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En
su obra abundan las imágenes insólitas.
Es
cierto que, cuando concluí "El lenguaje de las fuentes",
me pregunté si a lo mejor determinadas escenas podían molestar,
pero creo que es un texto muy respetuoso hasta con la misma
historia que se narra en los Evangelios. Creo que no existe
ánimo de provocar por una razón muy sencilla, porque en
el fondo esos personajes que trato, los concibo como extraídos
de un cuento escuchado en mi infancia.
También
refleja usted momentos de gran intensidad… ¿Intensidad perversa,
malvada?
De todo tipo. En la medida que existe el deseo existe también
la necesidad de darse, aunque para ello sea necesario sentir
la necesidad de robar, hurtarle al otro lo más valioso hasta
satisfacer la entrega. Me gustan particularmente los ladrones
porque reflejan una carencia que tratan de suplir, condición
aplicable al amante como al escritor; ambos son atraídos
por algo valioso y tratan de impedir que se les escape.
"El
lenguaje de las fuentes" se inicia con el recuerdo de las
muertes de Cristo y de María; "Marea oculta" concluye con
la noticia de la muerte de J. F. Kennedy. ¿Qué significan
estas referencias?
En efecto, en ambas novelas los protagonistas responden
al perfil de lo que denominaba Elías Canetti el superviviente,
esa figura llena de vergüenza y dolor por haber sobrevivido
a todos sus seres amados.
¿Se puede escribir un cuento de
hadas a finales del siglo XX?
Creo
que sí. "La princesa manca" tiene un sentido muy biográfico
para mí, surge en un momento especial: cuando mis dos hijos
empiezan a hacerse un poco mayores. Escribí este libro tratando
de contar todo lo que ha sucedido en mi casa desde que ellos
eran pequeños, quizá para que no lo olviden. Me he limitado
a contar lo que ha sucedido durante ese tiempo, porque estoy
convencido de que una casa con niños pequeños es uno de
los grandes dones que uno puede recibir en esta vida.
En "La princesa manca", un jardinero
le cuenta al rey una de esas historias "que pueden trastornar
para siempre el corazón de las que los escuchan". ¿Algún
libro le ha trastornado hasta tal punto?
Muchos.
Kafka es el autor por excelencia que tiene esa capacidad
de perturbarnos. Kafka dijo que un libro debe ser como una
puñalada en la espalda. Y tiene razón, la literatura no
sirve para amueblar nuestra vida, para hacerla más grata,
sino fundamentalmente para introducir una inquietud, lo
que no quiere decir que esa inquietud no te acerque muchas
veces a la propia felicidad.
En sus libros los personajes femeninos,
sus sensaciones, sus pensamientos, su mirada, tienen importancia
decisiva, pero en "La vida nueva" el mismo narrador es una
mujer. ¿Un "tour de force"?
Sólo
al final me di cuenta de que había asumido un riesgo, y
parece un riesgo enorme, aunque no me supuso un esfuerzo
especial. Pero cuando entras en situación todo eso empieza
a fluir y parece que sepas más cosas de las que creías saber.
Es bueno vivir en cierta ignorancia: misteriosamente uno
se pone en comunicación con las cosas. En alguna forma mis
personajes son como muertos. Solamente son algo en la medida
que están viendo algo. No tienen nada que decir, nada que
aportar; sólo esa mirada, esa distancia y ese descubrimiento.
Hay una frase maravillosa de Pirandello que decía que "hay
que aprender a mirar con los ojos que ya no están". Imagínate,
¿cómo miraría las cosas un muerto, que tuviera alguna forma
de regresar al mundo? Imagínate la intensidad que puede
haber en su mirada.
Como en "Fanny y Alexander", de Bergman, cuando el padre
muerto vuelve. ¡Cómo anda por la casa! Es cuando contempla
todos esos lugares en los que ha vivido y los contempla
sabiendo que ya nunca va a poder estar en ellos. Entonces
cualquier cosa, cualquier objeto que se encuentra -y no
digamos nada de las personas a las que está unido-, pero
un simple objeto: un sofá, una lámpara, un vaso…, desde
los ojos de alguien que regresa de la muerte y sabe que
nunca va a poder tomar ese vaso, que nunca se va a poder
sentar en ese lugar, que nunca va a poder acariciar a esa
persona que ha querido…¿cómo se ve todo eso? Hay ahí una
mirada más impresionante, más intensa. Hay que olvidarse
de todo. Como en esa parábola que dice que no basta con
encerrarse en un cuarto, hay que sentarse, y no basta con
estar sentado, hay que estar delante de una mesa, y esta
mesa no debe tener de nada, y a ser posible debe estar a
oscuras, y no basta que el cuarto esté a oscuras, sino que
el que está allí debe meter su cabeza en sus brazos y tumbarse
sobre la mes y no oír, no ver nada, no sentir nada… y en
ese instante ya de despojamiento absoluto el mundo vuelve
a mí.
Si yo desaparezco hago que todo lo demás aparezca. Porque
mi presencia conlleva siempre una especie de interferencia,
que hace que las demás cosas no se vean. Porque ya significan
algo; tienen que ver con el mundo de la necesidad, con el
mundo del deseo, de la sexualidad… |