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¿Qué
pretende transmitir con sus obras?
En un principio no pretendo transmitir nada definido. Creo
que existe el deseo de contarme a mí mismo una historia
que todavía no sé muy bien cuál es. Yo nunca tengo ideas,
son más bien imágenes, escenas, o un personaje haciendo
algo. Escribir es enterarte de la historia que quieres contar.
Al tiempo que escribo, soy el primer lector de ese libro.
Para
no tener claro qué pretende contar, sí sabe definir, en
cambio, una realidad anómala.
Es
verdad. Me atraen hechos ante cuya naturaleza los personajes
no tienen nada que hacer. La vida concibe una dimensión
incomprensible en la que converge lo maravilloso junto con
lo terrorífico y esto es así porque el espectáculo de la
realidad es mucho más complejo de lo que la razón puede
abarcar. Mis personajes se encuentran sumidos en una perplejidad
temblorosa ante lo inevitable. Ese "temblor" con el que
Ana María Moix definió la esencia de mis historias.
Empezó,
supongo, como poeta
Empecé en la adolescencia escribiendo poesía, hasta que
comprendí que aquello no estaba hecho para mí.
¿A la poesía, hay que saber abandonarla
o es ella la que te deja colgado?
Es
ella, es ella. Me encantaría escribir buenos poemas. Creo
que la expresión máxima de lo literario es la palabra poética
y, de hecho, sigo siendo un gran lector de poemas, y los
leo con envidia; cómo son capaces de decir tal cantidad
de cosas con tan pocas palabras, cosas que a un novelista,
a mí al menos, le llevan folios y folios.
Poeta o novelista, ¿se escribe
por un sentimiento de carencia, por conseguir el retorno
de lo perdido?
Se escribe porque no estás contento con la vida que llevas
y porque tienes el sentimiento de que siempre hay una vida
detrás, algo que en ésta no termina de realizarse. Y en
este sentido, sí, el escritor es un poco como el amante,
es el ladrón que siente que le falta algo, aunque a veces
no sepa qué, e intenta obtenerlo al precio que sea.
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