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Julia está en la cárcel porque ha asesinado a su
prima Olga. Allí se niega a comer y se muestra indiferente
ante la posibilidad de obtener un indulto. En las
distintas fases de su delirio recuerda su infancia
feliz con su madre y su apasionada y destructiva
relación con Carlos, un hombre casado al que ha
alejado de su vida. Así como en la "Vita Nuova"
Dante cuenta la interiorización progresiva de su
amor por Beatriz, en este libro Julia describe todas
sus experiencias dejando penetrar al lector en su
vida y sus sueños, verdaderas encarnaciones de las
alegorías dantescas. Una desgarrada reflexión sobre
la naturaleza del sentimiento amoroso, basada en
la certeza de que el amor es algo que se nos da,
un don radicalmente extraño al amante, que le exige
realizar un salto a un exterior amenazante y oscuro.

Más
que una historia de amor/desamor, "La vida nueva"
propone una reflexión desgarrada sobre la naturaleza
del sentimiento amoroso. Según Julia, quien narra
en primera persona, el amor es algo desconocido,
incluso raro, que nos llega inopinadamente de fuera,
conmociona los cimientos de nuestra vida y exige
sin más disponibilidad absoluta y plena adaptación
a sus exigencias. Tiene por ello un componente de
amenaza al no poder dominarlo y atentar contra el
libre albedrío de quien sucumbe a él, lo que en
ocasiones da lugar a un repliegue que en definitiva
se traduce en incomunicación. Queda sólo el recuerdo
lacerante, obsesivo, que agranda el sentido de la
pérdida y la distancia cósmica que separa la realidad
escueta de la fantasía onírica que la magnifica.
[...]
"La vida nueva" es asimismo un relato costumbrista
en una ciudad provinciana, recreada con líneas muy
simples que recuerda la estética geométrica de Klee,
en los años que median entre la posguerra y una
vaga actualidad. ¿De qué manera encaja Martín Garzo
las diferentes espirales temáticas en la unidad
de un texto que se caracteriza por ser breve y ameno,
cuya intensidad nunca agobia? En primer lugar conjugando
con maestría la realidad con los varios sueños del
personaje, hasta imbricarlos en un orden cotidiano
que enriquece el desenvolvimiento realista de la
narración.
Pero es que, al mismo tiempo, de la alianza de ambos
elementos surge una tal abundancia de imágenes,
metáforas, alegorías y parábolas, que al fin el
relato nos va pareciendo inmaterial, como evanescente,
y acaba por imponer al lector su oculta naturaleza
simbólica. Incluso la vertiente costumbrista, si
se quiere anodina, de repente cobra un significado
al menos inquietante. Entonces uno tiene la impresión
de que la historia fragmentada de la mujer asida
a su memoria de los sentimientos tiene un a doble
o triple lectura y que todas ellas, en conjunto
o por separado, describen sin titubeos la misteriosa,
profunda y escandalosa conmoción primaria de la
vida.
En estos momentos otros autores modernos buscan
nombrar lo mismo replegándose en lo subjetivo, pero
Martín Garzo lo consigue sin esfuerzo aparente para
el lector. Después de transitar por este libro,
estoy convencido de que su aportación a la narrativa
española de ahora consiste en proponer y desarrollar
con éxito una poética de la novela. En ninguna de
sus obras hay atisbos de experimentación siquiera
formal, ni oscuros entramados que dificulten la
compresión absoluta del texto. Al contrario, su
mayor rasgo distintivo es la precisión, el rigor,
la hermosa naturalidad del lenguaje que maneja.
El atributo está, pues, en otra parte. Al igual
que hizo Kafka en su tiempo, Martín Garzo incorpora
al discurso novelístico recursos que son substanciales
de la poesía y gracias a ellos logra trascender,
por encima pero sobre todo por debajo, los límites
del realismo, o sea, de las estricta realidad que
se doblega a lo efímero y lo mediocre. Creo que
esa es la originalidad de su talento creador, y
la clave del interés que despierta cada nuevo título
donde su mirada abierta de poeta se asoma e interroga
los vacíos de quien se fragua en la propia soledad.
Robert Saladrigas en "La Vanguardia".
22 de marzo de 1996.

Publicado
en italiano por Frassinelli
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