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LIBROS
"Memorias de Africa", de Isak Dinesen
Entre los muchos libros que han cambiado mi vida he elegido
éste porque lo releí hace poco y volví a emocionarme. Son
las memorias de esta danesa, en las que luego se basó la
película "Memorias de Africa", y que narra su vida en Kenia
durante casi 20 años. Una experiencia que fue bastante dura,
con un matrimonio que no funcionaba, una plantación de café
que no iba bien y la trágica muerte del amor de su vida.
Un periodo desdichado que no reflejan las memorias. Y eso
es lo maravilloso, que es un canto impresionante a la vida;
leerlo es un regalo en el que se demuestra que, a pesar
de todos los problemas, ella disfruta de la vida. Además,
como la autora señala: "La misión del poeta en la vida es
hacer que los otros confundan ficción y realidad a fin de
hacernos felices durante unas horas". Y ella lo consigue.
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"La balada del café triste" de
Carson McCullers Carson McCullers tiene 24 años
y acaba de publicar su primera novela, "El corazón es un
cazador solitario". Una conocida revista de entonces, el
"Harper's Bazar", le pregunta por los libros que más han
influido sobre su vocación de escritora. Y ella les cuenta
una historia. Aún es una niña y compra un libro a su hermano
pequeño, como regalo de Navidad. Se titula "El niño perdido",
y su hermano no debe de encontrar un gran placer leyéndolo
pues enseguida abandona esa tarea. Pero hace una cosa. Recortar
sus páginas hasta formar un agujero cuadrado en el centro,
de forma que, a pesar de que el libro sigue conservando
un aspecto normal, en su interior hay un hueco donde guarda
una moneda de un centavo y un asno de plomo. Carson McCullers
se lo encuentra así la tarde que quiere leerlo. No es un
libro enteramente para niños, y desde la primera página
siente que va a pasar algo espantoso. Hay una escena al
borde de un estanque entre un tonto de pueblo y una criada,
escena que tiene como consecuencia un bebé. Y Carson McCullers
escribe: "La clave de aquellos acontecimientos desconcertantes
parecía haberse perdido en el vacío del agujero central,
haciendo mi lectura completamente desquiciante. Durante
tres días estuve enviscada en aquel enigma, con una especie
de curiosidad escalofriante. Aquel era mi primer contacto
literario con el sexo, y durante mucho tiempo lo he asociado
con las criadas y los asnos de plomo". Carson McCullers
publica "La balada del café triste" diez años después. Y
ya en la primera de sus páginas nos presenta a Miss Amelia,
su protagonista, una mujer marcada por un destino trágico,
que vive aislada en una casa a punto de derrumbarse. Pero
esa casa, enseguida nos dice, ha conocido tiempos mejores.
De hecho no hubo nada comparable a ella en muchos kilómetros
a la redonda, porque albergó un café. Un café con manteles
y servilletas de papel, ventiladores eléctricos con cintas
de colores, donde los sábados por la noche se celebraban
grandes reuniones. Miss Amelia era su dueña, pero la persona
que más contribuía al éxito de aquel local era un jorobado
a quien llamaban el primo Lymon. Había otra persona ligada
a la historia del café, el ex marido de Miss Amelia Un hombre
terrible que regresa al pueblo después de cumplir una larga
condena en la cárcel, "que causó desastres y volvió a seguir
su camino". Pronto nos daremos cuenta de que es el amor
de Miss Amelia por el primo Lymon, y todas las preguntas
que inevitablemente suscita, el tema central del libro.
Un amor casi incomprensible, pues el primo Lymon es un ser
diabólico, cuya deformidad, como sucede tantas veces en
la obra de Carson McCullers, parece ser el símbolo de la
incapacidad de devolver o recibir ningún tipo de amor. Y
ciertamente es poco lo que ofrece a cambio, salvo su insobornable
egoísmo. ¿Importa? No, porque el amor, en la concepción
de Carson McCullers, raras veces se da entre iguales. Es
un estado de iluminación, sí, pero también que suele conducir
a la desgracia, pues mezcla lo disímil, lo desemejante,
es decir, lo que tal no debió mezclarse nunca. Pero, ¿quién
puede decidir lo que conviene en un asunto así? La verdadera
historia de amor, escribe Carson McCullers, es la que tiene
lugar en el corazón de los amantes, y ésta nadie sino ellos
pueden llegar a conocerla. El amor en todo caso es una experiencia
en la que siempre conviven lo cómico y lo sublime.[…] No
discuto que pueda haber libros más perfectos, más abarcadores,
más hondos, pero ninguno ha alcanzado la belleza desoladora,
el poder para conmovernos y para helamos el corazón, de
esta novelita de apenas ochenta páginas. Bastaría, de hecho,
que en una catástrofe sólo ella se salvara para que toda
la literatura de este siglo sobreviviera con ese golpe de
fortuna. |
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"Todos los nombres", de José
Saramago. Un pobre oficinista empleado de la
Conservaduría General (el archivo donde se registran las
muertes y los nacimientos), un día se lleva por accidente
una ficha a su casa. Es la ficha de una mujer, en la que
figura la fecha de su nacimiento, su matrimonio y su divorcio
posterior. Parece un hecho irrelevante, pero su vida sufrirá
por él un vuelco irreversible, el que surge al descubrirse
portando es cabeza de más. Tenerla es entrar en el dominio
de las preguntas (y las verdaderas preguntas nunca tienen
respuesta). ¿A quién pertenece esa ficha?, ¿quién es de
verdad esa mujer?, ¿el nombre que nos dieron es de verdad
el nuestro? Estas y otras preguntas harán embarcarse a nuestro
personaje en una extraña investigación, que no sólo le permitirá
descubrir aspectos desconocidos de la mujer, sino encontrarse
con otros hombres y mujeres que le ayudarán a llevarla a
cabo. Su empeño no es una actividad solitaria, sino un despertar
a los otros. Y el mensaje de la novela, a pesar de su atmósfera
lúgubre, tantas veces irrespirable, no puede ser más claro:
no estamos enteramente solos.
Borges tiene un poema que se llama "Los justos", en el que
va nombrando a una serie de personajes insignificantes y
sus acciones modestas: el tipógrafo que compone una buena
página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica
o quiere justificar un mal que le ha hecho. Lo hace animado
por una convicción tan íntima como decisiva, que son ellos
los que sostienen el mundo. A esa nómina nosotros podríamos
sumar los personajes de este libro inolvidable: el oficinista
que se pregunta por la mujer cuyo nombre descubre anotado
en una ficha, el pastor que cambia los números de las tumbas
haciendo ilocalizables a los muertos, el enfermero que nos
venda las rodillas y guarda el secreto de nuestros merodeos
nocturnos, el jefe que se empeña en que el archivo de los
vivos y de los muertos no estén separados, como no lo están
en nuestro corazón. Ellos son los nuevos justos, los que,
sin darse cuenta, sin estar pretendiéndolo, salvan el mundo
cada nuevo día. "Todos los nombres" es la historia de uno
de ellos. Escribiendo sobre el más insignificante de los
hombres, y su segunda cabeza, José Saramago ha escrito el
que es su más hondo y perturbador evangelio. |
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"El
gran Gatsby" de F. Scott Fitzgerald Fue el mejor
cronista de una generación que, como él mismo escribe, "llega
para encontrar a todos los dioses muertos, todas las guerras
acabadas, toda fe en el hombre puesta en duda". Definió
la Edad del Jazz, la prosperidad efecto de la primera Guerra
Mundial y diagnosticó con amargura su inevitable fracaso,
pues la nueva clase que surgiría con el enriquecimiento
terminaría por traicionar todos los ideales de alegre y
generosa jovialidad por su materialismo y su ignorancia.
Esta novela contiene el retrato implacable de esa nueva
clase. Jay Gatsby, su protagonista, es el prototipo de la
persona de clase baja, inmoral e independiente, que quiere
triunfar a toda costa y que finalmente será destruida por
el poder mayor de aquellos a los que trata de imitar, cuya
inmoralidad es superior a la suya. Y sin embargo, Nick,
narrador de esta historia, dotado de una indiscutible perspicacia
para percibir la falsedad y dureza del sistema clasista
americano, no puede dejar de rendirse hacia su indiscutible
encanto. Su aura romántica lo transforma en lo contrario
de los verdaderos ricos, una clase alta casi desde su origen,
sin moral, que carece de posibilidades redentoras. Gatsby
no pertenece a esa clase, o al menos no enteramente. De
hecho, su deseo de riqueza no tiene otra causa que conseguir
el amor de una muchacha. Keats y el romanticismo le han
enseñado a Fitzgerald que la verdad era belleza, pero también
que la vida debe vivirse al instante, porque nada mortal,
y especialmente la belleza y la juventud, puede ser duradero.
El creador sería aquel que trabaja para los demás, de modo
que puedan aprovechar la luz y el brillo del mundo. Y Gatsby
cumple exactamente esa función, la de situarse en ese centro
y devolvernos en forma de sueño lo que antes tomó con precipitación
y avaricia. Y ése es su inequívoco encanto.". |
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