LA GENTE NORMAL
(El País · 26/02/2008)
Raymon Carver tiene un libro titulado De qué hablamos cuando hablamos de amor, y bien podríamos preguntarnos de qué hablan ciertos políticos de la derecha española cuando hablan de normalidad. Ellos dicen representar a la gente común, la gente de la calle, las personas normales. Pero ¿sabemos a qué se refieren? Tengo un amigo médico que, en una pausa de su consulta, sorprendió la conversación de dos compañeras. “Hija, le decía una a la otra, hay que ver que poca gente normal queda en el mundo. Gente como tú y yo, sencilla, sin dobleces”. Eran dos auténticas víboras, y cualquier motivo les parecía bueno para maltratar a los pobres pacientes, pero ellas se sentían las últimas representantes de una especie amenazada, la especie de las personas normales y corrientes.
The Beatles compusieron en los años sesenta una canción titulada Eleanor Rigby. En ella hablaban de esa gente que anda por el mundo sin saber adónde ir. Gente solitaria que no entiende gran cosa de lo que les pasa. ¿Se refiere a ella Mariano Rajoy cuando una y otra vez insiste en representar a las personas humildes y sencillas? Pero ¿las personas que acuden a las manifestaciones convocadas por Alcaraz o por monseñor Rouco, y a las que canta el inefable KiKo Argüelles, son de verdad así? Sinceramente, no creo que los Beatles, cuando compusieron su hermosa canción, estuvieran pensando en ellas. Dicen que no se deben mezclar las manzanas con las peras, piensan en crímenes abominables cuando sólo se trata de evitar el sufrimiento de los agonizantes, persiguen las uniones de los que no son como ellos, se oponen a que se impartan en la escuela asignaturas que hablan de los valores democráticos, y quieren impedir a las mujeres que decidan sobre los hijos que, muy a su pesar, no puede tener. Estas son algunas de las cosas contra las que se alzan con vehemencia las llamadas personas normales.
Durante el franquismo vivimos una apología semejante de la gente normal. Se nos decía que aquel régimen sólo era implacable con los que tenían algo que ocultar, los que estaban llenos de perversas intenciones; y que la gente sencilla, amante del orden, podía estar perfectamente tranquila. No estoy hablando del pasado, pues tanto Mayor Oreja como Fraga Iribarne han coincidido estos días en celebrar el franquismo como un tiempo de orden y prosperidad. Un tiempo hecho a la medida de los españoles de bien, las familias cristianas, la gente que ama las mañanas soleadas del domingo, ir con los niños de paseo, los amores para siempre, la ropa recién planchada, los sentimientos limpios. Pero ¿esa gente es de verdad tan candorosa y sencilla como ellos mismos aseguran ser? ¿Lo son, por ejemplo, nuestros obispos? Me cuesta reconocerlo, sobre todo cuando pienso en los que conocí en mi infancia y mi adolescencia. Prohibían a las parejas acariciarse, ponían ceniza en las frentes de los niños, impedían a las recién paridas que asistieran a los bautizos de sus hijos por considerarlas impuras. ¿De verdad estas cosas son expresión de un pensamiento lleno de poesía, generoso, sin dobleces?
En su reciente libro de memorias, Esther Tusquets nos cuenta como siendo una niña vio arrojar a un conocido miembro de la burguesía catalana la sopera a una pobre muchacha que no le había servido como debía. Y yo pensé al leer estas páginas en una historia de san Agustín. Una noche sintió a un ladrón merodeando en el huerto y se llenó de angustia por que pudiera hacerse daño, al volver a saltar en su fuga una tapia tan alta. Pero san Agustín era un verdadero santo: carecía de orgullo y se interesaba hasta por lo que pudiera haber en el corazón de un ladrón. Eso es ser educado, abrir un espacio sin daño donde el otro pueda aparecer y contarnos su historia; un espacio de escucha. San Agustín nunca habría arrojado la sopera a una pobre muchacha, pero tampoco hubiera dado un euro a una periodista incómoda o metido un bolígrafo en el escote de una locutora demasiado sagaz como han hecho insignes representantes del Partido Popular. Creo sinceramente que los asesores de este partido se han equivocado con el lema de su campaña. Hay otro que les convine mucho más, y que tomo para ellos del estribillo de una canción que se hizo muy popular hace un par de años. Podría verse la escena del euro o del bolígrafo, o, mejor aún, una grabación de aquella jornada épica en que todo el PP aplaudió a rabiar y entre risas su triunfo en la votación que autorizaba la guerra de Irak (una guerra en la que habrían de morir miles de personas inocentes, y que ha condenado a la barbarie a un país entero) y que enseguida apareciera en la pantalla, en letras azules, junto a su querida gaviota, que, por cierto, no tiene la culpa de nada, el lema que de verdad conviene a sus conductas: Antes muertos que sencillos. Los ejemplos podrían multiplicarse. Podría utilizarse la imagen de Diez Cañete haciendo sus recientes declaraciones sobre la bondad de los antiguos camareros; la de ese futuro senador del PP, cuyo nombre he olvidado con gusto, hablando de lesbianas y homosexuales; o la del consejero Lamela reafirmándose en su persecución indigna a un médico que sólo ha cumplido con su deber. Aun más, ¿se imaginan a una multitud marchando tras los pasos de Alcaraz o de monseñor Rouco al grito de “antes muertos que sencillos”? Sería un espectáculo tan irresistible que sería difícil no terminar sumándose a esa ardiente marea humana.
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