PEQUEÑAS VIRTUDES
(El País · 16/09/2007)
Las pequeñas virtudes. Cuenta Natalia Ginzburg, en uno de sus libros, que deberíamos enseñar a nuestros hijos las grandes virtudes en vez de las pequeñas. “No el ahorro sino la generosidad y la indiferencia ante el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber”. Para ello no debemos imitar los valores de nuestros padres. Nuestros padres no necesitaban ser prudentes ni temerosos pues tenían el poder. Nosotros no lo tenemos, y es bueno que nos mostremos a nuestros hijos como lo que somos, imperfectos y melancólicos. Tampoco es bueno amarles de una forma demasiado absorbente. Somos para ellos un punto de partida, pero su vida tiene que desarrollarse a su aire, para que puedan encontrar su propia vocación, es decir una pasión ardiente por hacer algo que no tenga que ver con el dinero, él éxito o el poder. Ellos no nos pertenecen, pero nosotros sí les pertenecemos a ellos, y eso es bueno que lo sepan para que puedan buscarnos en el cuarto de al lado cuando nos necesiten. Lo demás suele venir por sí solo, pues “el amor a la vida genera amor a la vida”.
La cuba de sangre. El mito de Salomé, haciéndose servir en una bandeja la cabeza de Juan Bautista, es uno de los mitos centrales de nuestra cultura. Representa, sin duda, el lado oscuro del amor, su amargo poder y su inaplazable exigencia. Sin embargo, en el mundo real, suelen ser los hombres los que despedazan a sus compañeras. Si el emblema de la mujer que hiere por amor o despecho es la cabeza de su amante, el del hombre es la cuba de sangre de Barba Azul. La diferencia no es insignificante. La mujer no puede dejar de mirar, incluso al hacer daño; el hombre elude hacerlo, y está acostumbrado a hacer del cuerpo del amor un enjambre de miembros desarticulados. Supongo que, por eso, le es más fácil matar. No creo que el hecho de que en la mayoría de los crímenes pasionales las víctimas sean las mujeres, se deba solo a que éstas sean más débiles físicamente. La mujer ha hecho de la mirada, sobre su propio rostro, pero también sobre el de sus amantes y el de sus niños, la razón y la sola búsqueda de su vida. El hombre vive eludiendo hacerse responsable de esa mirada. Como al cazador que se cobra una pieza, lo que le atrae de verdad no es el espectáculo de la vida sino el de su propio poder.
El niño muerto. La imagen del bebé muerto por los disparos de los soldados judios, durante la inacabable guerra entre Israel y Palestina, que vimos hace un tiempo en todos los periódicos no puede sino helar el corazón del que la contempla. Era un niño de cuatro meses, como tantos que vemos por las calles en sus cochecitos, acompañados de sus madres, y como estos sólo parecía dormido. Sólo que este niño no despertará nunca de ese sueño, ni volverá a sentir en su boca el tibio sabor de la leche. Tampoco llegará a conocer el misterio del paso tiempo, ese misterio que un día le habría llevado a pronunciar tembloroso sus primeras palabras de amor. En ¡Qué bello es vivir!, la película de Frank Capra, se nos dice cuán insustituible somos, y cómo hasta la vida más insignificante puede guardar el germen de la salvación de otras vidas. Y este niño ¿a quién estaba destinado a salvar, qué muchacha le habría amado, que anfitrión habría pronunciado su nombre como el del más querido de sus invitados?¿Qué idea, entonces, el sueño de qué país o de qué raza, puede justificar su desaparición? El hombre lleva siglos asociando la idea del heroísmo a la del sacrificio y la muerte, pero ¿y si el verdadero héroe fuera el que dispone apacible cada mañana para los que ama el pan reciente y el café oloroso del desayuno?
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