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NOSOTROS MATAMOS A STELLA

Marlen Haushofer

Alguien dijo que la literatura es un inmenso lago, existen grandes ríos que lo alimentan, como las obras de Tolstoi o Dostoyevski, y existen pequeños hilos de agua. Lo único importante es alimentar ese lago. Alejada de los grandes sistemas fluviales, la obra de Marlen Haushofer es uno de esos pequeños hilos de agua. Reconozco mi debilidad por esa clase de obras. La obra de Kafka es así, pero también la Emily Dickinson, o la de Carson McCullers. Virginia Wolf es un nebuloso río que explora el vasto mundo de nuestra conciencia, pero basta un solo relato de Katherine Mansfield para llevarnos más lejos de lo que ese río nunca pudo llegar. Marlen Haushofer pertenece a esta misma familia. La familia de Chejov, de Sherwood Anderson, de Mercè Rodoreda o de Silvina Ocampo. Esa familia de escritores que, como los niños perdidos de los cuentos, siempre se las arreglan para dejar en los lugares más sombríos un rastro de migas de pan.

Marlen Haushofer murió con apenas cincuenta años, y escribió seis o siete libros nunca demasiado largos. Apenas corregía sus manuscritos y tenía que alternar su escritura con la atención a sus hijos y las labores domésticas, pues nunca se ocupó de otra cosa, aparte de escribir, que de cumplir con su discreto papel de ama de casa. Y sin embargo, basta con leer cualquiera de sus libros para quedar hechizado. Es difícil explicar esto y lo mejor es pedir al lector que lo compruebe por sí mismo.  Que lea El muro, por ejemplo, su novela más perfecta, o los dos relatos que contiene este libro. Que lea La puerta secreta o Un puñado de vida, publicados en la editorial Siruela. Todos los libros de Marlen Haushofer son excepcionales, pues nos llevan a esos lugares de visión de los que nunca se regresa del todo, o no al menos como se llegó.

Scott Fitzgerald escribió una vez que  los dos cuentos básicos de todos los tiempos eran La Cenicienta y Pulgarcito: el encanto de las mujeres y el valor de los hombres. La obra de Marlen Haushofer sigue el rastro de Cenicienta. En realidad todos su personajes femeninos pueden considerarse variantes de ese personaje inolvidable. Una muchacha que vive entre las cenizas, postergada por todos, que soporta el peso de la vida en vez de disfrutarla, pero que mantiene una extraña comunicación con las fuerzas libres del mundo. En el cuento de los hermanos Grimm,  el vestido que Cenicienta acude la fiesta lo recibe de un árbol. Se pone bajo su copa y el árbol le ofrece el vestido. Es la naturaleza quien se lo da.

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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