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Por
donde se cuela Lucifer.
Mercurio, panorama de libros en Andalucía.
Espido Freire
vuelve al ruedo literario con una novela de corte fantástico
que parte de una antigua teoría musical, la solmisación,
según la cual había que evitar una determinada
distancia entre notas al ejecutar una pieza, ya que
por ese intervalo era por donde se colaba el diablo
para perturbar las matemáticas perfectas del
universo. Un argumento a primera vista cultista, pero
escrito con la claridad y sencillez a la que ya nos
tiene acostumbrados la joven escritora.
Bilbao y Londres -gemelas por sus brumas tan literarias-
son las ciudades que acogen la trama, basada en un
triángulo amoroso con fantasmas y suicidio incluido.
Espido Freire vuelve a uno de sus temas preferidos:
el único amor es el que se vive en la adolescencia,
y el resto no son más que pálidos reflejos
de esa pasión primigenia; concepto que ya desarrolló ampliamente
en su ensayo Primer amor. De hecho, la protagonista
vive atormentada por un antiguo querer tan tirano como
débil.
Uno de los mayores logros de Espido Freire en este
libro es el de explorar una línea poco trabajada
en la literatura española: el género
fantástico; terreno que sí ha sido trabajado
-y mucho- por un variado grupo de escritores anglosajones
y latinoamericanos. En estos autores hay que buscar
las influencias de las que se ha beneficiado -lo decimos
en el mejor sentido de la palabra- la autora.
Tres
en discordia.
EL PAÍS, 5 de Enero de 2002
Una mujer y dos amores. La nueva historia
de Espido Freire se desarrolla entre las fisuras de
ciertas apariciones "diabólicas" que
ahondan el conflicto.
ANA RODRÍGUEZ FISCHER
"Esta
historia ha sido contada de muchas maneras, en muchas
ocasiones, pero nunca con dos fantasmas", afirma
la narradora y protagonista de Diabulus in musica -
cuarta y última novela de Espido Freire -, un
título que, como se explica en el libro, se refiere
a un principio básico de la música antigua
según el cual, en la escala musical que los griegos
intentaron depurar, se había deslizado una irregularidad,
un error, un intervalo no regido por las matemáticas
que había que evitar como fuera, pues al menor
descuido podía romperse el orden y aparecer el
diabulus in musica: la disonancia, el caos, el hueco
por el que se colaba el diablo.
En la doble historia de amor que vive la protagonista
-primero, en su adolescencia, con el joven Mikel y
después con el actor Christopher Random, un
hombre unos cuantos años mayor que ella- se
advierte alguna de estas fisuras o apariciones "diabólicas",
que se suceden según una gradación creciente,
hasta alcanzar la que será la última,
cuya intensidad romperá la armonía alcanzada
(bastante precaria, por otra parte). Mikel es un estudiante
de violonchelo a quien la protagonista conoce en el
conservatorio de Bilbao, cuando ella estudiaba canto
-rasgo autobiográfico que Espido Freire explota
largamente en esta novela- y con el que mantiene una
relación amorosa un tanto guadianesca y turbia,
dada la personalidad del joven, empeñado en
metamorfosearse en Balder el blanco, el dios del sol
del verano, el más hermoso y el más amado
de los dioses nórdicos, cuyas aventuras se narraban
en la película Ragnarok, en la cual Christopher
Random interpretaba el personaje de Balder. Cuando
ella, durante una estancia en Londres y a través
de unos amigos comunes, conoce a Chris, recién
separado, con una hija, hombre encantador y amante
fogoso -"no tenía descanso si [YO]no me
encontraba junto a él, si no devastaba a besos
y a zarpazos mi maquillaje y mi ropa"-, pero impostor
también, dado que en su comportamiento y sus
palabras imita a sus personajes, la pasión presente
se tiñe de pasado y aparece el diabulus.
Hay, por supuesto, otros personajes en la novela, pero
si ya los protagonistas adolecen de cierta afectación
y acartonamiento, los secundarios caen de lleno en
el más previsible de los tópicos. El
grupo de amigos y otros jóvenes, añaden
vaivenes al relato y brochazos costumbristas, pero
poco más. Karen, la ex esposa de Chris, aparte
de neurótica y cocainómana, es rencorosa
y vengativa. Lilian, la futura suegra, la ningunea:
es insoportable y fría, orgullosa y altiva.
Por otra parte, las presuntas trastiendas psicológicas
de los personajes protagónicos, simplemente
no son tales. La enigmática, y para ella incomprensible,
pasión de Chris es impostura y donjuanismo de
cartón piedra. El malditismo de Balder es muy
de andar por casa y la vistosa ceremonia de su suicidio
poco añade a un fatalismo de muy endeble engranaje.
El conflicto -que gira en torno a la identidad, y que
Espido Freire ya había explorado mucho más
honda y rigurosamente en Mlocotones helados- se queda
así en un nivel melodramático. Y en cuanto
a ella, de sí misma nos lo dice todo, reiteradamente,
pero sin mostrárnoslo, sin encarnadura novelesca.
Asegura que es "una voz buscando un instrumento",
una mujer que se había entretenido en divertimentos
pequeños, "en encontrar en las historias
de amor antifaces contra la realidad" y acaba
muerta en vida, tras un suicidio frustrado (e inverosímil).
Las
dos muertes de un fantasma.
Seudónimo: FÉNIX
Esther Sixto
El mundo
de los fantasmas. Los fantasmas del pasado. Los del
presente. Los fantasmas del alma.
Espido Freire nos relata en esta novela la muerte paciente
de un ser humano, el final de una existencia en pequeñas
dosis.
En una atmósfera asfixiante y paranoica, pero
tan real que asusta, la autora nos ofrece la realidad
en bandeja, a través de un lenguaje quizás
demasiado culto para los tiempos que corren y una técnica
explosiva, atractiva y traumática.
Una historia de fantasmas y sombras que nada tiene
que ver con los libros de ciencia ficción o
de terror, sino con aquellos basados en hechos reales.
¿
Se puede uno morir dos veces? ¿Es posible estar
muerto en vida? ¿Se puede "existir" y
no "ser"?
La protagonista de esta novela vende demasiado pronto
su alma al diablo, es decir, su luz se apaga justo
en el momento en que la obra debiera empezar. Le
deja su vida a la depresión, a la nostalgia, a la
desesperación...
Ella necesita que los demás creen su personaje
para "ser" y no sólo "existir".
Son las personas que la rodean las que le ofrecen su
papel en la historia.
Y cuando menos lo espera, el diablo, con su alma
en una mano y una cuerda en otra, le arrebata algo
demasiado
importante para ella. Con la muerte de Balder ( Mikel
) ella se muere, desaparece, deja de ser, se convierte
en un fantasma de carne y hueso, sin nombre ni identidad.
Sólo una causa hace que el fantasma de la protagonista
siga existiendo: la necesidad de saber por qué Balder
se suicidó, que va a suponer una sombra eterna.
Nuestra mujer se acompaña de un hombre que parece
se lo ofrece todo, incluso la perfección, y
que llega a crear en ella una dependencia que alcanza
con creces la obsesión y la locura.
Sin embargo, esa vida que le ofrece Chris, no es
más
que un engaño y su presencia, el personaje de
un guión cinematográfico. Cuando al final,
la protagonista se da cuenta de que está muerta,
de que el mundo que la rodea es una mentira, puesto
que ella no "es" en él y que ese hombre
perfecto no existe, se suicida. Sobreviene su segunda
muerte, su muerte fisica, su muerte definitiva.
Se intuye la salvación de la mujer, la salida,
el fin de la angustia, de la paranoia. Sin embargo,
cual es la sorpresa del lector, al descubrir que ha
estado muerta en vida y en la muerte seguirá igual.
Existe la lucha entre un antes y un después,
marcado por el suicidio de Mikel. Un antes, un ser
sin alma; un después, un fantasma material.
Haa irrumpido, el diablo se ha conseguido deslizar
en un resquicio de la vida de la protagonista, que
no ha sido más que un diabulus in musica, el
intervalo prohibido.
Una gran novela que demuestra a la perfección
la muerte prematura de muchas almas, el peso del pasado
en nuestra vida y con una potencia argumental que nos
hace meditar si realmente estamos vivos o muertos,
a pesar de que al pellizcamos, sintamos el dolor en
la piel.
Prisionero
del circulo del recuerdo.
Seudónimo: Rob J. Cole.
Lema: "Siguiendo mi ciencia y mi conciencia."
"Cuando
Balder vino a pedirme cuentas yo aún aguardaba
desvelada entre los brazos de Christopher."
Así comenzaba el libro que descansaba encima
de mi mesa desde hacía dos horas, incitándome
con ese título tan sugestivo a que lo leyera.
También recordaba intrigado una frase del discurso
de bienvenida, se habían presentado 111 comités
de lectura, es decir, 666 alumnos, casi como si un
fantasma estuviera entre nosotros; acaso fuera Balder,
aunque en aquel momento yo todavía no lo sabía.
Me pregunté si sería casualidad o una
trama de los organizadores en referencia al nombre
del libro.
Asustado ante la posibilidad de que se tratara de un
relato romántico lo cerré un momento
y observé la portada: Diabulus in Música.
Autora: Espido Freire. El nombre "rang a bell," hizo
sonar una campana como dicen los ingleses. Tras dudarlo
un instante, rebusqué en mi biblioteca particular
y encontré un libro, leído hace algunos
años, en un extremo de la estantería:
La última batalla de Vincavec el bandido, de
la misma autora.
Con renovadas esperanzas, me senté y comencé de
nuevo...
En ese momento no podía ni siquiera imaginar
lo que me depararía la lectura de esas 186 páginas. Se trataba de una historia de "terror," protagonizada
por dos fantasmas, pero sepultada bajo una trama algo
monótona aunque interesante y bien trazada sobre
la vida de una chica de 24 años que no llegaría
a vivir hasta los 25...
La protagonista vive ahora en un colegio a 20 km. del
lugar donde nació, en Bilbao. Se notan aquí ciertas
semejanzas entre este personaje y la autora, edad parecida,
mismo escenario (la escritora es originaria de Bilbao),
etc. Quizá se debiera a que la construcción
del personaje fuera más cómoda así o
tal vez por un dudoso egocentrismo de la autora en
esta novela. Pese a todo, la protagonista y otros personajes
femeninos son figuras muy trabajadas, con una gran
profundidad psicológica. Espido Freire se explaya
en los elementos internos e insondables de la psique
femenina si bien no ocurre lo mismo con los personajes
masculinos.
La joven, refugiada en los aseos de la escuela, se
encuentra importunada por la presencia "lejana" de
su exnovio Mikel.
Este era un chico que guardaba cierto parecido con
un personaje del actor Christopher Random, "Balder," Dios
del sol de verano. Obsesionado con este héroe
ficticio, Mikel intentará imitarlo en todo:
nombre, manera de andar, forma de comportarse, miradas
y gestos. Incluso busca amantes con el pelo moreno
como la novia de Balder en la película, Nanna.
Se suicidará tras abandonarlo nuestra protagonista,
desilusionado con todo y con todos. Romperá su
violonchelo, del que era casi un maestro y se quitará la
vida en su habitación, iluminado por un mar
de velas.
El personaje de "Balder" está presente
durante toda la obra, ya sea como recuerdo, o como
presencia sobrenatural junto a la ventana, siempre
atento, siempre vigilante.
Antiguo compañero en el conservatorio, es una
figura clave en la vida de la joven y a él van
dirigidas la mayoría de las evocaciones de la
misma ya sea directa o indirectamente, sobre todo en
los momentos de soledad como los de su época
de fantasma.
La soledad y
el sentimiento de vacío del personaje
principal están omnipresentes y son el punto
a partir del cual se desarrolla la obra. Quizá por
eso no se menciona su nombre, porque no importa, no
llena espacios ni evoca recuerdos de tiempos pasados.
Se ve reflejada en los demás, necesita que éstos
le den un motivo con el que llenar sus días.
Como fantasma recuerda sus años de infancia,
estudiando música, su posterior viaje a Londres
donde establecerá su residencia compartiendo
piso con dos chicas más jóvenes que ella,
que acentúan aún más si cabe,
su aislamiento. En una ocasión una de las chicas
del colegio logra descubrirla. En ese momento nuestro
espectro intentará ayudarla para que no incurra
en sus mismos errores. No obstante, la muchacha empezará a
evitarla a raíz de una prohibición de
sus padres, hecho debido a un incidente con la ouija.
Aquí destaca claramente la influencia de los
padres en la conducta de sus hijos, el acondicionamiento
social.
Siguiendo la trama, su amiga Clara le presentará en
el transcurso de una fiesta a Chris, un actor divorciado
de 41 años.
Este personaje representaba, por un lado, a su antiguo
novio, Mikel, pero de una manera más artificial,
cercana y lejana a la vez: cercana en los momentos íntimos,
es decir físicamente; lejana porque no deja
entrever ni un resquicio de sus sentimientos, si es
que la autora ha querido que los tenga, ni aún
a su hija Frances que simboliza en la historia un papel
de absoluto rechazo a la separación de los padres.
Por otro lado constituía el único apoyo
que le quedaba a esta chica en la vida ya que veía
en él su seguridad y su cobijo; lo tenía
completamente idealizado. Desde que conoció a
Chris, sólo vivía viéndose representada
por él, él, era el único que le
daba sentido a su existencia, un amor desenfrenado,
caótico, como casi toda lo que aparece en esta
obra.
Sin embargo al final de la misma, la protagonista descubre
que Chris era tan sólo una copia, un puzzle
formado por diálogos y personajes de sus películas.
Su aparente seguridad y su carisma eran una falacia,
no existían. Sumando a esto la posibilidad de
que la esté engañando, le crea un conflicto
emocional que quebrará sus últimos lazos
con el mundo. Así que rompe todos los cristales
con los que siempre había sentido afinidad en
la fragilidad de su constitución y se corta
las venas de la muñeca, suicidándose
en la bañera de la casa de Chris.
La escena que cierra la estructura cíclica
de la obra, la visita del fantasma de "Balder" a
la chica, está tratada desde dos puntos de vista
diferentes que se concilian al final.
Aunque la trama no es, en una primera lectura, realmente
tentadora, en una segunda, cuando el lector se percata
de todos los elementos estructurales y estéticos
de la historia, queda literalmente atrapado en las
redes de la inventiva de su creadora.
Obra maestra donde las haya, combina elementos fantásticos
de una manera natural. Realidad, fantasía, ficción
y cotidianidad se entrecruzan con la mentalidad, casi
infantil, de la protagonista, construyendo una especie
de diario con verdadera maestría.
El título del libro menciona una anécdota
histórica, el Diabolus in música, un
diablo que se introducía subrepticiamente en
la música. Éste era un intervalo de cuarta
aumentada o quinta disminuida, un "error" que
en la música del s. XIV, regida por las matemáticas,
se creía producido por el diablo; por esto,
el mi contra fa, uno de los nombres del intervalo prohibido,
fue censurado por la Iglesia. Pero, tal y como este
acorde es hoy un bello adorno de las obras musicales,
en esta novela es un, toque magistral de la autora.
El Diabolus está presente en los fantasmas como
entes espectrales, y la historia se encuentra reflejada
en el pentagrama que nuestra imaginación interpreta,
con inseguridad al principio, firmemente y con fluidez
al final, mientras leemos el libro.
Crítica
de un libro por un adolescente cualquiera.
Alejandro Montero
Normalmente,
cuando tengo que dar una opinión personal de
un libro, suelo comenzar con un "me ha gustado"
o con un "es un buen libro". Si diera la casualidad
de ser un buen libro ( ya hablando en serio ), diría
algo así como "es una excelente obra",
y por en medio metería algún "lo
recomiendo". Como estudiante de secundaria, no
tengo ni ganas de pensar en algo más elaborado
ni tengo por qué hacerlo. De los pocos que leen
realmente un libro y no copian el resumen del rincón
del vago, sólo unos cuantos consiguen llenar
medio párrafo con una sucesión coherente
de esas cosas con letras, cómo se llaman... Ah,
sí. Palabras.
Por eso, a la hora de la verdad, cuando se nos exige
un mínimo dominio del lenguaje que llevamos
estudiando desde el tercer segundo de nuestra vida,
me encuentro soltando toda esta retahíla de
incongruencias con el único fin de encontrar
una introducción original, no, una introducción
llamativa, que haga levantar la cabeza al que duerme
en la segunda fila gracias a la risa fácil y
a las burdas puyas a lo Reverte (burdas las mías,
no las suyas; por cierto, pese a que mi estilo diga
lo contrario, no soy un lector asiduo suyo) y que,
a la vez, me satisfaga en mi fuero interno. Bueno,
y que satisfaga a los excelentísimos/as señores/as
miembros del jurado, claro está, esperando que
tomen tan evidente muestra de prepotencia, vanidad,
narcisismo, egocentrismo, etc. como algo cuanto menos
curioso (que no original) que sirva para mejorar mis
posibilidades. Porque, al contrario que los Grandes
Hermanos (soy adolescente, luego veo este tipo de programas),
yo no vengo "a vivir una experiencia", sino
que vengo a ganar. Al fin y al cabo, y aunque no lo
digan, es para lo que van.
Bien. No quiero empezar diciendo que "Diabulus
in musica" es un muy buen libro que me ha gustado
mucho, que me ha parecido muy interesante y que me...
mm... me ha gustado mucho. Diré en su lugar
que me ha dejado una extraña impresión
al leerlo. Lo más correcto sería decir
que me ha dejado ofuscado, como si una niebla gris
envolviera mi cerebro (soy adolescente, luego me sirvo
de sencillas comparaciones para expresar sensaciones).
El agobio y la confusión son una constante en
toda la obra, y las continuas, idas y venidas de aquí para
allá pa'adelante y pa'atrás en el tiempo
y en el espacio no hace sino marear al lector y llevarle
a leer varias veces una misma página. No es
hasta la mitad del libro- cuando podemos, por fin,
apoyar los pies en algo de suelo cenagoso, y se puede
proseguir la lectura con una cierta seguridad de lo
que va pasando. Son los momentos de "Ah, claro,
por eso al principio dice que...". Esta estructura,
que es una apuesta muy elaborada, puede echar para
atrás a los lectores noveles (como nosotros,
los adolescentes), así como desorientar a algún
lector experimentado, me atrevería a decir.
Otra cosa que me ha llamado la atención acerca
del libro ha sido la estructura. Un novato como yo
no había leído nunca un libro sin capítulos.
Espera, quedará mejor entre signos de admiración: ¡un
libro sin capítulos! La verdad es que le da
un cierto dinamismo a la obra que la agiliza un poco,
y que viene muy bien en los momentos en que se vuelve
demasiado opaca, aunque no me ha terminado de convencer.
Una división en capítulos quizá hubiera
ordenado un poco el caos (refiriéndome al tenebrismo,
sin segundas) al que se expone el lector. Puede que ésta
fuera la intención de la autora: macha, lo has
conseguido.
Y una última aclaración. Para concluir
la mayoría de párrafos, o de partes o
de cómo se llamen esas cosas (mi falta de léxico
me juega malas pasadas), los personajes utilizan frases
sentenciadoras, no sé cómo decirlo, quizá demasiado
cinematográficas. A veces, echo en falta un
nuevo guioncillo al final que diga: - He hablado.
Así, más o menos. Esta estampa tan pictórica
queda a veces demasiado antinatural, y pese a ser una
historia algo subjetiva (por lo que entendido: con
nosotros ya se sabe), parece algo menos serio. No quiero
decir que los personajes no sean creíbles, que
es diferente.
Y de eso quería hablar. Tras haber criticado
yo, simple adolescente, que no se come una rosca (literariamente
hablando), el trabajo de una profesional como es la
señorita Espido Freire, con algún éxito
más que yo, va siendo hora de comentar los puntos
fuertes de la obra. Siempre, desde el inicio de los
tiempos, ha sido más fácil ver los defectos
que las virtudes. De hecho, en una crítica es
más fácil criticar (buff, un descanso
tras este juego de palabras [ ...] Venga, sigamos)
que reconocer lo bueno del objeto en cuestión.
Todos, adolescentes y no adolescentes, lo sabemos,
y por eso pido a la autora vea mi crítica como
fruto de la inexperiencia propia de un chaval de dieciséis
años que, como todos, va a lo fácil,
que lo malo es lo que tira y ya está. No obstante,
y gracias a iniciativas como la del Premio Mandarache,
se nos recuerda que no todos tenemos por qué pertenecer
a esa generación del ruido que leí en
algún libro del colegio. Por ello, no me voy
a ceñir tanto al guión. De este nuevo
propósito de enmienda nace precisamente Alejandro
Montero, un adolescente cualquiera, y no Andreas Niporesas
o Fígaro, que sólo saben fijarse en lo
malo del asunto en cuestión (y así acabó el
pobre Larra). Y al que cuchichea por la última
fila: no me estoy echando atrás. El equilibrio
radica en la mezcla de lo bueno y lo malo, el bien
y el mal. El ying y el yang.
Tras esta pijotada no por ello menos cierta, vamos
al gran acierto de "Diabulus in musica",
que es la historia en sí misma. El argumento,
aunque retorcido, esbásicamente genial. Coincido
con la autora, por desgracia, con la idea de la existencia
de ese intervalo prohibido, por el que, el día
menos pensado, el diablo puede colarse en nuestras
vidas y fastidiárnoslas por completo. Muchas
injusticias se plantean en la obra que se desarrolla
a nuestro alrededor, y todas causadas por la existencia
de ese jodido intervalo. Y siempre va a estar ahí.
No podemos cambiar el intervalo, pero podemos cambiarnos
a nosotros mismos. La muerte será el particular "Diabulus
in musica" de la protagonista, que sellará también
su destino. No obstante, creo que se le culpa a ese
destino del final de la historia, que no veo del todo
claro. De hecho, pensándolo mejor, el desenlace
no me gusta nada.
¿Pisaría terreno cenagoso si dijera que la muerte
de la protagonista es un acto cobarde? Muchos de nosotros,
queridos lectores, sin duda habrá visto durante
el transcurso de la lectura el suicidio de nuestra
infeliz compañera como la única solución
para tan desgraciada vida de búsqueda sin resultado,
una situación desesperada. Yo diría casi
heroica, mejor estoica, de rendimiento ante lo inevitable.
Y ahora, yo me pregunto junto con vosotros: ¿era
de verdad inevitable? ¿debemos rendirnos de
tal manera ante la aparición del diabulus?
Sabes, quizá sea sólo la visión
idealizada de un adolescente, pero yo diría
que esta última pregunta es una pregunta retórica.
Toda una vida de educación para la libertad,
de plantar cara ante las adversidades, se va a la mismísima
mierda sólo por un puto giro del destino. Un
as en la manga del azar. Sólo por eso hay que
dejar de jugar, ¿no? ¿Y qué pasa
entonces con el resto? ¿Todo el esfuerzo, todo
lo que se ha construido hasta llegar a la situación
actual? ¿Qué pasa con todo ello?
Te diré lo que pasa. Se va contigo. El problema
es que no puedes permitirte arrastrar todo lo vivido
contigo, o acabarás siendo un puñetero
fantasma, un fantasma del pasado encerrado en un colegio
hasta el fin de los tiempos. En esto si que coincido
con la autora.
¿Recuerdas la tontería del ying y el yang y la
madre que los parió a todos? Puede que acabe
teniendo razón. Puede que la respuesta de la
protagonista represente al mal, y la nuestra, el "carpe
diem" de los adolescentes locos, el espíritu
de rebeldía característico de nosotros,
el no aceptar lo que está escrito porque somos
de verdad libres para cambiar nuestro destino, represente
el bien. No lo sé. Habría que dejarse
de chiquilladas, de detalles superficiales sin importancia
y centrarse en el contenido.
No sé lo que nos deparará el futuro.
Puede que mañana no estemos aquí, pero
lo más probable es que sí. Puede que
mañana deseemos no haber nacido, o que deseemos
nacer mil veces más. Sin embargo, tengo la certeza
de que el diabulus seguirá ahí dándonos
el por culo. Y nos joderá. Y nos dolerá.
Pero no podemos perdernos en nosotros mismos por lo
que se pierde en realidad. No podemos ser tan egoístas.
No podemos seguir a esta señorita. Tenemos que
quemar todos los cartuchos, y ya vendrá lo que
tenga que venir.
Quizá sea sólo una loca idea adolescente.
Quizá todos tengamos algo de adolescente.
Qué
es el Diabulus in musica
Espido Freire
Desde hacía
años quería incorporar en alguno de mis
textos parte de mi experiencia musical, o al menos,
de las fantásticas teorías de la música
antigua que formaron parte de mi adolescencia. Sin embargo,
no resultan sencillas de asimilar, ni siquiera de describir,
y no fue hasta Diabulus in musica cuando pude unir esas
dos pasiones: la música y la literatura.
En la novela intento introducir al lector,
muy superficialmente, en la teoría de la solmisación,
y así lo explica la narradora:
Lo único que me había quedado claro (...)era
que había que evitar las cuartas aumentadas.
Que al componer había que desconfiar de la nota
Si, la séptima nota, porque, a poco que nos descuidáramos,
podíamos romper el orden: podía aparecer
el diabulus in musica. Lo defendían todos los
grandes nombres: Guido D'Arezzo en el Micrologus, Ramos
de Pareja, en Musica Practica, Philippe de Vitry en
Ars Nova, el mismo Monteverdi cuyos madrigales yo cantaba.
En la escala musical, que los griegos habían
intentado depurar, se había deslizado una irregularidad,
un error. Un intervalo no regido por las matemáticas,
el recordatorio de que, por mucho que el hombre creara,
era mortal y limitado.
Entonces las notas musicales se denominaban
mediante letras, y la escala comenzaba en La-A (...).
Así lo habían dispuesto los modos griegos,
y así continuó hasta que D'Arezzo, y decidió
que las viejas teorías griegas y ambrosianas
erraban el camino: el canto debía comenzar en
c. Do, el tono más noble, el más acorde
a la naturaleza de los números. Inventó
nuevos nombres para las notas, (...)Pero no logró
que el Si, aún silencioso, encontrara su lugar.
Oscilaba, tentaba, incitaba la cuarta aumentada. Más
adelante, cuando la matemáticas perdieron fuerza,
la nota diabólica recibió las iniciales
de San Juan, Sant Ioannis, y todos olvidaron qué
significaban las notas: la armonía era tan evidente,
tan cristalina. Ningún mal podía habitar
entre la música.
La teoría del Diabulus in
musica a la que se alude en la novela se deriva de la
solmisación, un sistema ya olvidado que resultó
esencial durante los años de la música
antigua, y cuyo conocimiento yo debo a las explicaciones
y los desvelos de mi hermana Mila Espido Freire.
La solmisación fue creada
por Guido d’Arezzo en el siglo XIII y transmitida
sin discusión a lo largo de los siglos por los
teóricos musicales. Esta terminología
llegó hasta el siglo XVIII* en el plano teórico,
aunque en el práctico la música había
evolucionado notoriamente.
Para llegar a la solmisación
hay que tener en cuenta varias cuestiones:
La denominación de las notas.
La distancia entre éstas, de tono, y semitonos
que no son de igual tamaño,
La formación de modos o escalas con estas notas.
El Humanismo, que oponía una concepción
antropocéntrica a la anterior visión teocéntrica
de la música, revisó algunas ideas y sistematizó
en gran medida el pensamiento anterior, pero no aportó
ningún paso definitivo en la teoría musical;
la influencia de Boecio (480-524 d.C.) era aún
evidente. Es aquí cuando surge la figura de Ramos
de Pareja, clave en la solmisación.
Bartolomé Ramos de Pareja publicó en 1482
el tratado Musica Practica** , en latín. Fue
un autor de prestigio en la época; impartió
clases en la Universidad de Salamanca y Bolonia donde
editó este tratado, polémico entonces,
pero de reconocido valor, y donde se evidencia su educación
humanista.
Ramos de Pareja trata de aportar un nuevo sistema de
estructuración musical que se contrapone al tradicional
de Guido, al que hace una revisión crítica.
Ramos intenta sistematizar las distancias entre las
notas, las eleva a ocho y las nombra con una serie de
sílabas nemotécnicas:
Sa-li-tur per vo-ces is-tas [Primera Parte,
Libro I, Cap. VII; Libro II, Cap. 1, etc.?
Su intención era que sirvieran
como demostración de la escala, la idea no cuajó
entonces pero anticipa el sistema temperado tonal. Ordenó
las notas partiendo de Do, y creó un sistema
de tres octavas, más que amplio para la música
de la época:
La octava suponía la perfección porque
procedía de dividir una cuerda en dos: la proporción
2/1 era igual a 1, el número más perfecto
porque había un solo Dios. Tampoco era un número
compuesto, y todo lo compuesto denotaba imperfección.
Esta perfección incluía a la 8ª,
intervalo de la demostración teórica en
el monocordio, y no la imperfección que suponían
ocho notas frente a siete o a las seis del exacordo.
Resulta curiosa su defensa de la escala
de ocho notas tratando de encontrar la perfección
numerológica del 8 frente al poderoso 7 de las
esferas celestiales. El 8 representaría el firmamento
que contiene a las esferas, y convertiría la
octava en el símbolo de excelencia [Parte I;
Tratado I; Cap. VIII, p. 38?.
Las notas tenían nombre alfabético, herencia
de los griegos (esa tendencia aún perdura en
el ámbito anglosajón). Se atribuye esta
nominación a San Ambrosio, obispo de Milán
del siglo IV y a San Gregorio Magno, obispo de Roma
en siglo VI, responsable de la recopilación que
dio lugar al canto gregoriano. Se denominaban:
a b c d e f g
[la - si - do - re - mi - fa - sol?
Eso suponía una escala completa,
de siete notas como las siete esferas del universo platónico,
que comenzaba en La o A, debido a la supuesta herencia
de los modos griegos.
No existía un sonido de referencia,
como el actual La del segundo espacio del pentagrama,
(440 Herzios, internacional). Guido d’Arezzo,
en su afán por lograr la mayor precisión
posible en la afinación inventó en el
siglo XIII el sistema de exacordos y mutanzas. Era un
solfeo primitivo en el que todos comenzarían
cantando en la misma nota-altura-tesitura y que se reflejaba
en las falanges de los dedos de la mano “guidoniana”,
lo que permitía, por ejemplo, dirigir un coro
con gestos sin recurrir a una partitura.
El nombre de las notas lo tomó de
un “Himno a San Juan Bautista” del siglo
XI, cuyos primeros versos comenzaban un grado más
agudo; les adjudicó el nombre de la primera sílaba.
Sólo llegaban hasta La, pero como su sistema
incluía una forma de transporte o mutanzas, los
mismos nombres de las notas ascendían proporcionalmente
a los sonidos más agudos. En total, existían
20 ó 21 sonidos en los que se podía cantar.
La música de la época no empleaba una
tesitura demasiado amplia. Las mayúsculas marcaban
las notas mas graves, las minúsculas tesitura
media y las dobles las más agudas.
Los exacordos son escalas de seis notas.
El seis era la suma del 1, 2 y 3. El uno, la perfección,
el 3, la trinidad; y como el 2 se sumaba al uno, Dios
único, para formar el 3, Santísima Trinidad,
era también perfecto.
El exacordo mantenía siempre una
estructura casi perfecta y con simetría, además
de evitar el tritono:
tono-tono-semitono-tono-tono
Para saber por qué mutanza o nota se comenzaba
los teóricos solían presentar o explicar
un gráfico similar como tributo a la autoridad
guidoniana.
Gamma A B C D E F G a b c d e f g aa bb
cc dd ee
ut re mi fa sol la --------------------------------------------------------------------exacordo
1
ut re mi fa sol la --------------------------------------------------------exacordo
2
ut re mi fa#* sol la -----------------------------------------exacordo
3
ut re mi fa sol la ------------------------------------exacordo
4
ut re mi fa sol la -----------------------exacordo 5
ut re mi fa#* sol la -------exacordo 6
ut re mi fa sol la -----exacordo 7
En este caso se leería de modo
vertical, de arriba a abajo.
Geut; Are, Bemi, Cefaut, Desolrre, Elami, (que no era
igual que elami, varias notas más agudo. Ni Gsolrreut
igual que gsolrreut, debido a la tesitura, graciosos
que eran los teóricos).
Si se comparan las notas alfabéticas
de A-la a G-sol, es necesario pasar por el Si. Las mutanzas
o el comienzo de los exacordos se hacían coincidir
de modo que la distancia la-si, tono, sea leída
siempre re-mi, y las distancias si-do resultaran siempre
mi-fa. Así que no nombro el Si, variable, y causante
del diabulus, lo inombrable.
Siempre se decían las mismas notas
pero se entonaba a distinta altura, y si aprendían
a cantar entre ut-re, tono, y mi-fa, semitono, cantarían
bien esa distancia, fuera ut-re grave o agudo, o semitono
mi-fa, igual que el si-do.
Nunca se le daba nombre al Si, ni falta que hacía.
Se podía cantar en alabanza a Dios de modo afinado
y perfecto sin preocuparse por una consonancia imperfecta
como el tritono.
El signo #* es un becuadro, una “b
quadratum”, es decir, “befabequadratummi”.
El tono aparente que queda en la correlación
a-b con mi-fa#, se resolvía con una filigrana
teórica que dividía en dos semitonos este
tono: uno diatónico, cantable, y otro cromático,
incantable. Se distribuían de distinto modo las
nueve comas pitagóricas del tono, salvando el
tritono evidente, y condenando a “incantable”
el cromatismo incipiente. No se cantaba porque así
les parecía, porque no era necesario y además,
estaba prohibido.
Este apartado da origen a las alteraciones,
la b del bemol, la bquadratum del sostenido y becuadro.
La presencia de alteraciones da lugar a los “géneros
de melodías” diatónico, cromático
y enarmónico. Éste último no se
consideraba apropiado para la composición al
exigir la presencia del semitono cromático o
incantable. [Parte I, Tratado II, Cap.VI, pp. 58-ss.?.
Los exacordos en Fa, Do y Sol proporcionan
las claves respectivas.
Esta deducción simplificada es la solmisación.
Básicamente, un sistema “práctico”.
Se utilizó una serie de reglas poco justificadas
para la composición. Se canta siempre evitando
el tritono, semitonía subintellecta o sobreentendida.
Si la melodía es descendente de Si a Fa, el Si
se interpreta bemol, se escriba o no la alteración.
Así que no hay diabulus.
La cuarta aumentada suena mal; aún
hoy en día es una disonancia muy fuerte. Desde
el Renacimiento aparecen ejemplos con muchas disonancias
pero en el ámbito experimental. Los madrigalismos
del primer barroco italiano o los Tientos de falsas
para órgano del barroco, formados por disonancia-resolución
de la disonancia, fueron avanzando la práctica
musical que sería recogida muy tardíamente
en la teoría, mientras imperaban las denominaciones
medievales.
Las consonancias perfectas teóricas eran, la
8ª, que es el 1, y la proporción 2/1, la
quinta 3/2 y la cuarta 4/3. La cuarta sería una
disonancia pero al unirse a la quinta para formar la
octava, ambas perfectas, se perfecciona así en
reconocimiento a la autoridad de la demostración
en el monocordio. La prueba fundamental para certificar
la valía del músico teórico
Estas consonancias son las primeras que
aparecen en el monocordio, el instrumento de demostración
matemático-teórico-práctica. Era
una tabla con una cuerda que podía dividirse
en secciones determinadas a lo largo de ese mástil.
Las divisiones comenzaban en mitades hasta la 1/16ª
parte y luego en tercios hasta 1/6; se relacionaban
entre sí las primeras divisiones de mitades y
tercios que de nuevo se dividían en mitades.
Las posiciones implicaban la colocación de puntos
que marcaban espacios entre sí, los intervalos.
Se superponían divisiones cercanas ofrecían
fragmentos de cuerda muy pequeños, de tonos y
semitonos.
La suma de la quinta y de la cuarta era
la octava. Por ejemplo: de Re a La, 5ª y de La
a Re, 4ª, así obtengo la 8ª de Re a
Re.
Esta suma forman los modos, escalas de 8 notas debidas
a la herencia griega, con un Diapente,=5ª y un
Diatessaron=4ª. Si se parte del Diapente Re-La
y se le añade el Diatessaron La-Re por arriba,
aparece el primer modo auténtico. Si al mismo
Diapente se le añade el Diatessaron por abajo,
se obtiene el correspondiente segundo modo o plagal.
+ (La) si do Re --- primer modo
RE mi fa sol La
La si do (Re)+ -------------- segundo modo
En la base de las escalas están
la 5ª (tres tonos y un semitono) y la 4ª (dos
tonos y un semitono) Justas, no dejando lugar para la
Cuarta aumentada o tritono en la demostración
teórica del monocordio. Ppartiendo de Do a Sol
y de Sol a Do nunca puede aparecer, en teoría,
la 4ª aumentada Fa-Si, el diabulus, porque están
en dos partes. En la práctica aparece, pero se
evita con las reglas de semitonía sobreentendida,
alterar el Si cuando es necesario.
*
Tratadistas españoles como José de
Torres con Reglas generales de acompañar,
de 1702 y 1736, (Edición facsímil
en Arte Tripharia, Madrid, 1983); y Pablo Nassarre
con Escuela Música de 1723-24 (Edición
facsímil en Institución Fernando el
Católico, Zaragoza, 1980).
** Edición facsímil *****. Las citas
se toman de la traducción de José
Luis Moralejo en la edición de Alpuerto,
Madrid, 1977. |
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