Martín
Garzo ha transformado en literatura un "ramillete
de momentos valiosos" vividos entre 1988 y
1991, anotados entonces en cuadernos escolares y
que en los últimos meses ha modelado hasta
convertir en este libro. “El cuarto de al
lado” reúne, en palabras del autor,
“instantes significativos en que uno descubre
cosas desde lo cotidiano, desde el misterio de lo
próximo, de lo que tenemos alrededor y que,
precisamente por tenerlo tan a mano, a veces olvidamos.
Hay que volver los ojos a lo más inmediato
porque las circunstancias y las personas nos miran
y nos hablan".
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Adelanto
del libro
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Estos
apuntes proceden casi en su totalidad de unos cuadernos
escritos entre los años 1988 y 1991. Todos
ellos tienen que ver con ciertos momentos especiales
de mi vida, momentos en que apareció algo
que me hubiera gustado proteger y guardar. Pequeñas
epifanías que unas veces tuvieron lugar a
través de la lectura de un libro o la visión
de una película, y otras de sucesos o encuentros
casuales o de pequeñas escenas familiares.
Su escritura procede de un tiempo en que nuestros
hijos eran aún pequeños, y mi vida
y la de mi mujer estaban felizmente marcadas por
el hecho de tener que cuidarlos. Ese es el poder
de los niños, transformar la vida en un manojo
de pequeñas historias. Historias que surgen
cuando menos te lo esperas y que te obligan a poner
la oreja en la puerta para escuchar, pues con los
niños siempre se está en el cuarto
de al lado. Al escribirlas quise dejar constancia
de ese misterio, el misterio de la proximidad. No
se trata de un diario; de hecho, no hay un yo. O
si lo hay, como quería Montaigne, no es como
posición, sino como espacio. El espacio donde
algo aparece, donde algo empieza a decirse. Donde
se recibe a los invitados. Por eso sus protagonistas
toman las ropas de la ficción, y por eso
me gustaría que se leyera como un libro de
pequeños cuentos (raccontini).
Al trabajar en él y seleccionar los textos
que debían formarlo me sorprendió
su melancolía. Ni una sombra de infelicidad
amenazaba entonces mi vida, y, sin embargo, en sus
páginas se habla a menudo de la desdicha,
pues ahora sé que mis pensamientos ya eran
entonces indisociables de la premonición
del mal. Pero en ellos se habla sobre todo del gozo
humano, un gozo algo pesaroso, extraño. Así
somos: portadores de un mensaje que no comprendemos,
ni sabemos a quién llevar. Los mensajeros
de un mundo desaparecido. Así es nuestra
vida. Al dolor de no saber lo que somos se sobrepone
el asombro de descubrirnos portadores de algo precioso.
Algo que no debe perderse, parecido a una pequeña
llama. Eso es vivir, llevar esa llama de un lado
para otro, aunque no sepamos para qué.
Y la escritura es una forma de persistir en esa
absurda tarea: «Escribir —dijo Canetti—
hasta que, en la dicha de la escritura, uno deje
de creer en su propia desdicha.» Escribir
hasta que una llama brote sobre la mesa. Cuando
abras este libro, querido lector, serás tú
quien tenga que cuidar de ella. Ya te lo aviso.
GUSTAVOMARTÍN
GARZO
Valladolid, enero de 2007
Las
preguntas del naturalista
Fay
Wray recuerda en una entrevista su época
dorada como actriz en el Hollywood de los años
treinta. Entonces en las calles aún había
geranios y olorosas naranjas, los estudios eran
construcciones hechas de madera y el dinero no era
el único mandamiento. Refiriéndose
a su participación en King Kong cuenta cómo
ella siempre prefirió (frente a la interpretación
mítica) la idea de King Kong como un ser
que arrancado de su medio se defiende aturdida y
oscuramente. En la célebre escena en que
la sostiene en su mano y la va desnudando, ella
misma se había roto el vestido para facilitar
la labor del rodaje y durante el tiempo que duró
en el estudio reinó el silencio más
absoluto. El milagro de la escena está precisamente
en esa atención demorada, en el cuidado que
el gorila pone en sostener a la muchacha, como si
se tratara de una flor delicada y extraña,
venida de otro mundo, con la que no sabe qué
hacer. Igual que habría hecho el más
atento de los naturalistas.
Los
sonidos del silencio
Es, a pesar de lo avanzado de la fecha, la primera
madrugada de invierno. El frío es intenso
y la escarcha cubre los bordillos de las calles
y las carrocerías de los coches. Al llegar
a la catedral un rumor te hace detenerte a escuchar.
Te das cuenta de que nace allí mismo, de
la hierba blanca. Está empezando a deshelar
y los cristalitos de escarcha emiten al condensarse
un ligero chasquido. Son infinitos y un rumor unánime
se eleva del suelo y llega inconfundible hasta ti.
Piensas en el curso de los ríos subterráneos,
de los recuerdos que aún conservan el oscuro
fulgor de la carne.
Lo
que arde
Poemas
como hogueras, como fogatas en un descampado. Donde
la palabra no es el lugar del saber, ni siquiera
de la experiencia o de la memoria, sino del fuego.
Donde todo lo que hemos vivido, lo que somos, debe
arder. Poemas como el humo de las hogueras, como
las pavesas, como el fuego y la escoria.
El
país de los pájaros
Primer
paseo en bicicleta. El encuentro con los pájaros.
Los activos gorriones, la levísima pajarita
de agua, posada sobre las algas que flotan en la
corriente, la focha huraña y esquiva, escondiéndose
entre los carrizos; las palomas, los negrísimos
grajos; el vuelo acunado del pájaro carpintero…
Y luego, ya en la plaza del pueblo, los veloces
vencejos, cruzando el espacio bañado de luz,
haciéndolo en rachas, en grupitos rápidos
y chillones, que asemejan vacuas formaciones deportivas.