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POESÍAS

Emily Dickinson

Emily Dickinson es ciertamente un caso aparte en la historia de la literatura. Nació en Amherst, Massachussets, en 1830, en el anonimato de una comunidad puritana como todas las de Nueva Inglaterra, y salvo un breve viaje a Filadelfia apenas se movió de su pequeña ciudad. Era poco atractiva y media poco más de metro y medio, por lo que su cama, que aún se conserva en su casa museo de Amherts, no es más grande que la cama de un niño. “Soy pequeña como el gorrión y mi pelo es tan puntiagudo como el erizo del castaño. Y mis ojos son como el jerez que el invitado deja en la copa”. Llevó una vida totalmente retirada y solitaria, consagrada al cuidado de sus padres y a  la escritura de sus breves poemas que hasta 1882 no se decidió a dar a conocer a un crítico profesional. A la vista de su acogida desfavorable la poeta volvió a refugiarse en su anonimato, aunque nunca dejara de escribir. Es más, siguió haciéndolo sin descanso, durante toda su vida.  Emily Dickinson garabateaba los primeros borradores  de sus poemas, casi siempre a lápiz, y en cualquier cosa que tuviera a mano, reversos de sobres, trozos de rollo de cocina, o papel de regalo, mientras realizaba las labores domésticas. Y luego, por la noche, en su escritorio llevaba a cabo una minuciosa labor de  revisión de lo que había escrito mientras cocinaba, ayudaba a su madre inválida a pasear por el jardín o cuidaba las plantas del invernadero que su padre había construido para ella y que era el lugar favorito en su casa. Se enamoró al menos tres veces. De un estudiante, que trabajaba en el despacho de abogado de su padre, y que moriría muy pronto, de un distinguido clérigo casado, que la sacaba cerca de veinte años y   que quizás abandonase América por su causa, y de un juez viudo que también la doblaba la edad. Con ninguno de ellos pareció llegar a nada, en el terreno físico, de modo que sus biógrafos suelen considerar estos amores arrebatados e intensos poco más que una excusa para expresar su peculiar  erotismo, hecho por igual, como toda su poesía, de candor y perversidad: “Mi Dios, deja que sea yo / la más enamorada, / cuanto más cerca de ti me tuvieras / más te olvidaría yo”.

Su hermana se encontró a su muerte sus poemas, pulcramente ordenados y cosidos en cuadernos, en el interior de un baúl, y su primer libro se publicaría cuatro años después de su muerte. Desde entonces Emily Dickinson no han dejado de sorprender a sus lectores, lo que no es nada extraño pues su poesía no se parece a ninguna otra. Ese es uno de sus misterios. La solterona que apenas salía de casa, que rehuía las visitas, que acostumbraba a vestirse de blanco  y se mostraba aparentemente sumisa ante los designios del mundo, fue escribiendo a lo largo de su vida una obra heterodoxa, tanto en su forma como en la  intensidad de su emoción, que combina con singular atrevimiento la trascendencia con la coquetería, la inocencia con la malicia, y la angustia con los raptos de felicidad. Como si hubiera llevado a espaldas de todos una vida que nada tuviera que ver con aquella que la atribuían, de la que sus poemas fueran su diario secreto. O dicho de otra forma, la poesía de Emily Dickinson es el otro nombre de la fascinación, es decir, lo opuesto a los actos fracasados. Tal vez por eso raras veces se lamenta de su suerte, y la impresión que produce es la de una mujer que siempre tiene cosas que hacer, y que las hace con cuidado y gusto extremo, como si eso fuera precisamente su tarea en el mundo. “Perdón por mi cordura en un mundo demente”, escribió en una carta, como dando a entender que pasión y claridad intelectual debían ir de la mano, y que hasta las cosas más ordinarias podían dejar de serlo al transformarse en objetos de amor. Pero no hay que confundir por eso cordura con sentido común. Ser razonable, para ella,  es encontrar en el objeto, en la situación, el espíritu que lo hace ser lo que es. O dicho de otra forma, la facultad de ver lo que las cosas son de verdad. Por eso su cordura siempre linda con lo inesperado, y por eso su poesía nos provoca una mezcla de familiaridad y extrañeza, haciéndonos comprender cuanto de extraordinario puede haber en el hecho de existir. Algo así como si viéramos a nuestra vecina  de toda la vida, cómo tras barrer el porche de su casa, continua con toda naturalidad por el tejado y por la azotea. Eso es la poesía de Emily Dickinson, llenar lo ordinario de pensamientos inquietos, andar metida en asuntos peligrosos sin necesidad de dar la espalda a lo más común. Es decir, hacer de nuestra casa una morada, como pedía santa Teresa a sus monjas. Una casa en la sombra, eso es la poesía para Emily Dickinson, que sin duda habría encantado a la santa por su escasa disposición a la melancolía.

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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