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La niña
que susurraba a los caballos. La Razón.
Por Joaquín Arnaíz.
La Razón. 24 de Octubre de 2003
La literatura
tiene, afortunadamente, tantos senderos como aquel jardín
bifurcado infinitamente del que hablaba Borges. Y no
es uno de sus menores el que conduce al reino de la
fantasía. En algún caso, peterpanesco,
mediante un vuelo nocturno; en otro, por losas amarillas
hacia Oz; o por los túneles del sueño,
como en la Alicia de Carroll, que cita Espido Freire
a abrir su última novela, Nos espera la noche.
Porque Espido Freire (Bilbao, 1974), ganadora con veinticinco
años del premio Planeta (1999), ha apostado siempre,
rigurosamente, por asomarse al mercurio de los espejos,
por indagar sobre los laberintos psíquicos paralelos
a una realidad metafórica. En muchos casos, con
tres característica esenciales: la creación
de un espacio mítico (quizá más
épico que mítico) pero dotado con objetos
contemporáneos; una dimensión simbólica
y lírica, y la presencia de unas voces de mujeres
que dan cierta caracteristica lunar (en cuanto mirada
esencialmente especular; de hecho suele mantenerplanteamientos
laberínticos muy cercanos a la sensibilidad femenina)
a sus obras. Y que en el caso de Nos espera la noche
se cumplen perfectamente.
Enlazando con la ciudad de Oilea de su
segunda novela, Donde siempre es octubre (1999), y su
galería de personajes de pasiones subterráeas,
y con su obra de literatura juvenil, La última
batalla de Vincavec el Bandido (2001), personaje que
aparece también en Nos espera la noche, Espido
Freire nos describe en su última obra el territorio
imaginario de Gyomaendrod, que a primera vista pudiera
tener alguna relación en cuanto a la capacidad
imaginaria, con obras como Olvidado Rey Gudú
de Ana María Matute, pero que en la prosa de
Espido Freire ese espacio mítico está
contado sin alterar sustancialmente una realidad física
encontrable en una Europa rural del XVIII (desde los
soldados dragones a la oligarquía rural), quizá
con algunos toques de las Eddas islandesas.
Esos paisajes, un poco sombríos
y perdidos entre bosques, que ya trazara Espido Freire
en su primera novela, Irlanda (1998), a partir de un
relato que escribió a los dieciséis años;
la presencia del Mal, que dibujó en Diabulus
in musica (el intervalo prohibido en la música
antigua y por donde se creía que podía
entrar el diablo), o la importancia que las historias
familiares (y sus errores y sus males ocultos) tenían
en Melocotones Helados, están en Nos espera la
noche, quizá con un lenguaje más preciso
y más depurado, donde el tono lírico depende
más del contexto simbólico que de la adjutivación
o las metáforas.
En el territorio de Gyomaendrod, hay varias
familias que se enfrentan por el control del poder.
La novela se inicia con los preparativos para celebrar
los cumpleaños del padre y de uno de los hijos
de la familia Pozbieta, una de las más ricas
y poderosas. Aunque ya en la primeras páginas
puedever el lector que, como suele suceder en los textos
de Freire donde siempre hay un “diabulus in musica”
a la espera, aparecen los primeros signos de la desgracia
que acabará cerrando la novela: llega a sus corrales
para domar a los caballos salvajes un saludador acompañado
de una adorable niña que tiene el poder de entender
a los caballos y la capacidad de la visión profética.
Pero el tender Reason, un factor del mal, como un Loki
que traerá al final del Walhalla de Gyomaendrod
(en Diabulus in musica, uno de los personajes que interpretó
el papel de Balder, el segundo hijo de Odín)
y que hace jaulas, causará la muerte de la niña,
qui cuidaba en su mano a un simbólico grillo.
A partir de ese acontecimiento, empezarán a desarrollarse
pasiones sentimentales, imaginadas violaciones, asesinatos
en los caminos, y un recorrido hacia la oscuridad y
la noche, esa hermana de la muerte que nos espera siempre
cruzando la selva de la vida.
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