Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 

LIBROS

"Memorias de Africa", de Isak Dinesen Entre los muchos libros que han cambiado mi vida he elegido éste porque lo releí hace poco y volví a emocionarme. Son las memorias de esta danesa, en las que luego se basó la película "Memorias de Africa", y que narra su vida en Kenia durante casi 20 años. Una experiencia que fue bastante dura, con un matrimonio que no funcionaba, una plantación de café que no iba bien y la trágica muerte del amor de su vida. Un periodo desdichado que no reflejan las memorias. Y eso es lo maravilloso, que es un canto impresionante a la vida; leerlo es un regalo en el que se demuestra que, a pesar de todos los problemas, ella disfruta de la vida. Además, como la autora señala: "La misión del poeta en la vida es hacer que los otros confundan ficción y realidad a fin de hacernos felices durante unas horas". Y ella lo consigue.


"La balada del café triste" de Carson McCullers Carson McCullers tiene 24 años y acaba de publicar su primera novela, "El corazón es un cazador solitario". Una conocida revista de entonces, el "Harper's Bazar", le pregunta por los libros que más han influido sobre su vocación de escritora. Y ella les cuenta una historia. Aún es una niña y compra un libro a su hermano pequeño, como regalo de Navidad. Se titula "El niño perdido", y su hermano no debe de encontrar un gran placer leyéndolo pues enseguida abandona esa tarea. Pero hace una cosa. Recortar sus páginas hasta formar un agujero cuadrado en el centro, de forma que, a pesar de que el libro sigue conservando un aspecto normal, en su interior hay un hueco donde guarda una moneda de un centavo y un asno de plomo. Carson McCullers se lo encuentra así la tarde que quiere leerlo. No es un libro enteramente para niños, y desde la primera página siente que va a pasar algo espantoso. Hay una escena al borde de un estanque entre un tonto de pueblo y una criada, escena que tiene como consecuencia un bebé. Y Carson McCullers escribe: "La clave de aquellos acontecimientos desconcertantes parecía haberse perdido en el vacío del agujero central, haciendo mi lectura completamente desquiciante. Durante tres días estuve enviscada en aquel enigma, con una especie de curiosidad escalofriante. Aquel era mi primer contacto literario con el sexo, y durante mucho tiempo lo he asociado con las criadas y los asnos de plomo". Carson McCullers publica "La balada del café triste" diez años después. Y ya en la primera de sus páginas nos presenta a Miss Amelia, su protagonista, una mujer marcada por un destino trágico, que vive aislada en una casa a punto de derrumbarse. Pero esa casa, enseguida nos dice, ha conocido tiempos mejores. De hecho no hubo nada comparable a ella en muchos kilómetros a la redonda, porque albergó un café. Un café con manteles y servilletas de papel, ventiladores eléctricos con cintas de colores, donde los sábados por la noche se celebraban grandes reuniones. Miss Amelia era su dueña, pero la persona que más contribuía al éxito de aquel local era un jorobado a quien llamaban el primo Lymon. Había otra persona ligada a la historia del café, el ex marido de Miss Amelia Un hombre terrible que regresa al pueblo después de cumplir una larga condena en la cárcel, "que causó desastres y volvió a seguir su camino". Pronto nos daremos cuenta de que es el amor de Miss Amelia por el primo Lymon, y todas las preguntas que inevitablemente suscita, el tema central del libro. Un amor casi incomprensible, pues el primo Lymon es un ser diabólico, cuya deformidad, como sucede tantas veces en la obra de Carson McCullers, parece ser el símbolo de la incapacidad de devolver o recibir ningún tipo de amor. Y ciertamente es poco lo que ofrece a cambio, salvo su insobornable egoísmo. ¿Importa? No, porque el amor, en la concepción de Carson McCullers, raras veces se da entre iguales. Es un estado de iluminación, sí, pero también que suele conducir a la desgracia, pues mezcla lo disímil, lo desemejante, es decir, lo que tal no debió mezclarse nunca. Pero, ¿quién puede decidir lo que conviene en un asunto así? La verdadera historia de amor, escribe Carson McCullers, es la que tiene lugar en el corazón de los amantes, y ésta nadie sino ellos pueden llegar a conocerla. El amor en todo caso es una experiencia en la que siempre conviven lo cómico y lo sublime.[…] No discuto que pueda haber libros más perfectos, más abarcadores, más hondos, pero ninguno ha alcanzado la belleza desoladora, el poder para conmovernos y para helamos el corazón, de esta novelita de apenas ochenta páginas. Bastaría, de hecho, que en una catástrofe sólo ella se salvara para que toda la literatura de este siglo sobreviviera con ese golpe de fortuna.


"Todos los nombres", de José Saramago. Un pobre oficinista empleado de la Conservaduría General (el archivo donde se registran las muertes y los nacimientos), un día se lleva por accidente una ficha a su casa. Es la ficha de una mujer, en la que figura la fecha de su nacimiento, su matrimonio y su divorcio posterior. Parece un hecho irrelevante, pero su vida sufrirá por él un vuelco irreversible, el que surge al descubrirse portando es cabeza de más. Tenerla es entrar en el dominio de las preguntas (y las verdaderas preguntas nunca tienen respuesta). ¿A quién pertenece esa ficha?, ¿quién es de verdad esa mujer?, ¿el nombre que nos dieron es de verdad el nuestro? Estas y otras preguntas harán embarcarse a nuestro personaje en una extraña investigación, que no sólo le permitirá descubrir aspectos desconocidos de la mujer, sino encontrarse con otros hombres y mujeres que le ayudarán a llevarla a cabo. Su empeño no es una actividad solitaria, sino un despertar a los otros. Y el mensaje de la novela, a pesar de su atmósfera lúgubre, tantas veces irrespirable, no puede ser más claro: no estamos enteramente solos.
Borges tiene un poema que se llama "Los justos", en el que va nombrando a una serie de personajes insignificantes y sus acciones modestas: el tipógrafo que compone una buena página, el que acaricia a un animal dormido, quien justifica o quiere justificar un mal que le ha hecho. Lo hace animado por una convicción tan íntima como decisiva, que son ellos los que sostienen el mundo. A esa nómina nosotros podríamos sumar los personajes de este libro inolvidable: el oficinista que se pregunta por la mujer cuyo nombre descubre anotado en una ficha, el pastor que cambia los números de las tumbas haciendo ilocalizables a los muertos, el enfermero que nos venda las rodillas y guarda el secreto de nuestros merodeos nocturnos, el jefe que se empeña en que el archivo de los vivos y de los muertos no estén separados, como no lo están en nuestro corazón. Ellos son los nuevos justos, los que, sin darse cuenta, sin estar pretendiéndolo, salvan el mundo cada nuevo día. "Todos los nombres" es la historia de uno de ellos. Escribiendo sobre el más insignificante de los hombres, y su segunda cabeza, José Saramago ha escrito el que es su más hondo y perturbador evangelio.

"El gran Gatsby" de F. Scott Fitzgerald Fue el mejor cronista de una generación que, como él mismo escribe, "llega para encontrar a todos los dioses muertos, todas las guerras acabadas, toda fe en el hombre puesta en duda". Definió la Edad del Jazz, la prosperidad efecto de la primera Guerra Mundial y diagnosticó con amargura su inevitable fracaso, pues la nueva clase que surgiría con el enriquecimiento terminaría por traicionar todos los ideales de alegre y generosa jovialidad por su materialismo y su ignorancia. Esta novela contiene el retrato implacable de esa nueva clase. Jay Gatsby, su protagonista, es el prototipo de la persona de clase baja, inmoral e independiente, que quiere triunfar a toda costa y que finalmente será destruida por el poder mayor de aquellos a los que trata de imitar, cuya inmoralidad es superior a la suya. Y sin embargo, Nick, narrador de esta historia, dotado de una indiscutible perspicacia para percibir la falsedad y dureza del sistema clasista americano, no puede dejar de rendirse hacia su indiscutible encanto. Su aura romántica lo transforma en lo contrario de los verdaderos ricos, una clase alta casi desde su origen, sin moral, que carece de posibilidades redentoras. Gatsby no pertenece a esa clase, o al menos no enteramente. De hecho, su deseo de riqueza no tiene otra causa que conseguir el amor de una muchacha. Keats y el romanticismo le han enseñado a Fitzgerald que la verdad era belleza, pero también que la vida debe vivirse al instante, porque nada mortal, y especialmente la belleza y la juventud, puede ser duradero. El creador sería aquel que trabaja para los demás, de modo que puedan aprovechar la luz y el brillo del mundo. Y Gatsby cumple exactamente esa función, la de situarse en ese centro y devolvernos en forma de sueño lo que antes tomó con precipitación y avaricia. Y ése es su inequívoco encanto.".

Gustavo Martín Garzo © 2001
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