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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
 

LA LINTERNA ROJA

Zhang Yimou

Hay una costumbre que en gran parte se ha perdido, y que en mi recuerdo permanece indisociablemente unida al hecho de ir al cine. El placer de contar las películas. Supongo que tenía que ver con un mundo de escasez. En un mundo mineralizado por el peso de tantas prevenciones, las salas de cine constituían uno de los escasos espacios de iniciación a la vida. No es extraño por eso, que se necesitara contar las películas. Que éstas no terminaran cuando en la pantalla aparecía la palabra fin, y que la importancia de lo vivido durante el tiempo de la proyección obligara a esa recuperación del relato. Supongo que es esa la función básica del relato, hablar de lo que nos importa. Todas las historias que contamos, y que de verdad nos conmueven, surgen de la vida, aunque no se confundan necesariamente con ella. En tal sentido contar algo no es solamente volver a vivir, sino hacerlo de una manera decisiva. Es a eso a lo que quería referirme cuando antes dije que esa necesidad de escuchar el argumento de las películas tenía que ver con la escasez. O mejor dicho, con el deseo de que se quebrara la racha de escasez. No era solo un entretenimiento, una forma más o menos insípida de pasar el rato, sino de arrancarle sentido a lo que nos pasa. Un hurto, en cuanto que eso que finalmente se obtenía raras veces tenía que ver con los logros, pongamos por caso, de un aprendizaje común. Contar historias siempre ha sido un arte de ladrones, y los mejores narradores son aquéllos que saben arrancar a la vida sus más inesperadas significaciones, o dicho de otra forma ese valor que por ser indisociable del peligro, contiene el germen tanto de la sabiduría como de la muerte. Eudora Welty, ha escrito que el arte de contar siempre surge de esa búsqueda de lo esencial. No basta sin embargo con esta apelación. La esencia debe transformarse en un elixir. El que cuenta las historias debe ser capaz de obtener del corazón mismo de la vida ese elixir, que le permitirá luego componer su propia historia, haciéndola vivir en su imaginación.

¿Y cuál es nuestra historia de hoy? Una muchacha llega al palacio de un gran Señor de la China. Su padre acaba de morir y tanto su madrastra como ella carecen de recursos económicos que les permitan una existencia independiente. Acepta pues la proposición de un gran señor, y se dirige a su palacio para transformarse en una de sus concubinas. Parece venir de otro mundo, ha estudiado, ha ido a la universidad, llega incluso a rechazar la silla nupcial que le ofrecen para ir al palacio y, en un gesto de autonomía, prefiere hacerlo con sus propios pies, pero enseguida queda presa de ese mundo. Un mundo detenido, fuera de la historia, donde a la mujer no le cabe otra cosa que someterse al poder de su dueño.

Ese dueño pasa a tener cuatro concubinas. Cada una de ellas vive en un pabellón del palacio, y él elige pasar la noche en uno de esos pabellones, que recibe al instante el envío de las linternas. La escena de la elección no puede ser más infamante. Las cuatro damas deben esperar en un pasillo, y un criado anuncia el resultado de la decisión colocando ante la favorecida un farol rojo. Inmediatamente se produce el trasiego de las linternas, que los criados arrastran de un pabellón a otro. El pabellón que las recibe se transforma en la cámara nupcial. O, mejor dicho, en la cámara que habrá de recibir la visita del señor, dado que la linterna, la luz roja, anuncia antes esa presencia del poderoso, que la reserva del encuentro entre los amantes. Es un signo de poder, no de intimidad.

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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