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UN MUSEO ÚNICO

A comienzos de los noventa nos mudamos junto a los soportales de la Fuente Dorada y el mercado del Val, que es donde vivimos ahora. Para llegar a la nueva casa hay que recorrer la calle de las Platerías, que es la calle más delicada y armoniosa de Valladolid, y la más admirada por aquellos viajeros que en los siglos XVI y XVII llegaron a comparar Valladolid con la ciudad de Siena. Sí, me digo siempre que voy por esa calle, Valladolid es igualita que Siena. Sé que se trata de una exageración dictada por el amor, pero no me importa. Puede que Valladolid no sea una ciudad muy hermosa ni muy amable, pero tampoco es lo que parece a simple vista. Hay en ella otra ciudad, una ciudad secreta. La ciudad a la que Miguel Delibes ha entregado su vida y en la que Rosa Chacel soñó con un ángel de sangre, la ciudad de las manifestaciones antifranquistas, la ciudad que dejó incompleta su catedral y que celebra en su escudo los cinco incendios que la destruyeron. La ciudad que ha imaginado un museo, único en el mundo, para preguntarse por qué la vida es inseparable del dolor, y en la que Francisco Pino escribió desde el pequeño despacho de su tienda de telas: "Verdadero poeta / es aquel que no ha estado vivo nunca, / pero ha vivido siempre, sin ser parido, ahogado / y sonríe". Antes he citado "Mister Arkadin", la película de Orson Welles. Hay en ella una escena rodada en ciudades distintas que por obra del montaje se percibe como un paseo de sus protagonistas por un único lugar. Creo que en la vida no sucede otra cosa, y que todas las ciudades en que hemos vivido se superponen y coexisten, haciendo que hasta el más elemental de nuestros gestos pueda proyectarnos a tiempos y espacios insospechados. Vamos por una calle cualquiera y de pronto estamos en otra por la que anduvimos 20 años atrás. Ayer mismo, por ejemplo, volví a ver el caballo electrocutado. Estaba tumbado en la acera, en el mismo lugar en que lo hallé de niño, y la visión me pareció tan real que a punto estuve de inclinarme sobre él para acariciarle la frente como había visto hacer a mi madre. Luego, cuando me disponía a abrir la puerta de casa, llevaba una piña en la mano. Todo esto es bastante raro, y pensar en ello, como pueden ustedes suponer, suele ocupar una parte importante de mi tiempo. A nadie puede extrañarle que haya decidido quedarme aquí todavía unos años más tratando de comprender algo de lo que me sucede.

GUÍA PERSONAL DE VALLADOLID

1. EL MUSEO DE ESCULTURA Visita imprescindible que permitirá al viajero contemplar las turbadoras tallas de Berruguete, Pedro de Mena, Juan de Juani y, sobre todo, de Gregorio Fernández. El pequeño lienzo de Zurbarán con el paño de la Verónica, situado junto al Cristo yaciente de Gregorio Fernández, resume su profundo misterio. Su blancura es la del rostro borrado del dolor.

2. EL PASAJE GUTIÉRREZ Nosotros lo llamábamos la calle con techo, y es un ejemplo de los pasajes comerciales que se hicieron habituales en las principales ciudades europeas desde mediados del siglo XIX. Su peculiar situación entre dos calles recoletas y estrechas le hacía difícilmente localizable, y su encuentro casi siempre azaroso constituía para los niños vallisoletanos un motivo renovado de sorpresa y asombro.

3. EL CAMPO GRANDE Situado en el centro mismo de la ciudad, sus paseos y fuentes han sido asiduamente visitados por generaciones de parejas vallisoletanas. Tiene un pequeño estanque con un barquero que, llegado el buen tiempo, pasea a los niños, y una pequeña fauna, patos, ocas, ardillas, entre la que destacan sus míticos pavos reales.

4. EL LARGO ADIÓS Café situado junto a la catedral, ha sido durante los últimos 20 años cita de intelectuales y artistas vallisoletanos. Fue blanco durante la transición de ataques por parte de las bandas fascistas, y como hecho memorable entre los muchos que entonces tuvieron allí lugar se cuenta que una vez llegó a entrar un caballo. Un caballo que avanzó solo e impávido hasta el interior del local, y al que los camareros dieron solícitos de beber en un balde.

5. EL RÍO PISUERGA Nadie debe visitar Valladolid sin rendir tributo al Pisuerga. Es aconsejable hacerlo desde el puente Colgante, su puentes más hermoso. Valladolid es tierra de escritores. Rosa Chacel, Miguel Delibes, Jorge Guillén, Francisco Umbral, José Jiménez Lozano, Francisco Pino, han escrito sobre ella, y ninguno ha olvidado citar al río Pisuerga, que siempre fue un río apacible y hermoso, amigo de las nieblas y de los solitarios.

El País, domingo 31 de octubre de 1999]

 

 

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