NOCHES BLANCAS
Luchino Visconti
Un instante de felicidad
La nieve les sienta bien a los cuentos. Borra los contornos de las cosas, hace desaparecer las huellas del tiempo, creando la ilusión de un presente eterno y hasta el lugar más pobre y sucio se transforma gracias a ella en un lugar encantado. Paul Klee dijo que a las épocas conflictivas les corresponde un aumento de la abstracción, mientras que en las felices el arte suele tener una orientación más realista. Si es así, el mundo de Noches Blancas es un mundo desdichado y sombrío, situado en esa inasible frontera que separa la vida de la muerte, pues está traspasado de irrealidad. Luchino Visconti rueda esta película en 1957, tres años después que Senso, y tres antes que Roco y sus hermanos. Estamos en pleno auge del movimiento neorrealista y, sin embargo Visconti parece más fiel a la estética de un cineasta como Renoir que de sus compañeros de generación. “Me resulta difícil establecer diferencias entre el sueño y la realidad”, declaraba Renoir por esos años, reivindicando un tipo de cine en que las imágenes tuvieran la intensidad de los sueños y la verosimilitud de los hechos reales. Fiel a esta estética Visconti rueda Noches blancas en los estudios de Cinecittá. No quiere contar una historia imposible, sino una historia común situada en una ciudad no menos cotidiana y real. Y sin embargo todo en ella es ficticio: el agua, la nieve, el viento, la bruma que se extiende sobre las calles, y que hace utilizar a Visconti kilómetros de gasa que filtran la luz dirigiendo a sus personajes por un laberinto inasible. El efecto es el mismo que el de esas noches blancas a las que alude el título de la película, y que no tienen tanto que ver con la nieve como con ese curioso fenómeno de la noche del verano de San Pertesburgo, que dota al mundo de un luz tan irreal como dotada de un extraño poder: el de hacer permeables las cosas. De forma que no sólo los lugares parecen comunicarse entre sí, haciendo que cualquier tránsito sea posible entre ellos, sino también pasado y presente y realidad y ficción. Una luz, en suma, que no sólo relaciona espacios y tiempos, sino el mundo del sueño con el de la realidad, el de la razón con el de la locura, y el de la vida con el de la muerte. Pues bien podría considerarse esta película una variante del romance de El enamorado y la muerte, aunque aquí es la muerte misma quien ha tomado el rostro del amor para mejor cumplir su cometido, de forma que Visconti no estaría sino incidiendo en un tema esencial en su filmografía, el de que tal vez la muerte no es sino el rostro más inexcrutable del amor.
Pero, ya que se trata de un cuento, empecemos desde el principio. Noches blancas es una adaptación casi literal de la novela homónima de Dostoveiski. En esta novela un oscuro empleado, que vive solo en una énsión, se encuentra una noche, en su deambular por las calles de San Petersburgo con una extraña muchacha. Hace años la muchacha se había hecho novia de un hombre joven que se marchó a Moscú para establecerse, con la promesa de retornar un año despues y encontrarse bajo el extraño resplandor de las noches blancas del estío de San Petersburgo, sobre el mismo puente en el que la ve por primera vez el soñador, inclinada pensativamente sobre el pasamanos. Pero el misterioso novio no aparece y el soñador y la muchacha se encuentran durante varias noches encantadas, en que se enamoran perdidamente. La muchacha le cuenta su historia y cuando todo parece anunciar que terminarán juntos, el novio regresa y ella le sigue dejando a nuestro soñador con el recuerdo de su felicidad. Un recuerdo tan intenso, tan sincero, que este no encontrará en su corazón ni el más mínimo deseo de ensombrecer la felicidad de la muchacha. “¡Oh, nunca, nunca! Que tu cielo sea siempre claro, que tu dulce sonrisa brille siempre alegre y espontánea, y que Dios te bendiga por ese momento de suprema felicidad que supiste dar a otro corazón solitario y agradecido! ¡Dios mío, un instante completo de felicidad! ¿Acaso eso es demasiado poco para toda la vida de un hombre”.
Visconti situa su película en una ciudad italiana, que recuerda vagamente a Venecia, por sus canales y puentes, y sustituye el extraño resplandor de la noches veraniegas de San Petersburgo por la nieve. En rigor, sólo hay una noche blanca, precisamente la última, que contendrá a la vez el momento más sublime y el más doloroso, pues en ella, y casi sin solución de continuidad, Mario, tras conocer el amor de Natalia, verá como esta le abandona bruscamente, con el rostro bañado de lágrimas, ante la llegada del Inquilino, que aparece finalmente para llevársela con él. Y aquí si hay una diferencia esencial entre la novela y la película. Ya que mientras en la novela de Dostoievski el novio de la muchacha es un personaje sin relevancia, en la película de Visconti, este personaje, encarnado por un Jean Marais misterioso e inquietante, que nos recuerda al momento las turbadoras pesadillas del cine de Jean Cocteau, ocupa un lugar mucho más relevante que en la novela del autor ruso. Y es cierto que la película termina como la novela, con la una bendición por parte de Mario del único momento de felicidad real que la vida le ha concedido, pero no lo es menos que no podremos dejar de sentir una rara inquietud por el destino de Natalia. En realidad, viviremos ese encuentro con el Inquilino como una de esas fatalidades que suelen rasgar el tejido de la vida cuando más hermoso nos estaba resultando. De forma que toda la luz y el colorido del mundo ideal e imaginario, a cuyo desenvolvimiento acabamos de asistir, gracias al amor de los dos jóvenes, desaparecerá ante nuestros ojos como una pompa de jabón. Natalia regresará a los brazos del Inquilino y les veremos alejarse en una escena tan sublime como extrañamente lúgubre. Puede que Visconti filmara películas más hondas y complejas, pero en ninguna expresará con más sensibilidad y gracia lírica esta inquietante vecindad del amor y la muerte que en Noches blancas.
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