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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
Mis libros
Mis pelis
 

MOBY DICK

Herman Melville

En mi infancia aún se vendía en los mercados carne de ballena. Se vendía en las pescaderías y, como no era excesivamente cara, se la hacíamos comprar a mi madre. Luego, no nos gustaba. Tenía un sabor extraño, una mezcla entre el sabor del pescado y el de la carne, que no era en absoluto agradable y solía terminar en la basura. Mi madre se enfadaba y nos decía que era la última vez. Pero bastaban unos meses para que, al ver de nuevo en el mercado aquella carne consistente, levemente rosada, rompiendo el aburrimiento de nuestras compras tan previsibles, volviéramos a sentir la tentación de probarla de nuevo y para que ella volviera a ceder. Traer a nuestra mesa de familia de tierra adentro la carne de aquel animal magnífico y misterioso, que se desplazaba por los mares siguiendo sus rutas eternas era como traer a nuestro mundo pequeño y aburrido el gusto del mar, de los tifones oscuros y de los sueños de miles de hombres que los habían surcado, movidos por las ansias de aventuras y de libertad. Algo así como si hubieramos tenido la oportunidad de comer carne de elefante o de rinoceronte, o alguno de esos platos exquisitos, las aletas de tiburón,  la carne de serpiente o la sopa de tortuga, que alimentaban nuestras imaginaciones infantiles, a través sobre todo del cine y de las novelas de aventuras.

Y recuerdo también que uno de esos años, en unas ferias, llevaron a Valladolid el esqueleto de una ballena. Se expuso como una atracción, sobre una gran plataforma, y había que pagar una entrada, que daba derecho a una fotografia, que por supuesto nos hicimos sin dudar.  El gran esqueleto blanco se erguía hasta alcanzar las copas de los árboles como la columnata de un templo donde hubieran tenido lugar antiguos cultos de los que no cabía hablar sin estremecimiento. He perdido esa fotografia, pero aún me veo detenido con mis hermanos ante las inmensas mandíbulas  de la ballena, con una expresión vagamente temerosa, como si aquella criatura tuviera un poder místico que ni la misma muerte pudiera mermar. Un poder que tenía que ver con la noche y los grandes oceános, con esa vida misteriosa y preñada de presagios de nuestras pesadillas infantiles, de la que todo cuanto nos rodeaba no era sino un frágil y siempre amenazado reflejo. Y en el que aquella “ballena blanca, terrible, misteriosa, como si no pudiese morir”, que una tarde habíamos descubierto en la sala oscura de un cine, ocupaba un lugar decisivo.

En realidad mi primera visión de la gran obra de Melville procede del cine, ya que la novela no la leería hasta varios años más tarde. No creo que sea una novela que puedan entender los niños, por mucho que sea precisamente gracias a las colecciones de libros para jóvenes por lo que pueda seguir comprándose en todas las librerías. Jonh Huston la rueda en 1955, y Ray Bradbury interviene en el guión, que es un ejercicio de elipsis difícilmente mejorable. Como lo es la interpretación de Orson Welles, en el papel del padre Mapple. Su sermón al comienzo de la película toma su fuerza en la idea calvinista de la depravacion innata del ser humano y el pecado  original. “La fe, como un chacal, se alimenta por entre las tumbas. Es sobre todo en nuestras dudas sobre la muerte donde encuentra sus mejores razones para existir”.

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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