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es cierto que las hadas no existan. Es difícil
verlas, eso es lo que pasa. Y si queréis que
os diga la verdad, casi es mejor así, ya que las
hadas suelen aparecer cuando los niños no son felices.
Por eso todos los cuentos de hadas son tristes, lo cual
no quiere decir que no nos guste escucharlos. Y este cuento
también lo es. Es un cuento tan triste que he tenido
muchas dudas antes de empezar a contároslo. Incluso
había renunciado a hacerlo. Ya me había
levantado del sillón, había cogido mi abrigo,
mi bufanda y mi paraguas y me disponía a marcharme
cuando os he oído protestar desde el dormitorio.
-No,
por favor, no te vayas.
Estabais sentados en la cama y me hacíais todo
tipo de aspavientos para que me quedara. Sobre todo las
niñas, a las que siempre les ha encantado el teatro.
-Puede que os amargue la cena -he vuelto a insistir, aun
sabiendo que sería inútil.
-Nos da igual. Queremos que nos lo cuentes.
De forma que he vuelto a colgar el abrigo en el perchero
y a dejar mi paraguas junto a los bastones, y aquí
estoy empezando otra vez.
2. Cazadoras de almas
Antes
os dije que cualquier historia en la que apareciera un
hada tenía que ver con los pesares de la gente.
Bueno, esto es, entre otras cosas, porque a las hadas
les encantan las lágrimas. No sé si alguna
vez habéis probado las vuestras. Tienen un sabor
sabroso y silvestre, algo así como una mezcla de
sopa de pescado y de agua de lluvia, que es una mezcla
que enloquece a las hadas. Por eso las hadas suelen andar
cerca de los que tienen preocupaciones. Nunca de los que
viven muy bien, y son ricos e importantes, sino de todos
los que son débiles, los niños, las muchachas
enamoradas, de toda la gente que ama con locura algo y
teme perderlo o lo ha llegado a perder.
Pero
aún hay algo que gusta más a las hadas que
las lágrimas: el alma de la gente, especialmente
la de los niños. Y ésa es la razón
de que en nuestro mundo las hadas se vean menos que antes.
Antes estaban alrededor de las casas a todas las horas,
porque los niños morían a millares. Podéis
preguntar a vuestras abuelas, a quienes les tocó
vivir en ese tiempo tan triste. Un tiempo en el que nacían
muchos más niños que ahora, pero en el que
sólo unos pocos tenían la fortuna de crecer
sanos y de llegar a hacerse mayores. Todavía no
se había descubierto la penicilina, ni las vacunas,
y las enfermedades hacían que los niños
murieran como moscas, llenando de tristeza a las familias
y a los pueblos donde habían nacido. Por eso las
hadas se pasaban el día abandonando el bosque donde
suelen vivir y yendo a las casas de los hombres, donde
estaban las mujeres llorando. Lo hacían de una
forma silenciosa, imperceptible, y se llevaban el alma
de los niños que morían. ¿Queréis
saber cómo? Pues estad atentos.
Poco después de la muerte de alguien suele formarse
a su lado un pequeño charco de claridad. No nos
fijamos en él porque aparece debajo de la cama
o en algún lugar escondido de la habitación,
detrás de los muebles o de los cuadros, y, en las
horas siguientes, se va disolviendo hasta que deja de
existir. Ese charco es su alma, que abandona el cuerpo
de los hombres justo en el instante de su muerte, y que,
antes de alejarse para siempre, permanece aún unos
segundos a su lado como despidiéndose del mundo
y de todas las cosas que llegó a conocer y a amar.
Nadie sabe adónde van las almas, cuando esto sucede.
Algunos dicen que llegan a juntarse en algún lugar
del bosque, formando una gran corriente que discurre entre
las copas de los árboles, como un río sin
peso en el que los pájaros se sumergen como lo
hacen los peces en los ríos reales; otros, que
descienden al interior de la tierra, aprovechando los
pozos y las grutas, y que se unen allá abajo en
grandes lagos tranquilos, y que a través de las
raíces de las plantas regresan al bosque en forma
de brotes nuevos, flores y semillas. Otros, que se transforman
en pequeñas llamas, que siguen ardiendo por un
tiempo en los lugares más recónditos, y
que es imprescindible que siempre haya alguna encendida,
pues, si todas llegaran a apagarse a la vez, la vida del
mundo cesaría con ellas. Y otros, en fin, aseguran
que las almas ascienden por el aire y que se reúnen
en un lugar remoto que hay por encima de las nubes. Un
lugar lleno de seres bellísimos, blancos y mansos,
como los copos de nieve, que se encargan de recogerlas,
y que las guardan en grandes cajones, como hacen las amas
de casa con los manteles, las toallas y la ropa de cama.
¿Quién puede saber cuál de ellos
tiene la razón? Puede que la tengan todos, y que
cada alma tenga un destino diferente.
Lo
que está fuera de toda duda es que allí
donde hay un niño que enferma es seguro que un
hada anda husmeando. Las hadas son cazadoras de almas.
Buscan el alma de los niños, la recogen en unas
bolsas que fabrican con hojas de higuera y se la llevan
al bosque. Lo hacen porque les gusta su sabor, que no
recuerda a ninguno de los sabores conocidos del mundo;
pero, sobre todo, porque, al probarla, experimentan como
propios los pensamientos, sueños y recuerdos del
niño que la tenía. Y es esto lo que les
gusta más, pues no hay nada en el mundo que se
pueda comparar en delicadeza y atrevimiento a los pensamientos
de los niños.
Veréis,
las hadas no son tan especiales como suele decirse. Viven
en el bosque, y se confunden con el viento, el agua y
el rumor de las hojas, pero no son demasiado complicadas.
Hacen algo y se olvidan enseguida de ello. No hay nada
en su mundo comparable a los recuerdos. Por eso siempre
andan alrededor de los niños, y les gusta apropiarse
de todo lo que pasa por sus pensamientos. Especialmente
cuando están tristes o melancólicos. Un
niño alegre se parece a los pájaros, a los
conejos que saltan en la hierba, al agua que corre por
los torrentes, pero un niño triste no se parece
a nadie ni a nada. Nada en el mundo, ni el atardecer más
hermoso, ni las auroras boreales o los fuegos de San Telmo,
se le puede comparar, porque es como una isla que guarda
en su interior un secreto. Suele decirse que las hadas
son unos seres ordenados que andan por el mundo concediendo
favores a los niños obedientes y un poco cursis,
pero esto no es cierto. Hacedme caso. La verdadera historia
de las hadas es la que os estoy contando yo...
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