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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
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CUENTOS

H.C. Andersen

J.R.R.Tolkien pensaba que los  cuentos maravillosos debían tener un final feliz. Esto no significaba para él que, al terminar de contarlos, todos los conflictos se hubieran  resuelto, sino que hubiera quedado claro que la vida era extraordinaria. Por eso habló de la eucatástrofe, de la bella catástrofe, lo que quiere decir que, a pesar de todas las dificultades y tristezas a las que tendremos que enfrentarnos, el mensaje de los cuentos es que la vida merece la pena. Puede que cuando la miramos desde trances tan amargos como la pérdida y el fracaso, nos parezca un engaño, pero, mientras dura, la vida es extraordinaria e irreal, como lo son los dulces recuerdos que ciertos cuentos maravillosos logran dejar en nosotros. Y Andersen es uno de los autores en los que late de una forma más decisiva esta visión a la vez trágica y luminosa de la vida.

Pero ¿fue la vida de nuestro escritor una bella catástrofe?. Todo hace pensar que no, por más que él mismo se empeñe, en El cuento de mi vida, su texto autobiográfico, en hacernos creer que lo fue. El mundo de los cuentos es el mundo en que se cumplen los deseos y me temo que nuestro autor jamás vio cumplirse los suyos, al menos los más íntimos y decisivos. Es una paradoja pues pocos autores han conocido en vida un éxito más absoluto. El niño, hijo de un zapatero, que llega a Copenhague a los catorce años y que después de años de hambre logra, con la ayuda de su gran tesón, abrirse un espacio en el mundo literario danés a través de sus novelas y dramas, muy pronto se transforma en un escritor archifamoso. Murió a los setenta años, en la cúspide su fama, pero siempre se sintió descontento con su suerte. No tuvo éxito como autor dramático, y chillaba como  un niño cuando volvía a fracasar otra de sus piezas, y sus novelas adultas, con las que pretendía alcanzar la inmortalidad, nunca fueron apreciadas por nadie. El hijo de pobres fue a hoteles de  lujo internacionales y festejado y mimado como un héroe nacional en los castillos daneses pero sólo conoció la ausencia de una dicha humana. Soltero, sin amor ni patria, sus viajes eran una huida de su soledad. A pesar de su fama se sentía como un paria, y las fiestas espectaculares que se hacían en su nombre no hacían sino revelarle su terrible abandono. El patito feo sólo se convirtió en cisne en el cuento, en la realidad Andersen siguió siendo “la figura alargada, desaliñada, encorvada como la de un lémur, con una cara excepcionalmente fea” que evoca Hebbel en uno de sus escritos.

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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