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Gustavo Martín Garzo - Página Oficial
   
 
 

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EL VELO PINTADO

(El País · 09/12/2007)

Estamos en el circo. Suena la música y las luces se concentran en la pista, donde vemos aparecer a un hombre delgado y flexible, vestido con una larga capa roja. Alcanza el centro de la pista y, tras saludar al público y despojarse de la capa, que deja en manos de una hermosa compañera, nos pide que guardemos silencio. Se encarama a una cuerda y empieza a subir por ella. Llega hasta lo alto de la carpa y allí alcanza el trapecio, su único reino en esta tierra. Y comienza su actuación. Vuela de un lugar a otro, realiza insólitas piruetas ajeno en apariencia a esas leyes de la gravedad que limitan los movimientos de las otras criaturas del mundo. Y sin embargo, no es cierto que sea así y que no le cueste lo que hace. Su corazón late apresuradamente, y teme caerse. Puede que no se sienta bien ese día, y que permanecer en el trapecio lejos de ser algo gozoso sea una fuente de sufrimiento. O que simplemente le aburra, pues ha realizado tantas veces esos ejercicios que ya no suponen nada nuevo. Por fin, desciende y regresa a la pista. Todos le aplauden, y él acepta ese homenaje con condescendencia, como lo haría una criatura de otro mundo que exhibiera orgullosa sus facultades ante los simples mortales. Pero es un impostor, y él sabe que desde que ha subido allí arriba no ha hecho sino mentir.

Ahora estamos en el teatro. Un grupo de bailarinas se mueve sobre la escena iluminada. Van vestidas con trajes leves y gráciles, y recuerdan flores esbeltas milagrosamente dotadas de movimiento. Van de un lado a otro, como si vivieran en un espacio mágico donde fueran enteramente libres. Pero, en realidad, sólo son unas pobres muchachas. Muchachas que desde niñas han tenido que someterse a un régimen implacable de ejercicios, cuyos pies han llegado a sangrar, y que han tenido que soportar el malhumor de sus maestros. Que viven en un mundo de celos, delirios y desatinos, y cuyos cuerpos reales nada tienen que ver con esos idealizados que exhiben en el escenario. Por lo que bien podemos decir que también ellas, como el trapecista, se engañan a sí mismas, si es que de verdad creen en lo que hacen, y, sobre todo, tratan de engañar a los que las vamos a ver. Eso es el arte, un mundo de autoengaños y simulaciones, fingir algo que no se es, o que, al menos, no se es del todo ni en todos los momentos. ¿Necesitamos ser engañarnos porque de otra forma no podríamos soportar la vida? Puede ser, pero no es menos cierto que la carpa de un circo, la escena de un teatro, son lugares sustraídos al engaño que es todo y que si vamos a ellos es buscando alguna forma de verdad. ¿Cómo se entiende esto?

Shelley escribió un hermoso poema llamado El velo pintado. El poema habla de la vida como  de un velo pintado, tal vez lleno de hermosas imágenes, pero que no conviene levantar. Y habla de alguien que una vez lo hizo buscando algo que amar, pero  que no encontró nada. Quería la verdad y no la pudo hallar. Eso hacemos todos, queremos ver más allá de ese velo, pero a la vez lo necesitamos a nuestro alrededor. Tal vez porque sentimos que la vida no sería soportable sin él, ya que oculta nuestro desamparo y nuestro dolor.

Pondré otro ejemplo. Una pareja joven tiene un niño y viven felices cuidándole. Todos los días lo llevan de paseo. Lo muestran como si fuera un pequeño dios, alguien que han encontrado flotando sobre las aguas, ajeno a la miseria de mundo, que ha venido a cumplir un destino de luz y clarividencia. Y sin embargo, no es cierto que lo hayan encontrado en un río sagrado, ni que tenga  ningún destino que cumplir. Aún más, desde el primer momento está marcado por el estigma de la muerte. Pero nuestra pareja no piensa en eso. No lo hace, porque eso les llenaría de angustia. Por eso tienden sobre su niño ese velo pintado que son los cuidados maternales. Se trata de una dulce y extraña impostura, que sin embargo les gusta representar. Tal vez porque, como dice el poema de Shelley, más allá sólo anida el miedo.

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Gustavo Martín Garzo © 2001
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