EL SECRETO DE LOS CUENTOS
(El País · 13/05/2007)
Shakespeare decía que el amor es demasiado joven para tener conciencia, y así debe la lengua literaria: una lengua arrebatada a los sueños, demasiado joven para saber lo que dice. Todos los cuentos tienen que ver con el amor, que es encantamiento, atención, desvelo… Y, sobre todo, alegría. Hacer posible lo que no lo parece, reestablecer el reino de la posibilidad, eso es lo que entiendo por alegría. Y esa alegría está en todos los grandes cuentos, y es lógico por ello que queramos que los niños los lean. Y lo mejor para lograrlo es predicar con el ejemplo. Es decir, hacer que la lectura y los libros pasen a ser algo tan natural y gozoso para ellos como ver a su madre haciendo un bizcocho. Creo que no hay escena más maravillosa, más misteriosa, para un niño, pues inevitablemente cuando ve a esa persona querida ensimismada en las páginas de un libro no puede dejar de preguntarse qué es lo que hace en realidad y en qué ocupa sus pensamientos. Adentrarnos en los pensamientos secretos de los seres que amamos, eso es lo que nos permiten los cuentos. Y lo maravilloso es poder leerlos, o escucharlos, como si fuera la primera vez que se hace en el mundo, sin saber nada de ellos: ni siquiera la época en que fueron escritos, ni siquiera el idioma, si están traducidos o no. Poder leerlos, como se escucha una historia en la oscuridad, confiando que nos traiga noticias de lo que amamos, que nos consuele de esa oscuridad, que nos ofrezca motivos para seguir viviendo...
Y es curioso que la mayoría de las veces para transmitirnos este amor a la vida los escritores tengan que recurrir a historias desoladoras. Cervantes nos dice que debemos amar los sueños, pero su libro termina con la derrota del caballero que sueña. Y Andersen, ¿qué decir de él? Su gran tema es la tristeza. Es cierto que la tristeza forma parte del hombre, y que por eso, como decía Monterroso, todas las grandes historias son tristes. Pero en Andersen hay un grado más, y su obra se propone como una exploración de ese continente inmenso, tan terrible como dulce, que es la tristeza humana. Y sin embargo pocos autores han sido capaces de escribir historias más conmovedoras y consoladoras que las suyas. Pensemos en La sirenita, por ejemplo. Su gran tema es el amor. El amor como aventura, como entrega, como sacrificio. Su personaje abandona todo cuando tiene y es -su identidad, su vida, su territorio-, para partir en busca de ese otro que ama. En un mundo que hace de la identidad, personal, nacional, lingüística, la cuestión esencial, no puede haber una historia más necesaria que esta. No creo que exista posibilidad de vivir sin aventurarse más allá de lo conocemos y lo que creemos ser, y en eso la Sirenita es un personaje ejemplar. Quiere tener a demás un alma inmortal. ¿Fracasó en su intento? Yo creo que no, porque logra tener una historia por la que siempre será recordada. Y ese mundo de los cuentos es el que elige el alma para aparecer en el mundo.
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