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-De
su último libro "Una miga de pan", ¿podemos
decir que es libro para ser contado, para recuperar el valor
de la tradición oral, de los cuenta-cuentos?
No se escriben los libros con ningún propósito
determinado. Surge una historia, y la quieres contar porque
hay algo en ella que te resulta necesario o placentero.
Lo que tal vez distingue "Una miga de pan" del
resto de mis libros es que, por primera vez, tuve claro
mientras lo escribía que mi interlocutor era un niño.
Es decir, que era una historia que estaba contando a los
niños. Supongo que es eso lo que le hace ser un cuento,
y acercarle al mundo de la literatura oral. <br>
-Cuando ya no somos niños, estamos muertos. ¿Lo
ha dicho usted?
Es una frase de Brancusi, que comparto plenamente, a pesar
de su exageración. Creo que la etapa más radiante
e intensa de la vida es la infancia. Tal vez por que el
niño, como el amante, vive en el mundo de la posibilidad.
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-¿La nostalgia de la niñez
quizá sea lo que le haga escribir?
No me gusta la nostalgia, ni tampoco idealizar a los niños.
El niño es un ser complejo, agitado por numerosos
conflictos, y la infancia está llena de angustias
e incertidumbres. Pero puede que haya dos tipos de personas,
los que dejan sin problemas su infancia atrás, y
los que no pueden hacerlo por mucho que se empeñen.
Yo pertenezco al segundo.
.-Después
de obtener el premio Nadal, ¿ha sentido la angustia
de la siguiente novela, si estaría o no a la altura
de las circunstancias?
Ese temor existe siempre con cada nuevo libro. Escribir
es una tarea muy compleja, y el escritor nunca sabe si está
acertando o no. Por eso necesita el contacto con el lector.
Claro que también los lectores se equivocan. Un libro
puede fracasar porque el escritor no acertó al escribirlo,
pero también porque sus lectores no supieron leerlo
como debían.
-Su experiencia como psicólogo
¿ha jugado un papel importante a la hora de caracterizar
o profundizar en sus personajes?
Yo creo que no, o al menos no de forma significativa. No
es el escritor quien debe ir en busca de sus personajes,
son éstos los que tienen que venir a él y
entregarle sus pensamientos.
-Nadie habla de las enfermedades
del alma pero son las más terribles de todas... Ha
dicho.
Sí, es verdad. Son las más terribles, porque
el alma es como un ardilla, no puede parar quieta en ningún
lugar. Su misión es unir, tender lazos. Y cuando
enferma, no hace nada de esto y el hombre pierde esa capacidad
maravillosa dialogar consigo mismo y con las otras criaturas
del mundo.
-En su obra "El amigo de las
mujeres" usted afirma: "Las chicas son mucho más
listas, los chicos andan como becerros, no saben qué
hacer". En otras novelas suyas se percibe también
una admiración hacia el sexo femenino, como si el
masculino padeciera todas las carencias que se le han atribuido
históricamente a las mujeres.
Debe ser por la ley de la compensación. Bueno, es
una broma. Pero le voy a contar algo. A mi de pequeño
me gustaban muchísimos los tebeos de aventuras y
de héroes justicieros. Menos unos que se llamaban
"Hazañas bélicas". Eran historias
de la Segunda Guerra Mundial, y si jamás me interesaron
lo más mínimo, era porque en ellos no había
personajes femeninos. Para que algo me interese debe haber
mujeres por medio. Creo que sólo vivo para mirarlas
y estar a su lado, y por supuesto, todo lo que escribo tiene
que ver de una forma u otra con ellas. No sé por
qué me pasa esto, pero es así. Mark Twain
tienen una frase maravillosa, referida a Eva. "Donde
ella estaba, estaba el paraíso". La suscribo
plenamente. Las mujeres llevan el paraíso consigo.
-En "Las historias de Marta y Fernando", dice
que la felicidad no es simple, sino que está llena
de sombras y misterios.
Sí, cuando más hermosura percibimos en algo,
mayor es el sentimiento que tenemos de su vulnerabilidad.
La belleza es una cualidad de lo que tiene que morir.
-A través de la prosa usted, lentamente, con extrema
delicadeza, va narrando la historia de Marta y Fernando.
¿Hay algún tipo de seducción en esta
forma de narrar entre el autor y el lector anónimo?
El
escritor, claro, debe seducir al lector. Contar algo atractivo
y hacerlo de una forma oscura y luminosa a la vez. Un perverso
con un corazón candoroso. No sé si es posible
algo así, pero ese sería el mejor narrador.
-Por
último, ¿por qué siempre los niños
lanzan migas de pan a los estanques?
Quieren que los animales que conocen, patos, ocas, peces,
se acerquen a ellos. Pero también convocar esa vida
escondida que siempre late en el interior de los lagos y
de los pozos. Lanzar una miga es como preguntar ¿anda
alguien por ahí?
Este
texto ha sido realizado a partir de fragmentos tomados de
las siguientes entrevistas.
Rosa Mora. "Babelia". 24 de junio de 1995.
Mihály Dés. "Lateral". Mayo de 1996.
Gregorio García Maestro. "La Razón". 11 de febrero de 1999.
Paula Izquierdo. "La Esfera". 26 de junio de 1999.
"Telva" nº 65.
Ignacio Vidal Folch. "La Vanguardia". 27 de marzo de 1996.
Javier Goñi. "El País". 20 de noviembre de 1994.
Nuria Azancot. "El Cultural". 16 de mayo de 1999.
Xavier Moret. "El País". 3 de noviembre de 1997.
Carlos Otero. "El Periódico". 28 de diciembre de 1994. |