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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
 

LAS MIL Y UNA NOCHES

Pier Paolo Pasolini

“La verdad no se encuentra en un sueño sino en muchos sueños” Esta es la cita que Pasolini elige como pórtico a su película Las mil y una noches. Pasolini culmina con ella su Trilogía de la vida. Ha realizado una película por año, pero en realidad se trata de una obra unitaria concebida en tres partes: El  Decamerón, Los cuentos de Canterbury, y Las mil y una noches. Pasolini recurre a esos libros, herederos de la antigua tradición oral, para crear un arte, tal como quería Gramsci,  que pudiera ser popular sin renunciar a la belleza, la inteligencia y la fuerza. Un arte que pudiese ser visto y comprendido por todos. Para hacerlo abandona el cine ideológico de los últimos años y regresa en cierta forma a sus primeras películas: Accatone y Mamma Roma. Esas películas en las que denunció la marginalidad de la juventud proletaria de los barrios romanos. 
La Trilogía supone un canto de celebración de la vida y la alegría del sexo. Un sexo atrevido, libre, fuente de afecto e ingenuidad. En realidad, como ha escrito José Luis Guarner, estas películas resumen las obsesiones de Pasolini: “la materialidad del cuerpo humano, su odio a la burguesía, la exaltación del sexo, la denuncia de la hipocresía, la fascinación de la muerte”. Suponen una protesta frente a la fealdad creciente de cuanto le rodea, y la terrible uniformización dictada por una sociedad capaz transformar el cuerpo en mercancía y corromper y banalizar el deseo.
Y ciertamente el sexo en estas películas puede ser pícaro y divertido, pero nunca es banal. Especialmente en Las mil y una noches, en que el cuerpo humano se vuelve pura materia encantada. Eso es el sexo en ella: una celebración de la belleza del otro. Es curioso que estas películas constituyeran un escándalo cuando se estrenaron, ya que vistas hoy resultan de un candor casi infantil. Tal vez porque Pasolini se entrega ellas al puro  placer de contar. “Aquí acaban los cuentos de Canterbury, contado por el solo placer de contar”, así termina su adaptación de la obra de Chaucer. No es una frase cualquiera. El placer en Pasolini nunca es acomodaticio, es la expresión máxima de nuestra libertad frente al poder, tiene que ver con el gusto de contar. Y su película  Las mil y una noches es el mejor ejemplo. Pocas veces se mostrado en el cine la radical heterogeneidad del corazón humano como en esta obra incomparable, cuya misteriosa y limpia belleza, treinta años después de haber sido hecha, sigue conmoviéndonos como un milagro.
Sin embargo, apenas unos meses después de terminada, Pasolini, en un texto lúcido y desgarrador, abjura públicamente de ella. “Reniego de la Trilogía, escribe, aunque no me arrepienta de haberla creado”. Pasolini no puede negar la sinceridad y la necesidad que le impulsaron a la representación de los cuerpos y de su símbolo culminante el sexo, pero se siente incomprendido por todos. La crítica le acusa de haber renunciado a su espíritu crítico y haber producido unas películas acomodaticias y sin interés, y el público apenas ve en ellas otra cosa que un mero producto de consumo y entretenimiento. Incluso tiene que asistir a  la humillación de ver como se hacen numerosas secuelas llenas de vulgaridad y de fealdad.

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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