Palmira, la gatita adorable que rescaté de Elche, murió en noviembre. La sacrificó su adoptante cuando se reveló que era diabética. Entró en coma. Al menos contó con unos meses de felicidad y cuidados.
Septiembre continuó con el camino de Santiago. Roncesvalles, con la tumba de Roldán en mitad de la lluvia y los acebos, sus ovejitas quejumbrosas, y la euforia de que por fin, ahora, hago el camino y no debo esperar por nadie, ni convencer a nadie. |
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Resulta curioso viajar con tan poco equipaje. Casi siempre pesan más los preparativos que la bolsa que llevamos a nuestras espaldas. En mi caso, muchos cuidados para los pies, unas mudas limpias, las exigencias de mis aparatos electrónicos y poca cosa más. |
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El sol aparece en Navarra, en la forma de un precioso arco iris en lo gris. La lluvia queda atrás, algunos libros poco apreciados también. |
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Y, con los kilómetros, aparecen los toros y Hemingway. Nunca he sentido una gran simpatía por él, quizás acrecentada por la devoción que le demostraban mis profesores en la universidad. Con el tiempo y algo más de conocimiento literario, mi poco entusiasta emoción se ha reafirmado. |
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Castilla devora con su sol y sus estepas. Son las etapas más duras, en las que sólo el encanto de su arquitectura y la fuerza mental logran que el viajero, librado a su suerte, no enloquezca. Añoro lo verde y sus oscilaciones, los montes y la promesa de la lluvia. |
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Avanza el tiempo y el paisaje hasta León. Investigo sobre la lengua y hago algunas paradas inesperadas. Hay gente maravillosa en cada una de las paradas. |
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Si lo único que hay es el Camino y la soledad, no cabe más salida que pensar: en el Camino, en la soledad, y en qué nos ha llevado a ambas cosas. |
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Y, por fin, Galicia. |
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