

Desde su publicación, Caperucita en Manhattan no ha dejado de editarse una y otra vez. Pasan de cuarenta ediciones, lo que, en un mundo editorial como el nuestro, sometido a la tiranía de la actualidad más estricta, es una gozosa excepción. Decir que no ha dejado de editarse es dejar constancia de que no se ha dejado de leer. Solía pasar con todos los libros de Carmen Martín Gaite, especialmente los de su última época. Carmen Martín Gaite no solo fue una escritora apreciada por los críticos y valorada en las universidades, sino, y esto es mucho más importante, que gozó del sincero aprecio de los lectores. Sus libros se editaban sin descanso, y en las ferias del libro de Madrid solían figurar en la lista de los más vendidos, formándose ante las casetas donde firmaba colas interminables. Y entre todos sus libros puede que sea precisamente Caperucita en Manhattan el que se ha leído de forma más continuada y entusiasta, sin conocer un solo momento de desfallecimiento, por lo que habrá de pensar que este libro tiene algún tipo de misterio. Contaré mi propia experiencia.

Leí este libro al poco de ser publicado y no lo había vuelto a leer hasta hoy. No suelo tener buena memoria, y sin embargo, me ha parecido que entre una lectura y otra en vez de quince años sólo habían pasado unos días. O dicho de otra forma, no solo he creído estar leyendo el mismo libro sino hacerlo con los mismos ojos de entonces. Esto también es otro misterio, pues los libros cambian a medida que nosotros cambiamos. Y sin embargo yo he tenido la sensación de que me devolvía al mismo lugar. Es más me ha parecido volver a ver a Carmen Martín Gaite la ultima vez que estuve con ella. Coincidimos en Santander, en un curso, y estuvimos cenando juntos. Llevaba una bolsita como la que lleva miss Lunatic, el personaje de su novela y tenía su mismo aspecto disparatado, irónico e ingenuo. Y recuerdo que pensé que cada día que pasaba, por esa extraña simbiosis que se suele producir entre el creador y sus criaturas, se parecía más a este personaje de su cuento más famoso.

Caperucita en Manhattan es, como su propio título hace suponer, una reescritura de Caperucita Roja, el cuento de Charles Perrault. Sara Allen es una niña de diez años que vive en Brooklyn, Nueva York. Su mayor deseo es ir sola a Manhattan para llevar a su abuela un tarta de fresa. La abuela de esta moderna Caperucita ha sido cantante de music-hall y se ha casado varias veces. El lobo es míster Woolf, un pastelero multimillonario que vive cerca de Central Park en un rascacielos con forma de tarta. Pero el hilo mágico de este relato se centra en miss Lunatic, una mendiga sin edad que vive de día oculta en la estatua de la Libertad y que sale de noche para mediar en las desgracias humanas.

Bruno Bettelheim, en su libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, vio en el cuento de Caperucita el conflicto de la pubertad femenina. El rojo sería el símbolo de la primera menstruación, y el lobo el de los instintos sexuales. Era un cuento con que se trataba de advertir de los peligros que aguardaban a las niñas cuando crecían. Los peligros de su sexualidad incipiente. En el libro de Carmen el lobo es un pastelero. Es decir alguien que engatusa con los dulces a niños y mayores, aunque aquí se trata más que de deseos perversos de la ambición de un empresario sin escrúpulos que maltrata a sus empleados y que solo vive para aumentar sus ingresos, aunque puede que estos deseos sean los más perversos de todos. Pero más allá de esta interpretación psicoanalítica, la pequeña Caperucita representa el deseo de aventuras de todos los niños y niñas del mundo. Un deseo que tiene que ver con el milagro de su vitalidad, porque el niño se mueve en la vida como pez en el agua. En realidad, la infancia no es sino esa pregunta permanente acerca de todas las cosas. Por lo que es lógico que si una niña se encuentra con un lobo, antes de nada, lo que quiera es conocer su historia. Ese es el eterno encanto de Caperucita: su candor. No suele ser una palabra con buena prensa en nuestros días. Candor viene de candere, que en latín significa blanco, pero también arder, estar ardiendo. Y esta doble condición del candoroso, la de estar al comienzo de las cosas, de que su corazón sea una página todavía por escribir, y el hecho de arder entre “las llamas de una inesperada hoguera”, es la que hace de Caperucita un personaje universal e inolvidable. Así es Sara Allen, la protagonista del cuento de Carmen Martín Gaite. Quiere saber, conocer el misterio de los demás, el misterio de su abuela y de su compleja y atractiva vida y, sobre todo, el de miss Lunatic, la miseriosa anciana con la que se encuentra y que le revela algunas de las dulces rarezas de la vida.

Sara Allen nos atrae por la misma razón que lo hace Caperucita, por su alegre disponibilidad. Es decir, porque se encuentran con el lobo y, como no puede ser menos, se detiene a hablar con él, ya que no puede resistirse a la seducción de lo desconocido. O dicho de otra forma, porque ven la vida como una aventura, puede que extravagante y llena de sobresaltos, pero que, en todo caso, merece la pena. “Para mi vivir, le dice miss Lunatic a Sara, es no tener prisa, contemplar las cosas, prestar atención a las cuitas ajenas, sentir curiosidad y compasión, no decir mentiras, compartir con los vivos un vaso de vino o un trozo de pan, acordarse con orgullo de la lección de los muertos, no permitir que nos humillen o nos engañen, no contestar que sí ni que no sin haber contado hasta cien como hacía el Pato Donald… Vivir es estar saber estar solo para aprender a estar en compañía, y vivir es explicarse y llorar…. Y vivir es reírse” Miss Lunatic le entrega a Sara Allen una pequeña ficha que le permitirá abrir el túnel que conduce a la estatua de la libertad. Y también este libro, como todos los grandes libros, te entrega algo semejante: una llave, una pequeña ficha que te permite acceder a otros mundos y mirar por otros ojos sin dejar de ser tú mismo. No te dice cuando tienes que utilizarla, pero la deja en tus manos para cuando llegue el momento. Sara lo encuentra al final del libro, después de conseguir que mister Lobo y su abuela se reúnan, algo tan portentoso como que en el cuento de Perrault la abuelita y el lobo hubieran terminado bailando con posibilidades de boda.

Harold Bloom dice que leemos movidos por una necesidad de belleza, de verdad y de discernimiento. O dicho de otra forma, buscando el esplendor estético, la fuerza intelectual y la sabiduría. Y este libro nos ofrece las tres cosas. Está maravillosamente escrito, está lleno de inesperada belleza y rebosa alegría e inteligencia. Como todos los grandes cuentos nos ayuda a discernir las cosas que podemos pasar por alto sin darles demasiada importancia de aquellas que obligatoriamente tenemos que atender, y su lectura comporta una enseñanza. Y ¿cual es esa enseñanza? Que no hay que tener miedo a vivir. Eso nos dice este libro, que la vida se transforma muchas veces es un laberinto temible pero también que basta con amarla de verdad para encontrar una salida. Y que es eso lo que nos ofrecen los cuentos, pues un cuento antes que nada es un acto de amor.

Y Caperucita en Manhattan es un acto de amor, y eso se nota desde sus primeras líneas. Diré lo que me parece: que Carmen Martín Gaite lo escribió pensando en su hija. Su temprana muerte marcó de una forma tan decisiva su vida que la mantuvo apartada de escribir durante años. Creo que Caperucita en Manhattan está íntimamente dedicado a ella y eso justifica su hermoso y extraño final. Es un final que atenta contra esa ley no escrita de los cuentos que nos dice que estos deben terminar con el regreso a la normalidad de los personajes. En H.C.Andersen, sin embargo, raras veces es así. La Sirenita se pierde entre las hijas del aire, el Soldadito de Plomo en las llamas, Pulgarcita entre los pétalos de las flores. Carmen Martín Gaite era de la estirpe de Andersen, y su personaje desaparece por un extraño túnel que la lleva a la libertad, como si después de todo descubriera que el mundo no es un lugar tan bueno para vivir. No se trata de una interpretación gratuita. La Reina de las Nieves está dedicado a Andersen pero también a su hija. Y tiene esta cita de Djuna Barnes: “Suéltate del infierno, y tu caída quedará interceptada por el tejado del cielo”. Eso hace Sara Allen al final de este libro. La vemos precipitarse en un túnel negro pero no sentimos miedo por ella, porque algo nos dice que su caída estará interceptada por el tejado del cielo. O dicho de otra forma, que no se trata de una caída ya que lo que hace en realidad es volar. Esa vida en el cielo tiene que ver con la vida de la imaginación “Porque las cosas y las personas que solo se han visto con los ojos de la imaginación pueden seguir viviendo y siendo iguales, aunque desaparezcan en la realidad”. Los cuentos tratan, claro, de las cosas y los seres reales, pero contarlos es acertar a dar a esas cosas y a esos seres la cualidad de lo imaginado. Eso quiso hacer Carmen Martín Gaite al escribir este cuento: llevarnos con su hija por los tejados del cielo. Y me atrevo a decir que en ese logro está la causa de su encanto imperecedero.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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