Logo Clubcultura
   Actualidad/Recomendaciones    Nuestras páginas oficiales    Blogs de Autor    Cultura Fnac
Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 
LA CULTURA DEL ROSTRO

La noche antes del terrible atentado de Madrid pasé por la estación de Atocha. Regresaba de Valencia y me dirigía a la estación de Chamartín para tomar el tren que me llevaría a Valladolid, mi ciudad, y utilicé como enlace uno de los trenes procedentes de Alcalá de Henares. Sólo unas horas después uno de esos mismos trenes sería objeto de un atentado que costaría la vida a decenas de seres humanos. Cuento esto porque, como tantos otros ciudadanos, me doy cuenta de que pude estar perfectamente entre las víctimas. Es una de las características del terrorismo, que elige la muerte de otros hombres por una mera función propagandista. Los terroristas no piensan en la individualidad de quienes destruyen sino en que sus muertes se puedan cuantificar. Recogen los cuerpos de los muertos como los hortelanos recogían los frutos de sus huertas para llevarlas al mercado. La muerte es su cosecha macabra, su medio de vida y la causa de su siniestra notoriedad.

La primera reacción ante un atentado como el de Madrid es, como es lógico, sentirnos enmudecidos. Un hecho tan brutal, tan descabellado y fuera de toda razón, no sólo afecta a las pobres víctimas y a sus apenados familiares y amigos sino que atenta contra la condición humana. ¿Qué puede decirse de esas muertes? ¿Cómo es posible que otros seres humanos hayan sido capaces de llevar a cabo una acción así contra sus semejantes? Toda idea de civilización democrática, la idea de la ciudad y sus leyes, de la propia condición humana, tienen por objetivo la defensa y celebración de la vida. La política en el sentido aristotélico es sinónimo de diálogo y de respeto a la diversidad. Somos hombres no sólo por disponer de una identidad personal, cultural o racial, sino sobre todo por escuchar las voces de los otros y ser capaces de sentirnos ampliados y enriquecidos por ellas.
Pero unido a ese dolor elemental, enseguida surge la rabia y la constatación de nuestra fragilidad. En efecto, puede que la razón sea una de las construcciones más frágiles que existen. La razón es el espacio común, el lugar que compartimos con los demás. Un espacio siempre amenazado por la locura y los abusos de cuantos quieren disponerlo todo de acuerdo a sus delirios.
Hace unos meses, una nueva y poco afortunada versión cinematográfica de El hombre invisible volvió a poner de actualidad la vieja leyenda del hombre sin rostro. Un investigador logra una fórmula con la que conseguir la invisibilidad. Muy pronto, sin embargo, el inesperado éxito transformará su vida en una pesadilla, pues la pérdida del rostro implica la caída en lo monstruoso, que no es sino ese mundo de la deformidad en que no cuentan las razones ni los deseos de los demás. El monstruo es el que no se detiene, el que mira al otro como un bocado o un rival, nunca como alguien que puede ampliar el campo de nuestra libertad.

Es esto lo que pasa con el terrorismo. Es curioso su ensañamiento con las víctimas, y el que busque causar en sus cuerpos el mayor daño físico posible. No creo que esta actitud responda sólo al deseo de asegurar el éxito de su acción. Es más, estoy seguro de que si hubiera una forma neutra, una bomba, por ejemplo, que produjera la muerte sin causar destrozos en los cuerpos de las víctimas, los terroristas no querrían utilizarla. Existe en ellos una voluntad simbólica de deformar; es decir, de arrancar al otro su condición humana. "Ahora eres como yo", le dice el terrorista a su víctima. Eso explicaría también la parafernalia de los entierros de los terroristas muertos por parte de sus partidarios. Tanto la proliferación de retratos, como las constantes referencias a los fallecidos utilizando sus nombres más familiares, o la abundancia de himnos patrióticos o religiosos, no son sino formas de restituir a los suyos ese rostro que perdieron a causa del papel terrible que tuvieron que cumplir. Uno de los logros del viejo humanismo, que sin duda recoge el mejor pensamiento democrático, es el culto hacia el rostro. Levinas dijo que cuando miramos el rostro de un semejante lo primero que percibimos es el mandato de no matar. El rostro del otro es un espejo, pero también el espacio de la alteridad. La cultura democrática es una cultura del rostro. Nos enseña a mirar a los demás, a verlos en el momento en que dejan de ser fungibles; es decir, intercambiables por otro. El terrorismo iguala. Todos los que no pertenecen a su ámbito siniestro son equiparables, y por eso cualquier víctima les sirve, pues les basta que se pueda contabilizar. Y aquí cometen el más grande sus errores, un error por el que habrán de pagar en sus sueños durante años, tal vez durante varias generaciones. Ya que sólo la mirada del otro nos constituye como seres humanos.
En Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Marco Polo después de narrar al Kublai Kahn su visita a los parajes y ciudades más diversas, se detiene en Berenice, una ciudad, que es una sucesión de ciudades, alternativamente justas e injustas, inextricablemente unidas entre sí, y que no es sino una imagen de la ciudad en que vivimos todos los hombres. ¿Quiere decir esto que no puede hacerse nada, y que hechos como los atentados suicidas en Jerusalén, la muerte de niños palestinos por parte del ejército israelí, la destrucción de las Torres Gemelas, el terrorismo etarra o el terrible atentado de estos días en Madrid, forman parte de nuestro destino fatal como seres humanos? ¿Sólo nos queda entonces lo que Marco Polo llama el infierno de los vivos? Tanto Calvino como todos los ciudadanos de este país que es el nuestro sabemos que ese infierno existe, pero también que hay una alternativa mejor que aceptarlo y volvernos parte de él hasta no verlo más. Un camino de tolerancia y racionalidad que Calvino define con una frase admirable: "Buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio". No creo que pueda definirse mejor el arte de la política, ni lo que deba ser nuestra tarea en esa nueva ciudad de Berenice que es hoy día la querida ciudad de Madrid. La cultura democrática nos enseña a reconocer que no hay ciudad justa que no esconda en su corazón otra injusta, pero también que nuestra misión es permanecer eternamente vigilantes, tratando de percibir y reconocer, en las calles de la ciudad infernal, la posibilidad de la justicia, para defenderla de cuantos atentan contra ella y ofrecerle el espacio que merece en la vida de todos.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
  -