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Hubo un tiempo en el que en la isla de Creta existió el minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro que vivía en un laberinto y se nutría de la sangre de los jóvenes que le eran entregados en sacrificio. Sólo el valor del joven Teseo y la astucia de la hermosa Ariadna, que le entregó un ovillo de hilo para que se adentrara en el laberinto y pudiera luego volver, lograron acabar con la vida de esta criatura y liberar a los habitantes de la isla.
Eso cuenta la leyenda, pero Martín Garzo tuerce los hilos de la tradición para darnos su versión de la vida de Bruno, el monstruo. Así descubriremos el palacio de Creta, un lugar donde todo era posible y el deseo se casaba con la abundancia. Ahí conoceremos a Ariadna, la hermana gemela de Bruno, y a las otras doncellas que alegraban los días del joven. También sabremos de Artífice, el constructor del laberinto, y de Nómada, el contador de historias. Así, desde el nacimiento de Bruno hasta su muerte, vamos a oír de la boca de Ariadna una historia donde los vivos dialogan con el más allá y los animales hablan, los muñecos tienen corazón de hombre y las mujeres siguen el rastro de su propia locura por un jardín dorado donde el tiempo no tiene ley y el dolor descansa.
Con estos elementos tan dispares Martín Garzo vuelve al mundo mítico de El lenguaje de las fuentes y nos cuenta historias mágicas donde el horror y la ternura andan de la mano gracias a su gran talento de narrador.

1. La casa muerta
No ha podido existir un niño más hermoso. Era el sol cuando
se esconde, era el potro que se encabrita en el prado,
era el becerro negro. Sus ojos eran bravíos y reservados como
los de las fieras y cuando corría a tus brazos las antorchas arrancaban
de su mirada reflejos de oro. Fuimos hermanos mellizos.
Nuestro nacimiento tuvo consecuencias fatales para mi madre, que
murió del parto unas semanas después. Se ha dicho que, tras ver a su
hijo, pidió que arrojaran su cuerpo a las fieras, pero esto no es cierto.
Estaba enferma y apenas podía mantenerse en pie, pero iba al
cuarto donde dormía mi hermano y se quedaba mirándolo como habría
hecho con el cachorro de un león.
Quién sabe qué pasaba entonces por su cabeza, en qué oscuros
hechos de su pasado se detenía. Puede que en su colección de autómatas,
puede que en su trato con las hechiceras de las montañas, o en
aquellos animales blancos de los que le gustaba estar rodeada, puede
que en alguno de sus numerosos amantes. Nuestra madre era caprichosa,
como todas las mujeres, como todas las reinas. Eso es ser reina,
que te sean concedidos los caprichos. ¿Quién renunciaría a la luna
si tuviera el poder de hacérsela traer? Ella tenía ese poder, y no se
cansaba de pedir. Pedía a los hombres caricias, al corazón palabras, a
la vida deleites y maravillas. Pero pedir es exponerse, y mi madre sabía
que la vida es extraña, que los deseos son extraños. ¿Por qué ha-
bría de sorprenderse de que naciera de su vientre un ser como Bruno?
Es verdad que no se parecía a los otros niños, pero tampoco los
reyes son como el común de los mortales y sin embargo son venerados
por ellos. Mi hermano era un ser extraordinario, no importa lo
que luego se dijera de él.
Bruno, ese fue el nombre que le di. Desde que era niña me gustó
inventarme los nombres. A un esclavo muy dulce, cuyo aliento recordaba
el aroma de las guirnaldas, le llamé Azafrán; a un viejo chambelán,
con la barba pulida y blanca, Tiempo; a una criada ladrona, cuya
boca se abría como una bolsa vacía, Morral. No me gustan los nombres
propios porque nos separan del mundo, nos hacen creer que somos
distintos a las cosas y a los seres que viven en él. Y eso no es cierto.
Todos los animales tienen su lengua secreta, y hasta los objetos
más minúsculos, la cuchara, por ejemplo, con que tomamos la sopa,
o el toro de cristal que las muchachas llevan al cuello y que consideran
su talismán, están llenos de vida. Y eso hago yo, dar a hombres y
mujeres los nombres de las cosas. Recoger esa vida que no nos pertenece
y transformarla en palabras que podemos guardar u ofrecer.
Llamé Bruno a mi hermano porque nació con el rostro cubierto
de vello. Era un vello muy suave que con el tiempo se fue volviendo
negro, hasta oscurecerlo por completo. Es eso lo que significa su
nombre, moreno, oscuro, negro. Sin embargo sus ojos eran dulces,
brillantes, con destellos dorados. Recordaban los de un gato, perezosos
y sin malicia hasta el instante mismo de la acometida.
No nos separábamos nunca. Era como si fuéramos en un carro
que avanzaba por el sendero de un bosque y uno viviera dentro de la
luz y el otro dentro de las sombras. Recuerdo que una tarde nuestra
nodriza le compró a un nubio una jaula de pajarillos de los lagos de
brillante plumaje y la dejó en su cuarto mientras dormía. Teníamos
entonces tres años y, al despertarse, mi hermano se quedó mirando
aquellas preciosas criaturas como preguntándose de dónde podían
venir. Pero la puerta de la jaula estaba rota y esa misma tarde los pajarillos
se escaparon. Nunca he visto mayor desconsuelo. Se quedó
una semana entera sin comer, tirado en el suelo, apretando la jaula
contra su pecho, y todo lo que intentábamos para distraerle resultaba
inútil. Creo que se pasó la vida esperando que aquellos pájaros volvieran,
que esa jaula vacía era su propio corazón.
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1. Los judíos piensan que debemos ser juzgados por nuestras acciones, pero que en nuestros pensamientos somos libres. Las palabras en el corazón no son palabras, se lee en un salmo de David. Esas palabras no dichas hablan de nuestros deseos. No se confunden con las palabras del día, las palabras de nuestra razón. Son las palabras de la intimidad, las palabras que los niños susurran a sus juguetes o los vivos a los muertos que siguen recordando. También las palabras del amor, pues en el amor, como ha escrito Juan José Millás, hablamos a otros que nos habitan. El amor es abrirles la puerta, darles de comer, prepararles un cuarto. Escuchar sus historias, aunque corramos el riesgo de quedar hechizados por ellas. El amor es recibir a los mensajeros.
2. Esta novela habla de esos mensajeros del amor. Habla pues de la vida, del diálogo con las otras criaturas del mundo. Eros es el dios del deseo, que es unión, intercambio, metamorfosis, pues cada cuerpo deseado nos pide una transformación, un cuerpo nuevo hecho a su medida. Un cuerpo alado o lleno de llamas. A ese cuerpo que se transforma con el deseo alude la frase de Borges que abre el libro: Yo he sido un niño, una muchacha, una zarza, un pájaro y un mudo pez que surge del mar.
3. Es lo que pasa en el hermoso romance del conde Niño. Los amantes para superar los obstáculos que les separan se van trasformando en criaturas que se lo permiten. Y son rosales, espinos blancos, palomas y halcones. De ese mundo de transformaciones sin cuento habla mi novela.
4. Hablar de ese mundo es hablar de la Edad de Oro, en que todo se regía por la ley de las correspondencias. En El Cantar de los Cantares los dos amantes se vuelven cada uno al cuerpo del otro como a un huerto lleno de frutos. Hablan de mirra, de vino, de mandrágoras y de corderos pastando, de grano y colmenas rebosantes de miel. Amar a alguien es regresar a ese mundo de las correspondencias. “Peregrinó mi corazón y trajo / de la sagrada selva la armonía”, escribió Rubén Darío. Esa armonía habla del Jardín del Edén, del Monte Santo descrito por el profeta Isaías.
En él, la víbora jugaba con el niño en su cuna, el lobo pastaba junto al cordero, los animales eran compañeros de los hombres. Había ríos de miel, frutos de oro, manantiales llenos de leche. No había escasez, bastaba con desear algo para tenerlo al instante. Era el deseo el que daba realidad a las cosas. No había fisura entre el mundo y el corazón humano.
5. ¿Hemos perdido para siempre ese lugar? No, el paraíso sigue aquí, sólo que como reino secreto. Es el hortus conclusus de los medievales, son las ínsulas extrañas de las que hablaba san Juan de la Cruz, o el huerto en que se coló el halcón de Calixto, indicándole el camino hacía Melibea. Un lugar secreto que sólo en ciertos instantes nos abre sus puertas.
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