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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial

 

::UNA OBRA INTENSA::

En su obra abundan las imágenes insólitas.

Es cierto que, cuando concluí "El lenguaje de las fuentes", me pregunté si a lo mejor determinadas escenas podían molestar, pero creo que es un texto muy respetuoso hasta con la misma historia que se narra en los Evangelios. Creo que no existe ánimo de provocar por una razón muy sencilla, porque en el fondo esos personajes que trato, los concibo como extraídos de un cuento escuchado en mi infancia.

También refleja usted momentos de gran intensidad… ¿Intensidad perversa, malvada?

De todo tipo. En la medida que existe el deseo existe también la necesidad de darse, aunque para ello sea necesario sentir la necesidad de robar, hurtarle al otro lo más valioso hasta satisfacer la entrega. Me gustan particularmente los ladrones porque reflejan una carencia que tratan de suplir, condición aplicable al amante como al escritor; ambos son atraídos por algo valioso y tratan de impedir que se les escape.

"El lenguaje de las fuentes" se inicia con el recuerdo de las muertes de Cristo y de María; "Marea oculta" concluye con la noticia de la muerte de J. F. Kennedy. ¿Qué significan estas referencias?

En efecto, en ambas novelas los protagonistas responden al perfil de lo que denominaba Elías Canetti el superviviente, esa figura llena de vergüenza y dolor por haber sobrevivido a todos sus seres amados.

¿Se puede escribir un cuento de hadas a finales del siglo XX?

Creo que sí. "La princesa manca" tiene un sentido muy biográfico para mí, surge en un momento especial: cuando mis dos hijos empiezan a hacerse un poco mayores. Escribí este libro tratando de contar todo lo que ha sucedido en mi casa desde que ellos eran pequeños, quizá para que no lo olviden. Me he limitado a contar lo que ha sucedido durante ese tiempo, porque estoy convencido de que una casa con niños pequeños es uno de los grandes dones que uno puede recibir en esta vida.

En "La princesa manca", un jardinero le cuenta al rey una de esas historias "que pueden trastornar para siempre el corazón de las que los escuchan". ¿Algún libro le ha trastornado hasta tal punto?

Muchos. Kafka es el autor por excelencia que tiene esa capacidad de perturbarnos. Kafka dijo que un libro debe ser como una puñalada en la espalda. Y tiene razón, la literatura no sirve para amueblar nuestra vida, para hacerla más grata, sino fundamentalmente para introducir una inquietud, lo que no quiere decir que esa inquietud no te acerque muchas veces a la propia felicidad.

En sus libros los personajes femeninos, sus sensaciones, sus pensamientos, su mirada, tienen importancia decisiva, pero en "La vida nueva" el mismo narrador es una mujer. ¿Un "tour de force"?

Sólo al final me di cuenta de que había asumido un riesgo, y parece un riesgo enorme, aunque no me supuso un esfuerzo especial. Pero cuando entras en situación todo eso empieza a fluir y parece que sepas más cosas de las que creías saber. Es bueno vivir en cierta ignorancia: misteriosamente uno se pone en comunicación con las cosas. En alguna forma mis personajes son como muertos. Solamente son algo en la medida que están viendo algo. No tienen nada que decir, nada que aportar; sólo esa mirada, esa distancia y ese descubrimiento. Hay una frase maravillosa de Pirandello que decía que "hay que aprender a mirar con los ojos que ya no están". Imagínate, ¿cómo miraría las cosas un muerto, que tuviera alguna forma de regresar al mundo? Imagínate la intensidad que puede haber en su mirada.
Como en "Fanny y Alexander", de Bergman, cuando el padre muerto vuelve. ¡Cómo anda por la casa! Es cuando contempla todos esos lugares en los que ha vivido y los contempla sabiendo que ya nunca va a poder estar en ellos. Entonces cualquier cosa, cualquier objeto que se encuentra -y no digamos nada de las personas a las que está unido-, pero un simple objeto: un sofá, una lámpara, un vaso…, desde los ojos de alguien que regresa de la muerte y sabe que nunca va a poder tomar ese vaso, que nunca se va a poder sentar en ese lugar, que nunca va a poder acariciar a esa persona que ha querido…¿cómo se ve todo eso? Hay ahí una mirada más impresionante, más intensa. Hay que olvidarse de todo. Como en esa parábola que dice que no basta con encerrarse en un cuarto, hay que sentarse, y no basta con estar sentado, hay que estar delante de una mesa, y esta mesa no debe tener de nada, y a ser posible debe estar a oscuras, y no basta que el cuarto esté a oscuras, sino que el que está allí debe meter su cabeza en sus brazos y tumbarse sobre la mes y no oír, no ver nada, no sentir nada… y en ese instante ya de despojamiento absoluto el mundo vuelve a mí.
Si yo desaparezco hago que todo lo demás aparezca. Porque mi presencia conlleva siempre una especie de interferencia, que hace que las demás cosas no se vean. Porque ya significan algo; tienen que ver con el mundo de la necesidad, con el mundo del deseo, de la sexualidad…

 

Gustavo Martín Garzo © 2001
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