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La diosa
del pubis azul
Editorial Planeta, 2005 |
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Raúl
y Espido
Por Francisco Umbral. El Mundo
S.XXI. 11 de Junio de 2005.
Fue una buena
idea de un verano caliente, sin duda una idea del director,
ésta de formar una pareja literaria para servir al
ocioso lector de agosto una novela policíaca.
Elegidos los escritores, Raúl del Pozo y Espido Freire,
se les dejó libertad absoluta para inventar. Curiosamente,
inventaron una novela policíaca, género que
ha sido superado o malversado por la novela de recursos técnicos
donde los asesinos son robots, y los policías también,
y los que hacen el amor y todo el personal. La novela de robots
ha venido a desplazar brutalmente a la novela policíaca
que aún tenía respiración humana, recuerdos
y recursos de Simenon, de Harry Stephen Keller e incluso de
Patricia Highsmith, con la que todavía compartí
hotel y conversación en Barcelona, poco antes de que
muriera.
Raúl del Pozo, el más viejo de la pareja, es
sin duda quien ha marcado la pauta del género, porque
el thriller todavía era un humanismo para mi generación
y la de Raúl, que tiene probada su añoranza
del género en tres o cuatro novelas. Pero Espido, la
novísima novelista, se ha adaptado muy bien a la novela
policíaca de toda la vida, donde un chico y una chica
se cruzaban en el enredo de un crimen y acababan inocentes
y novios. Aquí no se ha podido llegar a tanto porque
Raúl y Espido ahí, en las ruedas de prensa,
vivos y protagonistas de la vida. Nadie ha caído en
el celestinaje, faltaría más.
El procedimiento de aunar la prosa meditativa, sosegada, un
poco estática, de nuestra joven autora, con el estilo
duro, violento, barroco, acumulativo y vital de Raúl
del Pozo, da como resultado una melodía a dos pianos
que es el mayor atractivo de La Diosa del Pubis Azul, novela
a cuatro manos y quizá a seis, que las otras dos pudieran
ser de Pedro J. Ramìrez para su periódico.
Ya dijo Borges que el mayor encanto del Quijote estaba en
el calculado vaivén de la prosa entre el retórico
caballero y el refranero Sancho. Todo suena a todo en este
libro que ahora saca Planeta.
Lo mismo pudiera ser una serie de televisión que una
película de Hitchcock. En todo caso, la historia corre
ligera, las ocurrencias del autor se alternan con las reflexiones
de la autora y nos permiten contrastar la escritura de dos
generaciones. Raúl sigue enmadrado con la serie negra
y con el estilo de El halcón maltés, mientras
que a Espido le preocupan los pensamientos de él sobre
ella. Espido por sí sola habría escrito una
novela rosa con robots en lugar de detectives. Raúl,
sin el control femenino, habría vuelto al estilo cinematográfico
redimido por su inagotable prosa, que en estos temas se endurece
y trata igual a un asesino común que a un presidente
de Gobierno. La prosa de nuestro compañero, por sí
sola y sin tema, ya puede ser agresiva y fanfarona.
Esta prosa es la que por sí misma sostiene la novela,
pero la combinación ha resultado, pues lleva en sí
un juego de parejas, Espido/Raúl, chico/chica de la
narración y la investigación. Aquí hay
tanto cine como literatura, pero eso no es malo porque el
cine nació de la novela y no del teatro, como se creía.
Feliz idea, pues, que debiera repetirse, aunque ya no saldría
igual. Él y ella nos decepcionarán si se creen
los protagonistas. También si no se creen. Siempre
nos quedará París. |
Doble
sueño
Por Juan Angel Juristo. ACB
de las Artes y de las Letras. 2 de Julio de 2005
Desde luego
que no es la primera vez., antes bien es un recurso que ha
pasado ya a ser común, que dos escritores o más
colaboren en un mismo libro y que se presten a argumentos
establecidos de antemano para conseguir unj mayor efectismo
en los finales insospechados. Así fue el principio,
cuando se completó aquel El misterio de Edwin Drood,
la novela policìaca que Dickens dejó inacabada,
pero lo que distingue aquelas colaboraciones de tiempos pasados,
aquellos volúmenes colectivos de literatura de género,
en especial ciencia-ficción y policiaca, de los de
hoy es la intencionalidad del producto, mucho más azaroso
antes, preconcebido ahora. De ahí que este libro haya
sido una sorpresa. por lo que tiene de no previsto, en este
orden de las cosas, y creo que ello se debe a la rigidez del
planteamiento inicial, que ha dado resultados felices o, por
lo menos, gozosos. Raúl del Pozo es la voz de Ángel
Pareja, el típico detective de vuelta de todo cuyo
carácter ha cantado el cine como ningún arte.
Espido Freire se ocupa de Ana Izarra, compañera del
otro, y digno contrarreste que, repito de nuevo, también
hemos visto en el cine, conquistándose a pulso el respeto
de su compañero.
Ni que decir tiene que la gracia del libro, a parte de la
historia que se cuenta, muy ajustada a lo que se espera de
un thriller, consiste en la disparidad de estilos, criterios,
visiones que desarrollan los dos personajes y que en esta
novela se percibe sobremanera porque la mnera de contar, el
tempo narrativo de cada uno de los dos escritores es muy distinto.
Se trata, pues, de un juego literario de feliz resultado por
los contrastes y, supongo, por lo que cada cual ha exagerado
de su estilo. Del Pozo tira del argot que da gusto, Freire
se corta más que de costumbre. Y en cosas así
consiste el juego. Atiendan a las ilustraciones de Ulises
Culebro, excelentes para lo que se pretende y que recuerdan
en sus lineas expresionistas otro ajuste al canon del thriller,
en este caso, la atmósfera tenebrosa, de rasgos eróticos,
que tiene que condensar en sus trazos la letra del texto.
Una novelahecha por tres profesionales, en suma, que no ahoga
una trama dada de antemano. Y por eso, curiosa de ver. |
La
diosa del pubis azul
Por Angel Basanta. El
Cultural (El Mundo). 7 de Julio de 2005
Espido Freire y
Raúl del Pozo, autores de mundos literarios y características
muy diferentes, han unido su escritura para completar La Diosa
del Pubis Azul, de acuerdo con las leyes de género
de la novela negra, con hallazgo inicial de una joven asesinada
en horrendo crimen, investigación policial posterior
entre pistas falsas y conjeturas que acaban conduciendo a
la verdad y resolucion final del caso con descubrimiento de
la personalidad de quien cometió el asesinato y explicación
de los motivos que impulsaron a perpetrarlo.
La novela consta de treinta capítulos
en los cuales alterna la autoría de Raúl del
Pozo en los impares y Espido Freire en los pares. Los dos
autores han creado sendos policías emparejados en la
investigación del caso el agente Ángel Pareja,
hombre maduro y curtido entre gitanos, aficionado al fútbol
y al flamenco, y la joven Ana Izarra, policía novata
especialista en operaciones científicas necesarias
para la investigación del crimen.
Ambos policías son también los narradores en
primera persona, Pareja en los capítulos impares y
Ana en los pares. Los dos encarnan personajes opuestos y sus
narraciones muestran en su estilo esas diferencias que los
identifican con claridad, tal vez como consecuencia natural
de la personalidad de sus autores. Pero caro no resta unidad
a la novela porque ambos policías resultan complementarios
en sus investigaciones y, como narradores, priman los dos
el relato ceñido a los hechos anotando conjeturas y
comprobaciones, sin perderse nunca en meandros inútiles.
En ello los autores han sido muy hábiles, manteniendo
la suspensión de la intriga y la específica
singularidad formal de sus narradores: más irónico
y bronco el estilo del agente chapuzado en cuentos de casos
entre marginados, escépticos y buen conocedor de la
vida y el habla del hampa; menos agrio y más pudoroso
y convencional el estilo de la mujer novata con el aprendizaje
policial de su primer caso.
Todo transcurre en el espacio urbano de Madrid,
con calles bien reconocibles, en el año 2004, muy poco
después del atentado terrorista del 11-M en Atocha.
Los movimientos dados en la investigación de los hechos,
con brutal asesinato de una hermosa joven de vida implicada
en peligrosas relaciones sexuales, con intervención
de miembros de tribus urbanas dan lugar a una rápida
revisión crítica de ciertas lacras que echaron
raíces en la sociedad presente, como intereses y corrupciones
de la policía, cumponendas en el mundo universitario,
ignorancia de los estudiantes y aumento de la peligrosidad
en el asfalto madrileño: “Madrid se ha vuelto
una ciudad mortal, peligrosa, el odio se esconde en botas
de acero, en chilabas, en las alimañas de todas las
monsergas y fundamentalismos y también en los comedores
de los manteles de hilo” (p.139).
La Diosa del Pubis Azul es, por todo ello,
una interesante novela de intriga fácil y amena lectura
para llenar una tarde de verano. El suspense está garantizado
en una trama que explota con eficacia motivos desconcertantes
como un pubis pintado de añil y condones con sabor
a vainilla y que bucea en el fango nocturno de sexo y violencia
removido por tribus urbanas, bellas desvergonzadas que juegan
con fuego y otras hermosuras de apariencia falsa. Su estructura
encuentra el mayor atractivo en el perspectivismo dual de
sus narradores complementarios que generan el relato de su
investigación como una novela en marcha. Ambos policías,
en cuanto persnajes, experimentan, además, un gradual
acercamiento mutuo que acaba permitiendo al solitario y veterano
Pareja reconocer que su bisoña compañera tiene
madera de policía, a la vez que Ana, en sus dudas y
fragilidad, aprende a confiar menos en las pruebas aportadas
por la ciencia y a valorar más las observaciones nacidas
de la experiencia de su colega en este “romance laboral
con infidelidades, celos y broncas” (p. 153).
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La
función no hace el órgano
Por Jesús Egido. Revista
de Letras.
La carrera literaria
de Espido Freire parece dominada por la sorpresa. Su primera
novela, Irlanda (1998), sorprendió gratamente a la
crítica y obtuvo el apoyo del público, lo que
le abrió el mercado para seguir publicando nuevos títulos
y obtener premios como el Planeta y el NH de Relatos. La última,
La diosa del pubis azul, un policíaco escrito a cuatro
manos con el periodista Raúl del Pozo, vuelve a sorprender.
Aunque, en este caso, esa sensación incluye un interrogante:
¿por qué una escritora de éxito, que
ha logrado en menos de una década el respeto literario,
se arriesga a dilapidarlo con este experimento de escasa fortuna?
Para conciliar el estilo castizo del periodista-novelista
con el más escueto de la joven narradora, cada uno
de los autores se hace responsable de un personaje protagónico.
Del Pozo recrea al chulesco inspector de policía Ángel
Pareja, “del Real Madrid, apolítico, aficionado
al cante grande; me gusta la caballa, la mortadela y leer
el Marca” (p. 9). Freire se encarga de la detective
novata Ana Izarra, experta en ADN, inteligente y ajena a ese
cariño por el lumpen del que hace gala su compañero
(¡cuánto daño está haciendo la
serie televisiva CSI!). Esa cadena de tópicos provoca
que, desde las primeras líneas, todo parezca ficticio,
de cartón piedra.
Del Pozo firma el primer capítulo narrado en primera
persona por el inspector Pareja; Freire se hace cargo del
segundo, contado por la detective Izarra... y así sucesivamente
hasta el final. Técnicamente se resuelve el problema
de escribir a cuatro manos, al tiempo que se dan da visiones
distintas de una misma realidad (la investigación de
un asesinato). Pero el resultado no refleja dos personalidades
en colisión, sino que se convierte en una reiteración
cansina y casi idéntica de los hechos, en la que uno
abusa del diálogo y la otra intenta contener los excesos
verbales de su compañero para hilvanar el caos de la
trama novelesca e intentar que la historia avance hacia el
inevitable desenlace que ponga punto final al experimento.
Esta descompensación perjudica a la intriga característica
del género que con tanta admiración defendía
Borges, para quien la narrativa policíaca se convertía
en un complejo crucigrama donde el lector avispado intentaba
anticiparse a las deducciones del detective. Como La diosa
del pubis azul carece de arquitectura, los autores hacen trampa
al lector, obligado a quedarse al margen de la investigación.
Ésta únicamente avanza a golpe de efecto, aportados
cada equis capítulos, como por arte de magia o de tubo
de ensayo, por un forense gay - otro CSI - que también
restaura cuadros en el Museo del Prado.
Si los protagonistas son tópicos, el coro de secundarios
no le va a la zaga. Un amante de extrema derecha que se ha
hecho formal, la compañera de piso de la víctima,
ordenada, fea y celosa del éxito sexual de la muerta;
el novio cornudo y universitario que toca en un grupo de música...
Todos son previsibles, incapaces de apartarse del prototipo
y de ofrecer un matiz que despierte el interés hacia
esta especie de parodia policial.
Bella joven adinerada que se pinta de azul el pubis para atraer
a sus múltiples amantes, forense homosexual culto y
pedante, profesores universitarios que van de colegas con
sus alumnas... El escenario novelesco asume todas las pautas
que los poderes de turno han vaciado en el saco de la modernidad.
Qué complicado es conjugar esta tesis con el casticismo
exacerbado que impone Del Pozo a su literatura, apenas domado,
pese a sus ingentes esfuerzos, por la pluma de Freire. Valgan
unos ejemplos salteados al azar que escapan de la boca del
inspector Pareja: «Allí beben y hablan gitanos
bien maqueados con sus trajes tamborín de origen [...].
Nos hacen hueco y algunos nos saludan, dándonos ojaneta
y chanchunó corporal» (p. 44); «de sicarios
con contratos temporales que luego se iban de raja, después
de quebrar a camellos, boqueras y rufianes» (p. 139);
«Sí, lo chaparán, lo meterán al
banasto» (p. 154).
Jerga que, como el resto del libro, también parece
importada, porque este mismo policía cheli que come
callos, domina el caló, saltea varios tacos en cada
frase y se oculta la cara con el Marca resulta que no se sorprende
de las referencias a «las madonnas en los frescos de
Giotto, (p. 11l), menciona a Leonardo Sciascia, Rafael Alberti
y al diseñador gráfico Javier Mariscal y regala
al público disquisiciones filosóficas sobre
la profesión policial, que en este caso sí reflejan
escasa originalidad.
Las seis novelas que Raúl del Pozo ha publicado anteriormente
no han logrado - al menos en este caso - perfilar su músculo
de escritor, como si la función no ejercitase el órgano.
Lo, mismo le sucede a la coautora Espido Freire, que se descalabra
literariamente en esta audacia, riesgo al que es difícil
encontrarle un sentido.
El confuso panorama editorial español, donde el márketing
lo domina todo en busca de best sellers apoyados en fenómenos
extraliterarios, se demuestra capaz de abducir hasta a los
autores que no parecían necesitar de estas argucias
para mantener su voz. Y de nuevo es el género policíaco,
confundido una vez más bajo la denominación
«novela negra», el socorrido soporte para extravagancias
tan prescindibles como esta novela, publicada originariamente
en treinta entregas aparecidas el año pasado en el
suplemento «Campus» del diario El Mundo, con ilustraciones
de Ulises Culebro recuperadas para esta nueva edición
en formato de libro.
El folletín por entregas redactado a cuatro manos es
una tradición con escasa fortuna. Ni El misterio de
la carretera de Sintra, que Eça de Queiroz y Ramalho
Ortigao escribieron para el Diario de Noticias lisboeta, ni
los títulos que Charles Dickens firmó junto
a Wilkie Collins en el siglo XIX sobresalen por su calidad,
aunque hay que reconocer, en beneficio de los anteriores,
que Freire y Del Pozo hunden el listón en La diosa
del pubis azul.
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