COSAS QUE NUNCA EXISTIERON
(El País · 10/06/2007)
Hace unos años se publicó en nuestro país un hermoso libro titulado Enciclopedia de las cosas que nunca existieron. Se hablaba en él de esos objetos, personajes y lugares que habían vivificado con sus cualidades las fantasías de los hombres. Hadas, gnomos y duendes vivían en los setos floridos; una granja destartalada podía ser la morada de una bruja, y había ojos acechantes en los agujeros de los árboles huecos. Los bosques, selvas, montañas, desiertos y praderas tenían poblaciones misteriosas, que solían vivir en una dimensión diferente de la nuestra y que en casos especiales podían llegar a visitarnos. Avalón, Camelot, El Cementerio de Elefantes, El Centro de la Tierra, La Ciudad de los Monos, El Dorado, El Castillo de la Gatablanca, La Montaña de Azúcar, eran algunos de los nombres de esos lugares de la irrealidad. Lugares donde cualquier cosa podía suceder, no todas necesariamente agradables, porque una tierra maravillosa no es más que un lugar lleno de sorpresas.
Tienen una ventaja las cosas que nunca existieron, que nos basta con nombrarlas para que queramos saber al momento lo que son y lo que podemos esperar de ellas; al contrario que las reales, a las que su propia obviedad las hace tantas veces habitantes de nuestras desidias. Pero bien mirado ¿son tan distintas unas de otras? O dicho de otra forma, ¿no hay en nuestro mundo lugares que bien merecerían, por lo asombrosos que resultan, estar incluidos en una enciclopedia así? Por ejemplo: El País de los Pobres, La Ciudad de los Constructores, El Valle del Fuego, Los Viajeros de la Oscuridad, Los Asesinos de Mujeres, o, sin más lejos, el mismísimo País Vasco… Bastaría, en efecto, que esos lugares reales formaran parte de un libro así para que tuviéramos que preguntarnos por lo que pasa de verdad en ellos y por qué son exactamente como son. Por ejemplo, por qué tantos hombres, mujeres y niños se ven obligados a abandonar sus pueblos pedidos y pasar todo tipo de calamidades para acercarse a lugares donde raras veces serán queridos; o qué hace que una parte de un pueblo tan dado a la épica como el vasco haya permitido que sus niños y adolescentes puedan considerar como un héroe a alguien que dispara vilmente por la espalda y es capaz de matar a ancianos, mujeres y bebés, sin que nada racional lo justifique. ¿Es posible un héroe sin alma? En ese caso, ¿qué país se puede fundar con sus gestos? Y, sobre todo, ¿merece la pena tener hijos en él que puedan seguir su ejemplo?
Pero hacer que los lugares reales puedan ser vistos con los ojos de los sueños no es lo mismo que comportarnos como si fueran nuestros sueños los que tuvieran que decirnos cómo actuar en el mundo real. Y no está mal que el amor que uno siente a su pueblo pueda llevarle a verlo con los ojos de la imaginación, y que unos bueyes que arrastran un bloque de piedra o una competición de leñadores lleguen a trasformarse para él en ritos que sostienen el orden mundo; pero nunca permitir que esas fantasías nublen su entendimiento. Pues lo más hermoso de los sueños es que no son reales. Y decir esto no es quitarles importancia, sino dársela en grado sumo, pues su misión es avivar la llama de nuestros deseos. Y una llama tiene el poder de destruir pero también el de iluminar, y el problema es cómo conseguir que las llamas se transformen en lámparas. Un niño que sueña con hablar con los animales, verá de otra manera los animales reales a luz de ese sueño; y una muchacha que lo haga con castillos donde guerreros misteriosos y dulces salen a recibirla, verá de otra forma a sus compañeros de clase, pues eso es justo el amor para ella: viajar a uno de esos países de las cosas que nunca existieron. ¿Podríamos vivir sin sueños así, algunos tan decididamente cursis? No, no podríamos. Forman parte de ese mundo secreto que es nuestro corazón.
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