No
existe tierra mejor en el mundo para grandes aventuras
que los paisajes temblorosos y desnudos de La Mancha.
Eso es lo que les dice una Dulcinea, ya mayor, a
unos niños que todos los atardeceres acuden
a ella para que les cuente las historias del caballero
que anduvo enamorado de ella y que buscó
el amor como ideal supremo, a pesar de las derrotas
aparentes que le quisieron infligir magos y hechiceros.