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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
 

ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE

Steven Spielberg

El saber inocente
Encuentros en la tercera fase
se estrenó el 17 de noviembre de 1977, obteniendo enseguida un gran éxito de crítica y taquilla. Se convirtiría en la película más taquillera de Columbia Pictures hasta aquel momento, estuvo nominada a los Oscar en ocho categorías, y se consolidó como un clásico para el público mundial. El propio Steven Spileberg escribió su guión, en el que trabajó obsesivamente durante cerca de tres años, pues, a pesar de su gran presupuesto, esta película fue desde el principio su proyecto más personal hasta entonces. Partía de un recuerdo infantil. Una noche, cuando tenía seis años, su padre le despertó de madrugada para pedirle que le acompañara. Medio dormido se metió en el coche y se fueron al campo. Allí, extendieron una manta sobre la hierba y se tumbaron juntos para contemplar el cielo. Vieron una asombrosa lluvia de meteoritos, y cómo cada quince o veinte segundos una fantástica estela luminosa surcaba el cielo. La conclusión de aquel niño, que con el tiempo llegaría a ser el hombre más poderoso de la industria cinemtográfica, no se hizo esperar: no era posible que no pudiera haber otras criaturas más allá de la tierra. Pero, en ese caso ¿por qué no podrían venir a visitarnos? Ese será el tema central de Encuentros en la tercera fase. Estamos lejos, sin embargo, de las películas de ciencia ficción de los años cincuenta y sesenta que, bajo el influjo de la guerra fría, solían presentarnos a estos visitantes como criaturas peligrosas, que venían a dominar nuestro planeta. En la película de Spielberg, los extraterrestres no son intrusos que descienden a la tierra para destruirla, sino enviados. Seres que buscan al hombre para decirle que no tiene nada que temer.

En cierta forma, Encuentros en la tercera fase podría ser una película sobre la santidad. La odisea indescriptible de un hombre, interpretado por Richard Dreyfuss, que lo abandona todo para perseguir una única obsesión. Una obsesión que le hará enfrentarse a su entorno y que, dejando en suspenso su identidad, le llevará al encuentro de esas criaturas más evolucionadas, de sorprendente dulzura y delicadeza (para crear a los extraterrestres Spielberg y su equipo se sirvieron de niñas bailarinas disfrazadas), que es imposible no asociar con los ángeles. La nueva versión que el propio Spileberg prepararía de su película unos años después acentuará aún más esta visión trascendatalista, reforzando su iconografia religiosa. Es la primera vez que se trabaja con procidimientos digilates, pero el resultado es magnífico, y la película se transforma en sus últimas escenas en un hermoso oratorio, en que la luz parece la única protagonista.
Con todo, lo más interesante de la película es su primera parte. En especial el gran hallazgo de su personaje infantil. Y será sin duda a este personaje del niño mediador al que Spielberg entregará lo mejor de su indiscutible talento. De hecho, sus escenas son las mejores de la película. Los tornillos se desenroscan por sí solos, las neveras escupen la comida, los juguetes parecen adquirir autonomía. Hay un momento en que el niño, al ver a los alienígenas y sus naves espaciales, no puede contener su emoción y los confunde con juguetes. Eso es la infancia: juguetes que viven solos, ese tipo especial de visión que nos transmite el sentimiento de una continuidad entre nuestros pensamientos y el mundo.

Y es entonces cuando intuimos que el gran tema de esta película, como el de toda la obra de Spileberg, es la infancia, y la posibilidad de recuperar a través de ella esa continuidad perdida con el mundo. Pues el hombre está trágicamente solo en el universo, de forma que ni siquiera es capaz de salvar la barrera que le separa de las otras especies en su propio planeta. Y sin embargo, los niños lo hacen. Ellos viven en continuidad con todos los seres que existen y, sin duda, para Spieberg una de las misiones del cine es propiciar esa maravillosa vecindad. Es preciso restaurar para ello ese saber inocente que solo existe en esas horas de la infancia en que todo niño es un ser asombroso, el ser -como escribió Bachelard- que realiza el asombro de ser.
Unos años después Spielberg retomará en E.T. el tema del visitante extaterrestre, pero poniéndose esta vez con exclusividad en los ojos de los niños. Logrará al hacerlo una de las joyas del cine. Un cuento lleno de encanto y misterio que, muchos años después, tendrá su contrapartida trágica en Inteligencia artificial, la última de sus películas hasta el momento y, desde mi punto de vista, la más compleja de cuantas ha filmado. Aunque aquí el tema ya no sea exactamente la infancia, sino uno no menos esencial ni perturbador, la necesidad de amar. El pequeño robot de esta película desasosegante, como por otra gran parte de los mejores personajes de Spileberg, es un ser poseido por una fatal capacidad de amar que le llevará, como a la sirenita del cuento de Andersen, a perder su vida en el intento de retener lo que ama. De forma que, al final, creyendo aprender a vivir no había estado haciendo sino aprendiendo a morir. Puede que este aquí la respuesta a esa pregunta que nadie que ame el cine puede dejar de hacerse: por qué Steven Spielberg ofreció a Françoise Truffaut el papel del científico en su película, y por qué Truffaut aceptó sin dudarlo tan pronto leyó su guión. Pero este, sin duda, es otro tema, y necesitaría una ocasión distinta para abordarlo como merece.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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