Début
brillante de Espido Freire.
"Con los nuevos narradores sólo
tengo en común la edad. Mi obra va por
otro lado"
Revista TIEMPO, 13 de Abril de 1998
Por Sebastián Moreno
Alguien ha escrito que con sólo 23 años,
Espido Freire (Bilbao 1974) ha conseguido todo
un hito publicando su primera novela, Irlanda,
en Planeta. En cualquier caso, no se trata de
un hito -Planeta publica obras de gente tan joven
y algunos escritores, como el profesor Antonio
Prieto, lograron ganar el Premio Planeta con esa
edad - sino de un acierto de la editorial descubriendo
la obra de esta joven autora.
Podría encuadrársela
entre los componentes de esa moda editorial que
ha dado en llamarse nuevos narradores, que hasta
hoy ha dado tan escasos frutos. «Yo con
los nuevos narradores tengo poco en común,
salvo la edad -dice Espido Freire-, y depende
de lo que se entienda por nuevos narradores porque
hasta hace poco incluían entre ellos a
Javier Marías o Julio Llamazares. Mi idea
de la literatura es otra, va por otro lado, distinta
a ese realismo tan urbano y todo lo que parece
caracterizarles".
Espido Freire estudió
música y canto en su adolescencia y ahora
estudia Filología Inglesa en la Universidad
de Deusto. Irlanda, su primera novela publicada,
forma parte de una trilogía. "Las
otras dos novelas -dice- ya están finalizadas
y son distintas, son más corales, con cincuenta
o sesenta personajes. Lógicamente el estilo
cambia. En Irlanda todo está en función
de una narradora que nos sirve de hilo a lo largo
de la novela. Hay que situarse en lo que diría
y pensaría una muchachita de quince años".
Una de las etiquetas de promoción
de su novela compara a Espido Freire con el descaro
provocativo de una Françoise Sagan. Parece
una equivocación, una comparación
que tampoco le ha hecho mucha gracia a la autora
de Irlanda. La técnica narrativa de Espido
Freire se muestra en un tono más críptico
y simbólico que la de la escritora francesa:
"Es posible que mi narración pueda
aparecer de un modo críptico y eso no me
disgusta porque siempre me ha gustado más
sugerir que explicitar las cosas. En mi novela
aparecen desenlaces cuya resolución principal
es de los lectores; ellos sabrán qué
les sugiere un final, no es preciso decir de qué
murió Sagrario, por referirme a un personaje.
Yo doy unas claves: un pozo, una casa y una torre.
Ellos deben hacer su labor".
Espido no tiene una referencia
clara de influencia literaria: "He leído
mucho a los grandes escritores rusos del XIX,
a Flaubert, a Henry James, a Cortázar…
y mucha narrativa oral. Siempre acaba sedimentándose
alguna influencia que puede aflorar de modo irracional".
De momento, con Espido Freire
aflora felizmente una narradora poco común.
Ajedrez
de fantasia y realidad
Revista DELIBROS, Mayo
1998, p.58
Por Juan Manuel González
Si bien la aparición
de la primera novela de cualquier autor constituye
en principio motivo de atención para todo
observador literario que se precie, no siempre
esta atención se justifica por la calidad
o intento renovador del nuevo texto. Felizmente
no es éste el caso de la novela Irlanda
de Espido Freire, publicada con buen tino por
la casa Planeta.
Irlanda se caracteriza
por la seriedad de sus planteamientos literarios,
por la certeza de su lenguaje y por la ambición
conceptual del pensamiento que anida en su estructura,
sólida y sutilmente trabada. Todo ello
le hace felizmente lejana de otras tentativas
novelísticas de escritores más "descamisados",
propagadores de la inmediatez y el seudorrealismo,
y cuya preocupación parece residir en contar
encuentros sexuales de mínima originalidad,
artificiales tensiones urbanitas, dudas interiores
de parvulario y secuencias de una vida que ni
ellos mismos se creen que sea maldita o marginal.
Espido Freire
ha evitado esa tentación, creciente en
la narrativa joven desde hace poco más
de un lustro, y nos ofrece con Irlanda una obra
estrictamente literaria, mesurada, intensa, a
trechos de una profundidad imprevista, y poseedora
de una capacidad de sugerir poco común.
El primer núcleo
de esta novela es su intemporalidad conceptual,
expresada a través de unas líneas
que revelan el deseo de que la historia supere
los límites de un lugar acotado en el tiempo,
para que el lector pueda contribuir a modelar
el propio mundo de la narración.. Así
el tiempo es deducible, mientras el espacio resulta
sólo en cierto modo definido. Y ello mediante
la utilización de una técnica centrada
en no dar todos los detalles de ese espacio y
ese tiempo, y asentada en la intención
de invocar y sugerir más que en la voluntad
de precisar y fijar.
La obsesión
por el tiempo se aprecia, en una de las dos protagonistas,
bautizada como Natalia, y cuyo pánico a
que el tiempo se detenga o acelere, cuaja en un
doble y terrible medio: por un lado a la existencia,
y por otro a la muerte -al no tiempo- y su mundo
poblado de sombras.
El trazado de
los personajes es otro de los elementos clave
de la novela. Son personajes ambiguos, y por lo
tanto creíbles, encabezados por dos jóvenes
primas, Irlanda y Natalia, cuya rivalidad surge
tanto del hecho de que la primera tenga carisma
y se integre en el mundo de los mayores, como
de la inmadurez y falta de comprensión
de la segunda. Junto a ellas, otros dos jóvenes,
Gabriel y Roberto, personifican respectivamente
el sueño y el mundo, lo fabuloso y lo práctico.
Completa el quinteto el perfil de una niña
muerta, Sagrario, que se asienta en la narración
a modo de voz interior de Natalia.
Los movimientos
de todo este grupo, incluso sus resonancias de
coro escogido, se entrecruzan a la vera de una
protagonista que termina por no plantearse con
claridad su situación en el mando. Una
protagonista que intuye la existencia de un Dios
que juega al ajedrez con las dos reinas propias
de la tradición hermética y medieval,
la alba – Irlanda - y la obscura -Natalia-.
Precisamente
el conocimiento de la tradición occidental
viene a ser el tercer elemento esencial de esta
novela, un conocimiento basado en cierta percepción
del sentido trágico de la existencia -más
transgresor y antiguo que el unamuniano-, y deudor
actual del impulso interminable de textos como
el Beowulf y las sagas germánicas y nórdicas.
Un conocimiento
que en el texto de Espido Freire muestra en algunos
instantes símbolos de la cultura matriz
céltica filtrados por el tamiz medieval,
desde la torre, a menudo en llamas frías
como en un tarot a la "Golden Dawn",
hasta la danza de los muertos célebre en
los siglos de transición y la escatología
de Crowley.
No sé si Espido Freire ha escrito esta
novela tras contemplar las secuencias de "Det
Sjunde Inseglet", de Bergman, - en ocasiones
los escritores no guardamos conscientemente imágenes
detonantes de textos -, pero su entendimiento
de la dimensión metafísica del morir
y su valoración simbólica del ajedrez
como campo de choque entre los claroscuros de
la vida y la muerte no desentonarían en
esa óptica bergmaniana.
Por último,
es el lenguaje otro de los componentes definitorios
de los párrafos de Irlanda, párrafos
que van trenzando páginas gracias a una
expresión sencilla, pero sin simplismo,
donde las palabras se sujetan a la historia y
sirve por igual para dibujar las experiencias
oníricas de la protagonista o para conjurar
las estancias de los muertos. Lenguaje pues que
no enturbia la acción, subraya la lucha
entre realidad y fantasía, y alcanza tonos
líricos cuando actúa como molde
del monólogo interno con el que el personaje
"central" recrea el mundo a través
de sus sueños.
Obra pues, ésta de Espido Freire, rara
mas no heterodoxa, muy evocadora, y que -entre
otras cosas- nos recuerda que el verdadero lector
siempre debería sentirse atraído
por las fábulas y las leyendas; pues en
ellas reside claramente la intemporalidad, el
combate contra el tiempo que da sentido a toda
literatura.
Magia,
magia.
REVISTA DE LIBROS n.18,
Junio 1998
Por Andrés Ibáñez
Con Irlanda, un nombre nuevo entra
en las letras españolas. Es un nombre extraño
porque su dueña ha decidido firmar tan
sólo con sus apellidos y prescindir de
su nombre de pila -que hallaremos, por cierto,
secretamente representado en la novela a través
de su equivalencia vegetal: se trata de la planta
que se pone en los círculos mágicos
para que un espíritu amigo pueda asomarse
de puntillas para saludar a los que están
en el interior.
Espido Freire tiene 23 años
e Irlanda es su primera novela. Los que conocen
sus libros de cuentos y sus relatos sueltos, muchos
de ellos brevísimos (y todos ellos, si
exceptuamos algún relato aparecido en revistas
universitarias, rigurosamente inéditos)
aseguran que Irlanda los desmerece y que la novela
no tiene la tensión ni la intensidad de
las narraciones más breves. Tal afirmación
puede parecer asombrosa si pensamos que Irlanda
es una de las novelas más bellas, intensas
y de más deslumbrante originalidad que
hemos leído en los últimos años.
La protagonista de Irlanda, Natalia,
tiene dos hermanas. Una de ellas es muy pequeñita,
y la otra, Sagrario, ha muerto hace poco después
de sufrir una larga enfermedad, pero su espíritu
persigue a Natalia y se le aparece por doquier.
Los padres de Natalia, viendo a su hija consumida
por la tristeza, deciden enviarla a pasar una
temporada a la casa de campo familiar con sus
primos Irlanda y Roberto. Irlanda nos subyuga
desde el principio. Es hermosa, elegante, brillante,
todo lo hace bien, todos la admiran, todo el mundo
la quiere. Lo primero que sabemos de ella es que
Natalia y Sagrario la odiaban en secreto porque
una vez, cuando eran pequeñas, alguien
les regaló una manzana cubierta de caramelo
y de pronto la manzana desapareció y las
dos estuvieron seguras de que había sido
la prima Irlanda la que la había cogido.
Entonces comprendemos que estamos
en el mundo de los niños o, más
exactamente, de las niñas, un mundo de
miedos y fantasías, adoraciones fanáticas
y venganzas implacables. Un mundo ciertamente
fascinante y con el cual Espido Freire, por virtud
de un inexplicable milagro, parece conservar abiertos
todos los cauces de comunicación.
Irlanda es la historia de una venganza.
La venganza del mal contra el bien, nos sentimos
tentados a escribir -pero lo cierto es que las
cosas son un poco más complicadas-. En
realidad, el gran tema de Irlanda no es la fascinación
del mal, como podría parecer a primera
vista, sino la fascinación del bien, el
bien como imposible y como terror.
No es cierto que el mal sea más
fascinante que el bien. El mal es humano, torpe
y se hace a escondidas, mientras que el bien es
grandioso, perfecto e implacable. Un malvado puede
matar a otra persona o, con mucho empeño,
a un reducido número de personas, pero
para matar por ejemplo a un millón de personas
hay que tener alguna idea del bien. El bien es
fascinante porque las cosas buenas son perfectas,
y las cosas perfectas son fascinantes. Irlanda
es perfecta, y por eso es fascinante. Es perfecta,
y por eso lo que ella hace debe de ser el bien.
Pero si lo que hace Irlanda está bien y
es, por lo tanto, el bien, entonces, el único
recurso que le queda a Natalia y también
a todos los que, como Natalia, no somos perfectos,
ni fascinantes, es rechazar el bien. Lo rechazamos,
pero lo añoramos. Añoramos el bien
porque también nosotros desearíamos
ser perfectos. Esta añoranza es el principio
del extraño erotismo del bien, que nadie,
con la posible excepción de Richard Wagner,
ha señalado hasta ahora en nuestra cultura
(ah, ¿dónde están los Batailles
del bien?). El erotismo del bien es el socialismo
totalitario, el integrismo religioso, el fascismo.
No es una casualidad que al principio del libro
la madre de Natalia le diga a su hija que intente
arrimarse a Irlanda y sus amigas porque «son
de buena familia», y no es una casualidad
tampoco que Irlanda sea una pequeña princesita,
una estrella social, y que Natalia sea algo así
como la pariente pobre. Irlanda pertenece «a
los buenos», y es una reina de la vida.
Está orgullosa de su clase social y una
de las cosas que los demás admiran de ella
es que es «muy estricta».
Todo el libro está permeado por la fantasía
del niño bueno y el niño malo. El
niño bueno es el niño de los cuentos
de hadas, las niñas de Torres de Malory
de Enid Blyton, por ejemplo; la niña mala
es la que se rebela contra la hipocresía
y la represión de la moral de los adultos:
Sexo en la High School de Kathy Acker sería
un ejemplo extremo, o también Dos chicas,
una gorda y una flaca, de Mary Gaitskill. La posición
de Espido Freire es mucho más compleja,
más sutil y más inquietante que
la de estas modernas «rebeldes». Natalia
no es una niña mala, porque no se siente
orgullosa ni feliz con las cosas «malas»
que hace. Hace cosas malas por miedo, por amor,
porque es débil y porque no dispone de
las armas que los luminosos príncipes de
la vida, como Irlanda, pueden utilizar para defenderse.
Tampoco es una niña buena, desde luego.
No es una niña buena, pero le gustaría
serlo. La niña buena obedece a sus padres
y se pone las botas de goma para salir a la lluvia.
A Natalia no se le ocurriría salir a la
lluvia descalza, no sólo por no desobedecer,
sino por la íntima convicción de
que las cosas hay que hacerlas bien hechas. Natalia
se pasa toda la novela queriendo hacer el bien
y queriendo hacer las cosas bien, y hay un momento,
incluso, en que le ruega a Irlanda que tenga piedad,
casi humillándose. A Natalia le gustaría
que el mundo estuviera ordenado y fuera plácido
y perfecto. Querría ser una niña
buena y tener el cuarto bien recogido, pero esto
resulta imposible porque el bien es imposible,
porque el bien es perfecto, es «estricto»
como Irlanda, y es cruel.
Nietzsche señaló que
existe una fuerte dependencia entre la moral y
el dolor. El bien, esto lo sabemos, duele. Lo
que duele es bueno. El niño bueno acepta
el dolor, lo resiste. El que no puede resistir
el dolor, o no desea hacerlo, queda por tanto
también excluido del bien. A Natalia, que
pide por favor que no la obliguen a mirar a la
vaca que está a punto de dar a luz, le
horroriza el dolor, el sufrimiento y la sangre,
y esa es la razón de su aparente tornarse
a las «fuerzas oscuras». Irlanda representa
el bien porque es la que inflige el dolor. Es
la que empuña el hierro y nos dice que
apretemos los dientes. La odiamos, y al odiarla
nos encontramos en la extraña situación
de odiar el bien.
Dios mío, qué novela
tan inquietante.
Espido Freire tiene 23 años
e Irlanda es su primera novela. ¿Cómo
juzgarla? ¿Cómo hacerle una crítica
mesurada y razonablemente objetiva? Decir que
es un genio podría parecer una hipérbole,
pero decir que es extremadamente lista sería
sin duda quedarse corto. Saludar Irlanda como
una obra maestra sería una falta de respeto
para la juventud de su autora, a la que todavía
queda mucho por vivir en el mundo y en los libros
y que ya tendrá tiempo de alcanzar la maestría,
pero señalar sus defectos sería
tan mezquino como poner reparos a un milagro.
Y lo cierto es que Irlanda es un milagro. Espido
Freire tiene el supremo don de las palabras, y
el ángel de la escritura abre sobre ella
sus grandes alas azules. Una y otra vez nos sorprende
con la fuerza, la inventiva, la soltura, la insolencia,
la imaginación, la exactitud, la fuerza
evocativa, la precisión asombrosa de sus
palabras, la originalidad desconcertante, la gracia
aérea y cruel, la luz deslumbrante, la
música lancinante de sus frases y sus imágenes.
Su uso magistral del «mostrar, no decir»
de la Escuela de los Detalles, el carácter
visual de su prosa, su creación de personajes
«más grandes que la vida» que
nos imponen su presencia subyugante sin que podamos
llegar a detectar nunca cuáles son los
mecanismos lingüísticos que han creado
una ilusión tan vívida, su libre
uso, en fin, de la fantasía y de la magia,
la ponen a años luz del barroco espiritual
y verbal que nos aqueja y también del resignado
costumbrismo que parece endémico en nuestras
letras.
Nos da miedo pensar que es tan posible
que la crítica pueda no entender su originalidad
como que, por el contrario, los media se enamoren
perdidamente de ella, de sus cabellos rojizos,
de sus pálidas mejillas de muchachita victoriana,
de sus ojos viejos como las pirámides.
Nos da miedo pensar que es tan joven y tan vulnerable
(ya que es evidente que desea ardientemente la
gloria literaria, y todo el que desea algo ardientemente
es vulnerable), y que un éxito excesivo
puede ser a veces tan dañino como la indiferencia
o el fracaso. No cabe duda de que volveremos a
oír hablar de ella. En cierto sentido,
la suya es la literatura del milenio que viene.
Escribe para la inmortalidad. La saludamos con
un ramito de perejil por el trabajo bien hecho,
y con una hoja simbólica (para tejer la
corona, ya habrá tiempo) del «árbol
victorioso y triunfal, honor de emperadores y
poetas».
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