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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
 

CANDILEJAS

Charles Chaplin

Dos chicas van por la calle, ven una zanja y no pueden evitar saltarla entre risas. Todo es muy rápido, la carrera, el salto y la aparición del vagabundo, que está trabajando en el fondo de la zanja y al que aquel alboroto pone enseguida en alerta. La escena está incluida en uno de los primeros cortos de Charles Chaplin y guarda todas las claves de su cine, que no existiría sin ese sentimiento de adoración hacia las muchachas. Candilejas, es su canto del cisne, porque el vagabundo ha envejecido y se tiene que despedir de ellas.

“Un caballero en busca de un romance” así definió Charles Chaplin a su vagabundo. Y en efecto, Charlot siempre se comporta como un caballero, sobre todo si hay unas faldas por medio. Su cine está lleno de muchachas en apuros, a las que él ayuda a salir adelante. En Luces de la ciudades, se trata de una ciega, en Tiempos modernos, de una mendiga ladrona, en La Quimera del oro, de una emigrante, en Candilejas, un bailarina que se ha querido cuidar y a la que una extraña dolencia impide mover sus piernas. De todas ellas se ocupa, a todas sirve como el más solícito de los caballeros. Y de todas, como es lógico, se enamora con toda seriedad. Por eso nos hace reír, porque el amor nos sitúa en el filo de las cosas. Así definió Federico García Lorca lo poético: “lo que está en el filo, a punto de caer en el sitio de donde no se vuelve”. Charlot siempre está en ese punto. Es como esas cabras que ramonean con naturalidad al borde de los acantilados, y que nosotros contemplamos con una mezcla de temor y de gozo. Temor, porque se puedan caer en un descuido; gozo, porque sean capaces de sobrevivir donde la vida no parece posible. Charlot siempre anda entre esas cabras, por eso es el más gracioso y poético de todos los cómicos que ha habido en el cine. Solo se le puede comparar Buster Keaton, y, tal vez, Stan Lauren. Los hermanos Marx, en absoluto. Los hermanos Marx son indestructibles, como los personajes de los dibujos animados. No tememos por ellos, y eso les quita poesía, porque la poesía siempre va ligada al sentimiento de fragilidad. Y es verdad que no hay nadie más astuto que Charlot, y que siempre se las arregla para salir adelante, pero no lo es menos que tampoco hay nadie más vulnerable que él. Sobre todo cuando hay una muchacha por medio. En realidad, es el único que amó de verdad a las mujeres. Buster Keaton no sabía que hacer con ellas; Groucho era un misógino recalcitrante, y Harpo se conformaba con correr tras ellas y hacerlas gritar. Charlot las ayudaba a sobrellevar sus penas, las rodeaba de atenciones y las hacía reír. Es decir, las amaba como probablemente ellas desean ser amadas.

Françoise Truffaut pensaba que Chaplin, cuya madre moriría en un manicomio, se salvó de la locura gracias a sus dotes de mimo (que heredó precisamente de su madre) Abandonado por un padre alcohólico, vivió con la angustia de ver cómo su madre iba a ser llevada a un sanatorio, en el que finalmente sería internada en plena juventud. El temor a ser perseguido por la policía, es una de las constantes de su personaje, que siempre sobrevive gracias a su ingenio y a sus increíbles dotes de mimo. Me atrevo a pensar que detrás de todas las muchachas que aparecen en su cine está el recuerdo de su madre niña y loca, a la que no pudo ayudar. El sentimentalismo de que se le acusa, forma parte del mismo deseo de regresar a su lado y salvarse con ella. No entiendo por qué hay mucha gente que le rechaza por esta causa. Si aceptamos que se pueda comer una bota, ¿por qué no íbamos a aceptar que ayudara a una cieguita a recuperar la vista o a una paralítica a que volviera a bailar? Todas ellas son cosas igual de absurdas e improbables. Cosas que surgen de la necesidad más extrema, de ese vivir en el filo del que antes hablé. El amor es la invención que le permite escaparse con las muchachas que, como él, enloquecen de pena. “Un pensamiento vale más que el mundo”, describió Juan de la Cruz, y Charlot siempre antepuso sus pensamientos al mundo. Eso era el amor para él: un baile de panecillos, una cena en que el único plato era una bota. Hacer del deseo la verdadera riqueza. Así sucede en La quimera del oro, en Luces de la ciudad, en Tiempos modernos y en Candilejas. En realidad, las parejas de amantes en las películas de Chaplin siempre son pobres, aunque ellos se las arreglen para no parecerlo, haciendo de su amor la más deliciosa de las pantomimas. Chaplin siempre creyó en el poder salvador de los gestos. Hasta monsieur Verdoux, cuando cuenta dinero, se está salvando de la locura. Aunque quiera salvarse solo, pues ha renunciado al romance. Esta película es una excepción en su cine, pues su protagonista es un asesino de mujeres. No alguien que las ayuda, sino que las quita de en medio. Claro que no son jovencitas desamparadas, sino viudas y solteras, ya entradas en edad, a las que tal vez no perdona que hayan perdido la juventud y se hayan vuelto desconfiadas y mezquinas. Las mata, y las quema en una estufa, para robarlas su dinero.

Candilejas es la otra cara, pues a Calvero, su protagonista, que es un heredero del vagabundo, jamás se le ocurriría hacer daño a una mujer. Se enamora de la joven bailarina pero, consciente de su edad, se da cuenta de que ella debe seguir su propio camino. Amarla entonces, es aprender a dejarla ir. Eso hace Calvero, vuelve a la escena tratando de obtener su bendición, y luego la deja marchar. Ese es el significado de la última escena. Calvero se está muriendo, pero pide que le lleven al proscenio para verla bailar por última vez. La escena es una maravillosa lección de cine. Todo es muy rápido, pues enseguida se muere. La cámara apenas nos lo muestra. Sólo vemos cubrir su cuerpo con una sábana. Bertolucci dice que esa sábana no es un sudario sino una pantalla de cine. La pantalla en que vemos a la muchacha bailando. “Cuesta entender la vida, no la muerte. La muerte nunca encierra enigma alguno”, ha escrito Joan Margarit. Eso mismo nos dice Chaplin. El enigma es la vida, todo lo que es pequeño, minúsculo y frágil. El enigma está en la debilidad, en esa bailarina estirándose sobre el escenario hasta parecer suspendida en el aire. Esa será la última imagen de la película. No el cuerpo inerte de Calvero, sino el de la chica bailando. El cuerpo leve como un vilano que parte no se sabe hacia dónde. Ese vuelo es la vida: puro deseo, no significado.

Todo en Chaplin es admirable, Es, sin duda, uno de los artistas más grandes que ha existido jamás. El más loco y niño, el más fantástico. El que más luminosamente nos ha hecho reír; incluso con lo más terrible. Es verdad que en sus películas solo existía él, y que apenas dejaba espacio para otros; pero no lo es menos que nadie se le podía comparar. Tenía ese don maravilloso de los niños de transformarlo todo en gracia; tal vez porque vivía fascinado por las muchachas. Cometía por ellas todo tipo de locuras, se volvía generoso, se le ocurrían las cosas más disparatadas para ayudarlas a sobrellevar sus penas, entre ellas algunas de las películas más hermosas que se han rodado jamás. Candilejas es una de esas películas y habla de esa fascinación. Chaplin era de esos niños que, en los recreos, les gusta quedarse junto a las niñas; que vive sólo para estar a su lado, hacerlas reír y, llegado el caso, mordisquear su merienda. Y ellas le pagaron entregándole su amor. No es extraño, pues las mujeres suelen amar a los hombres que viven fascinados por ellas. Películas y aventuras amorosas constituyeron su vida. ¿De verdad hay otra cosa que merezca la pena?

 
Gustavo Martín Garzo © 2001
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