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EL GRAN GATSBY

Francis Scott Fitzgerald

“El suyo era un don extraordinario para la esperanza, una romántica disponibilidad como nunca he hallado en otra persona y no es probable que vuelva a encontrar”. Esta es la forma en que Nick Carraway, el narrador de El gran Gatsby,  se refiere en el primero de sus capítulos a su melancólico protagonista, un nuevo rico cuyas ganancias durante el tiempo de la Prohibición corrompen un idealismo basado en los mitos americanos de la autosuficiencia y las oportunidades ilimitadas.  La novela se publica en 1.925 y, a pesar de su fracaso comercial, supone la consagración de Scott Fitzgerald como escritor. T.S. Eliot, Gertrude Stein, Robert Wilson, se rinden sin condiciones ante esta obra que desde entonces no ha hecho sino fascinar a generaciones de lectores, y que puede sin duda considerarse como uno de los grandes libros de este siglo.

Y, sin embargo, Scott Fitzgerald ya está sumergido mientras la escribe en la espiral autodestructiva que acabaría con él. Se exhibe sin reserva ante la sociedad de los hoteles de Europa y América; su relación con Zelda, una mujer atractiva, inteligente y desequilibrada que terminará internada en un manicomio, se resquebraja; y el mundo de fiestas, flirteos, esteticismo, alcohol y ansiedad económica, comienza a minar su salud, y a poner seriamente en peligro su capacidad creadora. Fue el mejor cronista de  una generación que, como él mismo escribe, “llega para encontrar a todos los dioses muertos, todas las guerras acabadas, toda fe en el hombre puesta en duda”. Definió la Edad del Jazz, la prosperidad efecto de la primera Guerra mundial y diagnosticó con amargura su inevitable fracaso, pues la nueva clase que surgiría  con el enriquecimiento, terminaría por traicionar todos los ideales de alegre y generosa jovialidad por su materialismo y su ignorancia.

Esta novela contiene el retrato implacable de esa nueva clase. Jay Gatsby, su protagonista, es el prototipo de la persona de clase baja, inmoral e imprudente, que quiere triunfar a toda costa y que finalmente será destruída por el poder mayor de aquellos a los que trata de imitar, cuya inmoralidad es superior a la suya. Y sin embargo, Nick, narrador de esta historia, dotado de una indiscutible perspicacia para percibir la falsedad y dureza del sistema clasista americano, no puede dejar de rendirse hacia su indiscutible encanto. Su aura romántica, le transforma en lo contrario de los verdaderos ricos, una clase alta casi desde su origen, sin moral, que carece de posibilidades redentoras. Gatsby no pertenece a esa clase, o no al menos enteramente. De hecho su deseo de riqueza no tiene otra causa que conseguir el amor de una muchacha. Keats y el romanticismo le han enseñado a Fitzgerald que la verdad era belleza, pero también que la vida debe vivirse al instante, porque nada mortal, y especialmente la belleza y la juventud, puede ser duradero. El creador sería aquel que trabaja para los demás, de modo que puedan aprovechar la luz y el brillo del mundo. Y Gatsby cumple exactamente esa función, la de situarse en ese centro y devolvernos en forma de sueño lo que antes tomó, con precipitación y avaricia. Y ese es su inequívoco encanto. Su reino es, por eso, el del enamorado del sombrero de oro que aparece en la cita con que se abre el libro. “Ponte el sombrero dorado, si eso ha de conmoverla; si eres capaz de saltar muy alto, hazlo también por ella, hasta que exclame: ¡Enamorado saltarín, enamorado del sombrero de oro, tendrás que ser mío!”

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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