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GUÍA
PERSONAL DE VALLADOLID
1. EL MUSEO DE ESCULTURA Visita imprescindible que
permitirá al viajero contemplar las turbadoras tallas de
Berruguete, Pedro de Mena, Juan de Juani y, sobre todo,
de Gregorio Fernández. El pequeño lienzo de Zurbarán con
el paño de la Verónica, situado junto al Cristo yaciente
de Gregorio Fernández, resume su profundo misterio. Su blancura
es la del rostro borrado del dolor.
2.
EL PASAJE GUTIÉRREZ Nosotros lo llamábamos la calle
con techo, y es un ejemplo de los pasajes comerciales que
se hicieron habituales en las principales ciudades europeas
desde mediados del siglo XIX. Su peculiar situación entre
dos calles recoletas y estrechas le hacía difícilmente localizable,
y su encuentro casi siempre azaroso constituía para los
niños vallisoletanos un motivo renovado de sorpresa y asombro.
3.
EL CAMPO GRANDE Situado en el centro mismo de la ciudad,
sus paseos y fuentes han sido asiduamente visitados por
generaciones de parejas vallisoletanas. Tiene un pequeño
estanque con un barquero que, llegado el buen tiempo, pasea
a los niños, y una pequeña fauna, patos, ocas, ardillas,
entre la que destacan sus míticos pavos reales.
4. EL LARGO ADIÓS Café situado junto a la catedral,
ha sido durante los últimos 20 años cita de intelectuales
y artistas vallisoletanos. Fue blanco durante la transición
de ataques por parte de las bandas fascistas, y como hecho
memorable entre los muchos que entonces tuvieron allí lugar
se cuenta que una vez llegó a entrar un caballo. Un caballo
que avanzó solo e impávido hasta el interior del local,
y al que los camareros dieron solícitos de beber en un balde.
5.
EL RÍO PISUERGA Nadie debe visitar Valladolid sin rendir
tributo al Pisuerga. Es aconsejable hacerlo desde el puente
Colgante, su puentes más hermoso. Valladolid es tierra de
escritores. Rosa Chacel, Miguel Delibes, Jorge Guillén,
Francisco Umbral, José Jiménez Lozano, Francisco Pino, han
escrito sobre ella, y ninguno ha olvidado citar al río Pisuerga,
que siempre fue un río apacible y hermoso, amigo de las
nieblas y de los solitarios.
El
País, domingo 31 de octubre de 1999]
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