La
tía Mari era una de las instituciones de
la familia. Era hermana de mi padre, y se había
quedado soltera por no carecer de pretendientes,
que según decían fueron varios y de distinguida
condición, sino por estricta vocación al celibato.
De hecho, quiso hacerse monja, aunque no pudiera
resistir la dura disciplina del convento y a los
pocos meses tuviera que abandonarlos por enfermedad.
Sólo a medias, pues hasta el final de sus días siguió
viviendo como una monja. Una monja, claro, con todos
los votos menos el de pobreza. Toda la vida le sirvió
una mujer llamada Pilar. Pilar era una mujeruca
de escasa talla, rostro redondo y encendido y pelo
canoso recogido en un sempiterno moño. Casi todos
los días se pasaba por casa, pues a nosotros nos
quería con locura. Era muy divertida y tenía un
increíble talento verbal. Eran proverbiales, por
ejemplo, sus motes. A una de las chicas que estaba
sirviendo en casa le llamaba el Orón, por
su cara redonda, perpleja, como un sol a punto de
ponerse a rodar, tan parecida por tanto al as de
oros de la baraja; a mi hermano Joaquín,
Penicilina. En la familia hubo otros dos
familiares, hermanos de mi padre, que se llamaron
así, y ambos murieron de niños. Mi hermano rompió
la aciaga racha, y creció sin grandes contratiempos.
Pilar lo atribuía a aquel descubrimiento -la penicilina-
que había logrado impedir la muerte de tantos niños,
devolviendo la alegría a las mujeres, pues en su
opinión no había mayor desgracia para una mujer
que ver morir a los niños que había traído al mundo.
Pero las visitas de Pilar, siempre tan celebradas
por todos, lo eran aún más cuando venía con su hermana
Juliana. Juliana era aún más pequeña que
ella, de hecho casi una enana, y una singular fabuladora.
Además, y era un detalle que nos subyugaba, en una
de sus manos tenía seis dedos. Lo enseñaba orgullosa,
la pequeña falange a la altura del pulgar, como
si fuera la señal de su pertenencia a otra especie,
a un pueblo distinto que se había visto obligado
a sobrevivir mezclándose con el resto de los mortales.
Y algo de esa secreta dignidad dimanaba de cada
uno de sus gestos y de las historias que solía contarnos.
Por ejemplo, la que se refería a las contrafiguras.
Ésa era su expresión, y su teoría, tan extraña como
inesperada, teniendo en cuenta que era casi analfabeta,
era que cada uno de nosotros teníamos un doble,
una contrafigura. La figura de otro que, siendo
igual que nosotros, nos complementaba, dejando el
mundo preparado y conforme, porque el mundo, para
no desbaratarse, debía mantener en equilibrio todas
sus partes. Ambas figuras estaban secretamente relacionadas,
y cada acción de una se prolongaba en la otra, donde
adquiría al instante valores contrarios. De forma
que si una era rica, la otra tenía que ser pobre;
si ésta buena, aquélla mala. O, por ejemplo, si
una perdía una cosa, era su contrafigura quien la
encontraba en el otro lugar. De dónde pudo sacar
una teoría así es algo que no aún hoy no alcanzo
a entender, pero aquellas hermanas tenían ese extraño
don, el de hacer pasar por natural lo que no parecía
posible. O tal vez, después de todo, existiera aquella
otra dimensión de nosotros mismos. No sólo existiera,
sino que Juliana y Pilar fueran capaces de mantener
con ella frecuentes contactos. Y así, si en un lado
eran casi analfabetas, en el otro eran sabias; si
de esta parte apenas habían tenido contacto con
otros alimentos que los más elementales, de la otra
con los más refinados y sus combinaciones más sublimes,
lo que había terminado por hacer de ellas unas magníficas
cocineras. Porque ése era otro de sus enigmas, cómo
habían podido aprender a cocinar en aquel medio
de absoluta escasez del que provenían como se hacía
en los restaurantes más caros. Por ejemplo, de dónde
había sacado Pilar la receta de la merluza rellena,
que en la comida de Navidad hacía las delicias de
todos. Pero, a ver, Pilar, le preguntaba mi madre,
¿tú de dónde has sacado una receta así? A lo que
ella se limitaba a sonreír.
Nosotros íbamos al colegio de San José, que
era de los jesuitas. Era un colegio de pago, adonde
iban los hijos de la burguesía local. Había en él
una curiosa institución, el Grupo Escolar.
Se trataba de una escuela para niños pobres, a los
que, por supuesto, sólo se enseñaba lo más elemental.
En el colegio se les conocía con el nombre de los
gratuitos, y vivían y recibían clases aparte, en
una de las zonas más secretas del colegio, la puerta
por donde entraban los alevines de los poderosos.
Recuerdo que a veces nos cruzábamos con ellos. Veíamos
sus filas extrañas, fantasmales, y sus rostros como
asustados, en la distancia. Ése era el único contacto,
pues también los recreos eran a horas distintas
de las nuestras, y no había posibilidad alguna de
coincidir con ellos en ningún lugar. También que
yo, a partir de aquella teoría de Juliana, daba
en pensar una cosa. Que mi contrafigura, mi doble
estaba tal vez allí. Y que uno de los niños del
Grupo era como yo. Y todos los días iba al colegio
como lo hacía yo mismo, sólo que entrando por una
puerta distinta, y luego regresaba a su casa, donde
le esperaba una madre como la mía, pues no podía
concebir que la madre de ese niño no fuera a su
vez sino una contrafigura de mi propia madre. Que
sería como era ella, sólo que muy pobre, mal vestida
y con las manos llenas de sabañones por toda la
ropa que tendría que lavar con el agua helada.
Pues bien, en unas navidades sucedió un altercado.
Alguien trajo unas cocadas riquísimas, de las que
enseguida dimos cuenta en los postres. Uno de mis
hermanos, más pausado que los demás, reservó parte
de su ración y la llevó a su despensa privada (guardaba
dulces en lugares escondidos como las ardillas guardan
las nueces). Pero esa misma tarde su despensa apareció
vacía. Se quejó a mi madre y ésta nos preguntó quién
había sido. Nadie contestó, lo que hizo que se enfadara
de verdad, pues nada la molestaba más que la dijéramos
mentiras. Entonces, y en una intervención que me
llenó de orgullo, se me ocurrió algo tan sencillo
como arriesgado, según se revelaría luego. El ladrón
no podía haberse comido todas las cocadas de una
vez, y por lo tanto era previsible que antes de
dar cuenta de ellas se las hubiera guardado en los
bolsillos del pantalón, que sin duda debían conservar
rastros del cuerpo del delito. La idea era digna
de los mejores detectives, y mi madre nos hizo enseñar
los bolsillos. En los de uno de mis hermanos aparecieron
las migas delatoras, e inmediatamente fue castigado
por mentir. Todo habría quedado ahí si no fuera
porque esa misma tarde eché en falta mi navaja.
Era una navaja preciosa, con las cachas de nácar,
que me había regalado mi padrino, y como es lógico
culpé a mi hermano (debo decir, en su descargo,
que él no tenía arte ni parte en el asunto y que
la navaja aparecería semanas después entre los cojines
de uno de los sillones). Pero él, en venganza por
lo de las migas, aprovechó la situación para hacerme
rabiar. Llegó a sacarme de quicio. Fingía que conocía
el paradero de la navaja, y me provocaba una y otra
vez dándome pistas falsas sobre cómo podía encontrarla.
Al final de una de aquellas búsquedas, perdí por
completo el control, llevando a cabo uno de esos
gestos impulsivos cuyo recuerdo todavía hoy me hace
palidecer. [...]
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| Este
relato se publicó por primera vez en
"El País",el 24 de diciembre de 1997,
y aparece recogido en el volumen "El
hilo azul" |