LA
CULTURA DEL ROSTRO
La
noche antes del terrible atentado de Madrid pasé
por la estación de Atocha. Regresaba de Valencia
y me dirigía a la estación de Chamartín
para tomar el tren que me llevaría a Valladolid,
mi ciudad, y utilicé como enlace uno de los
trenes procedentes de Alcalá de Henares.
Sólo unas horas después uno de esos
mismos trenes sería objeto de un atentado
que costaría la vida a decenas de seres humanos.
Cuento esto porque, como tantos otros ciudadanos,
me doy cuenta de que pude estar perfectamente entre
las víctimas. Es una de las características
del terrorismo, que elige la muerte de otros hombres
por una mera función propagandista. Los terroristas
no piensan en la individualidad de quienes destruyen
sino en que sus muertes se puedan cuantificar. Recogen
los cuerpos de los muertos como los hortelanos recogían
los frutos de sus huertas para llevarlas al mercado.
La muerte es su cosecha macabra, su medio de vida
y la causa de su siniestra notoriedad.
La
primera reacción ante un atentado como el
de Madrid es, como es lógico, sentirnos enmudecidos.
Un hecho tan brutal, tan descabellado y fuera de
toda razón, no sólo afecta a las pobres
víctimas y a sus apenados familiares y amigos
sino que atenta contra la condición humana.
¿Qué puede decirse de esas muertes?
¿Cómo es posible que otros seres humanos
hayan sido capaces de llevar a cabo una acción
así contra sus semejantes? Toda idea de civilización
democrática, la idea de la ciudad y sus leyes,
de la propia condición humana, tienen por
objetivo la defensa y celebración de la vida.
La política en el sentido aristotélico
es sinónimo de diálogo y de respeto
a la diversidad. Somos hombres no sólo por
disponer de una identidad personal, cultural o racial,
sino sobre todo por escuchar las voces de los otros
y ser capaces de sentirnos ampliados y enriquecidos
por ellas.
Pero unido a ese dolor elemental, enseguida surge
la rabia y la constatación de nuestra fragilidad.
En efecto, puede que la razón sea una de
las construcciones más frágiles que
existen. La razón es el espacio común,
el lugar que compartimos con los demás. Un
espacio siempre amenazado por la locura y los abusos
de cuantos quieren disponerlo todo de acuerdo a
sus delirios.
Hace unos meses, una nueva y poco afortunada versión
cinematográfica de El hombre invisible volvió
a poner de actualidad la vieja leyenda del hombre
sin rostro. Un investigador logra una fórmula
con la que conseguir la invisibilidad. Muy pronto,
sin embargo, el inesperado éxito transformará
su vida en una pesadilla, pues la pérdida
del rostro implica la caída en lo monstruoso,
que no es sino ese mundo de la deformidad en que
no cuentan las razones ni los deseos de los demás.
El monstruo es el que no se detiene, el que mira
al otro como un bocado o un rival, nunca como alguien
que puede ampliar el campo de nuestra libertad.
Es
esto lo que pasa con el terrorismo. Es curioso su
ensañamiento con las víctimas, y el
que busque causar en sus cuerpos el mayor daño
físico posible. No creo que esta actitud
responda sólo al deseo de asegurar el éxito
de su acción. Es más, estoy seguro
de que si hubiera una forma neutra, una bomba, por
ejemplo, que produjera la muerte sin causar destrozos
en los cuerpos de las víctimas, los terroristas
no querrían utilizarla. Existe en ellos una
voluntad simbólica de deformar; es decir,
de arrancar al otro su condición humana.
"Ahora eres como yo", le dice el terrorista
a su víctima. Eso explicaría también
la parafernalia de los entierros de los terroristas
muertos por parte de sus partidarios. Tanto la proliferación
de retratos, como las constantes referencias a los
fallecidos utilizando sus nombres más familiares,
o la abundancia de himnos patrióticos o religiosos,
no son sino formas de restituir a los suyos ese
rostro que perdieron a causa del papel terrible
que tuvieron que cumplir. Uno de los logros del
viejo humanismo, que sin duda recoge el mejor pensamiento
democrático, es el culto hacia el rostro.
Levinas dijo que cuando miramos el rostro de un
semejante lo primero que percibimos es el mandato
de no matar. El rostro del otro es un espejo, pero
también el espacio de la alteridad. La cultura
democrática es una cultura del rostro. Nos
enseña a mirar a los demás, a verlos
en el momento en que dejan de ser fungibles; es
decir, intercambiables por otro. El terrorismo iguala.
Todos los que no pertenecen a su ámbito siniestro
son equiparables, y por eso cualquier víctima
les sirve, pues les basta que se pueda contabilizar.
Y aquí cometen el más grande sus errores,
un error por el que habrán de pagar en sus
sueños durante años, tal vez durante
varias generaciones. Ya que sólo la mirada
del otro nos constituye como seres humanos.
En Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Marco
Polo después de narrar al Kublai Kahn su
visita a los parajes y ciudades más diversas,
se detiene en Berenice, una ciudad, que es una sucesión
de ciudades, alternativamente justas e injustas,
inextricablemente unidas entre sí, y que
no es sino una imagen de la ciudad en que vivimos
todos los hombres. ¿Quiere decir esto que
no puede hacerse nada, y que hechos como los atentados
suicidas en Jerusalén, la muerte de niños
palestinos por parte del ejército israelí,
la destrucción de las Torres Gemelas, el
terrorismo etarra o el terrible atentado de estos
días en Madrid, forman parte de nuestro destino
fatal como seres humanos? ¿Sólo nos
queda entonces lo que Marco Polo llama el infierno
de los vivos? Tanto Calvino como todos los ciudadanos
de este país que es el nuestro sabemos que
ese infierno existe, pero también que hay
una alternativa mejor que aceptarlo y volvernos
parte de él hasta no verlo más. Un
camino de tolerancia y racionalidad que Calvino
define con una frase admirable: "Buscar y saber
reconocer quién y qué, en medio del
infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle
espacio". No creo que pueda definirse mejor
el arte de la política, ni lo que deba ser
nuestra tarea en esa nueva ciudad de Berenice que
es hoy día la querida ciudad de Madrid. La
cultura democrática nos enseña a reconocer
que no hay ciudad justa que no esconda en su corazón
otra injusta, pero también que nuestra misión
es permanecer eternamente vigilantes, tratando de
percibir y reconocer, en las calles de la ciudad
infernal, la posibilidad de la justicia, para defenderla
de cuantos atentan contra ella y ofrecerle el espacio
que merece en la vida de todos.