Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
 

ENCADENADOS

Alfred Hitchcock

La gravedad y la gracia
Dos hombres se encuentran en un tren. Uno de ellos pone un paquete en el maletero, y el otro le pregunta qué es. “Oh, es un Mac Guffin”, le contesta. Y, al ver su perplejidad, añade: “Es un aparato para atrapar a los leones en las montañas de Adirondak”. “¿Cómo es posible si en las Adirondack no hay leones?, exclama el primero. “Pues entonces no es un Mac Guffin ”, le contesta el otro sin inmutarse. Hitchcock cuenta esta anécdota para mostrar el vacío del Mac Guffin, su radical nadería, pues el Mac Guffin no es sino el pretexto para empezar a contar, o dicho en otras palabras la trama aparente de una historia. No se trata de un mero recurso formal, tiene una raíz más honda. No hay relato verdadero sin esa fuga de sentido. El Mac Guffin es, pues, esa historia que debemos abandonar en pos del sentido.

En Encadenados se trata de una simple trama de espías. La heroína (Ingrid Berman) debe dirigirse a América latina acompañada por un hombre del F.B.I. (Cary Grant) y penetrar en la casa que un grupo de nazis utilizan como cuartel general. Pero enseguida nos damos cuenta de que es otra la historia que se nos cuenta: el conflicto entre el amor y el deber. La historia de un hombre que en el curso de una misión oficial debe empujar a la muchacha que ama al lecho de otro hombre (Claude Rains). Pero aún hay más, porque Encadenados (y es lo que la transforma en una de las cumbres indiscutibles del cine) es una película sobre la gracia.

Hay en ella una escena justamente célebre. Los protagonistas se encuentran en la habitación del hotel. Se abrazan, literalmente se quedan pegados el uno al otro. Cary Grant tiene que hacer una llamada e Ingrid Berman le acompaña al teléfono, gira a su alrededor, se abraza a su cuello, vuelve a girar y a abrazarle. Parece haberse quedado sin voluntad, estar abandonada a esas leyes de la gravitación que rigen los movimientos de los cuerpos celestes, encadenada a su amigo por las secretas afinidades que rigen la constitución de las constelaciones y las grandes cadenas de moléculas. Pero esa llamada resulta fatal, y Cary Grant tiene que abandonarla. Muy pronto se verán separados. Se suceden los malentendidos, la trama absurda. Y esas peripecias se contraponen a la única historia que queremos escuchar, la de ese amor naciente e impostergable. Hitchcock juega a fondo esa baza. Exaspera las escenas de intriga, juega con sus elementos -las llaves, las botellas de champán- hasta darles esa intensidad, ese carácter decisivo y maligno, que sólo los objetos de nuestro pensamiento logran alcanzar alguna vez. La película tiene entonces la dimensión de un sueño. Pues efectivamente todo parece suceder en el interior de los amantes, querer decirnos a través de ellos que la vida es una prueba que, aunque oscura y terrible, debe de tener otro objetivo.

Entonces interviene la gracia. Estamos en el último tramo de la película e Ingrid Berman descubre que la están envenenando. Inmediatamente vemos sufrir a Cary Grant, que no puede saber lo que sucede, una extraña conmoción. Es un instante parecido a los que tanto se prodigan en La doble vida de Verónica (la película de Kierlovski), uno de esos instantes en que los personajes escuchan una llamada que no cabe desatender. Cary Grant acude al encuentro de Ingrid Berman contra toda lógica, y también contra toda lógica la arranca del lecho y sale de la casa sin encontrar resistencia. La escena resultaría inverosímil si no nos encontráramos ya lejos de ese dominio en que el Mac Guffin impone su ley. Pocas veces en el cine hemos tenido una sensación así. La sensación de que los personajes actúan siguiendo un mandato, protegidos por un aura de invulnerabilidad y extrema delicadeza. Como si fueran los receptores de un don. Ese es el sentido de la gracia, algo que se le da al hombre gratuitamente, que éste no puede obtener ni en función de su naturaleza, ni de su propio mérito. Pero que hay que saber recibir. Cary Grant se resiste a hacerlo al principio y su castigo es caer bajo el imperio del Mac Guffin. No hay imperio más terrible. Nos hace ir a cazar leones donde no los hay, o mantener con nuestro vecino del vagón del tren tristes charlas sobre minerales radiactivos, y absurdas conspiraciones. Aún hay algo peor: nos vuelve insensibles a la llamada de la gracia, que es el sentido último de todas las grandes historias que existen. Especialmente cuando son historias de amor.

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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